LA MARAVILLOSA HISTORIA DE LAS ISLAS FANTASMA QUE TUVIERON QUE SER BORRADAS DEL MAPA

“The Un-Discovered Islands”, de Malachy Tallack e ilustraciones de Katie Scott; publicado por Polygon.

DALIA VENTURA   “Cuando miramos al cielo imaginamos dioses. Cuando miramos al océano imaginamos islas“.

Así empieza el autor Malachy Tallack su maravilloso libro “The Un-Discovered Islands” o “Islas des-conocidas“, ilustrado por Katie Scott, en el que habla de dos docenas de islas que alguna vez se creyó que eran reales.

Y es que, según Tallack, “desde que la gente empezó a crear historias, ha estado inventando islas“.

Algunas son parte de leyendas, como Avalón, donde yace sepultado el Rey Arturo, aquel de la mesa redonda, pero otras son sorprendentemente más “reales”, tanto que alcanzaron a aparecer en mapas digitales.

Tallack dividió su archipiélago de islas ‘des-cubiertas’ en seis grupos y le pedimos que escogiera una de cada grupo y que nos contara por qué lo cautivó especialmente.

Ilustración de Katie Scott; cortesía de la editorial Polygon.

Las islas de vida y muerte

En este grupo, el autor habla de lugares míticos, confinados al mundo de los relatos, aunque no por ello dejen de ser reales.

“Estas islas míticas existieron en todo el mundo como parte de diferentes culturas, pero Hufaidh me llamó la atención particularmente porque es una isla que fue parte de la cultura de un pueblo hasta hace poco; la gente seguía hablando y pensando en ella hasta la segunda mitad del siglo XX“, dijo Tallack.

Efectivamente, uno de los árabes de las marismas le dijo al explorador Wilfred Thesiger —en una de sus visitas en los años 50— que “Hufaidh es una isla que está allá, en algún lugar. En ella hay palacios y palmeras y jardines de granadas, y los búfalos son más grandes que los nuestros. Pero nadie sabe exactamente dónde es”.

Ese “allá” es la confluencia de los ríos Tigris y Éufrates, la cuna de la civilización moderna, donde alguna vez estuvo el humedal más grande de Euroasia occidental.

Solía ser parte de Mesopotamia, ahora el sur de Irak.

“¿Nadie la ha visto?”, preguntó Thesiger.

“Sí, pero quienquiera que vea Hufaidh queda embrujado y después nadie puede entender sus palabras”, le respondieron sus anfitriones, los habitantes de las marismas, y explicaron que aunque buscara, no podría encontrar la isla pues los jinn (seres sobrenaturales) la podían hacer desaparecer.

No obstante, no había duda alguna de que existía. Pero ya no.

Desde finales de 1980 se aceleró el drenaje de los pantanos. Inicialmente había empezado para ganar tierras para la agricultura y explotación de petróleo, pero durante la presidencia de Saddam Hussein la razón fue otra: desalojar a los árabes de las marismas, por ser musulmanes chiitas.

Para 2003 solo quedaba el 10% de su tamaño original.

“Es fascinante la manera en la que Hufaidh se vio enredada en la política, pues dependía de la existencia de las marismas de Mesopotamia pero cuando Saddam Hussein los secó, de cierta manera le puso fin a esa cultura”, apunta Tallack.

Ilustración de Katie Scott; cortesía de la editorial Polygon.

Los pioneros

Cuando pocos conocían el mundo más allá de sus costas, los primeros navegantes del Atlántico y el Pacífico, hallaron islas que a veces no estaban ahí.

Una de ellas le es tremendamente familiar a Tallack.

“Thule es la isla que he conocido por más tiempo, por su conexión con las Islas Shetland, donde crecí. Además tiene un vínculo muy específico con la obra de Tácito, que está mencionado en una placa a la entrada de mi escuela”.

En la placa decía: “Dispecta est Thule“, que significa “Thule fue vista” y fueron unas palabras escritas por el historiador romano Tácito, cuyo suegro, Agrícola, fue gobernador de Gran Bretaña a finales del siglo I.

Cuando navegó en dirección norte desde Escocia, vio en el horizonte las islas Shetland —el extremo septentrional del mar del Norte— y creyó que había visto Thule, una isla que había mencionado el explorador griego Piteas tras sus viajes en 330 a.C., cuando para los mediterráneos Gran Bretaña “era una tierra oscura y potencialmente peligrosa, al borde del mundo de los humanos”.

