EL STARCHILD PROJECT

Un mito tarahumara: los niños de las estrellas

Los “rarámuri” (hijos del Sol, también llamados pies ligeros) o tarahumaras ocupan una  extensión de montañas y barrancas de la Sierra Madre Occidental que abarca unos 60.000 Km. cuadrados que comprenden 23 municipios en el Estado de Chihuahua (México), desde hace poco más de 1.000 años. Generalmente, los antropólogos han dividido a los grupos tarahumaras en dos zonas principales: La Alta y la Baja Tarahumara, llamadas también “La Sierra” y “Las Barrancas”. La primera es boscosa de climas fríos; la segunda está en barrancas donde el clima es cálido. Desde su llegada de territorios situados más al norte, sobrevivieron básicamente gracias a la recolección de frutas silvestres y la cacería y a mucha menor escala de una muy rudimentaria agricultura. Solo el tiempo y la experiencia en el contacto con otras tribus les permitieron desarrollar el cultivo del maíz convirtiéndolo en el elemento más importante de su dieta.

A la llegada de los españoles presentaron una feroz resistencia, protagonizando una de las más grandes rebeliones de Nueva España al oponerse de manera radical a la rígida disciplina de las misiones y a los trabajos forzados en los numerosos centros mineros que los españoles localizaron en tan ricas tierras. En la Sierra Tarahumara y regiones adyacentes hubo revueltas indígenas a lo largo de todo el siglo XVII y buena parte del XVIII involucrando a numerosas etnias muchas de ellas ya desaparecidas. De 1.616 a 1.619 se sublevan los tepehuanes. En el año 1.632 es el turno de guazapares y uarijíos. En 1.644 se produce la llamada rebelión de las siete naciones. En 1.645 se lanzan a la rebelión los conchos. De 1.652 a 1.660 se alzan tobosos, cocoyomes, ocomes, gavilanes y cabezas. Entre 1.680 y 1.698 se producen las primeras incursiones de los apaches. En 1.690 janos, yumas y chinarras se enfrentan a los conquistadores españoles. Los tobosos vuelven otra vez a la violencia en 1.677 y en 1.720, mientras que los apaches mantienen sus incursiones en una amplia franja del estado desde 1.748 a 1.896. La primera rebelión propiamente tarahumara se desató en 1.646 y duró hasta 1.653. Otros alzamientos se produjeron de 1.684 a 1.690, en 1.694, y de 1.696 a 1.698. Los misioneros jesuitas se valieron de varias técnicas o procedimientos específicos por medio de los que intentaron imponer la religión católica y las formas de pensar y actuar occidentales. A través de las misiones trataron de concentrar a los indios, que vivían dispersos y libres, en pueblos donde se les bautizaba y se les inculcaba la doctrina cristiana y los nuevos valores como el matrimonio monogámico, la agricultura, el canto y la danza.

Durante los casi 150 años que compartieron con los misioneros jesuitas, los tarahumaras o rarámuri adoptaron la religión y las costumbres cristianas, si bien lograron mantener una mezcla de creencias entre su antigua religión y la impuesta por los conquistadores. Para ellos el mundo fue creado por Rayénari (el Dios Sol) y Metzaka (la Diosa Luna), y hasta el mismo día de hoy en honor de estas dos deidades los tarahumaras bailan, sacrifican animales y beben “tejuino o tesgüino” (maíz fermentado). Sin embargo, producto de la fusión de culturas, el Dios principal o el Dios Padre es Onorúame, una mezcla de Jesucristo y Rayénari, una deidad que ni es “buena ni mala”, que ni es hombre ni mujer, ni tampoco tiene rostro, solo es el creador y el origen de todo.

