LOS SEÑORES DE LAS TINIEBLAS EXTERIORES

Releyendo antiguas lecturas recordadas por actuales paradigmas holográficos he dado con este texto del conocido antropólogo experto en chamanismo, Michael Harner, de sus primeras experiencias visionarias, en las que aparecen algunos pasajes que a su vez me traen reminiscencias de algunos seres últimamente habituales en algunos ámbitos de los que trata esta página. LIBERTALIADEHATALI

Llevaba casi un año viviendo en un poblado conibo a orillas de un lago alimentado por un afluente del Ucayali. Mi investigación antropológica sobre la cultura conibo iba muy bien, pero cuando intenté recabar información sobre sus prácticas religiosas no tuve mucho éxito. La gente era amistosa, pero se mostraba muy reticente a hablar de lo sobrenatural. Por fin, me dijeron que si de verdad quería aprender, tendría que tomar la bebida sagrada de los chamanes, hecha a base de ayahuasca, la “planta del alma”. Dije que sí con una mezcla de curiosidad e inquietud, pues me advirtieron que la experiencia iba a ser espantosa.
A la mañana siguiente, mi amigo Tomás, el más venerable anciano del poblado, fue a la selva a cortar las plantas. Antes de marcharse me dijo que ayunara: poco desayuno y nada de almorzar. Volvió a mediodía con hojas y plantas de ayahuasca y cawa como para llenar una olla de cincuenta litros. Le llevó toda la tarde cocerlo, hasta que sólo quedó una cuarta parte del líquido negruzco. Lo echó en una botella vieja y lo dejó enfriar hasta el atardecer, cuando, dijo, lo tomaríamos.
Los indios abozalaron a los perros de la aldea para que no ladrasen. Me dijeron que los ladridos podían volver loco al que tomara la ayahuasca. Se hizo callar a los niños y el silencio invadió el poblado con la caída del sol.
Cuando la oscuridad engulló el breve crepúsculo ecuatoriano, Tomás vertió aproximadamente un tercio de la botella en un cuenco de calabaza y me lo pasó. Todos los indios observaban. Me sentí como Sócrates entre sus compatriotas atenienses aceptando la cicuta; recordé que uno de los nombres que los pueblos de la Amazonia peruana daban a la ayahuasca era “la pequeña muerte”. Me tomé la poción sin vacilar; tenía un sabor extraño, un poco amargo. Esperé entonces a que Tomás bebiera, pero dijo que, al final, había decidido no participar.
Me tumbaron en el suelo de bambú bajo el gran techo de paja de la choza comunal. En la aldea no se oían más que el chirriar de los grillos y los gritos distantes de un mono aullador, allá en la jungla.
Mientras contemplaba la oscuridad que me rodeaba, aparecieron difusas líneas de luz. Se hicieron más nítidas, más intrincadas, y estallaron en brillantes colores. Venía de un sonido de muy lejos, como de catarata, cada vez más fuerte hasta llenarme los oídos.
Unos minutos antes me había sentido decepcionado, convencido de que la ayahuasca no me iba a hacer ningún efecto. Ahora el sonido de aquel torrente inundaba mi cerebro. Sentí que se me entumecía la mandíbula y cómo se me iban paralizando las sienes. Por encima de mí, aquellas  líneas pálidas se hacían más brillantes y, poco a poco, se entrecruzaron hasta formar un dosel parecido a una vidriera de dibujos geométricos. De un fuerte tono violeta, no dejaban de extenderse como haciendo un tejado que me cubría. Dentro de esta caverna celeste escuché, cada vez más intenso, el ruido del agua y vi unas figuras difuminadas que se movían vagamente. A medida que mis ojos se acostumbraron a aquella penumbra, la escena fue tomando forma: parecía una barraca de feria, un sobrenatural carnaval de demonios. En el centro, cual maestro de ceremonias y mirándome a los ojos, había una enorme cabeza de cocodrilo; enseñaba los dientes y de sus cavernosas fauces manaba un amplio torrente de agua. Paulatinamente las aguas remitieron y con ellas se fue desvaneciendo el dosel, hasta que la escena se resolvió en una simple dualidad: cielo azul arriba y mar abajo. Todas aquellas criaturas habían desaparecido.
