LOS DOSCIENTOS DE HENOCH

“…Así, pues, cuando los hijos de los hombres se hubieron multiplicado, y les nacieron en esos días hijas hermosas y bonitas, y los ángeles, hijos de los cielos, las vieron, y las desearon, y se dijeron entre ellos: -Vamos, escojamos mujeres entre los hijos de los hombres y engendremos hijos-. Entonces, Samyaza, su jefe, les dijo: -Temo que quizá no queráis cumplir esa obra, y yo seré, yo solo, responsable de un gran pecado-.
Pero todos le respondieron: -Hagamos todos un juramento, y prometámonos todos con un anatema no cambiar de destino, sino ejecutarlo realmente-. Entonces todos juntos juraron y se comprometieron acerca de eso, los unos hacia los otros, con un anatema. Así, pues, todos ellos eran doscientos, y descendieron sobre Ardis, la cima del monte Hermon; y lo llamaron –Monte Hermon-  porque es sobre él donde habían jurado y se habían comprometido los unos con los otros con un anatema.
Y he aquí los nombres de sus jefes: Samyaza, su lider. Urakabarameel, Aramiel, Kokabiel, Tamiel, Ramiel, Daniel, Azkeel, Baraquiel, Asael, Armaros, Batraal, Ananiel, Zaquile, Samsapeel, Satariel, Touriel, Yomeyal  y Azazel. Esos son sus jefes de decena…”

El texto anterior se corresponde con el Capítulo VI, Unión de los Ángeles con las Hijas de los Hombres, de El Libro de Henoch, de muy semejante contenido al que aparece también en el Capítulo VI del  Génesis, cuando éste hace referencia al gran interés de los ángeles, por procrear con las hijas de los hombres dada su enorme belleza. El Libro de Henoch es una recopilación de siete antiguos textos que, según los expertos, proceden con casi toda seguridad a diferentes periodos históricos y por tanto también de diferentes autores. Su procedencia es muy variopinta, pues muchos de los fragmentos encontrados a partir del pasado siglo XVIII, proceden de distintas versiones como la latina, griega o etíope, sabiéndose que existió una versión mucho más antigua en hebreo perdida a fecha de hoy, de la que todas las versiones restantes proceden. No fue hasta el año 1.856 que la totalidad de los textos que conforman el libro que conocemos en la actualidad, fuese definitivamente completada. Considerado por la Iglesia de Roma como un texto apócrifo, es  decir, no dictado o inspirado directamente por la Divinidad Suprema, para otras confesiones religiosas, como es el caso de la Iglesia Ortodoxa Etíope resulta de gran transcendencia e interés.
Evidentemente, la complejidad de los hechos narrados con anterioridad, no ha pasado desapercibida para los exégetas de las distintas confesiones religiosas, ni para cualquier curioso que se haya adentrado en su lectura, y más aún cuando, tanto en el Génesis como en el propio Libro de Henoch, se asegura que de esta unión entre los hijos de Dios y las hijas de los hombres, nacieron grandes gigantes (los  nefilim) que fueron la causa algún tiempo después de que, Dios decidiese exterminarlos mediante el envío de un diluvio a escala universal.
Pero…, ¿quiénes fueron estos doscientos hijos de Dios que descendieron sobre el Monte Hermon? Si descendieron sobre la tierra…, ¿quiere decir el viejo texto que estaban volando anteriormente a su descenso?

Entre los “jefes de decena” que se citan en el Libro de Henoch, aparece en el último lugar un “grigori” (del griego egrégoroi) que viene a significar “observador o vigilante” cuyo nombre no nos deja de ser familiar. Nos referimos exactamente a Azazel, ya mencionado en otro de los artículos presentados en paleoastronautica.com, más exactamente en “Las Sombras del Monoteísmo” en el temario “Historia Desconocida”. Allí podemos apreciar como en Levítico 16 nada más y nada menos que el mismísimo Yahvé ordenó a los israelitas sacrificar un chivo en su nombre, un capítulo bíblico que tampoco nos ha dejado indiferentes a todos aquellos que nos hemos adentrado en la lectura del Antiguo Testamento o Pentateuco. En el Libro de Henoch, en el capítulo VIII, se señala muy específicamente acerca del papel desempeñado en todos aquellos acontecimientos por este personaje tan curioso:

“…Y Azazel enseñó a los hombres a fabricar las espadas y los machetes, el escudo y la coraza del pecho, y él les mostro los metales, y el arte de trabajarlos, y los brazaletes y los aderezos y el arte de pintarse los ojos con antimonio y de embellecerse los párpados, y las más bellas y más preciosas piedras y todos los tintes de color, y la revolución del mundo. Y la impiedad fue grande y general, ellos fornicaron, y ellas erraron, y todas sus voces fueron corrompidas…”