En una sociedad donde los sukurúame (chamanes) y los owiruame (sanadores) juegan un papel muy importante, multitud de mitos y leyendas conforman las tradiciones de tan singular cultura. Dentro de estos mitos, que curiosamente comparten con otros pueblos o etnias, no ya solo de la misma área geográfica sino de otros puntos de América e incluso del resto del mundo, cabe destacar el que hace referencia a “los niños de las estrellas”. En este mito, unos “espíritus” bajan de las estrellas y dejan embarazadas a algunas mujeres que viven en los lugares más apartados y escondidos de las comunidades indígenas. Pasados unos años estos mismos seres o “espíritus” regresan en búsqueda de los niños engendrados, llevándoselos consigo de nuevo a las estrellas.

¿Se puede considerar este mito tarahumara de “los niños de las estrellas” como el típico relato tradicional de un acontecimiento prodigioso protagonizado por seres sobrenaturales o extraordinarios al cual no hay que darle valor fidedigno alguno?

El hallazgo

En el año 1.930 en una de las numerosas cuevas, minas abandonadas u hoyos de las cañadas de las Barrancas del Cobre, área tradicional de los tarahumaras, una niña de 15 años procedente de los Estados Unidos pero de ascendencia mexicana que visitaba a su familia asentada en aquellos parajes, tras ser advertida de lo peligroso de estos lugares, no se sabe bien si por la rebeldía propia de la edad o para refugiarse de una tormenta, se adentró en el interior de una de estas galerías, dónde ante su sorpresa pudo distinguir medio enterrados los restos de dos esqueletos. Uno de mayor tamaño parecía abrazar al más pequeño, del que inicialmente apenas se distinguían las formas, excepto uno de sus brazos que sobresalía de entre las piedras. La muchacha decidió llevarse ambos esqueletos a su casa y procedió a su traslado, si bien pensó posteriormente que dichos restos óseos  no serían bien recibidos por sus padres y menos aún por los familiares que les hospedaban, por lo que improvisó rápidamente un lugar donde depositarlos hasta que pudiera recuperarlos definitivamente y guardarlos en su hogar. Lamentablemente el lugar elegido para ocultar los esqueletos quedó muy pronto a la intemperie, quedando expuestos a la dura climatología de la zona. Producto de todo ello sólo pudo recuperar con el paso del tiempo ya en edad adulta, dos cráneos y un maxilar que logró guardar  hasta su fallecimiento a mediados de los años 90. Nunca se llegó a conocer con certeza la ubicación exacta de la mina o gruta y ni tan siquiera el nombre de la mujer que durante tantos años custodió tan macabro descubrimiento.

¿Qué fue lo que le llamó tanto la atención a esta mujer para velar durante todos esos años los cráneos?

Después de tener los cráneos en una caja de cartón durante algún tiempo un amigo de la fallecida y no sabiendo muy bien que hacer con ellos, el destino quiso que los cráneos pasaran a manos de un matrimonio coleccionista de objetos curiosos y aficionados a la fenomenología OVNI de la ciudad estadounidense de El Paso. Este matrimonio, que sólo tenía las escasas referencias anteriormente mencionadas, estaba fascinado con la apariencia extraña de uno de los dos cráneos. En busca de respuestas que despejasen las incógnitas que les planteaba semejante objeto, decidieron ponerlo a disposición de dos investigadores, los norteamericanos Lloyd Pye y Mark Bean, quienes inicialmente con la colaboración de empresas especializadas en genética como Trace Genetics CA USA y el Instituto Royal Holloway de Londres, junto al apoyo de varios especialista en química, neurociencia y cráneo-fisiología llegaron a determinar que existía una probabilidad cercana al 90% que el extraño cráneo  sería de un ser híbrido de madre humana y  padre de una raza no conocida. Pero, ¿qué tenía de especial el cráneo para llegar a esa sorprendente conclusión?