Desde donde me encontraba, junto a la superficie del agua, empecé a ver dos extraños barcos meciéndose, acercándose cada vez más. Se fundieron en una sola nave con una enorme proa de cabeza de dragón, muy semejante a la de un barco vikingo.En medio tenía una vela cuadrada. Poco a poco, mientras la nave se balanceaba suavemente allá arriba, oí un rítmico chapoteo y vi que se trataba de un gigantesco galeón con cientos y cientos de remos que se movían al unísono.
Escuché entonces el más bello cántico que había oído en mi vida, agudo y etéreo, que emanaba de miles de gargantas a bordo del galeón. Me fijé en la cubierta y vi una multitud de seres con cabeza de arrendajo y cuerpo de hombre, parecidos a los dioses ornitocéfalos de los frescos funerarios del antiguo Egipto. En ese momento una especie de energía o fluido elemental comenzó a brotar de mi pecho hacia la nave. Aunque era un ateo convencido, tuve la certeza de que me estaba muriendo y que aquella gente con cabeza de pájaro había venido para llevarse mi espíritu en aquel barco. A medida que el alma se me escapaba por el pecho empecé a notar que se me entumecían los brazos y las piernas. Parecía que mi cuerpo se estaba cuajando como el cemento. No podía moverme ni hablar. Cuando aquella sensación de parálisis me llegó al pecho, al corazón, intenté pedir auxilio a los indios para que me dieran un antídoto. Pero no pude articular palabra. Noté el cuerpo rígido como una piedra y tuve que hacer un tremendo esfuerzo para que mi corazón siguiera latiendo. Empecé a llamarle “amigo mío”, “querido amigo”, a hablarle, a animarle a latir con las fuerzas que me quedaban. Entonces fui consciente de la presencia de mi cerebro. Sentí -físicamente- que se había compartimentado en cuatro niveles distintos y separados. El superior, consciente del estado de mi cuerpo, observaba y ordenaba, y se ocupaba de que el corazón me siguiera latiendo; percibía, aunque sin tomar parte alguna en ellas, las visiones que emanaban de lo que parecía ser la parte inferior de mi cerebro. Inmediatamente por debajo de ese nivel había un estrato paralizado, como si hubiera dejado de funcionar por efecto de la droga; simplemente, no existía. El siguiente nivel era la fuente de mis visiones, incluida la nave.
Ahora estaba completamente seguro de que iba a morir. Intenté aceptar mi destino y entonces una parte aún más baja de mi mente comenzó a transmitir más visiones e información. Me “dijeron” que este nuevo material me estaba siendo revelado porque iba a morir y, por tanto, estaba “a salvo” para recibirlo. Eran secretos reservados a los moribundos y los muertos, según me comunicaron. Apenas podía distinguir a quienes me transmitían tales pensamientos: enormes criaturas con aspecto de reptil agazapadas en las regiones más remotas de mi cerebro, donde acababa la espina dorsal. Los entreveía en aquellas oscuras, tenebrosas profundidades. Entonces proyectaron una escena visual ante mí. Primero me mostraron la Tierra tal y como fue hace millones de años, antes de que hubiera vida en ella. Vi un océano, tierra yerma y un cielo azul y brillante. Del cielo cayeron entonces cientos de partículas negras que aterrizaron ante mí, sobre el yermo. Vi que eran unos seres gigantescos, negros y relucientes, con carnosas alas de perodáctilo y rechonchos cuerpos de ballena. No podía verles la cabeza. Se dejaban caer como fardos, exhaustos por el viaje. Me explicaron, en una especie de lenguaje telepático, que venían del espacio exterior y habían llegado a la Tierra escapando de su enemigo.
Me mostraron luego cómo habían creado vida en el planeta para enmascararse bajo múltiples formas y ocultar así su presencia. Ante mis ojos se desarrolló, a escala y con un realismo imposible de describir, el esplendor de la creación y especialización de animales y plantas, cientos de millones de años de actividad. Supe que aquellos seres draconianos estaban en toda forma de vida, incluyendo al hombre. [Ahora podría compararlos con el ADN. Por aquel entonces, 1961, sin embargo, yo no sabía nada sobre tal tema]
Eran me dijeron, los verdaderos señores de la Humanidad y de todo el planeta; los humanos no éramos sino meros receptáculos y servidores de aquellas criaturas. Esa era la razón por la que podían hablarme, desde dentro de mi propio ser.
