LA PROFECÍA DEL 2012

Extracto del Primer Capítulo de “Después de 2012”, de Ricardo González

A puertas de 2012, se habla mucho de las “Siete Profecías Mayas” en diversos foros de internet. Si bien es cierto, algunas de sus afirmaciones parecen estar cumpliéndose en el devenir de los acontecimientos, hay que decir que los mayas no escribieron en realidad esas profecías. Es solo una interpretación. Una interpretación interesante, sin duda ―yo mismo las he mencionado en uno de mis libros― pero los códices mayas, ni los glifos grabados en estelas de piedra, ni la tradición nativa, habla de ello. Entonces, ¿qué de auténtico hay en toda la información que está  circulando sobre la profecía? ¿De dónde salió la enigmática fecha de 2012? ¿Qué tiene que ver todo ello con el calendario maya?

Como una pequeña aportación, resumo aquí algunos datos sobre el estudio de esa fecha que mantiene en alerta a más de un buscador espiritual. Un fecha para no temer, sino para pensar y hacer. Tomen esto como un punto de partida para ir más allá.

¿Quiénes fueron los mayas?

Hasta el día de hoy, a pesar de haberse acumulado siglos de estudio, una densa neblina aún les envuelve. Los mayas siguen morando en el más absoluto de los misterios pese al denodado trabajo de numerosos arqueólogos, historiadores, antropólogos, y hasta aventureros. Todos ellos han ido en busca de respuestas, y como casi siempre sucede con las civilizaciones perdidas, al hallar una posible puerta de salida, otros laberintos se muestran en el camino dibujando un escenario antes impensado. Obviamente, tampoco fui la excepción. Sin embargo,  comprendí que la clave estaba en las preguntas, y no necesariamente en las respuestas.
Es sumamente extraño que una gran civilización de pronto haya  desaparecido”, dejando sus templos y pirámides abandonadas en el Yucatán y en otras áreas donde se desarrollaron. Hablamos de una cultura avanzada que llegó a abarcar más de cuatrocientos mil kilómetros cuadrados, sobre una superficie que comprende la parte más meridional del actual México, Belice y algunas zonas de Centroamérica. Obviamente, los mayas que hallaron los españoles no eran quienes erigieron la Gran Palenque, Tikal o Copán. De hecho, nadie se pone de acuerdo en el origen de esta civilización, aunque la mayoría piensa que empezó a formarse hacia el año 1,500 antes de Cristo.

En general, la historia de los mayas se suele dividir en tres grandes períodos: el Preclásico, en donde la cultura empezó a germinar y asentar sus bases; el Clásico, la luminosa etapa del arte, la ciencia y el desarrollo en otras áreas; y el Postclásico, en donde aparece el metal y se registra una importante influencia de otras regiones del altiplano de México. Cuando la conquista encuentra a los mayas, halla en realidad a un pueblo en decadencia, con recuerdos de una época perdida en el tiempo que, según las leyendas, fue gloriosa y llena de conocimientos. Una escena similar durante la conquista española en Perú y el recuerdo de los primeros tiempos incas.

Sin ir muy lejos, se sabe que si a un indio maya del Siglo XVI se le preguntaba por las desconcertantes construcciones que dejó su civilización en México y Centroamérica, o si se indagaba por el significado real de las numerosas estelas de piedra que contienen grabados y símbolos, los nativos narraban historias sobre sus “fundadores”: Los “mayas antiguos”, que eran una mezcla de “grandes magos” y “científicos”. Según cuentan, esos olvidados personajes habían sido los verdaderos autores de las profecías. Incluso recorriendo hoy en día el amplio territorio de la cultura maya escuchamos estas mismas versiones de boca de los ancianos que guardan la tradición. De acuerdo a aquellos hombres sabios, el conocimiento maya no se ha perdido, sino que se ha “ocultado”. Esta afirmación parece hacer caso omiso de la extirpación de idolatrías que practicó la conquista en México, especialmente el lamentable episodio que protagonizó Diego de Landa en 1562. Ese año, en Mérida, el monje franciscano mandó apresar a treinta indígenas de influencia, incluyendo líderes religiosos y caciques,  a quienes trasquiló y luego cruelmente torturó. Además, destruyó diversos objetos que asoció, según su particular parecer, sin duda, al “demonio”. En el Siglo XIX, el Doctor Justo Sierra publicó una lista de lo que se ordenó aniquilar en México, y allí se puede leer, con asombro, que en Maní se rompieron 5,000 ídolos, 13 piedras que funcionaban como altares, 27 rollos con signos y jeroglíficos, entre otras cosas que los nativos lloraron desconsoladamente. Algunos, llenos de impotencia y dolor, y otros, quizá, por orgullo o por honor —es difícil ponerse en esa situación— se internaron en la selva y decidieron quitarse la vida ahorcándose o golpeándose la garganta con una pesada piedra. Entretanto, sus viejos códices y objetos sagrados eran quemados y destruidos.