Descripción de los dos cráneos

El primero de los cráneos es aparentemente normal y perteneció a una mujer joven, de una edad de entre 20 y 30 años, en cambio, el otro cráneo se le atribuyó a un niño de entre cinco y siete años. A primera vista muestra una serie de alteraciones que no parecen propias de un ser humano. Su morfología es extremadamente extraña, llamando rápidamente la atención el abultamiento a cada lado de los ojos y su  parte posterior alargada y aplastada. Además, las cuencas oculares son excesivamente superficiales, de lo que se deduce una falta total de movilidad en los ojos de la criatura. No menos sorprendente resulta observar el denominado foramen magnum, el agujero que se encuentra en la base del cráneo y que lo une a la columna vertical, que se encuentra muy adelantado, casi en el centro de la base.  Las pruebas de carbono 14 y ADN, realizadas por el Dr. David Sweet de la University of British Columbia de Vancouver (Canadá), dieron como resultado una antigüedad de 900 años para ambos cráneos.

El mayor de los cráneos, por su tamaño y los puntos de reducción de referencia anatómica,  ha sido asociado a una mujer joven (estudio dental) y muestra en su parte posterior un ligero aplastamiento, seguramente producto de la presión ejercida sobre su cabeza durante la infancia por los típicos soportes conocidos como “cradleboard”, utensilio utilizado por la mayoría de las nativas de América para cargar a sus espaldas a los niños mientras realizaban sus obligaciones domesticas o sus tareas en el campo. Diseñados para satisfacer las necesidades de un bebé, les protegía del frío, del calor y de la lluvia, facilitándoles la vida nómada que la mayoría de los indios tenía. La base principal era una tabla de madera, donde la madre trabajadora ataba la cabeza del niño, evitando de esa manera que el débil cuello del bebé sufriera los continuos latigazos propios del quehacer diario de la madre. El efecto “secundario” es que el hueso blando del bebé terminaba por ajustarse a la forma de la tabla y quedaba totalmente plano en la parte donde tocaba el respaldo durante mucho tiempo, fijado siempre en el mismo lugar. Por lo demás, el cráneo de la mujer no presenta ningún tipo de anomalía, habiendo sido clasificados sus estudios genéticos dentro del grupo “Haplogrupo C” de los Nativos Americanos, al que los tarahumaras pertenecen.

Es el segundo de los cráneos, el más pequeño y bautizado con el nombre de “Starchild”, el que ha despertado un enorme interés científico gracias sobre todo al esfuerzo del investigador Lloyd Pye, que en torno al proyecto creado por él, “Starchild Project”, ha aglutinado a gran  número de científicos e investigadores de todo el mundo, con el único objetivo de dar respuesta  a éste increíble misterio.

Las anomalías físicas que presenta el cráneo “Starchild”, son muy numerosas y lo hacen totalmente diferente a la de cualquier otro cráneo en el mundo. Para empezar, el espesor de los diferentes huesos que conforman el cráneo así como su peso es la mitad de la que debería ser. Por el contrario, la dureza de los huesos  es hasta tres veces superior, dado que su composición química es más parecida al esmalte de los dientes  que al hueso humano normal, apreciándose niveles de colágeno muy superiores. Las denominadas fibras duras, son de alguna manera inexplicablemente incorporadas a la matriz del hueso, siendo éstas desconocidas completamente incluso en otras especies de mamíferos. Del mismo modo también es totalmente desconocida  la presencia de un residuo de color rojo, que se encuentra en el interior de los agujeros esponjosos.

Dejando a un lado la increíble composición de los huesos, no deja también de llamar poderosamente la atención las inusuales formas del cráneo. Por ejemplo, Las órbitas de las cuencas de sus ojos no se corresponden a la de un ser humano normal. Carece por completo de los senos frontales o del menor signo de pozos (lacunae) normalmente diseminados por toda la superficie craneal, y sucede lo mismo con el arco superciliar, característica inequívoca de los humanos y de todos los primates superiores. También carece de inión (punto más prominente de la parte posterior de la cabeza en el hueso occipital), que se encuentra de igual modo en todos los primates del mundo. Por el contrario, destaca un pliegue a lo largo de la sutura sagital y un enorme tamaño del oído interno impropio en cualquier humano.