Nadie sabía dónde quedaba exactamente, pues aunque Piteas dijo que la había encontrado tras navegar seis días, no especificó en qué dirección.

Sin embargo, se instaló en la mente colectiva no solo como un lugar físico en las aguas heladas cercanas al polo del planeta.

“El legado de su viaje (el de Piteas) no ha sido el descubrimiento de una isla —escribe Tallack en el libro—, ha sido la creación de un espacio: un hueco misterioso e insondable en el que, por dos milenios o más, se han vertido los sueños del norte”.

“Me gusta Thule porque es un lugar que se convirtió en una idea: la idea de norteño, del sitio más lejano, y ese desarrollo es fascinante”, le dijo a BBC Mundo.

Volviendo al libro: “Aunque el deseo de borrar la incertidumbre la ha borrado del mapa, Thule sigue existiendo en la cartografía de la mente“.

Ilustración de Katie Scott; cortesía de la editorial Polygon.

La era de la exploración

Lo que le llama la atención a Tallack de Las Auroras, tres islas ubicadas entre las Falklands/Malvinas y Georgia del Sur o Isla San Pedro, es que “la mayoría de las islas des-cubiertas fueron resultado de errores de un capitán o la tripulación de un barco que creyó haber visto algo —por mal tiempo o algo así—. La isla entonces se marcaba en un mapa del que luego hubo que borrarla”.

“Sin embargo, en el caso de Las Auroras su misterio permanece“.

Esto porque “mucha gente vio Las Auroras, varios buques, incluso barcos que contaban con sistemas avanzados de navegación y de cartografía náutica de la época”.

El primer registro conocido de su ubicación data de 1762, por un buque ballenero llamado Aurora, de donde viene su nombre. El mismo buque reportó haberlas visto una década más tarde y en medio de sus dos avistamientos, el San Miguel confirmó su existencia en 1767.

Las vieron una cuarta vez en 1779, dos veces en 1790, y en 1796 el barco español de investigación La Atrevida, que contaba con los mejores marineros y científicos y los equipos más avanzados, fue enviado especialmente a localizarlas e inspeccionarlas… y cumplió su cometido.

La bitácora de La Atrevida describe físicamente cada una de las tres islas y sus ubicaciones fueron chequeadas usando cronómetros probados.

No extraña entonces que desde finales del siglo XVIII las cartas náuticas las mostraran y que los marineros evitaran el área para evitar chocarse con ellas.

Pero desde un momento en el siglo XIX, nadie más las volvió a ver, por más que fueron a buscarlas.

Hasta el día de hoy “nadie ha podido dar una explicación satisfactoria de la aparición ni de la desaparición de Las Auroras… unas de las islas fantasma más inexplicables“, subraya Tallack.

“¿Por qué tanta gente se equivocó?, porque parece que sí se equivocaron, pues nunca existieron”.

Ilustración de Katie Scott; cortesía de la editorial Polygon.

Las islas sumergidas

Aunque Atlantis no es estrictamente una isla que fue descubierta —precisa Tallack—, no slo la incluyó en su libro sino que la escogió entre las del grupo de las que supuestamente existían en las profundidades.

“Atlantis es la isla de este tipo que todo el mundo conoce y, de cierta manera, se convirtió en el modelo de otras islas misteriosas”, le explicó a BBC Mundo.

“Además sigue siendo una isla de la cual se habla y se piensa, a pesar del hecho de que es una isla ficticia inventada por Platón“.

“Todavía hoy hay gente que rechaza esa explicación y cree que fue real en algún momento”, agregó.

Y, por eso, nos explicó “Atlantis realmente ejemplifica el hecho de que estas islas realmente cautivan la imaginación”.

Ilustración de Katie Scott

Las islas fraudulentas

Entre las islas inventadas por bromistas y embusteros, Tallack resaltó la Isla Phelipeaux.

“Como Hufaidh, la Isla Phelipeaux terminó envuelta en eventos políticos”.

Está nombrada en el Tratado de París como parte de la frontera de un nuevo país llamado Estados Unidos“.

El mapa usado para trazar las fronteras entre las colonias británicas en Canadá y el nuevo país después de la guerra de Independencia que terminó en 1783, conocido como el Mapa de Mitchell, era lo mejor que se tenía en la época.

Pero tenía unos errores. Y cuando Reino Unido y EE.UU. se volvieron a enfrentar 30 años más tarde, se hizo evidente que había que trazar las fronteras con más claridad.

