ESPÍAS FAMOSOS DEL PAPA. El lado oscuro de la Santa Sede

v2El primer espía de la red conocida como la ‘Santa Alianza’ fue un joven sacerdote enviado por el Papa a la corte de la reina de Escocia, María Estuardo.

El servicio secreto del Vaticano, la mejor red de espías, lleva operando desde el siglo XVI, y sus tentáculos y operaciones extendidas “urbi et orbe” han asesinado a reyes y papas, envenenado a cardenales y príncipes, blanqueado dinero; han promovido golpes de Estado, traficado con armas; han colaborado en la implantación de dictaduras como la de Videla en Argentina, y han cambiado regímenes políticos en algunas zonas del mundo. Algunos de sus componentes reciben en Roma, en un colegio exclusivo, conocido como Russicum, una formación encaminada a esta actividad; otros, la mayoría, actúan de espías sin saberlo, el confesionario con su sagrado secreto y la obediencia debida a la jerarquía les convierte en miembros involuntarios de esta sutil de red de espionaje. Sus objetivos primigenios eran aniquilar las doctrinas heréticas y evitar que las enseñanzas reformistas de Lutero, Calvino y otros protestantes prendieran en el pueblo, pero luego abarcaron también la política de distintos monarcas hasta llegar a confundirse religión y política. Lleva operando como servicio de espionaje desde 1566 y su primera operación se dirigió contra la corriente protestante de Inglaterra con Isabel I. El primer espía de esta red, conocida como la Santa Alianza -como ya apuntamos en la anterior entrega- fue un joven sacerdote enviado por el Papa a la corte de la reina de Escocia, María Estuardo. Se llamaba David Rizzo, era de Génova y estaba muy al tanto en asuntos de estado y política internacional. Debido a su porte y a que dominaba varios idiomas, fue uno de sus primeros agentes. Este sacerdote, para obtener información tanto de la corte inglesa como escocesa y granjearse la confianza de reinas y príncipes, no tardó en convertirse en amante de la reina María de Estuardo. Murió asesinado, quizá por los celos de su marido, el rey consorte.

A este espía religioso y amatorio, le sucedió otro genovés, que en vista de los resultados de su antecesor, metido en la corte, decidió organizarlo con una estructura semejante a la de cualquier organización laica, con sus redes y agentes encubiertos, pertenecientes casi todos ellos a la recién creada orden de la Compañía de Jesús. El  sucesor de David Rizzo se llamaba Ugo Boncompagni. Luego de esa bien organizada e intensa actividad con la que se ganó el beneplácito de toda la curia cardenalicia, llegó a ser nombrado Papa con el nombre de Gregorio XIII (1572-1585): Fue el inventor de lo que hoy conoceríamos como “comandos autónomos”. Eran los primeros pasos de una máquina de poderoso engranaje que se convierte en organización efectiva con el Papa Sixto V (1585-1590). Desde entonces, su actividad se ha extendido por todos los continentes, infiltrándose en las más altas instancias de Estados, empresas y religiones. Pero, antes de proseguir, recordemos los orígenes que ya apuntamos en la anterior entrega.

ORIGEN Y GRANDES INTERVENCIONES

En sus cinco siglos de historia, la Santa Alianza ha participado en los grandes acontecimientos históricos, desde las guerras de España contra el turco, a la expedición de la Armada Invencible. Estuvo implicada en el asesinato de Guillermo de Orange y del Rey Enrique IV de Francia; en la Guerra de Sucesión por el trono español disputado entre el nieto del Rey Sol francés, luego Felipe V, primer rey Borbón en el trono de España, y el hijo del emperador Carlos de Austria, Carlos VI, también candidato al trono español, último descendiente varón de los Habsburgo, rey de Hungría y de Bohemia. La Santa Alianza intervino en el atentado contra el Rey José I de Portugal en 1758; en el ascenso y caída de Napoleón; participó en la guerra de Cuba, en el desastre del imperio español, y en las dos guerras mundiales, implicándose además en la evasión de nazis; ayudó a dictaduras suramericanas y colaboró en la guerra de las Malvinas, y recientemente, aliada con la mafia italiana y la CIA, promovió con dinero negro la caída del régimen comunista en los países del Este. No podemos detenernos en todos estos acontecimientos. Ampliaremos los más relevantes y atractivos por su “guión cuasi novelesco”, y en los que nos afectan por su proximidad temporal y local.