Estructuralmente, el “starchild” tampoco deja de deparar sorpresas. La apertura del foramen mágnum (orificio ovalado situado en la parte inferior del hueso occipital que mide aproximadamente unos 35 mm de delante a atrás y 30 mm en sentido transversal. Pone en comunicación la cavidad craneal con el conducto raquídeo y da paso al bulbo, a las arterias vertebrales y a cada lado al nervio espinal), se desplaza excesivamente hacia delante si lo comparamos con los seres humanos normales, por lo que su punto de equilibrio está centrado sobre su masa física, mientras que en lo seres humanos está fuera del centro. El estudio del área craneal donde se alojaba el cerebro determina que era un tercio más grande y pesado de lo que debería ser para su tamaño. No menos raro es el observar la presencia en el maxilar tanto de dientes impactados como de dientes maduros, algo del todo anormal en los seres humanos. Su paladar excesivamente pequeño no es arqueado, sino completamente plano.

La opinión de los críticos

Básicamente se han centrado en señalar la existencia del cráneo “Starchild” desde dos perspectivas: la primera de ellas, como el producto de una deformación patológica natural, y la segunda, un diseño artificial premeditado.
En el primero de los casos se trataría de algún tipo de patología  como podría ser la hidrocefalia, derivado de las palabras griegas “hidro” que significa agua y “céfalo” que significa cabeza. Como indica su nombre, es una condición en la que la principal característica es la acumulación excesiva de líquido en el cerebro. Aunque la hidrocefalia se conocía antiguamente como “agua en el cerebro”, el “agua” es en realidad líquido cerebroespinal (LC) – un líquido claro que rodea el cerebro y la médula espinal. La acumulación excesiva de líquido cerebroespinal resulta en la dilatación anormal de los espacios en el cerebro llamados ventrículos. Esta dilatación ocasiona una presión potencialmente perjudicial en los tejidos del cerebro. Otra causa podría ser el conocido síndrome de Apert, que se caracteriza por el cierre prematuro de las suturas craneales, lo que hace que la cabeza tome una forma puntiaguda y que se deforme la apariencia de la cara. Es una anomalía craneofacial (cabeza – cara) denominada también Acrocefalosindactilia tipo I.  Se producen malformaciones en cráneo, cara, manos y pies, además de diversas alteraciones funcionales que varían mucho de unos niños a otros. Pues bien, tanto la hidrocefalia como el síndrome de Apert provocan graves deformaciones craneales que podrían por tanto ser la causa de las anomalías detectadas en el “Starchild”.

En el segundo de los casos ponen como ejemplo las deformaciones a las que eran sometidos los sacerdotes y reyes en culturas tan distantes como la egipcia, maya y peruana. Como muestra de ello bastaría una visita al Museo Regional de Ica donde se exhiben una serie de cráneos deformados o también al Museo Nacional de Arqueología, Antropología e Historia de Perú, dotado de cráneos encontrados en varias partes de ese país, principalmente en Paracas. Y claro, no podría faltar tampoco el propio México, donde se encuentra el Estado de Chihuahua, punto de localización del “Starchild”, donde se tenía la costumbre de colocar dos tablas sobre el cráneo de los bebés recién nacidos, para que al crecer fueran deformando los huesos hasta formar un cráneo cónico. Era además una forma de producir la belleza a la que ellos aspiraban, un símbolo de realeza.
También hacen hincapié en algunas contradicciones señaladas por el director del proyecto, Lloyd Pye, sobre algunos de los datos arrojados durante la investigación, motivados según el propio Pye, por la gran cantidad de diferentes métodos de análisis y laboratorios en los que el cráneo “Starchild” ha sido evaluado, como fue el caso de la determinación del Haplogrupo del cráneo de la mujer. Por otro lado han ridiculizado e incluso negado que la leyenda tarahumara sobre los “niños de las estrellas” sea cierta, por no hablar ya de la opinión que les merece muchos de los investigadores y científicos que defienden la hipótesis de que el “Starchild” sería el producto de la unión de una mujer humana y un ser completamente desconocido, quien sabe si quizá de uno de esos espíritus que bajaban de las estrellas para engendrar hijos con las humanas y más tarde, pasados unos años, llevárselos con ellos.