Decodificando la Profecía

La Relación de las Cosas de Yucatán de Diego de Landa es una obra polémica para algunos, pero valiosa para otros, ya que más allá de las acciones del franciscano se pudo recopilar algunos conceptos sobre el avanzado sistema de notación de los mayas, sus creencias, costumbres —pero siempre bajo la visión del español— y otros detalles para escudriñar lo que parece ser la mayor obsesión de aquella cultura: El tiempo. Ciertamente parece una contradicción que del manuscrito de Landa haya salido la base para comprender los conocimientos matemáticos mayas. Pero así fue, al menos para los “no iniciados” en aquellas revelaciones, pues, como decía, los actuales ancianos mayas sostienen que no se perdieron todos los archivos. Ellos afirman haberlos puesto a salvo en varias cavernas de México y Guatemala. Estarían custodiados, de generación en generación, desde hace siglos.

Como fuere, el complejo sistema de calendarios de los mayas fue observado preliminarmente por Landa y, más tarde, renombrados investigadores lo tomaron como punto de partida para ir más allá. Por ejemplo, tenemos las investigaciones del norteamericano Cyrus Thomas, quien con una copia parcial del Códice de Dresden y con La Relación de las Cosas de Yucatán interpretó los números mayas como un complejo sistema vigesimal. El estudioso comprendió que mientras nosotros contamos por decenas, centenas y miles, los mayas lo hacían por veintenas, cuatro centenas, ocho miles y así sucesivamente, permitiendo a los sacerdotes calcular números gigantes en el tiempo.

Posteriormente, otro norteamericano, Joseph Goodman, fue más allá del sistema de notación de los mayas que había empezado a rasgar Thomas. Goodman pudo establecer que el inicio de la misteriosa “Cuenta Larga”, de 5,125 años de acuerdo a nuestra forma de medir el tiempo, se habría iniciado entre el 11 y el 13 de agosto del año 3,113 antes de Cristo. Así, el trabajo de otros estudiosos como el del británico J. Eric Thompson y el ucraniano Yuri Knorosov, fueron complementando este trabajo que permitió establecer el año 2012 como el “final” de la Cuenta Larga, una conclusión hoy aceptada por los estudiosos mayas más pragmáticos, aunque todos con una diferente interpretación de lo que podría significar ese momento.

Los mayas, hay que decirlo, no sólo fueron grandes matemáticos, sino también extraordinarios astrónomos, pues calcularon antes que ninguna otra cultura en el mundo la duración del movimiento de traslación de la Tierra alrededor del Sol, fijándolo en 365,24 20 días (la NASA lo estableció recientemente en 365,2422). También, calcularon la revolución completa de la Luna en torno a nuestro planeta, con sus respectivas fases. De igual forma con el movimiento “sinódico medio” del planeta Venus (del cual tenían también un calendario), entre otras observaciones celestes. Se piensa que tuvieron cerca de 17 calendarios. Entre los más estudiados y considerados por muchos como los “principales”, se halla el “Haab”, un “calendario solar”, pero diferente al nuestro, pues tiene 18 meses de 20 días, más un “mes extra” de sólo cinco días que constituye un período llamado “Uayeb”, un espacio de tiempo considerado de mal agüero o “desafortunado”. Según se ha estudiado, el Haab era un calendario “civil” que se complementaba con otro sistema de orden: El “Tzolkin”, el calendario sagrado de 260 días que se asocia al ciclo lunar; es decir, 13 meses de 20 días. Los mayas, pues, no apostaban a uno u otro sistema de calendario, sino que empleaban los dos, el Lunar (femenino) y el Solar (masculino) generando así un equilibrio importante en sus vidas y actividades. Un detalle interesante es que al combinar el Tzolkin y el Haab obtenían un ciclo de 18,980 días, que se conoce como “Rueda Calendárica”.
 

