LOS CONTACTOS DE VIKTOR BOUT

Hace dos semanas, un tribunal tailandés decidió autorizar la extradición a Estados Unidos del famoso traficante de armas ruso Viktor Bout, encerrado en una cárcel de Tailandia desde que hace dos años le detuvieran en Bangkok unos agentes de la DEA que se hacían pasar por miembros de las FARC colombianas dispuestos a comprarle armas. Bout, que quiere evitar a toda costa ser juzgado en Estados Unidos, no puede apelar el fallo del tribunal, pero una serie de complicaciones jurídicas y políticas están frenando el proceso de extradición hasta el punto de que cabe la posibilidad de que salga en libertad antes deque finalice el año.
Durante estos dos años, el Gobierno estadounidense ha exigido al tailandés que extradite a Bout, acusándole de vender armas a una organización terrorista. Rusia también ha presionado a Tailandia, pero para impedir la extradición y su ministro de Asuntos Exteriores ha calificado la decisión del tribunal tailandés de “ilegal y política” y ha declarado que la decisión “ha sido tomada bajo una gran presión”.

Paradójicamente, las medidas que ha tomado el Departamento de Justicia estadounidense para asegurar la extradición de Bout son las que la están retrasando y podrían hacer que nunca llegara a producirse. Después de que un tribunal tailandés rechazara el año pasado la petición de extradición basada en la acusación de terrorismo, argumentando que Tailandia no considera que las FARC sean una banda terrorista, sino una organización política, Estados Unidos decidió presentar otras acusaciones, por blanqueo de dinero y fraude electrónico. Cuando el tribunal de apelación autorizó la extradición, dictaminó que Bout debía ser puesto en libertad si al cabo de tres meses sigue estando en territorio tailandés. Inmediatamente después del fallo, el Departamento de Justicia de Estados Unidos se apresuró a enviar a Bangkok un avión para trasladar a Bout a Nueva York, pero la extradición se ha aplazado porque ahora un tribunal tailandés debe estudiar las segundas acusaciones y, mientras el avión espera en el aeropuerto de Don Muang, la justicia tailandesa podría tardar semanas e incluso meses en tomar una decisión.

¿Quién es Viktor Bout?

En su propia página web, Viktor Bout se define como un “vendedor nato con una pasión imperecedera por la aviación y un eterno deseo de triunfo”, un “hombre de negocios que se hizo famoso mundialmente gracias a una serie de cuentos e historias ficticias”. Bout siempre ha sostenido que no tiene nada que ver con el tráfico de armas y que su fama como el “mercader de la muerte” se debe a la envidia de sus competidores europeos en África. Sin embargo, los investigadores de la ONU, Estados Unidos, la UE o la Interpol que han estado siguiendo sus pasos durante casi dos décadas cuentan otra historia muy diferente de este amante padre de familia con numerosos pasaportes e identidades falsas.

Viktor Bout nació el 13 de enero de 1967 en Dushambe, Tayikistán aunque sus padres eran rusos. Estudió en el Instituto Militar de Idiomas Extranjeros de Moscú, (habla más de seis lenguas), y después se licenció en Ciencias Económicas. Los siguientes año sirvió en la fuerza aérea rusa. Muchos afirman, aunque él lo niega, que era una agente del KGB y que durante dos años estuvo destinado en Angola como agente del servicio de espionaje militar soviético. En cualquier caso, los conocimientos y contactos adquiridos durante su formación académica y su carrera militar le serían de gran utilidad cuando emprendiera sus negocios tras la caída del telón de acero.

Según su propia versión, Bout comenzó su carrera empresarial en 1992 cuando compró por 120.000 dólares tres viejos aviones Antonov y comenzó a realizar vuelos de larga distancia desde Moscú. Sin embargo, según sus socios, fueron algunos altos cargos de GRU, o Directorio Principal de Inteligencia (los poderosos servicios secretos del ejército soviético y, después, del ruso) los que decidieron cederle los aviones a cambio de participaciones en los beneficios. Tras la disolución de la Unión Soviética, una gigantesca flota de aviones y un inmenso arsenal con todo tipo de armas quedaron abandonados en los antiguos países de la URSS. Muchos ex-militares aprovecharon la ocasión para hacer negocios y vender armamento a todo tipo de Gobiernos y organizaciones. Viktor Bout no fue el único que aprovechó aquella oportunidad, pero fue el que tuvo más éxito.

