LIBROS: LAS SIETE CIUDADES DE CÍBOLA

CibolaEste es el relato de una fracasada expedición de conquista en la búsqueda desmesurada de fabulosos reinos, mitos accesibles para la ideología medieval que aún permanecía en los conquistadores españoles del siglo XVI.

Narra  una de las expediciones españolas menos conocidas de la época de los conquistadores: la salida de Francisco Vázquez de Coronado en busca de las elusivas Siete Ciudades de Cíbola, por la que recorrió junto a sus hombres gran parte del sudoeste de los actuales Estados Unidos llegando incluso -los primeros hombres blancos- a pisar la zona del Gran Cañón del Colorado, en una búsqueda desmesurada de fabulosos reinos y mitos accesibles para la ideología medieval que aún perduraba en los conquistadores españoles del siglo XVI.

En esta novela se puede vivir el ambiente y el modo de vida dentro de una expedición de tan difusas e inciertas características. También destaca el tratamiento imparcial que ofrece el autor tanto de los soldados españoles como de los indios, pretendiendo alejarse de los tópicos y falsos maniqueísmos al uso.  En base a ello se da voz propia a los indígenas intentando expresar su punto de vista y leves pinceladas de su forma de vida, aún con las dificultades obvias que conlleva, y también los anhelos, ambiciones y creencias de los soldados que se enrolaban en este tipo de expediciones, usando muchas voces y expresiones propias de la época.

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A continuación se puede leer un fragmento de la novela:

Cumplidos los veinticinco años, Francisco Vázquez de Coronado dejó a su noble, -si bien no de muy alto rango-, familia en su Salamanca natal para unirse al séquito de Antonio de Mendoza, nombrado virrey de la Nueva España en octubre de 1535. Pronto se ganó el favor e incluso la amistad del virrey, lo que propició que iniciara una fulgurante carrera política hasta ser nombrado tres años después gobernador de la provincia fronteriza del noroeste, Nueva Galicia. Aunque no desdeñaba la acción, no en vano había sofocado desde el terreno algunas revueltas indígenas en su territorio, tras protagonizar un matrimonio de cuento con la dulce Beatriz de Estrada, -la hermosísima heredera del tesorero real-, cuando más dichoso se sentía era al lado de su esposa y de Marina e Isabel, sus pequeñas hijas. 

        En Compostela, capital de la región, una mañana de finales de agosto de 1539, el joven gobernador atendía muy interesado el prolijo relato de fray Marcos de Niza. Alcanzada la parte culminante, bajo una incesante riada de palabras se percibía que el fraile sabía narrar historias, -particularidad importante en su oficio-, pero Coronado no era de los que caían  deslumbrados  por una imaginación fervorosa, y su silencio albergaba numerosas dudas que aguardaban el turno para tomar voz.

        Fornido mas no muy alto, moreno de pelo crespo, de agradables rasgos e intensa mirada, el gobernador era un hombre de hablar pausado que sabía escuchar e interrumpía tan sólo con precisas cuestiones que no enredaban el hilo del discurso hilvanado por su interlocutor. A un observador apresurado podría parecerle acaso que sus pensamientos transitaban otras materias, pero lo cierto era que aparcaba en su paciente memoria los puntos borrosos hasta que al final requería todas las aclaraciones que considerara necesarias.

         Un hábito pardo franciscano envolvía al fraile recio, de cerradísima barba, pelo tazonado y gesto corto pero elocuente. Fray Marcos daba vueltas alrededor de la adusta sala agitando sus grandes manos, algo intranquilo por la aparente impasibilidad de Coronado que, junto al franco capitán Melchor Díaz, permanecía sentado en uno de los bancos. Acostumbrado a sermonear a hombres crédulos y necios, aunque fueran de noble condición, intuía Niza que por una vez su relato iba a ser escrutado con parsimonioso detenimiento. Por ello, a pesar de sus idas y venidas por la habitación, intentaba atisbar cualquier leve mudanza en el rostro del gobernador mientras proseguía con los pormenores de su viaje.