Al estar compuesta por dos calendarios diferentes, uno de 260 días y otro de 365, ése sería el tiempo que se debía esperar para que ambos sistemas coincidieran. Es decir, volver al “punto cero” que une a ambos calendarios requería esos 18,980 días o, si queremos medirlo de otra forma, de 52 años solares. Y para los mayas los ciclos de 52 años indicaban que ciertos acontecimientos se repiten con la energía que los generó. Es un símbolo de renovación y de tomar nuevas decisiones.

Ahora bien, paralelamente a todo esto, los mayas tenían un calendario especial que calculaba cifras más grandes empleando su sistema vigesimal antes mencionado. Me refiero a la misteriosa “Cuenta Larga” que mencioné líneas atrás, la clave que también sorprendió a Joseph Goodman y que nos conduce a la profecía de 2012. Por alguna razón aun no del todo clara, los mayas calcularon esa “etapa” gigante, compuesta por “13 batkunes”, marcando en la rueda del tiempo una enigmática fecha de inicio y otra de cierre. ¿Pero, qué evento emplearon los antiguos sacerdotes mayas para fechar el inicio de su misteriosa Cuenta Larga? ¿Y qué situación tomaron en referencia para calcular su misterioso cierre? Desde luego, no deja de ser inquietante, pues no pocos estudiosos consideran que el inicio de la Cuenta Larga es la fecha de la mítica “Creación” maya. Esta interpretación ha llevado, como era de esperarse, a especulaciones de todo tipo: Si el 3,113 antes de Cristo es la fecha de la “Creación”, el cierre del ciclo en 2012 sería el “Fin del Mundo”…
 

A mi entender, una conclusión demasiado fácil e irresponsable.

Obviamente, los mayas no dijeron eso. De hecho no existe ninguna referencia concreta en los códices que lo sustente, ni siquiera en las profecías escritas durante el período de la Conquista, conocidas como “El Libro de Chilam Balam”. No obstante, el ciclo de 5,125 años y su abrupto “cierre” en el año 2012, sí es real. ¿Entonces, cómo contaron los mayas para llegar a calcular ese ciclo? ¿Por qué “13 Batkunes”?

Lo explicaré en un pincelazo.

De la misma manera en que nosotros disponemos de nombres para los días de la semana o los meses del año, los mayas tenían un elaborado sistema para comprender el fluir de sus calendarios. Por ejemplo —tomaré el Tzolkin como referencia— ellos llamaban “kin” a un día, y 20 kines o “días mayas” hacían un mes o “uinal”; asimismo, 18 uinales hacían un “Tun” o año.

Para explicarlo mejor, se podría graficar así:

1 kin = Un “día”
20 kines = Un mes de 20 “días” llamado uinal
18 uinales = Un “año” llamado tun
20 tunes = Un ciclo de 7,200 días llamado Katun
20 katunes = Un ciclo de 144,000 días llamado baktun

El número 13 era sagrado para los mayas. Antiguas tradiciones que custodian los ancianos maestros afirman que el 13 constituye el Sacerdocio Mágico, conformado por un Maestro y 12 discípulos, una escena que de inmediato nos remite a Jesús y sus apóstoles e inclusive al concepto sumerio de 12 planetas en torno al Sol. El número 13 representaría, lejos de toda superstición, la totalidad, los ciclos que se cumplen y la llave maestra a la ascensión. Para los mayas, los 13 batkunes representaban ello, un ciclo especial que reconstruía las cosas. Y de allí parte la profecía de 2012, pues 13 batkunes (13 x 144,000 = 1, 872 000 días) equivalen a 5,125 años solares. Esto quiere decir, como adelantaba, que la Cuenta Larga se inicia en el año 3,113 antes de Cristo, exactamente el 13 de agosto, y que terminará el 21 de diciembre de 2012.

