GUACHIMONTONES. LAS PIRÁMIDES OLVIDADAS DEL OCCIDENTE MEXICANO

Un equipo de arqueólogos de la Universidad de Illinois ha terminado de restaurar el centro ceremonial prehispánico de Guachimontones. Situado en las inmediaciones de Teuchitlán, una pequeña población del estado de Jalisco, en México, las pirámides cónicas de este conjunto nos ponen en la pista de una nueva civilización desaparecida que poseía un curioso sistema mágico de creencias.

Teuchitlán es una pequeña población de algo más de ocho mil habitantes, situada en el occidente de México, en una región privilegiada por su paisaje, dominado por el volcán Tequila que ha dotado al terreno de una geología muy particular y ha abonado los campos durante miles de años con ricos minerales.
Dejé atrás la laguna de La Vega, con sus característicos arcos parcialmente sumergidos. Un grupo de garzas hacían su parada allí cuando advertí, en el margen de la carretera, un curioso cartel. Aludía al cerro de las piedras bola, situadas a 15 Km., en el estado de Jalisco, unas esferas rocosas parecidas a las de Costa Rica ¡pero en México!
-Sí, -espetó mi guía- yo acompañé al señor Benítez a esas esferas pero lo interesante, créame, son los Guachimontones- Me explicó Chava en un español con un acento muy particular
-¿Guachi qué? –pregunté
-Se trata de unas pirámides cónicas muy particulares que fueron descubiertas hace no más mas de treinta años y que han terminado de restaurarse recientemente.
No lo dudé. Le pedí que me llevara hasta este conjunto arqueológico que se halla a un kilómetro de Teuchitlán. Dejamos atrás numerosos campos de ágave, la planta que sirve de base al tequila, así como varios manantiales de agua que inundaban en varios puntos la estrecha carretera que conduce hasta él. Apenas descender del vehículo me sobrecogí. Frente a mi se erigía una pirámide cónica de diez metros de altura conocida con el nombre de La Iguana, que presidía el conjunto. Dirigí el objetivo de mi cámara y empecé a disparar mientras Chava me explicaba que en su base habían sido hallados varios enterramientos. Esta estructura central estaba rodeada por diez plataformas donde se hallaban, seguramente, los templos del centro ceremonial configurando un gigantesco círculo. Junto a estas estructuras había otras dos “pirámides”, una de ellas todavía por excavar que está separada del resto por un campo de pelota de 110 metros de longitud, el más grande de toda Mesoamérica. En total el conjunto actual ocupa un área de cuatro mil metros cuadrados –se sospecha que con los conjunto habitacionales recientemente descubiertos podría, aún, ser mayor- con un modelo constructivo único en el mundo: los Guachimontones, un término Náhualt que significa “montón de guajes” (un arbusto de grandes flores). Conté el número de plataformas que conformaba la altura de la “pirámide” de La Iguana: trece. Después había un descansillo (un peldaño más ancho) y, a continuación, cuatro plataformas más hasta la cima. Recordé que tanto el 13 como el 4 eran números sagrados para los aztecas, “pero no tienen nada que ver con ellos –me explica Chava- la tradición Teuchitlán tuvo un desarrollo independiente. Estas pirámides son mucho más antiguas”.

Rodeados de ruinas
En efecto, los trabajos de investigación de Phil Weigand han revelado que la tradición Teuchitlán se remonta 1.000 años antes de Cristo. El auge de esta civilización, sin embargo, tuvo lugar alrededor del año 300 de nuestra era “aunque –asegura el arqueólogo- esta tradición se remonta casi 800 años antes de Cristo”. Muchas de la culturas prehispánicas son culturas anónimas que los arqueólogos han bautizado con el nombre del lugar donde fueron halladas; en el caso de los Guachimontones se les ha dado en llamar tradición Teuchitlán porque es el lugar donde fueron encontrados.
Como en tantas otras ocasiones sucedió de forma casual, en 1969. Los campesinos de la zona habían topado fortuitamente con enterramientos y reunido piezas de cerámica que no encajaban con las civilizaciones conocidas en México. Weigand y su esposa, Acelia García, visitaron algunos de los enclaves donde habían sido halladas tumbas de tiro y comprobaron la arquitectura monumental asociada con ellas. Ayudados económicamente por la desaparecida Mesoamerican Cooperate Research, el matrimonio acometió en 1970 una expedición de gran calado, basada en aerofotografías. Fue entonces cuando tomaron conciencia que las ruinas se extendían por todos lados. Con todo, la exploración arqueológica y su reconstrucción formal no tuvo lugar hasta 1999, casi treinta años después.
¿Qué representaban aquellas estructuras? ¿Quién las hizo? Y, ¿por qué?

Centro ceremonial
Hoy todos están de acuerdo con que los Guachimontones fueron concebidos para dirigir la atención del observador hacia el interior del conjunto, hacia un foco en particular constituido por la pirámide central. Se ha sugerido que allí tenía lugar una ceremonia llamada del volador, donde el chamán danzaba sobre un poste para mantener una especial conexión con el cosmos. Este hombre se balanceaba durante horas en lo alto del poste y “mágicamente” se transformaba en águila para tener acceso a los distintos niveles del cosmos y los mundos espirituales. El resto de la comunidad danzaba en la base formando un círculo, unidos por los hombros. Weigand halló la evidencia arqueológica al localizar el hoyo donde se colocaba el poste y que, al parecer, penetraba hasta la base de las estructuras piramidales.
Según el especialista Christopher L. Witmore “la transformación del chamán en águila es esencial para que éste pase por los niveles del cosmos, para comunicarse con los dioses y los ancestros. Entre los aztecas –asegura-, el dios del sol, Tonatiuh, que generalmente se representa en forma de disco, se invocaba como el águila que se eleva”. En consecuencia el águila desde el punto de vista cosmológico se asocia no sólo con el sol, sino también con el Abuelo Fuego, que controla la puerta cósmica y otorgaba poderes de movimiento y de comunicación con los dioses, con los ancestros y con los seres sobrenaturales. En muchos de los asentamientos de la tradición Teuchitlán, diseminados desde el norte de Michoacán, Guanajuato, Aguascalientes y sur de Zacatecas, se han hallado modelos de cerámica que muestran a la ceremonia del volador llevándose a cabo en el centro de estructuras circulares estilizadas. En todos ellos el eje cósmico (axis mundi) sale del centro de la tierra (la pirámide) para que el chamán pueda atravesar los niveles del cosmos y ascender por ellos.