     – Traté con aquellos indios por tres jornadas, inquiriendo aparte a cada uno por sí, y todos conformaron siempre la grandeza de las gentes y casas. A nueve días de mayo entré en el despoblado con treinta señores de los naturales muy bien vestidos con collares de turquesas, recorriendo los ranchos por donde había pasado el negro Esteban en su camino hacia Cíbola.

     – ¡Cíbola!, -exclamó Coronado, pues era la primera vez que escuchaba ese nombre.   

    El gobernador le hizo un gesto para que continuara.

     – Tras caminar doce días más, nos halló el hijo de un principal de los que conmigo venían. Este indio, que era de la compañía de Esteban, muy afligido contó que la gente de Cíbola había dado muerte al negro y a muchos de los que le acompañaban. No sin temor, yo decidí continuar pues tenía un compromiso con Dios Nuestro Señor para extender su santa fe, -una melindrera expresión se dibujó en el rostro del fraile.

     Pero me costó muchos trabajos convencer a los indios para que no dieran entero crédito a aquella historia y me siguieran. Porque todavía a una jornada de Cíbola nos topamos con otros indios de Esteban, todo desbaratados, corriendo sangre y llenos de heridas, y aunque procuré amansarlos, se negaron a pasar más adelante. Tan mal aparejo tornaba el negocio que supe que habían apalabrado matarme, así que les dije que yo moriría cristiano y me iría al cielo, pero los que me matasen penarían por ello, porque el Emperador tomaría cumplida venganza y haría gran matanza en todos, -Coronado sonrió para sí ante la excesiva presuntuosidad frailuna-. Para aplacarles les regalé ropa y rescates de los que llevaba, con los que se contentaron algo.

     Ante mi determinación, sólo logré mantener a dos indios hasta la vista de Cíbola, que está asentada en un llano, a la falda de un cerro redondo. Desde tal lejanía tenía muy hermoso parecer de pueblo, con mucha platería y reluciente oro en las plazas. Eran las casas todas de piedra y cal, con sus sobrados, azoteas y las portadas principales cubiertas de turquesas. La población sin duda es mayor que la de la ciudad de México, pues en algunas partes conté hasta diez pisos, -Díaz y Coronado se dirigieron entonces una significativa mirada.

        Aunque tentado estuve de irme a ella, no temí tanto por la vida mía, que ya la ofrecí a Dios el día que comencé la jornada, como no dar razón de la grandeza de esta parte, que a mi ver es la mayor y la mejor de todas las descubiertas. Y es que también me dijeron que había cierto Totonteac, -además de Acus y Marata-, que es lugar aún de mayor calidad.

        Me permití llamar aquella tierra el Nuevo Reino de San Francisco y puse una cruz en nombre del Emperador, nuestro señor, como señal de posesión de todas las siete ciudades y de los dichos reinos de aquellos territorios, y sin venturar más mi persona tornéme a referir lo visto, aunque antes de llegar tuve noticia de un valle fresquísimo donde rematan las sierras, que está muy poblado, -mas yo solo lo vi algo lejos, desde la boca-, con buena tierra y siete poblaciones razonables de donde salían muchos humos

        El fraile concluyó así su fecundo relato, mas Coronado siguió unos instantes muy pensativo sin romper su silencio. Por fin se levantó murmurando: -“Algo lejos, padre, siempre algo lejos”. Aunque no le escuchó bien, fray Marcos notó un cierto tono de reproche, pero se atrevió a preguntar con no más arrogancia que ansiedad:

     – Y bien gobernador, ¿nada decís?

Coronado se volvió con una amplia sonrisa.

     – ¡Creo que al virrey le encantarán vuestras historias!, -exclamó con cinismo calculado que sólo llegó a captar Melchor Díaz.

       Por un momento, fray Marcos se relajó y creyó que sus prevenciones habían sido infundadas, pero el gobernador no había terminado.

    – No obstante, antes de visitar al buen virrey quisiera que me aclaráseis algunos trechos de vuestra cuenta.

       Coronado tenía la impresión que aquel hombre usaba una sinceridad impostada, adecuada sin duda para unos oídos deseosos como los de virrey, a quien le faltaría tiempo para organizar una expedición en firme en la que él mismo, como hombre de confianza, no tendría más remedio que participar.

    – Todos vuestros informantes fueron indios….., -dijo Coronado.