Bout se estableció pronto en Sharjah, uno de los Emiratos Árabes Unidos, un lugar con unas regulaciones sumamente laxas y convenientemente situado entre Asia Central, Europa del este y África. Aunque los aviones de sus múltiples compañías estaban registrados en países como Angola o Liberia, todos ellos volaban desde los Emiratos. Mediante un complejísimo entramado empresarial y una flota de aviones cada vez mayor, era capaz de vender y transportar todo tipo de mercancías a los clientes más diversos, desde flores y pollos congelados hasta armas.

Las primeras armas se las vendió a la Alianza del Norte afgana en 1992, pero se cree que cuando sus enemigos los talibán llegaron al poder, también haría negocios con ellos (no en vano, Sharjah era uno de los principales puntos de suministros del régimen talibán). Ese tipo de negocios en la cuerda floja pronto sería frecuente en el imperio empresarial clandestino de Bout, que se haría famoso por saltarse todos los embargos y por vender armas a los dos bandos de un mismo conflicto. Entre su amplía cartera de clientes se encontraban Gadafi o Charles Taylor y sus armas se usaban en conflictos como los de Sudán, el Congo o Sierra Leona.

Bout no sólo aprovechó las ventajas y las oportunidades que brindaban la globalización y los agujeros legales de un mercado poco regulado, también eligió sector que cualquier economista calificaría de “emergente”. Por su propia naturaleza, existen pocos datos sobre el tráfico ilegal de armas y los que hay disponibles son poco fiables, según algunos estudios ese tráfico mueve alrededor de mil millones de dólares al año, pero es probable que la cifra sea mucho mayor. En cualquier caso, el gasto militar mundial ha aumentado un 45 por ciento en el decenio comprendido entre 1998 y 2008 hasta situarse en casi un billón y medio de dólares en ese último año y el volumen de ventas de armas ha crecido un 22 por ciento en todo el mundo durante los últimos cinco años.

Otro país que empleó los servicios de Bout fue Estados Unidos, durante los primeros años de la guerra de Iraq. Empresas como Halliburton subcontrataron durante años sus empresas para transportar suministros de todo tipo, a pesar de que algunas de aquellas empresas habían sido declaradas ilegales por el propio Gobierno estadounidense y de que en la mayoría de los casos no era ni mucho menos imposible rastrear quién se encontraba tras ellas y había muchos otras empresas en el mercado que podrían haber realizado el mismo trabajo.

Bout diversificó sus negocios y sus aviones llevaron ayuda humanitaria en numerosas ocasiones para la ONU, la Unión Europea y numerosas ONG. Sus empresas se ocupaban de repartir las ayudas del Programa Mundial de Alimentos en África y tras el Tsunami que azotó las costas de Asia en 2004, se encargó de transportar material de ayuda a Sri Lanka.

La contratación de compañías y aviones para el reparto de ayuda humanitaria por parte de compañías que también venden y transportan las armas que se usan esos mismos conflictos o en otros no es una franquicia exclusiva de Bout. Según un informe del Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI) publicado el año pasado los traficantes de armas se han “infiltrado en esos mercados” de una forma generalizada hasta el punto de que al menos un noventa por ciento de los aviones de carga intercontinentales que, según el Consejo de Seguridad de la ONU e informes de otras organizaciones, se usan para el tráfico de armas, también han sido empleados por diversos organismos de la ONU, la UE, la OTAN, ONG y contratistas privados en África, Europa y Oriente Medio.