Y cómo no, lo más simple y recurrente de todo, el “Starchild” no es más que el producto de una “mutación genética” con un alto contenido morfológico. La mayoría de malformaciones congénitas tienen causas genéticas y ambientales que actúan al mismo tiempo. Pueden ser parte de un síndrome genético, ser producidas por una sustancia teratogénica (factor que causa daño al feto: químico, físico o infeccioso) o en la mayoría de los casos por causas desconocidas. Después de todo hay que saber que el 3% de los recién nacidos en el mundo nacen con una malformación desde muy leve hasta muy grave, como sin duda lo fue el caso que nos ocupa.

La hipótesis de Lloyd Pye

El ya sexagenario Lloyd Pye (1.946 Louisiana, EE.UU), psicólogo, investigador, novelista y ex miembro de la inteligencia militar estadounidense, especializado en temas de la evolución humana, mantiene la poco ortodoxa idea de que los humanos no evolucionaron en la Tierra, o por lo menos, que serían el producto de la intervención de alguna civilización de origen extraterrestre. Con semejante aval, es fácil de entender que el camino emprendido por Pye en 1.999, momento en el que inicia su “Starchild Project” no ha sido un camino de rosas entre la comunidad científica precisamente.

La opinión de Pye sobre el hallazgo del siglo pasado en las cañadas de las Barrancas del Cobre, es que constituye una clara prueba de hibridación entre un ser humano, en este caso una mujer, y un ser extraterrestre. Argumenta Pye que, hace 900 años uno de estos seres extraterrestres a los que los indios denominaban “espíritus de las estrellas” copuló con una humana, una mujer joven tarahumara, o tal vez quizá fue inseminada artificialmente. Producto de tal acción la joven quedó embarazada de un padre no humano, que al final de la gestación crió hasta que, sospechando la vuelta del “padre o espíritu procreador” y ante la negativa de entregarle voluntariamente a su hijo para llevárselo a las “estrellas”, se ocultó con él interior de la gruta. Personalmente cree, por la descripción de cómo fueron encontrados los esqueletos, que la madre mató al niño y seguidamente se suicidó, aunque no descarta que perecieran por algún suceso no previsto, tal como un desprendimiento de rocas o una emanación de gases venenosos. El caso es que los restos de la madre y de su hijo “especial” permanecieron bajo tierra hasta que muchos siglos después la curiosidad de una joven los sacó de nuevo a la luz.
¿Es acaso la hipótesis de Lloyd Pye un despropósito o una tomadura de pelo? ¿En qué argumenta o en que apoya su insólita opinión?

Resultados de análisis (1.999 – 2.003)

Pye indudablemente se apoya en el elevado número de estudios que han analizado el cráneo y que descartan la posibilidad de que todas las “extrañas anomalías” que en él se detectan sean malformaciones congénitas.
Especialistas como el Dr. Ted J. Robinson afirman que, las partes del cráneo, tienen una configuración natural, (ni han sido ensambladas de forma artificial ni maliciosa) como demuestran los análisis derivados de una minuciosa inspección física del cráneo en sí mismo, combinada con Rayos-X y técnicas avanzadas de  Tomografía Axial Computerizada. (TAC). En términos generales, presenta los componentes básicos de un cráneo humano; es decir: (Un hueso frontal, dos esfenoides, dos temporales, dos parietales y un occipital). Sin embargo, esos huesos presentan una configuración y morfología, diferente a la que normalmente muestra un cráneo humano normal. Adicionalmente, sin perjuicio de lo anterior, presenta una configuración simétrica divergente a la humana, y su estructura ósea presenta  un grosor, ligeramente inferior a la mitad del que corresponde a los huesos humanos. A diferencia  de los cráneos humanos, presenta una configuración uniformemente abultada e en sus ejes y en todos los planos del eje craneal. Carece de las deformaciones asimétricas, tanto en el eje craneal como en el grosor óseo que caracterizan al cráneo humano. Así mismo, se descarta la hidrocefalia como explicación.