Al igual que Azazel, el resto de sus compañeros una vez unidos a las mujeres de los hombres desempeñaron distintos papeles en la enseñanza y educación de los hombres, en las más distintas ramas de la ciencia y el saber, tales como aprender a distinguir raíces y plantas medicinales, el movimiento de los astros y los planetas, forjar metales, labrar la tierra, etc. ¿De dónde provenía todo ese conocimiento adquirido anteriormente al descenso sobre la Tierra, que posteriormente fue legado a los hombres?
Aparentemente revelador pudiera ser el Capítulo IX del Libro de Henoch, que con el nombre de “Intervención de los Ángeles Buenos” comienza así:

“…Entonces Miguel, Uriel, Rafael y Gabriel miraron desde lo alto del cielo, y vieron la sangre esparcida en abundancia sobre la tierra y toda la injusticia cometida sobre la tierra…”

Desde “lo alto del cielo”, Azazel y sus 199 compañeros (los que descendieron sobre la tierra) fueron observados con enfado y desazón, aparentemente por haber incumplido una serie de normas. La primera, haberse mezclado genéticamente con los humanos, habiendo producido seres anómalos, los gigantes o nefilim. Pero esto no pareció ser suficientemente grave como para hacer intervenir de inmediato a “los de arriba”, pues por los hechos narrados, esta práctica se continuó en el tiempo. La segunda de las razones, parece que terminó por colmar el vaso de la paciencia de “los de arriba”, cuando, como podemos leer a continuación en el mismo capítulo, los ángeles “buenos” se dirigen a Dios en estos términos:

“…Tú has visto lo que ha hecho Azazel, cómo ha enseñado toda injusticia sobre la tierra y desvela los secretos internos que se cumplen en los cielos; y como Samyaza, al que tú habías dado el poder de dominar sobre sus compañeros, ha instruido a los hombres. Y ellos se han ido hacia las hijas de los hombres, sobre la tierra, y se han acostado con ellas y se han mancillado con ellas, y les han descubierto todo pecado. Luego, estas mujeres han puesto al mundo gigantes por lo que la tierra entera se ha llenado de injusticia…”

Las distintas confesiones religiosas que han bebido de éstas mismas fuentes, no terminan de encajar todas estas piezas que describen una historia tan increíble.  Los judíos por ejemplo, se refieren a este grupo tan especial de “hijos de Dios”, como una clase de ángeles particulares cuyo cometido esencial fue el de preparar una limpieza de las líneas de sangre de la humanidad, con el posterior diluvio, dejando claro que, ni Noé ni su familia conservaba ni un solo gen de los extintos nefilim. A nivel personal, no termino de entender todo este tipo de entramado, pues como bien es sabido, las referencias a gigantes continúan apareciendo posteriormente al Diluvio Universal, tanto en la Tora hebrea como en el Pentateuco cristiano, con referencias continuas durante el capítulo del Éxodo a pueblos como los anaquitas, refaitas y emitas, todos ellos descritos como pueblos descendientes de los  gigantes, o incidentes tan de sobra conocidos como el de David contra el gigante filisteo Goliat (de seis codos y un palmo de estatura, poco más de dos metros y medio).
La Iglesia Católica, se refiere a estos “hijos de Dios” como los descendientes de Set, hijo de Adán y Eva, nacido posteriormente a los sucesos que enfrentaron a sus hermanos Caín y Abel, y citado en el Deuteronomio por su “gran amor a Dios”. En esa misma línea, la Iglesia Ortodoxa profundiza en el tema y señala que los descendientes de Set o “hijos de Dios” comenzaron a sentir intereses carnales por las “hijas de los hombres”, es decir los descendientes de Caín, el asesino de Abel, a medida que su población fue extendiéndose. Pero lo que ni unos ni otros explican es por qué “descendieron”  estos descendientes de Set sobre el monte Hermon, por qué de su unión con las mujeres de los hombres (la rama de Caín) nacieron  los nefilim o gigantes, ni tampoco por qué ésta rama familiar de Adán y Eva poseía un nivel de conocimientos tan alto respecto a la cainita.

Además, dentro de las propias iglesias o confesiones religiosas citadas, jamás ha existido un claro consenso al respecto, pues no se llega a comprender del todo por qué a ojos de los de “arriba” y del propio Dios, los descendientes de Set o “hijos de Dios” incumplieron mandamiento alguno uniéndose y tomando por esposas a las “hijas de los hombres” o descendientes de Caín, todos a su vez descendientes de Adán y Eva, e incluso refiriéndose en último caso a prácticas de la poligamia, pues, bastaría recordar que no fue hasta la llegada de Cristo que se eliminó esta costumbre, que una y otra vez podemos ver en las narraciones del Antiguo Testamento de la mano de personajes que contaron con todos los favores de Yahvé, el único Dios, como fueron los casos por ejemplo de Abrahán, Lamec, Jacob o David, todos ellos poseedores de más de una esposa a la vez.