    – Es cierto, pero halleles de muy buena razón y entendimiento, -cortó el fraile.

    – ¿Cómo estáis tan seguro de que sus noticias no eran falsas?, -inquirió el gobernador.

    – Me preocupé de hacer pesquisas y diligencias a gran cantidad de testigos, y nunca apercibí mentira ni discordancia. Además no debéis olvidar los avisos de Estebanico, que podía entender lo que le contaban los indios.

    – Decidme, padre, ¿porqué echastéis delante a Esteban?

    – Porque conocía mejor la tierra e insisto que podía conversar con los indios. Recordad que el virrey me había encomendado averiguar donde quedaba la costa, así como en que rumbo caía cada provincia. Por cierto que vinieron a mi unos indios de California, donde estuvo el marqués del Valle, de los cuales me certifiqué que es isla y no tierra firme, como algunos dicen.

     – ¿No iba el negro muy a favor vuestro, verdad?, -intuyó con sagacidad Coronado,-.¿Qué le pasó a Esteban?¿Porqué murió?, -continuó.

     El franciscano realizó un ensayado gesto de aflicción que ocultaba el comienzo de su hartazgo ante las demandas del gobernador:

     – Bien sabéis señor que no le llevamos por virtuoso. Aunque Dios me libre de juzgarle, tengo para mi que su impaciencia y su avieso carácter le condujeron a la perdición. Entraba a usar con las mujeres que le daban por los pueblos y almacenaba turquesas así como otros pequeños tesoros. Sólo le dije que no se aventajara más de cincuenta leguas, que fuese descubriendo y pacificando. Si me hubiera esperado, como le ordené, tened por seguro que aún viviría.

       – O tal vez ahora vos también estaríais muerto, -intervino la voz seca e impertinente del capitán Díaz, cuya frente ya muy despejada no servía de reparo a sus ademanes precipitados,-. Quizás os volvísteis huyendo en cuanto tuvísteis noticia de su muerte, -añadió mordaz.

      – ¿Qué son estas palabras ruines, gobernador?, -se dirigió hacia Coronado un indignado fray Marcos-. ¿Acaso dudáis de un testigo de vista, cuyos hábitos le impiden mentir?

      – No deseamos agraviaros, padre, sólo conocer la realidad. ¿De verdad vísteis esa ciudad….?¿Cómo dijísteis que se llamaba?, -preguntó conciliador pero firme.

      – ¡Cíbola!, -gritó el fraile algo alterado-, ¿es que me creéis persona especulativa?¿Porqué tales injurias?, -insistía dolido.

      – Porque según recios y trillados exploradores, -dijo Coronado mirando a Díaz-, es difícil admitir que superárais en solo tres semanas el despoblado que hay antes de vuestra Cíbola, y que solo empleárais otro mes en regresar a Compostela.

      – Yo soy un veterano del camino acostumbrado a viajar deprisa, -contestó desdeñoso el fraile en una conversación que se tensaba por momentos.

      – ¡Jornadas dobladas tendríais que haber hecho!, -saltó incrédulo Díaz-. Por esa tierras los rigurosos calores de junio hacen muy penosa la marcha. Además todo hombre necesita descansar y hacer otras mundanas paradas, por muy religioso que sea.

      – Dios sabe que he dicho la verdad en todos los casos acontecidos, y no entiendo esta dilación con tantas riquezas esperando al virrey y al emperador. Os recuerdo que tenéis el deber de acrecentar el patrimonio de Su Majestad, -sostuvo fray Marcos.

      – ¿No deberían preocuparos más las almas en vez de las joyas, hombre de Dios?, -le preguntó con mucha ironía el capitán a pesar de su gesto amable.

     – Yo marcharía solo a evangelizar aquellas tierras pero sabéis que hay ordenanzas que lo impiden, y a gente como vos solo os mueve la codicia del oro con la que intento atraeros, -contestó muy despreciativo fray Marcos.

       Coronado decidió poner término a esa conversación agotada. A pesar de sus recelos, no bien hubo descansado el fraile -que no quiso demorarse mucho, siempre impetuoso-, partieron ambos para informar en persona al virrey de aquellos importantes descubrimientos.

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