A finales de los años noventa, diversos gobiernos y organizaciones internacionales comenzaron a investigar a Bout al mismo tiempo que sus agencias utilizaban sus servicios. En 2002, Estados Unidos, la ONU y la UE aprobaron la aplicación de sanciones en su contra y trataron de bloquear sus cuentas bancarias. Sin embargo, Bout pudo continuar con sus actividades sin mayores problemas. Se refugió en Moscú, donde le protegía el Gobierno, y, por otro lado, se sospecha que algunos agentes de la CIA obstaculizaron en diversas ocasiones investigaciones sobre él realizadas a finales de los noventa y principios de este siglo. Aunque es poco probable que países como Estados Unidos y Gran Bretaña tuvieran como política dejar que Bout actuara libremente, siempre resultaba de alguna utilidad. De hecho, la DEA ocultó la investigación y la operación en la que fue detenido hace dos años incluso al resto de agencias federales Estadounidenses.

Ahora que se acerca la posibilidad de ser extraditado, se especula con la posibilidad de que Boute saque partido de sus contactos con todo tipo de redes criminales transnacionales, numerosas organizaciones terroristas y grupos de insurgentes de todo el mundo, así como de los entramados del Estado, las agencias secretas y el crimen organizado rusos. Compartir sus conocimientos sobre todos ellos podría librarle de la cadena perpetua.

La conexión tailandesa

Mientras espera que un grupo de jueces tailandeses decidan su suerte, Bout envió hace pocos días una carta al primer ministro Abhisit Vejjajiva, en la que le pide que impida la extradición y que aumente la seguridad en la cárcel, ya que se siente amenazado. El primer ministro ya ha respondido que prefiere que el proceso judicial llegue a su fin antes de tomar cualquier decisión y ha indicado que el proceso podría prolongarse algún tiempo ya que hay varios detalles rodeados de confusión, sobre todo en lo tocante a “aspectos relacionados con la política tailandesa sobre los cuales se ha informado incorrectamente”.

Vejjajiva se refería al nuevo giro que ha tomado el “caso Bout” tras el anuncio del fallo del tribunal de apelaciones. Un nuevo giro que le ha otorgado a Bout un inesperado papel en la crisis política en la que esta sumida Tailandia desde hace años.

Hace algunas semanas, un diputado de la oposición y líder de los camisas rojas declaró que un diputado del Partido Demócrata de Vejjajiva y ayudante personal del primer ministro, Sirichok Sopha, había visitado a Bout en abril para preguntarle si el ex primer ministro Thaksin Shinawatra estaba relacionado con un avión cargado de armas procedente de Corea del Norte que fue incautado el año pasado en Bangkok, un caso en el que se sospecha que estaba involucrado Bout. Vejjajiva negó que se hubiera producido esa visita, pero después Sirichok reconoció que había hablado en la cárcel con Bout sobre el avión procedente de Corea, pero no sobre Thaksin. Sin embargo, la esposa de Bout hizo pública una declaración de su marido en la que éste afirmaba que el diputado fue a verle a la cárcel y le enseñó fotografías del avión privado de Thaksin, le pidió consejo para “interceptarlo” y detener a Thaksin y trató de vincularle al avión procedente de Corea del Norte. Por su parte, Thaksin ha anunciado que va a demandar a Sirichok por vincularle con el avión y el tráfico de armas.

Las implicaciones del “caso Bout” para la vida política tailandesa podrían alcanzar incluso a la sacrosanta familia real. Según un artículo publicado en el New York Times un día después del fallo sobre la extradición (del que a las pocas horas se retiraron todas las referencias a la corona), durante el juicio el abogado de Bout entregó una lista de testigos entre los que se encontraban algunos asesores de la casa real tailandesa. Cuando se produjo la detención de Bout, Rusia estaba manteniendo conversaciones con Tailandia para proporcionarle un submarino ligero en honor del rey Bhuimibol Adulyadej y sus más de sesenta años en el trono. Es posible que Bout estuviera relacionado con el asunto, lo que haría que la detención fuera sumamente embarazosa para la monarquía tailandesa y podría explicar en parte la razón por la que Tailandia se ha mostrado tan reticente a aprobar la extradición. ¿Hasta dónde llegan los contactos de Viktor Bout?

CARLOS SARDIÑA                   Periodismohumano

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