Prosigue el doctor asegurando que, la morfología de este cráneo es  tan inusual, que jamás he visto nada semejante en mis 40 años de experiencia en cirugía reconstructiva plástica y craneofaciales. No sólo es único en mi opinión, sino que tras una minuciosa consulta de todas las anomalías craneofaciales , recogidas en todas y cada una de las publicaciones científicas de la historia mundial de anormalidades craneofaciales, no se ha presentado jamás, algún caso con el que pueda clasificarse o compararse.

Otras opiniones podrían ser por ejemplo las siguientes:
El Dr. David Hodges, radiólogo del Royal Columbia Hospital, New Westminster, destacó que las líneas de sutura estaban abiertas y creciendo en el momento del óbito. El Dr. David Sweet, era de la opinión de que se trataba de un niño de 5 a 6 años de edad, basándose en la dentición presente en el maxilar derecho. El Dr. John Bachynsky, por su parte, observó, que no había evidencias de erosión en la superficie interna del cráneo, circunstancia que descarta la hidrocefalia como diagnóstico, así que esta condición debe ser descartada como causa de las anomalías observadas en el cráneo. Aunque la hidrocefalia puede causar incremento de las líneas de sutura del cráneo, éstas se manifiestan de forma rugosa como consecuencia de la erosión de las paredes. En el presente caso no se dan. Así que se descarta la hidrocefalia. En este punto hay consenso por todos los expertos que han examinado el cráneo.

El Dr. Mike Kaburda llevó a cabo un examen especial con rayos X- tridimensionales capaces de medir ciertos puntos fijos que sirvieran de parámetro para posteriormente compararlos con los cráneos normales. De esta forma sus resultados fueron comparados con el análisis estadístico de 100 cráneos humanos. En el Cráneo se encontraron más de diez (10) desviaciones estándar respecto a la normalidad. Este es otro sólido indicio de que el cráneo en cuestión es algo completamente distinto a nada que se haya investigado con anterioridad. Los Doctores Tony Townsend y Huhg Parsons oftalmologos de Vancouver, examinaron las cavidades orbítales y concluyeron que el ser probablemente tuviera vista, pero si así fuese sus estructuras visuales se desviarían sustancialmente de lo normal en un humano. Las cavidades, presentaban una asombrosa simetría y su profundidad era un 50% inferior a la normal. El foramen óptico, que conduce el nervio óptico desde el cerebro a través del hueso orbital hasta el ojo, es casi una pulgada menor que  en un cráneo humano normal. Además, los puntos de fijación de los músculos que controlan los movimientos de los globos oculares, no se apreciaban en la superficie interna de la órbita, lo que indica en lugar de un globo ocular, algún otro mecanismo, como hipótesis más probable. De hecho, si esas cuencas, albergaran globos oculares del tamaño normal, sobresaldrían como una protusión de la cara, creando severos riesgos de daño, durante la actividad cotidiana. Dado que los globos oculares, ocuparían una posición en la cara más baja que la normal y descansarían en cuencas, significativamente más reducidas, tanto en profundidad, como en la forma rectilínea del contorno, los ojos, tendrían que ser significativamente más reducidos en tamaño. En cualquier caso, con independencia de su tamaño, los párpados superiores requerían ser, tres o cuatro veces más grandes que los normales, para poder lubricar de la forma en la que los ojos humanos lo hacen.