Estas revelaciones, que brotaban desde lo más recóndito de mi mente, alternaban con visiones del galeón, que casi había completado su tarea de trasladar mi espíritu a bordo; con su tripulación de hombres-pájaro, empezaba a alejarse, arrastrando tras de sí mi fuerza vital mientras enfilaba ungran fiordo flanqueado de colinas peladas y romas. Me di cuenta de que sólo me quedaban unos momentos de vida, pero, qué curioso, no tenía miedo de aquella gente; si iban a proteger mi alma, que se la llevaran. Lo que sí temía es que mi espíritu, en vez de permanecer a flote, pudiera, de algún modo que ignoraba pero que temía, ser alcanzado y utilizado por aquellos monstruos que habitaban el abismo.
De pronto fui consciente de mi humanidad, que me distinguía de los reptiles, nuestros ancestros, y luché por alejarme de ellos, a los que ya empezaba a ver como seres cada vez más ajenos y, no había duda, malignos. Cada latido me suponía un esfuerzo indescriptible. Recurrí a los humanos en busca de ayuda. En un último intento conseguí murmurar una sola palabra, dirigida a los indios: “¡Medicina!”. Vi cómo se apresuraban a preparar un antídoto y supe que no llegarían a tiempo. Necesitaba de alguien que pudiera vencer a los dragones y traté desesperadamente de convocar a algún ser poderoso que me defendiera de aquellos reptiles. Apareció uno ante mi y en ese mismo momento los indios me abrieron la boca y me hicieron tragar el antídoto. Los dragones fueron desapareciendo, hundiéndose en el abismo; ya no había barco ni fiordo. Me sentí tranquilo y aliviado.
El antídoto me procuró un gran bienestar, pero no consiguió que desaparecieran del todo las visiones, más superficiales ahora. Podía controlarlas e incluso disfrutar de ellas: Hice fabulosos viajes por lugares remotos; llegué incluso más allá de la galaxia; podía crear edificios de ensueño y obligar a los burlones diablillos a que pusieran en práctica mis fantasías. A menudo me sorprendí a mí mismo riendo a carcajadas al ver cuán incongruentes eran mis aventuras. Por fin, me dormí.
Me despertó el sol, que se filtraba por el tejado de paja. Me quedé tumbado escuchando aquellos sonidos cotidianos del amanecer: los indios charlando, el llanto de los niños, el cacareo de los gallos. Me sorprendió descubrir que me encontraba bien, descansado y en paz. Mientras contemplaba el hermoso trenzado del techo me volvieron a la mente los recuerdos de la noche anterior. Me esforcé en no recordar más hasta haber cogido una grabadora que tenía en la mochila. Mientras la buscaba, los indios me saludaron, sonrientes. Una anciana, la mujer de Tomás, me ofreció un cuenco de pescado y sopa de plátano para desayunar. ¡Qué bien sabía aquello! Me dispuse luego a grabar mis experiencias antes de que se me olvidara algún detalle. No me resultó difícil recordarlo todo, excepto una parte del trance que no conseguía hacer volver a mi memoria. No había más que un espacio en blanco, como cuando se borra una cinta. Estuve horas intentando acordarme de qué había pasado y al fin lo conseguí; resultó ser la revelación de los dragones, incluyendo lo que me habían dicho sobre su papel en la evolución de la vida en el planeta y su dominación de la materia viviente y del hombre. Descubrir aquello me emocionó sobremanera,y no pude por menos que pensar en que, en teoría, no podía rememorar tales cosas.
Llegué incluso a temer por mi propia seguridad, pues ahora poseía un secreto que, según aquellos seres, sólo les estaba destinado a los moribundos. Decidí compartirlo con otros de manera que saliera de mí y así mi vida no corriese ningún peligro. Instalé el motor fueraborda en una canoa y me puse en camino de la misión evangelista americana. Llegué hacia el mediodía.
Bob y Millie, la pareja que estaba al frente de la misión, eran hospitalarios, compasivos y con gran sentido del humor, mucho más simpáticos que la mayoría de los evangelistas que llegaban de los Estados Unidos. Los conté mi historia. Cuando les describí el reptil de cuya boca manaba agua se miraron, alcanzaron la Biblia y me leyeron el siguiente versículo del capítulo 12 del Apocalipsis:

