EL PODER OCULTO EN LA AMAZONÍA BRASILERA

Cuando se viaja a la Amazonía brasilera se cae en cuenta de la inmensidad de este territorio.
La llamada Amazonía legal tiene una extensión aproximada de 4,5 millones de kilómetros cuadrados que corresponden al 64% de toda la Amazonía y al 53% del Brasil, y la habitan unos 20 millones de personas, que es una densidad de población muy baja.
Sin embargo, gran parte de sus habitantes se concentra en las ciudades de Manaus, Belém y Porto Velho.
En toda la Amazonía brasilera viven tan sólo 200.000 indígenas, pero las tierras que se les asignaron, a donde nadie puede entrar sin la autorización del FUNAI (Fundación Nacional do Índio), corresponden al 21% de este enorme territorio, o bien, ¡tienen una extensión de más de un millón de kilómetros cuadrados!
A modo de ejemplo, el área indígena Yanomami, situada en una zona estratégica de máxima importancia, considerando tanto sus recursos hídricos como también mineros, ocupa un territorio de unos 94.000 kilómetros cuadrados y alberga sólo a 7.000 indígenas, que no son nómadas, sino sedentarios.
¿Qué necesidad tienen 7.000 personas de un territorio tan vasto como Portugal?
En total, hay alrededor de 422 zonas delimitadas en la Amazonía brasilera, pero las más grandes son: A.I. Yanomami (A.I significa área indígena), A.I. Raposa Serra do Sul, Alto Río Negro, A.I. Vale do Javarí, A.I. Xingú, A.I. Kayapo y A.I. Tumuqumaqué.
En mi reciente viaje a través de seis estados amazónicos de Brasil (Acre, Amazonas, Pará, Roraima, Amapá, Mato Grosso) me di cuenta de que la situación social no es tan tranquila como se le quiere mostrar al mundo exterior.
Tuve la oportunidad de intercambiar ideas con varios periodistas brasileros que desde hace ya algún tiempo han denunciado una situación paradójica, de la cual se tiene poco conocimiento por fuera del Brasil.
Prácticamente sucede lo siguiente: si un territorio se reconoce como indígena, incluso si la población autóctona es escasa o insignificante y ha perdido desde hace años su lengua y su cultura ancestrales, todas las tierras privadas son expropiadas (las de pequeños y medianos propietarios, los cuales luego protestan para intentar recuperar sus tierras, ya que se sienten defraudados), después se otorgan indemnizaciones muy bajas y cualquier persona que no es indígena o que no es descendiente de nativos es expulsada para siempre de la región, incluso si quizá había heredado su tierra de sus antepasados y poseía un título legal de propiedad.
Todos los cultivos se esterilizan y sólo los misioneros católicos pueden entrar al área. El FUNAI vigila. Es importante resaltar que la entrada a las tierras indígenas por parte del ejército y de la policía nacional está reglamentada por una ley específica.
Los mismos indígenas, como en el caso de Xitei, en el área indígena Yanomami, no se comportan como sus antepasados, viviendo en libertad de caza, pesca o agricultura, sino que lo hacen al margen de la misión, de la cual dependen. Ésta es el fulcro de todo. Los autóctonos, que han sido frecuentemente desplazados a tierras que no son ancestrales para ellos, ven a los misioneros como los que los salvaron de los “diabólicos brasileros”, a quienes se les muestra como aquellos que les quieren quitar sus tierras. El jefe o cacique indígena se comunica con el misionero y es influenciado por él.
Casi pareciera que el objetivo de la demarcación de las tierras “indígenas” fuera el de poder utilizar estos vastísimos territorios, con la excusa de salvar al “salvaje” y a la selva.
Además, se está creando una especie de justicia indígena, con el fin de que la policía brasilera no pueda entrar y no tenga jurisdicción en las descomunales áreas indígenas.
En mi opinión, se están formando seres humanos dóciles y fáciles de influenciar, los cuales no tienen acceso a información externa y, sobre todo, no saben cuál es el valor internacional de los recursos (hídricos, mineros, biodiversos) presentes en su territorio.
Siguiendo esta lógica, el extranjero que esté interesado en los recursos de la zona indígena negocia directamente con el cacique, que es dócil, influenciable, fácilmente corruptible, con el fin de poder efectuar estudios de sector, estratégicos y geoeconómicos en las áreas en cuestión.
Pero, ¿quiénes son los extranjeros interesados en los formidables recursos de las áreas indígenas?
El Roraima, por ejemplo, uno de los territorios más ricos del mundo en agua y biodiversidad, como también en madera valiosa, oro, uranio, niobio, petróleo, aluminio, potasio, manganeso y otros minerales, es objeto de tentación de las empresas de todo el mundo.
Al viajar allí, tuve la sensación de que se está creando un vacío demográfico por medio de la expropiación de dichas tierras y de la expulsión de los anteriores propietarios (caboclos), con el fin de abrir paso ulteriormente a varias empresas multinacionales, de manera que éstas tengan la seguridad de no tropezar con periodistas que puedan denunciar la situación; o con cualquier otra entidad que pueda asumir una cierta función de control.
La Iglesia Católica tiene un poder enorme, ya que la difusión por doquier de los misioneros (desde el tiempo de los jesuitas) permite acumular una inmensa cantidad de información sobre las áreas indígenas, la cual es cedida después a grupos económicos.
Seguramente hay otros núcleos de poder interesados en las riquísimas áreas indígenas, pero lo que se evidencia es un plan oculto y una especie de bombardeo mediático indigenista y ambientalista que pretende lograr que la opinión pública brasilera y mundial apruebe la demarcación de tierras indígenas desproporcionadamente grandes, pensando que es justo.
De hecho, es justo hacer lo necesario para que los nativos vivan en paz en territorios para ellos ancestrales, pero si en realidad el plan oculto es la privatización y la explotación de estas áreas a donde ningún periodista puede entrar para entender realmente lo que allí está sucediendo, el engaño al cual estamos todos sometidos (pero, sobre todo, el pueblo brasilero) es aberrante, ya que significa transformar a los autóctonos en marionetas desinformadas con el fin de apropiarse de los inmensos recursos de la Amazonía legal, para luego cobrárselos caro a los ingenuos consumidores de todo el mundo.
En mi opinión, Brasil podría garantizar una vida pacífica a los indígenas presentes en su territorio sin tener que expropiar tierras que pertenecen a medianos y pequeños propietarios que han vivido fraternalmente durante muchos años junto a los nativos. Negar el acceso a los visitantes a las extensas tierras indígenas es algo negativo desde cualquier punto de vista, dado que aleja de la realidad a grupos autóctonos que viven como si estuvieran en reserva e impide a los Brasileros verificar lo que efectivamente está sucediendo al interior de su territorio.

YURI LEVERATTO
Copyright 2010

Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y linkando la fuente http://www.yurileveratto.com/

Para quien desee profundizar en el tema, se aconseja consultar el DVD de Luiz Margarido FAB 2068 Historia da Amazonia.

http://luizmargarido.blogspot.com/
E-mail de Luiz Margarido: margarido@ig.com.br

 

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