SACRIFICIOS DE SANGRE Y EL MÁS ALLÁ (II)

sacmayas2En el período Posclásico la forma más común de causar la muerte ritual era extrayendo el corazón de la víctima. El corazón, de acuerdo con las creencias de los mayas, era un centro donde residían las funciones cognoscitivas, racionales, espirituales y emotivas, el centro anímico vital y el centro primario del yo. La muerte ritual era precedida por elaboradas danzas y enormes procesiones. Los oficiantes se ataviaban con las insignias de los dioses, sumamente elaboradas, y se convertían en representantes y portadores del poder sagrado, procedían en nombre de su dios, eran intermediarios de los cuales se servían las divinidades para sacrificar a los seres humanos.
Las víctimas eran principalmente cautivos de guerra, y mientras mayor fuera el rango del prisionero, su muerte alcanzaba mayor valor; algunos, para el momento de su muerte, ya no eran hombres, sino dioses con una envoltura corporal; los dioses, como el cosmos, tenían que morir para renacer con nueva energía. Había otras víctimas, quizá las de menor rango, aun infractores de la ley, que estaban destinadas a alimentar a las divinidades, finalidad para la que fueron creados los hombres, y a retribuir a  los dioses sacrificados que servían como compañeros de muerte, criados de los grandes señores que continuarían sirviéndoles en el tránsito hacia su destino final, como lo son los acompañantes del gobernante Pacal localizado en la tumba del Templo de las Inscripciones de Palenque.
A la víctima se le brindaban bebidas embriagantes y otras drogas que debilitaban su voluntad, se la recostaba en el altar de los sacrificios y, sujetada de brazos y piernas por los chaacoob, ayudantes del sacrificador, denominado nakom, se le arrancaba el corazón; luego el sacerdote proncipal, ah kin, lo ofrendaba al Sol o bien lo colocaba entre dos cajetes y a veces se quemaba.
La muerte ritual por flechas o saetas también tenía como finalidad primordial la búsqueda de la fertilidad. De acuerdo con los cantares 1 y 13 del Libro de los Cantares de Dzitbalché, se ataba a un joven a una columna de piedra en medio de la plaza y alrededor de él bailaban guerreros; la víctima se pintaba de azul y se adornaba con flores del árbol balché, asociadas con la sexualidad. El sacerdote lanzaba una primera flecha y luego los guerreros lo asaeteaban. El sacrificio se hacía en honor del dios solar, quien enviaba sus rayos materializados en flechas para terminar con la vida de la víctima.
Los rituales para pedir la lluvia adecuada para las cosechas podían consistir en arrojar a lagos y cenotes víctimas, ya vivas o a las que previamente se les había extraído el corazón. Los grandes depósitos acuáticos eran una entrada al acuoso inframundo, recinto también de múltiples deidades. El cenote sagrado de Chichén Itzá fue testigo fiel de este ritual: se han encontrado numerosos restos de infantes; víctimas predilectas de los dioses pluviales. Con la llegada del mundo cristiano los sacrificios se siguieron efectuando, pero a la víctima, antes de arrojarla al agua, la ataban a una cruz.

MARTHA ILIA NÁJERA CORONADO     La Religión Maya

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