LOS ESPÍAS MÁS FAMOSOS DEL VATICANO

Entre los principales espías del Vaticano, además de los nombrados, cabe destacar a los más famosos: Lamberto Macchi, sustituto de Rizzo; Roberto Ridolfi, James Fitzmaurice, William Parry, Marco A. Massia, Giulio Alberoni, Elejandro de Médicis, Giulio Guarneri, John Bell, Giovanni Da Nicola, etc. Con sus operaciones cambiaron el curso de la historia desde el siglo XVI al siglo XXI.

Algunos jefes de la red de espionaje fueron: Ludovico Ludovisi, Lorenzo Magalori, Olimpia Maidalchini, la única mujer con poder dentro del Vaticano, de la que se cuenta que mandaba casi tanto o más que el propio Papa, Paluzzo Paluzzi, Giovanni Battista Caprara, o Luigi Poggi… Casi todos murieron asesinados o quemados vivos.

Sendas listas podían completarse con muchos más, cuya relación completa puede encontrarse en historiadores y periodistas como Nuzzi, Nino Lo Bello, Corrado Stajano, David Yallop, Richard Hammer, Eric Frattini, Paul Hofmann, y en cualquier Historia de los Papas. Hay pruebas evidentes de que estos jefes de la Santa Alianza ordenaron operaciones encubiertas, asesinatos políticos y religiosos, subvencionaron con dinero negro caídas de regímenes políticos que no les gustaban o encumbraron otros gobiernos afines a sus intereses económicos y religiosos, y multitud de liquidaciones y desapariciones de personajes secundarios o estudiosos que no se ajustaban a la fe marcada por el Santo Oficio.

Creada, recordamos, en 1566 por el Papa Pío V, su primer objetivo fue luchar contra la corriente protestante que nacía en Inglaterra con Isabel I, aliándose al lado de la católica María Estuardo, reina de Escocia y aspirante al trono inglés, a cuyo servicio, confesor, asesor y amante, puso el Papa a su primer espía, David Rizzo.

El Papa Pío V, de nombre de pila Antonio Michele Ghislieri (1504-1572), era dominico y comisario de la Inquisición, hombre austero que aun siendo Papa dormía en un jergón de paja en el suelo, según cuenta su biógrafo, Carlo Castiglioni. Vivía obsesionado por toda clase de herejía o heterodoxia, por lo que fue ascendido como Secretario del Santo Oficio, organismo encargado de velar por el dogma y las correctas prácticas eclesiales. Era muy aficionado a las sociedades secretas, y como tal consideraba al Santo Oficio. Fue general de la Inquisición en Italia durante el pontificado de Julio III (1550-1555), y gracias a sus agentes y a sus centenares de condenas en Como y Bérgamo, ascendió hasta formar parte de la curia, encargado de la que él consideraba la mejor “sociedad secreta”, el Santo Oficio. Este cargo era y es uno de los más poderosos en Roma después del Papa. Casi todos los papables lo han desempeñado, el último Benedicto XVI, actual Papa emérito. El Santo Oficio es el organismo encargado de mantener la fe y las buenas costumbres en el seno eclesial, evitando que sus ovejas se descarríen por ideas y teorías contrarias a las canónicas y atentatorias contra los dogmas establecidos.

Sus ramificaciones se multiplican entre el clero regular y secular, jugando un papel muy importante órdenes religiosas muy poderosas, como los dominicos en la baja Edad Media, sobre todo en su lucha contra la herejía cátara en el Languedoc francés, donde en semanas miles de cátaros fueron quemados vivos.

Como red plenamente en funcionamiento, que escapa a cualquier investigación, ordenó el asesinato en 1610 del poderoso rey francés Enrique IV, aunque la iglesia lo ha negado siempre. Se trataba de otra lucha religiosa semejante a la de Inglaterra con los seguidores de Calvino, la guerra contra los hugonotes, secta protestante, en la que de nuevo religión y política se entremezclan. En Francia, como en Inglaterra, el cisma estaba promovido también por el propio rey. El más célebre de los hugonotes fue Enrique de Navarra, hijo de Juana de Albret, reina de Navarra (1555-1572). El príncipe Enrique se crió con su tío, el futuro rey francés, Francisco I, famoso por su constante belicosidad con el emperador Carlos I de España y V de Alemania. Los servicios secretos del Vaticano en alianza con los de España estuvieron siempre muy al tanto de lo que sucedía en ambas cortes, inglesa y francesa, en la primera, por su nueva religión separatista, que comenzaba a tener influencia y adeptos en Flandes, y en la segunda, por su política belicista contra el emperador español.