Un asombroso calendario
Si la cosmología Teuchitlán es fascinante, más aún es comprobar que el conjunto está perfectamente alineado en un eje este-oeste, lo que podría sugerir una función de estas misteriosas plataformas como calendario solar. Estimulado por esa idea, ya de regreso a España, hice escala en México D.F. con el propósito de fotografiar en alta resolución el famoso calendario azteca. La enorme roca se halla expuesta hoy en el Museo Nacional de Antropología así que, tras gestionar los oportunos permisos, pude plantarme frente al calendario y advertir las similitudes en su estructura con los Guachimontones.
Esta enorme piedra de basalto de olivino preside el pabellón de cultura azteca y muestra cuatro anillos repletos de símbolos que fueron cincelados con meticulosidad para medir el tiempo. En el centro está representado Tonatiuh, el Sol, rodeado de cuatro rectángulos que simbolizan la leyenda de los cuatro soles. Fue entonces cuando advertí que los 17 peldaños que había contado en la pirámide de La Iguana (13 + 4) podían guardar relación con el ciclo del cielo en el sagrado calendario azteca pues, 13 x 4 eran 52, el llamado nudo o haz de años (xuihmolpilli) que guarda íntima relación con las Pléyades (ver recuadro). Para los antiguos pobladores mesoamericanos, además, el año sagrado tenía 13 meses de 20 días y la semana tenía 13 días porque este número se correspondía con los niveles que conducen hasta la cima celeste y la morada del Dios del Cielo. ¿Representaban los Guachimontones esa cima celeste?

Correspondencias astronómicas
Asombrado recordé las recreaciones del conjunto arqueológico que figuran en el centro interpretativo de Teuchitlán. En ellas son visibles La Iguana, las plataformas de El Azquelite y la todavía por excavar de El Gran Guachi, que es la mayor del conjunto. Su disposición me resultó familiar. Dos de ellas seguían una diagonal de 45º mientras que la tercera de las plataformas estaba ligeramente por encima… como las pirámides de la meseta de Gizá. ¿Guardarían también una disposición con la constelación de Orión?
Era evidente que las ruinas Guachimontones evocaban poder, misterio y admiración temerosa, que demostraban la complejidad y precisión de diseño alcanzada por esta civilización desconocida y que representan claramente funciones mágicas.
La Iguana es la plataforma más antigua de la serie y, con toda probabilidad, se convirtió en foco o pivote del resto de complejos. El primero está construido sobre el eje formado por las escalinatas este-oeste de la pirámide central y los espacios entre las plataformas circundantes, orientadas hacia el este lo que marca el recorrido del sol el día del cenit. La misma orientación de Teuchitlán se halla, también, en otros dos complejos; en Santa Quiteria y en los vestigios que quedan de los grandes complejos de Ahualulco auque sobre estos aun no se ha realizado un estudio sistemático. Queda mucho por hacer y por resolver pues apenas sabemos nada del colapso de esta civilización, de cómo quedó aislada del resto de culturas mesoamericanas a pesar de compartir creencias y ritos comunes. Todo un misterio por descubrir.

GUIA DEL VIAJERO

Muchas leyendas alrededor del mundo se relacionan con las Pléyades. Egipcios, Griegos, tribus de Norteamérica, Australia o Japón han rendido culto a esta constelación de siete estrellas, orientando hacia su punto de salida y el de su ocaso construcciones y templos.
Cada 52 años, los Aztecas realizaban una ceremonia religiosa especial llamada la Danza del Fuego Nuevo (o Ceremonia del Fuego Nuevo), para asegurar el movimiento del cosmos y el renacimiento del sol. Este período también correspondía al calendario religioso de 260-días (Tonalpohualli en Náhuatl) cuando se entrelazaba con el calendario civil de 365-días (Xiupohualli en Náhuatl). Cada 52 años solares Haab estos calendarios coincidían. A veces, a este, los Aztecas lo llamaban el Calendario Redondo. El ciclo de
 52 años se decía que empezaba cuando las Pléyades cruzaban el quinto punto cardinal o el cenit del cielo a medianoche. Algunas veces no sólo estaban las Pléyades en el cenit sobre Mesoamérica sino que esa alineación también entraba en conjunción plena con el sol. Además, dos ciclos de 52 años (104 años) se coordinan con una alineación adicional con Venus (símbolo de la forma creativa femenina en la escala local).
También la cara occidental de la Pirámide del Sol en Teotihuacán, está alineada con el punto de la puesta de las Pléyades al igual que muchas de las calles aledañas. ¿Por qué esa obsesión por las Pléyades? ¿Qué extraña relación tenían esos pueblos con la constelación? ¿Era tal vez el lugar de procedencia de sus dioses instructores?

JOSEP GUIJARRO            Los 32 Rumbos

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2 comentarios en “GUACHIMONTONES. LAS PIRÁMIDES OLVIDADAS DEL OCCIDENTE MEXICANO

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