LA BATALLA DE UCLÉS

uclesA lo largo de las tres primeras décadas del siglo XI, al-Andalus se había fragmentado en infinidad de pequeños reinos llamados taifas, lo que fue aprovechado por los monarcas cristianos -quienes hasta entonces habían padecido las continuas incursiones procedentes de las ricas tierras del sur- como una oportunidad para cambiar las tornas. Tras su ascensión al poder, el rey castellano Alfonso VI desarrollaría una hábil política basada en fomentar las rencillas entre estos reyezuelos, junto al cobro periódico de unos impuestos a cambio de protección, parias, destinados a agotar sus recursos. Según las sinceras palabras que Abd Allah, último monaraca ziri de Granada, pone en boca de un dignatario mozárabe: “Cuando ya no os queden dinero, ni soldados, nos paoderaremos de todo sin el menor esfuerzo”.
En el año 1085 Alfonso toma Toledo, la antigua capital del reino visigodo. Las crónicas musulmanas consideran que fue la arrogancia de uno de sus embajadores lo que hizo que, finalmente, el más poderoso de los reyes andalusíes pidiera ayuda al Imperio almorávide. Dicho Imperio se había formado a partir de un movimiento reformista religioso surgido en las tribus de nómadas bereberes sinhaya, extendiéndose por los actuales Marruecos, Sahara occidental y Mauritania, y llegando hasta la cuenca del Senegal y la parte occidental de Argelia. Sin embargo, las auténticas razones de esta llamada de auxilio seguramente respondieran a que, para al-Mutamid, rey de la taifa de Sevilla, la situación era ya insostenible.
Un ejército almorávide al mando de Yusuf ibn Tasufin cruzó el estrecho y avanzó hacia Castilla, a la vez que se le unían tropas andalusíes, derrotando en 1086 a las fuerzas de Alfonso VI en la batalla de Zalaca. Aunque la magnitud del desastre fue exagerada por las fuentes musulmanas posteriores, este hecho sin duda supuso un importante impacto emocional en todo al-Andalus: tras más de cincuenta años había quedado demostrado que los norteños podían ser derrotados. A partir de entonces, sólo un infanzón desterrado, llamado Rodrigo Díaz, tras varios años de campañas militares que le llevarían a conquistar Valencia, pudo hacer frente con éxito a la amenaza almorávide, venciéndoles en las inmediaciones de Cuarte. Pero el Cid murió en el año 1099 y con él la única esperanza de defender el reino valenciano, por lo que su esposa Jimena, acompañada de su hueste, se vió obligada a abandonarlo tres años después.
La reunificación de al-Andalus por los almorávides supuso el comienzo de una serie de sangrientas derrotas para los castellanos en Almódovar, Consuegra, Cuenca y Alcira. Tras la muerte de Yusuf, será su joven hijo Ali quien tome el relevo, mientras que Alfonso VI, ya anciano y gravemente enfermo, dirigirá una desesperada defensa a lo largo del sistema de fortalezas del Tajo. A principio de mayo de 1108, Tamim ibn Yusuf, hermano del nuevo emir, salió de Granada al mando de un ejército en dirección a Jaén y Baez, tras lo cual se le unirán más tropas dirigidas por Ibn Abi Rana, gobernador de Córdoba, junto a las de su hermano Ibn Aysa, procedentes de Murcia, y las valencianas de Ibn Fatima. El 26 de mayo, este ejército acampó frente a las murallas de Uclés (Cuenca), asaltando esta plaza fuerte asentada sobre un cerro rocoso próximo al río Bedija. Las casas fueron saqueadas y las iglesias quemadas mientras su población se refugiaba en la alcazaba, que no pudo ser tomada.
Ante esta amenaza, el rey Alfonso VI se vio obligado a reclutar apresuradamente un ejército al mando de Álvar Fáñez y García Ordóñez -sobrino y antiguo adversario del Cid, respectivamente-, junto con otros condes de la región toledana, además de los alcaides de Calatañazor y Alcalá de Henares. Según una carta escrita poco después por Ibn Saraf, secretario personal del mismo Tamim, este ejército estaba formado por siete mil jinetes. A su frente, siendo apenas un niño y por motivos más simbólicos que prácticos, se encontraba el infante Sancho, único hijo varón del monarca, pues Alfonso no había podido acudir debido a su avanzada edad. La noche del 28 al 29, al tener noticias de la llegada del ejército de socorro gracias a un prisionero musulmán fugado, Tamim ibn Yusuf celebró un consejo de guerra en el cual se decidió salir al encuentro de los castellanos. Los almorávides se desplegaron la mañana siguiente, tras fortificar el campamento para prevenir alguna posible salida de los asediados. En vanguardia se encontraban las tropas cordobesas de Ibn Abi Rana, el centro estaba formado por el ejército salido de Granada y dirigido por el propio Tamim ibn Yusuf, y las alas seguramente estarían compuestas por las tropas de Murcia y Valencia.