“PARIS BIEN VALE UNA MISA”

Entre los asesinatos en nombre de la fe, el primer regicidio ocurrió, pues, el 14 de mayo de 1610; su víctima, el rey Enrique IV de Francia. Llevaba ya un año presintiendo que le iban a matar por su intención de intervenir en Alemania para derrocar a la dinastía católica de los Habsburgo. Al llegar su carroza a las proximidades del palacio de Logueville, seguido de escoltas a pie y a caballo, un supuesto “fanático” católico llamado Jean-François Ravaillac, asaltó la ventana de la carroza real y le asestó al rey dos puñaladas con certera rapidez. Detenido inmediatamente, se descubrió que el asesino llevaba un pergamino, en forma de pañuelo de forma octogonal, con la palabra “Jesús” escrita en los bordes, y en el centro la siguiente frase: “Dispuesto al dolor por el tormento en nombre de Dios”. Se supone que le había enviado el padre jesuita D’Aubigni para que sirviera como una especie de guardia personal de altos personajes y a la par como espía. Era muy probablemente miembro de la Santa Alianza o bien un sicario contratado por ellos. Los servicios secretos del Vaticano y los de España, entonces la mayor potencia mundial, obligaron al rey a abjurar del calvinismo, y así lo hizo, con la conocida sentencia: “París bien vale una misa”, para luego volver a hacerse protestante.

Otra de las primeras intervenciones a gran escala de la red de espionaje vaticana fue en comandita con el servicio secreto montado por el rey español Felipe II en Flandes, donde el protestantismo estaba ganando adeptos y las revueltas contra el imperio se sucedían cada vez con mayor virulencia. Se trataba de vigilar de cerca tanto a franceses como a ingleses y flamencos, y preparar la expedición de la Armada Invencible y las luchas en el Mediterráneo contra el turco. El Papa Pío V y el monarca español, herencia religiosa de su padre el emperador, estaban obsesionados con las herejías y destinados por Dios a combatir el protestantismo -ambos eran acérrimos impulsores de la contrarreforma-, y contra el avance del Imperio Otomano. Los dos, olvidadas las desconfianzas de sus predecesores (los pactos incumplidos, las infidelidades, el saqueo de Roma…) promovieron la Liga Santa en la que intervinieron junto a España y sus territorios en Italia y Flandes, la ciudad-estado de Venecia, Génova y los Estados Pontificios. Al frente de los ejércitos puso el rey, por consejo del Papa, a su hermanastro, don Juan de Austria. De éste dijo el Papa, emulando la cita del Evangelio a Juan el Bautista: “un hombre enviado por Dios que se llama Juan”. El Papa murió poco después de la batalla de Lepanto contra los musulmanes (donde fue herido nuestro insigne Cervantes, conocido por eso como el Manco de Lepanto).

Pío V, admirado por su vida austera y su piedad, por su trato bondadoso y afable, y su defensa de la fe católica, fue canonizado. Nunca dejó de vestir el hábito blanco propio de su orden dominica, y desde entonces lo impuso a sus sucesores.

Y como nota curiosa, prohibió las corridas de toros, los torneos y fiestas con animales: “espectáculos dignos de los demonios y no de los hombres”, bajo pena de excomunión. El “rey Prudente” le hizo caso, aunque luego fuera levantado el veto.

