Libertalia

pirata1         No podíamos iniciar esta hermosa serie sobre la humana y edificativa historia de la piratería con el episodio quizás menos representativo de lo que todos tenemos en mente cuando se menciona a los piratas: el de la república igualitaria que da nombre a nuestra página, establecida por el capitán Misson y su lugarteniente Caraccioli.

              El futuro capitán Misson nació en Provenza en el seno de una familia adinerada y recibió una cuidada educación, que comprendería humanidades, lógica y matemáticas. Aunque su padre quería que se alistara en los mosqueteros, la lectura de libros de viajes le insuflaría al joven Misson la pasión por la aventura y prefirió enrolarse como aprendiz en el buque Victoire. Así llegaría a Italia, -a finales del siglo XVII, y en Roma conocería de forma fortuita a quién habría de virar el rumbo de su vida. Se trataba de Caraccioli, un sacerdote libertino desencantado con el mundo y con la hipocresía de la propia iglesia. Ambos personajes quedaron mutuamente deslumbrados y no tardaron en congeniar, hasta el punto de que Caraccioli decidió colgar los hábitos y seguir al joven Misson, -como éste le había sugerido-, en su vida marinera.

           Poco a poco ambos irían aprendiendo las tareas náuticas y continuarían sus animadas conversaciones, en las que destacaba la inteligencia del antiguo sacerdote y sus avanzadas ideas. Renegaba de los reyes, curas, las desigualdades, la pena de muerte y de cualquier tipo de disciplina, aunque seguía creyendo en Dios.

        Un día trabaron combate con el buque inglés Winchelsea, y  en el transcurso del mismo moriría toda la oficialidad, por lo que Misson se puso al frente del Victoire, -ordenando a Caraccioli que hiciera las veces de lugarteniente-, y animó a los hombres para que resistieran hasta que, por suerte para los franceses, estallaría de forma fortuita el polvorín del barco inglés, que se fue a pique sin que hubiera supervivientes.

       Con la elocuencia de Caraccioli, que ya había ido aleccionando a muchos, convencieron al resto de la tripulación para establecerse por su cuenta en una nueva vida de libertad, sin que tuvieran que dar cuentas a nadie.  Todos estuvieron de acuerdo y nombraron capitán a Misson, mientras que el italiano sería su teniente.

      Bajo unos insólitos, -para la época y el entorno-, principios humanitarios elaboraron el reglamento de a bordo. Caraccioli se opuso a que adoptaran la negra enseña pirata porque consideraba que ellos eran hombres que luchaban por su libertad, y propuso una bandera

blanca, -que se aceptaría-, con la alegoría de la Libertad y una divisa, por Dios y por la Libertad.

         Así empezaron sus abordajes en los que la norma era no hacer pillaje, -respetaban los efectos personales-, y dejaban partir a sus prisioneros sólo con la promesa de no revelar el ataque sufrido hasta transcurridos varios meses. Otro aspecto particular de la piratería de Misson fue la costumbre de liberar a los esclavos negros que solían  transportar muchos buques holandeses que capturaba. Los piratas filósofos no podían admitir tan inhumano comercio ya que consideraban que ningún hombre debería tener poder sobre la libertad de otro. A los esclavos negros les ofrecían la posibilidad de unirse a ellos, y también a muchos de los tripulantes de los barcos que derrotaban. Así conjuntarían una marinería curiosa y heterogénea con piratas franceses, ingleses, africanos, holandeses, berberiscos o portugueses, aunque lo que más les costaría erradicar fueron las blasfemias y maldiciones, por supuesto muy comunes.

        De este modo siguieron unos años con sus correrías a través de los mares, durante las cuales se hicieron con nuevos barcos, vivieron aventuras con ciertos nativos, -esponsales incluidos con la reina de la isla de Anjouan y una princesa, por parte de Misson y Caraccioli respectivamente-, y hasta el antiguo sacerdote perdería una pierna en un duro combate contra un navío portugués.

             Decididos a fundar la República de Libertalia, en torno al año 1690 estos atípicos piratas eligieron para ello un idílico paraje al norte de la isla de Madagascar, la actual bahía de Diego Suárez. Eligieron a Misson “conservador”  y a Caraccioli “secretario de estado” , y al capitán inglés Thomas Tew, -otro pirata que se había unido a ellos-, “almirante”, durante un mandato de tres años que sólo deberían velar por la defensa de las leyes que todos los piratas habrían de otorgarse, mediante un consejo en el que no habría distinción de nacionalidad o raza. Leyes, -que incluso llegarían a imprimir-, en las que se abolía la propiedad privada, la esclavitud era ilegal, y el dinero era un bien común, así como el trabajo y la defensa, entre otras cosas.

       Construyeron una especie de fuerte, casas y barcos, y así prosperarían durante un tiempo con exitosos asaltos, con ricos botines, capturas de naves e incluso nuevos afiliados a la hermandad libertaliana, todos los que quisieran vivir bajo sus leyes(aunque también atacarían a un barco de peregrinos a La Meca y raptarían a las mujeres, esposas e hijas). Pero como todo tiene un fin, en 1696 el barco de Tew, -que había salido de caza-,  naufragó en un tormenta y no pudo regresar a Libertalia en unos pocos meses. En ese tiempo, cuatro barcos de guerra británicos encontraron el enclave de los piratas filósofos y lo cañonearon. Aunque no la pudieron tomar, Libertalia quedó arruinada, Caraccioli moriría en el bombardeo y los nativos aprovecharon también para atacar. Por último, Misson y los supervivientes que se habían embarcado en un buque fueron engullidos por el mar durante una brava tormenta, remate del desastre.

         Tew guardó los manuscritos de Misson referentes a su experiencia libertaria y de este modo un día fueron llegarían a La Rochelle, desde donde se divulgaría esta historia. 

      Historia que ha sido puesto en duda como pergeñada por la imaginación de un novelista. Novelista insigne, eso sí, puesto que la única fuente que existe sobre Libertalia es la Historia general de los robos y crímenes de los más famosos pirata del capitán Charles Johnson, que muchos adivinan un simple alias de Daniel Defoe. Y es que de ninguno de los principales personajes citados se ha podido comprobar su existencia real, excepto en el caso de Tew, que fue bien conocido. Por otra parte, hay algunos que opinan que los detalles de la historia son tan precisos que necesariamente deben ser hechos reales.

        Que cada cual juzgue como le plazca sobre la veracidad de esta historia. Yo sólo puedo afirmar que si no fue real debería haberlo sido.

 

JUAN PEDRO MOSCARDÓ para Libertalia

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