Pese a que las descripciones de las crónicas acerca del transcurso de la batalla resultan extremadamente vagas, aparentemente el enfrentamietno siguió las mismas pautas que los acaecidos en la Península y en Tierra Santa a lo largo del siglo XII. Así, el ejército cristiano, formado principalmente por caballería pesada, cargó frontalmente, deshaciendo fácilmente la vanguardia musulmana; sin embargo, la mayor movilidad de la caballería almorávide hizo que los castellanos fueran rebasados por las alas, siendo el campamento cristiano asaltado, segurametne debido a su escasa fortificación tras la apresurada marcha, y desencadenando la derrota castellana. La Primera Crónica General sitúa esta batalla en un lugar llamado “Siete Condes”, que Ambrosio Huici Miranda identificaría con Sicuendes, pequeño poblado entre Tribaldos y Villarrubio a unos seis kilómetros al suroeste de Uclés. La Crónica de Rodrigo Ximénez de Rada, sin duda recurriendo a algún cantar de gesta, describe la heroica acción del conde García Ordóñez, quien, junto a otros nobles castellanos, defendió al hijo del rey hasta la muerte. No obstante, resulta más creíble el relato de Ibn al Qattan, según el cual parte del ejército derrotado fue perseguido hasta el castillo de Belinchón, donde el infante Sancho buscó refugio, siendo finalmente asesinado por los mudéjares del castillo.
Según la anteriormente citada carta de Ibn Saraf, secretario personal del general almorávide, las bajas cristianas ascendieron a tres mil hombres, cuyas cabezas fueron cortadas y amontonadas hasta formar un montículo sobre el cual los almuédanos llamaban a la oración. Tras ello, Tamim ibn Yusuf regresó a Granada, dejando a los gobernadores de Murcia y Valencia a cargo del sitio de la fortaleza. Al no contar con máquinas de asedio, los musulmanes fingieron retirarse y, cuando los sitiados abandonaron la ciudadela para huir, los atacaron, capturando y matando a la mayor parte.
Después de la toma de Zaragoza dos años más tarde, el poder almorávide en la Península alcanzaría su cénit, mientras que el rey Alfonso, seguramente a causa del dolor por la pérdida de su hijo, moría un año después que él. Sin embargo, pronto los bereberes se mostraron incapaces de consolidar estos nuevos avances territoriales, en una zona fronteriza que los cristianos habían repoblado con gentes del norte y mozárabes procedentes de al-Andalus. Sólo diez años tras la batalla de Uclés, Alfonso I de Aragón, el Batallador, conquistará Zaragoz y realizará diversas expediciones hacia el sur acompañadas de una importante política de repoblación; en 1133, Alfonso VII de Castilla lo imitará. Finalmente, la oposición y el descontento de los propios andalusíes desembocaron en varias revueltas que pusieron fin a la dominación almorávide de España, entre 1144 y 1145 .
En realidad, pese a la idea moderna de que las guerras se deciden en grandes batallas campales, la Edad Media fue una época en la que, estratégicamente hablando, existió una gran supremacía de los medios defensivos sobre los ofensivos. La dificultad de tomar al asalto un castillo, pudiendo ser defendido por una reducida guarnición frente a un ejército muchas veces mayor, unida al contros que éstos ejercían sobre el territorio, convirtieron la Reconquista en una interminable sucesión de asedios y algaradas, en las que las grandes batallas a campo abierto fueron escasas y no resultaron tan decisivas como en la Antigüedad. De ahí el importante papel de las citadas políticas de repoblación, o el que desempeñarían las milicias concejiles que, pese a encontrarse muy lejos de poder ser consideradas tropas de élite, contribuyeron de forma fundamental a esta consolidación territorial.

YEYO BALBÁS Recogido de Memoria de Cerca

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