                    “Y la serpiente arrojó de su boca como un río de agua…”

Me explicaron que, en la Biblia, la palabra “serpiente” era sinónimo de “dragón” y “Satanás”. Seguí con mi relato y cuando mencioné que los dragones procedían de algún lugar lejos de la Tierra y que habían llegado aquí para esconderse de sus perseguidores, Bob y Millie empezaron a ponerse nerviosos. Me leyeron entonces unas cuantas líneas del mismo pasaje del Apocalipsis:

              “Y hubo una gran batalla en el cielo: Miguel y sus ángeles peleaban con el dragón, y peleó el dragón y sus ángeles y no pudieron triunfar y perdieron su lugar en el cielo. Y fue arrojado el gran dragón, la antigua serpiente, llamada Diablo y Satanás, que extravía al universo todo. Fue precipitado en la Tierra, y sus ángeles con él”.

Escuché aquello con sorpresa y asombro. Por su parte, los misioneros parecían admirados de que un antropólogo ateo, tomando el brebaje de los “médicos brujos”, hubiera podido llegar a las mismas santas verdades reveladas en el libro del Apocalipsis. Cuando acabé mi narración me sentí aliviado por haber compartido lo que sabía, pero estaba exhausto. Me quedé dormido en la cama de los misioneros mientras ellos seguían comentando lo que acababan de escuchar.
Por la tarde, en el viaje de vuelta al poblado, la cabeza empezó a latirme al ritmo trepidante del motor; creí volverme loco. Tuve que taparme los oídos para alejar aquella sensación. Dormí bien, pero al día siguiente tenía la cabeza pesada.
Me apremiaba recabar la opinión del más experto conocedor de lo sobrenatural entre los indios, un chamán ciego que había viajado con frecuencia al mundo espiritual con la ayuda de la ayahuasca. Me parecía lógico que mi guía en el mundo de las tinieblas fuera un ciego.
Fui a su choza con el cuaderno de notas y le relaté mi experiencia punto por punto. Al principio sólo le contaba los momentos culminantes; así, cuando llegué a los dragones, me salté lo de su llegada y dije: “Eran unos enormes animales negros, como murciélagos gigantes, más grandes que esta cabaña, y me dijeron que eran los verdaderos amos del mundo.” En conibo no hay una palabra que signifique “dragón”, así que “murciélago gigante” era la expresión más apropiada para describir lo que había visto.
Me miró con sus ojos ciegos y esbozó una sonrisa: “Siempre dicen lo mismo. Pero no son más que los Señores de las Tinieblas Exteriores“.
Como sin darle importancia al gesto, alzó una mano al cielo y sentí un escalofrío en la espalda, pues aún no le había dicho que, en mi trance, los había visto venir del espacio.

MICHAEL HARNER               La Senda del Chamán

 

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