LAS TORRES DEL SILENCIO ZOROÁSTRICAS

Una Torre del Silencio o Dajmeh en persa, es una construcción cilíndrica sobre la cima de una colina donde los zoroástricos colocaban a sus cadáveres para que los buitres los devoraban como parte de sus ritos funerarios. La ciudad iraní de Yazd alberga numerosas de estas torres, aunque ahora únicamente sirven de atracción turística, ya que hace tiempo que dejaron de practicarse sus originales propósitos.

Los cuerpos de los difuntos eran colocados sobre la cima de la torre y expuestos así al sol y a las aves de rapiña. La torre estaba rodeada por muros para evitar que se puediera observar la espantosa vista de las grandes aves devorando los cuerpos de los finados. Así, en poco más de una hora prácticamente sólo quedaban los huesos descarnados.

Según las creencias zoroástricas la naturaleza y sus cuatro elementos, tierra, agua, aire y fuego, son sagrados. La muerte era un triunfo temporal del mal sobre el bien, un demonio que contaminaba todo con lo que entraba en contacto por lo que había que deshacerse del cuerpo con la mayor seguridad posible, por lo que se consideraba lo mejor que lo devorase otro animal.

El techo de las torres se dividían en cuatro anillos concéntricos. Los cuerpos de los hombres se disponían alrededor del anillo exterior, las mujeres en el segundo círculo, y los niños en el tercer anillo. Una vez que un cuerpo era descarnado por los buitres, los huesos eran rociados y lavados con ácido nítrico puro y cal apagada para una purificación adicional. Después de que los huesos hubieran sido blanqueados por el sol y el viento (lo que podría llevar hasta un año) se recogían en un pozo osario en el círculo más interno de la torre. Ayudados por la cal, se desintegrarían gradualmente y el resto el agua de lluvia lo arrastraría a través de múltiples filtros de carbón y arena (que impedían que la tierra sagrada se contaminara).
En esencia, una Torre del Silencio era una tumba reutilizable. Sus procedimientos ceremoniales fueron manejados por los guardianes residentes que vivían en un pequeño lugar techado cerca de la torre en lo alto de la colina, mientras que los familiares del difunto se quedaban en una casa abajo y nunca se les permitía entrar. Los guardianes residentes tendrían acceso a la parte superior de la torre para realizar sus tareas a través de una escalera. A principios del siglo XX, los zoroastrianos iraníes abandonaron gradualmente su uso y comenzaron a favorecer el entierro o la cremación.

Según sus acólitos, el uso de este método funerario tenía sus beneficios. Así, no habría diferencia en el método de eliminación, independientemente de la clase o la riqueza del fallecido y, por lo tanto, todos serían tratados por igual. Además impediría que un cuerpo se descompusiera bajo tierra y ratones y gusanos se alimentaran de él.

 

 

 

 

 

 

 

 

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