Después de los dominicos, a cuya orden pertenecían los primeros espías, la joven orden jesuítica pasó a desempeñar y desarrollar ese servicio, sobre todo en Francia y Portugal, con uno de sus más famosos espías, el sacerdote jesuita, Gabriel Malagrida, implicado de lleno en el atentado contra el rey José I en 1758, el conocido como “escándalo Távora”. Todavía Lisboa no se había repuesto de los destrozos del terremoto ocurrido tres años antes. Como el palacio real estaba devastado, la corte y grandes familias vivían en lujosas tiendas alejadas de la capital varios kilómetros (el caso de la familia real y su corte en Ajuda), ajenas a la incomodidades y penurias de los lisboetas. El primer ministro, hombre estricto y de absoluta confianza de rey, era Sebastiao de Melo, un plebeyo que había sembrado envidias y mantenía reticencias hacia la vieja nobleza que lo despreciaba. El rey, José I, casado con la princesa española, María Victoria de Borbón, tenía como amante a la bellísima marquesa Teresa Leonor Távora, perteneciente a una de las familias más poderosas de la alta nobleza, desposada con su sobrino Luis Bernardo, heredero y aspirante a la corona portuguesa. Los Távora eran acérrimos enemigos del primer ministro por su sangre plebeya. Ella era devota católica influenciada por su confesor el jesuita Gabriel Malagrida. Una noche, después de estar con su amante, el rey regresaba de incógnito a su tienda, y su carroza fue tiroteada por tres individuos a caballo. Fueron heridos gravemente el rey y su conductor. Nadie sabía que el rey hacía ese trayecto. Solamente ella, su amante, la marquesa de Távora. Dos asaltantes fueron detenidos y confesaron que habían sido contratados por la familia Távora, y el regicidio planeado por el confesor. Toda la familia fue condenada; brazos y piernas rotos a mazazos y luego decapitados públicamente. Fueron desposeídos de sus títulos y posesiones, tanto en Portugal como en ultramar. El jesuita Gabriel Malagrida fue quemado vivo en 1761 públicamente en una plaza de Lisboa y declarada ilegal la Compañía de Jesús. Se supone que sus hijos pequeños y otros infantes de la familia Távora pasaron clandestinamente a España ayudados por padres jesuitas y acogidos por nobles españoles, pero el caso es que de los Távora no ha quedado ni rastro en toda la península ibérica.

Durante la época del cardenal Paluzzi, Malta y España fueron los principales escenarios de operaciones del servicio secreto vaticano. El período que Frattini denomina “Época de intrigas” (1691-1721) se abre con el cónclave de mayor duración, cinco meses de votaciones e indecisiones, por las intrigas para elegir nuevo Papa. A la muerte del breve papado de Alejandro VIII (1689-1691) quedó vacante de nuevo la mitra de Pedro. El cardenal Paluzzi que lleva al frente de la red desde 1676 es uno de los principales opositores a que salga elegido un cardenal que se muestre contrario a ese servicio por temer que el papado pierda su poder tanto terrenal como espiritual. En julio se buscó un consenso con los españoles, principales opositores, saliendo elegido Inocencio XII, procedente de familia noble de Bari, su padre era Grande de España, todavía la mayor potencia mundial. La isla de Malta era entonces un centro de espionaje y contrabando en favor de la flota inglesa, cuyo jefe era un comerciante irlandés, William DeKerry, espía, protestante y contrabandista. Al conocer el Vaticano, junto a la corte española por medio de espías al servicio del cardenal Paluzzi, los sobornos que el irlandés llevaba a cabo para hacerse con las cargas de los barcos españoles, se encargó el mismo Paluzzi de acabar con el contrabandista. Cuatro hombres lo asesinaron al pie de la casa del embajador de Francia. Su cadáver lo arrojaron al Mediterráneo; nunca más se supo ni de él, ni de su red de espionaje y contrabando.

Los últimos años de Paluzzi y el papa Inocencio XII se centraron en la sucesión de la corona española. Uno de los principales intrigantes a que el rey francés Luis XIV pusiera en el trono de España a su nieto, Felipe de Anjou, que luego reinaría con el nombre de Felipe V, inaugurando la casa de Borbón en nuestro país, fue el cardenal Paluzzi. Pero este cardenal no pudo ver cumplidos sus deseos. Paluzzo Paluzzi Altieri Degli Albertoni, maestro de espías durante un treintena años, jefe de la Santa Alianza con los pontificados de Clemente X, Inocencio XI, Alejandro VIII e Inocencio XII, murió envenenado el 25 de junio de 1698 por agentes del servicio secreto de Luis XIV tras un banquete. No existen pruebas documentales de que fuera “mediante envenenamiento por eléboro negro, también conocido como ‘Rosa de Navidad’, una planta muy tóxica que se usaba para envenenar agua, condimentos o puntas de flechas, pero todos los indicios apuntan en este sentido.

A estas intrigas le han venido sucediendo otras que abarcan desde la revolución francesa, pasando por las guerras europeas, hasta la llegada del Papa Benedicto XVI. Intrigas y operaciones que parece que tocan a su fin con el actual Papa Francisco. Operaciones de un servicio secreto que no forman parte del pasado remoto, sino que se han mantenido hasta hace pocos años con el Papa Juan Pablo II, que las promocionó y manejó a través de otra orden, el Opus Dei. Pero eso será en la siguiente “intriga”. Época intensa e intrigante la de estas últimas fechas.

RAMÓN HERNÁNDEZ DE AVILA                                        Nueva Tribuna

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