Sobre qué les llevó a los mayas fechar el inicio de su Cuenta Larga en una coordenada tan lejana —imposible para los historiadores si la interpretamos como la fundación de su cultura— nadie tiene una idea clara. Algunos piensan que esta “Era maya” empezó con un acontecimiento conocido como el “nacimiento de Venus”. Los mayas eran acuciosos observadores del vecino planeta. Pero no se sabe más al respecto. Al margen de ello, curiosamente, aquel tiempo que inicia el gran ciclo maya coincide con la “fundación” de otra importante cultura en el mundo: Egipto. Alrededor de esa fecha se cuenta que Menes, conocido también como Narmer  o “Rey Escorpión”, unió el Alto y el Bajo Egipto para convertirse en el Gran Faraón de la Primera Dinastía. También alrededor de esa fecha se construye la ciudad sumeria de Uruk. ¿Será una casualidad?

Volviendo al 2012, otros estudiosos van más allá de la súper “Era maya”, sosteniendo que, en realidad, son cinco etapas o “Soles” de 5,125 años. Si fuese así, la suma de estas supuestas cinco etapas mayas nos daría 25,625 años, una cifra más que sugerente, ya que está próxima al denominado “Año Platónico” o “Precesión de los Equinoccios”, un ciclo gigante de 25,920 años que se produce por el movimiento pendular de la Tierra —al estar inclinada 23,5 grados— y que sin duda los sabios astrónomos mayas conocían al dedillo. Siguiendo esta línea de interpretación, algunos autores piensan que las cinco grandes fases de 5,125 años aluden a un “Amanecer”, “Mediodía”, “Tarde”, “Atardecer” y la “Noche”. Supuestamente,  nos hallaríamos en medio de esa noche oscura, llena de pruebas y tribulaciones, y lo que se aguarda es el siguiente ciclo o “sol”: El “amanecer” que viene con el 2012. Cabe mencionar que otras grandes culturas del México antiguo creían también en esas cinco etapas o “soles”, tránsitos cósmicos que la humanidad debía pasar para alcanzar una verdadera Era Dorada.

sostienen que la rueda completa que constituye estas cinco etapas no tiene nada que ver con la Precesión de los Equinoccios —a mi modo de ver las cosas, la Precesión sería lo más coherente— sino con una hipotética traslación de nuestro Sistema Solar en torno a la estrella Alción de las Pléyades… Y esta afirmación, sin duda, está en entredicho con la ciencia. En la actualidad no hay ningún indicio científico sobre ese supuesto movimiento en torno a Alción. Y por si ello fuera poco, he escuchado a más de un investigador de los mayas decir que el movimiento de nuestro Sistema Solar que genera esas cinco etapas es, en realidad, en torno al centro de nuestra galaxia, describiendo así el pretendido recorrido de 25,625 años. Pero esa afirmación es una barbaridad, pues se sabe que nuestro Sistema Solar está en uno de los brazos de la espiral de la Vía Láctea, a unos 27,700 años luz de su distante centro. ¡Dar “la vuelta” completa a la galaxia nos tomaría 225 millones de años! Estas “teorías” son las que muchas veces quitan crédito y seriedad a las profecías de los antiguos mayas.
 

Al margen de las diferentes interpretaciones, todos sabemos que el tiempo, los ciclos cósmicos, y nuestra relación con el planeta, ha sido la obsesión de antiguas culturas, situación en la que destaca la civilización maya, y no sólo por su gran adelanto matemático y astronómico, sino también por la advertencia de una inquietante profecía que cierra esa súper “Era” de 5,125 años en el 2012.

¿Cómo entender, entonces, la desaparición de una cultura tan adelantada? ¿Por qué los grandes Imperios se precipitan y, a veces, estrepitosamente? ¿Acaso el 2012 encierra un mensaje sobre ello para la generación humana actual? Si esas supuestas cinco etapas están relacionadas a la Precesión, o a algún movimiento concreto de nuestro Sistema Solar en el espacio, ¿ciertos acontecimientos planetarios son cíclicos y se pueden predecir? Y lo más importante: ¿Son modificables?

La clave está escrita, numéricamente, en el ciclo que nos lleva a 2012: 13 grupos de 144,000 días…

Legado Cósmico