Los Doctores David Hodges (del Royal Columbian Hospital, New Westminster) y Ken Poskitt (del Vancouver Children’s Hospital), encontraron la anormalidad, de que el cráneo era demasiado grande. Eso era imposible, de acuerdo con las normas de la lógica. La cuestión es que era imposible que un niño tuviera un cráneo con esas dimensiones. Algo impensable para la ciencia del momento, 1.600 cc, es decir, 200 cm cúbicos más que un adulto humano normal, era algo increíble para la ciencia.  Un detallado análisis de su configuración craneal, evidencia  que su madurez era la de un niño de 12 años. Su capacidad de aprendizaje era como la de un niño de 12 años si tuviera 6.
Y así, numerosos doctores han podido constatar a lo largo de estos últimos años sorprendentes conclusiones que han animado a Pye a mantener su hipótesis. Uno tras otro, los distintos estudios morfológicos y anatómicos del cráneo constatan evidencias como que, el cráneo carece de crestas. Sus bordes, son delgados, en vez de redondeados y no se parecen a los humanos. Los bordes son finos, algo que es bastante inusual, si tenemos en cuenta la casuística. Sus Mastoides  son menores de lo normal, como lo son todos los puntos conectivos de la cara inferior (que se atribuyen a la coronoides, proceso condilar y de ensamblaje de la mandíbula que falta). Basándose en estas observaciones, su mandíbula inferior puede haber sido hasta un 50% más reducida de lo normal, pero aun así, desarrolla capacidades humanas de masticación e ingesta.
Indudablemente para Pye llegado el año 2.003, la naturaleza humana del cráneo está descartada, excepto de la verificación del ADN materno. (El ADN materno, está confirmado, la madre es humana). Tras seis intentos de recuperación del ADN de ambos progenitores, el ADN nuclear, no ha podido ser recuperado. La causa de la no recuperación está clara: El otro progenitor no es terrestre, no aparece información de ADN humano. No cabe duda, es un híbrido,  pero aún así, Pye tendría que despejar la cualquier duda por mínima que fuese.

Últimos resultados (2.010)

Los últimos resultados aportados por Pye han sido presentados en la web del Starchild Project  en lengua española (http://elproyectostarchild.com/), donde se han recuperado los nuevos datos sobre el ADN nuclear que no pudieron recuperarse en 2.003. Cabe recordar que, en dicho año se realizó un tipo de análisis de ADN para recuperar el ADN mitocondrial del “Starchild”, el ADN que se encuentra fuera del núcleo de las células, el cual proviene de la madre y su línea genética. Esto vino a significar que su madre fue humana, pero no pudo recuperarse su ADN nuclear, el que proviene de ambos padres, lo que indicaba que su padre no fue humano.

Por fin se ha podido recuperar el ADN nuclear, logrando determinar claramente que un porcentaje del ADN extraído del hueso no es terrestre. Según Pye, un laboratorio especializado en genética cuyo nombre permanece en el anonimato por razones de seguridad, ha proporcionado datos muy concretos que afirman que tanto el ADN paterno como el materno podrían pertenecer a una raza alienígena, y que el ADN mitocondrial normal detectado pertenecería a una madre humana que solo realizó la función de “donar” un óvulo desnucleado, sin aportar ADN cromosómico, una técnica realizada hoy en día en laboratorios de avanzada tecnología.

A pesar del anonimato del laboratorio, los resultados han sido contrastados a la vez que incorporados a la base de datos del Nacional Institute of Health (NIH), (NIH; en español Institutos Nacionales de la Salud) que es el nombre de un grupo de instituciones del gobierno de los Estados Unidos cuyos objetivos se centran en la investigación médica. El grupo tiene sus oficinas centrales en Bethesda, Maryland.
Fundados en 1.887, los NIH representan hoy en día uno de los centros más grandes del mundo en investigación médica, y son el referente federal de los Estados Unidos en el ámbito de la salud. Comprenden un conjunto de 27 centros e institutos separados, y son, en conjunto, una de las ocho agencias del Servicio Público de Salud, que a su vez forma parte del Departamento de Salud y Servicios Humanos de los Estados Unidos. (Dirección web en español:   http://salud.nih.gov/). Esta base de datos con acceso público es la depositaria central de toda información genética que es generada por todos los genetistas en el mundo, cubriendo todos los organismos de la tierra, desde varios tipos de virus, bacterias, crustáceos y peces hasta todo tipo de animales y plantas, incluyendo a los primates, y cómo no, a los humanos.