En el sentido teológico más estricto y dejando a un lado los “juegos malabares” a los que los exégetas han tenido que recurrir para poder explicar cosas… “inexplicables”, este grupo de “hijos de Dios” o “grigori”, que es el nombre griego de “observadores o vigilantes” con el que se les denomina en otros textos bíblicos y apócrifos, serían un grupo de ángeles castigados por Dios, que en cierta forma rememoraría al de otro grupo de “ángeles caídos” mucho tiempo atrás bajo el liderazgo de Lucifer, que se atrevieron directamente a enfrentarse a la autoridad de Dios, cuando éste creó al hombre. A diferencia de Lucifer y sus ángeles rebeldes, Samyaza, Azazel y el resto de compañeros que descendieron sobre el Monte Hermon, su motivación fue bastante más banal o material. Son los propios teólogos más clásicos, quienes señalan que el “gran pecado” de este grupo de observadores o vigilantes, consistió en enamorarse y reproducirse con mujeres de la Tierra, habiendo posteriormente enseñado a los hombres, la creación de armas y el arte de la guerra, consiguiendo así traer al final el caos y el desorden a la raza humana.

La lógica más aplastante, y la consecución de hechos y consecuencias determinan que, los doscientos “grigori” tenían como misión principal encomendada, la vigilancia y observación desde las alturas de los humanos, con la orden clara y concisa por parte de la superioridad de los Elohim (señores), de no intervenir en los asuntos internos de la humanidad, y mucho menos mezclarse con ellos. Si observaban y vigilaban desde las alturas lo harían desde algún tipo de vehículo o nave aérea que orbitase alrededor de la Tierra. Las dificultades técnicas, las penurias diarias a bordo de la nave y la atracción sexual que sentían por las hembras humanas determinaron la deserción y el abandono de sus puestos de observación. Una vez descendidos sobre la Tierra dispusieron de una gran cantidad de tiempo para unirse a las hijas de los hombres y tener descendencia. Del mismo modo, y durante un largo periodo de tiempo, enseñaron a la humanidad lo que para ellos sin duda, no eran más que rutinarios métodos de supervivencia en un mundo lejano al suyo. Su intervención supuso un salto evolutivo no controlado, trayendo una serie de desequilibrios entre los hombres no calculados ni intencionados a priori por ellos.

Una vez detectada su deserción y el incumplimiento de las normas bastante tiempo después, de lo que se deduce que estaban en un punto lejano a la Tierra, se procedió por parte de los “ángeles buenos” enviados por los Elohim, a restablecer el orden y castigar a los desertores. La aparición de algunos gigantes y del propio Azazel en textos bíblicos que narran hechos posteriores al Diluvio Universal, parece indicarnos que algunos de los protagonistas lograron sobrevivir al castigo al que fueron condenados:

“…El Señor dijo aún a Rafael: -Encadena a Azazel, de pies y manos, y arrójalo en las tinieblas; y abre el desierto que está en Dudael, y lánzalo allí…”

Es precisamente en el desierto, exactamente en el del Sinaí, durante el éxodo del pueblo de Israel, que Moisés y los suyos guiados por Yahvé, entran en los terrenos de Azazel y ofrendan un chivo para él. ¿Por qué tanto honor para un desertor rebelde? De igual manera no nos queda más que preguntarnos, ¿resulto efectivo el diluvio para acabar con los gigantes? La propia Biblia en el Deuteronomio 3:11 afirma:

“…Og fue el único gigante que quedó vivo, y su cama era de nueve codos por cuatro codos de longitud, por cuatro de anchura, según el codo de un hombre…”

En otro de los textos apócrifos conocidos, El Libro de los Jubileos, se hace referencia a estos doscientos observadores con el nombre de “hijos de los Elohim”, y tenemos que recordar que Elohim es el plural de El (señor), sin embargo se nos asegura que Elohim es un antiguo plural mayestático de Dios, y así evitar duda alguna de concepción politeísta en los textos bíblicos. Aseguran los textos del Libro de los Jubileos, que se cree escrito entre el siglo II ó III a. C., que estos hijos de los Elohim, eran seres gigantes que bajaron a la Tierra porque carecían de compañía femenina, y que en un principio habían sido enviados para enseñar a la humanidad la verdad y la justicia, pero los placeres terrenales les hicieron apartarse de su verdadera misión.

CARLOS E. CASERO       Paleoastronaútica

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