Como no podía ser de otra manera el “stablishment offical” de la comunidad científica ha dado por completo la espalda a los datos aportados por los miembros de Starchild Project, que han comenzado a difundir masivamente por toda la red y en todos los idiomas un video que presenta los últimos resultados que confirman el origen extraterrestre del “Starchild”.

A la espera de la solución

Desde un punto lo más objetivo posible no se puede por menos que reconocer que, el tesón demostrado por Lloyd Pye es digno de alabanza, pero aún así queda un último paso, sin duda alguna de gran trascendencia, pues tanto si el “Starchild” es verdadero como si se tratara de un fraude muy bien elaborado, sería puesto inmediatamente de manifiesto en uno u otro sentido. ¿A qué paso nos referimos?

 Tras darse a conocer estos últimos resultados el pasado mes de Marzo de 2.010, ha sido hecha publica la intención por parte de los integrantes del Starchild Project de proceder a efectuar el mapa completo del genoma del “Starchild”, para lo cual ya han empezado a recolectar fondos con los que financiar tan costoso trabajo.

¿Por qué Lloyd Pye estaría interesado en establecer el mapa del genoma del “Starchild” si todo fuera un simple fraude tal y como le acusan sus detractores? ¿Acaso no sería más rentable para él dilatar la polémica y obtener así más beneficios de su engaño?

En lo que todo el mundo está de acuerdo es que cuando el Starchild Project haya reunido la cantidad suficiente de dinero para financiar la elaboración del mapa y se proceda a su ejecución, en muy poco tiempo los resultados podrían significar el fin de la hipótesis de Pye y sus acólitos, pero…, también podría suceder todo lo contario, que dichos resultados supusieran una autentica patada a lo defendido hasta ahora por la ciencia oficial. Sería una prueba veraz e irrefutable de la intervención de seres extraterrestres en nuestra historia.

Llegados a esta situación, ¿qué creen ustedes que sucedería?, ¿admitirían los científicos más ortodoxos tal posibilidad?

No sabemos si Pye ha “ido de farol” o si conseguirá alguna vez los fondos necesarios para proceder a la creación del mapa y su posterior estudio. De momento solo podemos escribir sobre que se ha iniciado un nuevo periodo de espera. Ahora bien, sin ánimo de ser pesimista me gustaría recordar que hicieron falta 14 años de trabajo para obtener el primer mapa del genoma humano, el mayor descubrimiento del siglo XX (la presentación oficial del primer borrador completo del genoma humano se presentó el 26 de junio de 2.000) que demostró entre otras muchas cosas que el hombre sólo tiene 30.000 genes: la tercera parte de lo que se estimaba inicialmente y tan sólo el doble de organismos tan simples como la mosca del vinagre.

Para alcanzar estos resultados fueron necesarios más de diez años de trabajo de un millar de científicos de EE UU, Reino Unido, Japón, Francia, Alemania y China, y un presupuesto de casi 2.000 millones de dólares, y sin embargo, harán falta varias décadas para entender la información que encierra cada uno de los 30.000 genes localizados.

Desde aquí, nuestro más sincero deseo de éxito para el proyecto de Pye. El tratar de establecer la verdad debería ser el objetibo único y principal de todos aquellos que trabajan para la ciencia. Independientemente de cual sea el resultado final de toda esta historia, ha quedado de manifiesto quienes están por ésta labor y quienes, llenos de prejuicios, han dificultado en todo momento el arrojar algo de luz a nuestro conocimiento. Por si mismo y aparcando a un lado cualquier hipótesis, el “Starchild” es toda una joya para la ciencia, siendo merecedor de la máxima atención y estudio.

“La ignorancia afirma o niega rotundamente, la ciencia…, duda” (Voltaire)

Dicho esto, saquen ustedes sus propias conclusiones.

CARLOS E. CASERO    www.paleoastronautica.com

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