Cuando los peritos fueron al área más complicada en el norte, encontraron varios problemas, y uno de los más desconcertantes fue que no hallaron la isla Phelipeaux por ningún lado.

Pero, ¿quién y por qué se la había inventado?

El culpable de ese fraude cartográfico había dejado huellas: al explorar el área encontraron que no era una sino cuatro las islas inventadas, y sus nombres lo delataron.

Phelipeaux (o Phelypeaux) era el apellido de Jean-Frédéric, el secretario de Estado de Asuntos Marítimos de Francia de la década de 1720 a la de 1740. Era además conde de Pontchartrain y Maurepas (nombres de dos de las otras de las islas falsas) y el santo patrón de su familia era Ana (la cuarta isla se llamaba Santa Ana).

“Era un invento de un sacerdote explorador y estaba tratando de conseguir dinero de un rico patrocinador”, señaló Tallack, en conversación con BBC Mundo.

No era raro que se usaran nombres de patrocinadores en sitios geográficos para adularlos y el inventor de islas, Pierre François Xavier de Charlevoiz, un sacerdote jesuita, ciertamente no dejó que el detalle de su inexistencia se convirtiera en un obstáculo.

El 22 de noviembre de 2012, la página web de la BBC tenía una noticia anunciando que se había comprobado que la isla Sandy del Pacífico Sur no existía: “Los cartógrafos de todo el mundo se apresuran a borrar a la isla Sandy para siempre”, comentaba.

Los des-conocimientos recientes

Entre los des-descubrimientos realizados durante los siglos XX y XXI, a Malachy Tallack le gusta especialmente uno, pues alberga la esperanza de que la tecnología no haya terminado para siempre con la posibilidad de que sigamos descubriendo islas inexistentes.

“La isla Sandy es la más reciente y, en algunos aspectos, la más extraordinaria de todas estas islas porque sobrevivió a la digitalización de la cartografía.

Estuvo en Google Maps, Google Earth y todos los otros sistemas que usamos para navegar alrededor del mundo.

Para mí es enormemente atractiva la idea de que un error pueda pasar por ese proceso y pueda sobrevivir todo ese tiempo.

Potencialmente, todavía hay lugar para un poco de ese misterio en nuestros mapas“.

“The Un-Discovered Islands” o “Islas des-conocidas”, de Malachy Tallack e ilustraciones de Katie Scott; publicado por Polygon en inglés y la Editorial GeoPlaneta en español.

DALIA VENTURA    BBCMundo

Y EL ALGORITMO GOBERNARÁ NUESTRAS VIDAS

MARTA PEIRANO Toda utopía lleva dentro la semilla de su propia perversión. Y las revoluciones industriales son siempre utópicas, incluyendo la de la Información.

Toda revolución industrial sueña con la paz en el mundo. Para conseguirla se toman medidas de sentido común: gestión ordenada de recursos, control de las enfermedades, prevención del crimen, optimización de los métodos de producción y eliminación de residuos, sobras y todo aquello que no sea efectivo para la consecución de todo lo demás. La llamada cuarta revolución industrial es capitalista, como todas las anteriores, pero tiene una particularidad. Ha concentrado sus esfuerzos en la producción de imágenes. Concretamente, en construir una interfaz que facilite esa “gestión ordenada de recursos”. En la era del Big Data, el recurso eres tú. Y la interfaz es tu droga y tu credo.

Una interfaz es un conjunto de metáforas que facilita la interacción con un sistema más complejo. Por ejemplo, el “escritorio” de “iconos” y “ventanas” que encontramos por defecto al encender el ordenador. Se llama Interfaz gráfico de usuario. Cada uno de esos objetos representa una orden en un lenguaje que el usuario supuestamente no domina. Paradójicamente, los interfaces más comunes son tan viejos que muchos de los objetos a los que alude han dejado de existir, como el disco de 3.5″ que representa guardar, o las carpetas de manila de los directorios. La última generación de usuarios usa objetos que no ha visto nunca para comunicarse con el sistema en un lenguaje que desconoce. La interfaz que está tejiendo el technocapitalismo aleja todavía más al usuario de la realidad, hasta el punto de representar exactamente lo contrario de lo que hace.

El reverso oscuro de la nube

Por ejemplo, la nube. Ese algo vaporoso, intangible, esa pura liviandad que flota en un universo infinito y galáctico llamado Internet. Solo que nuestros datos no flotan, son ceros y unos grabados en una unidad de almacenamiento gestionada por un sistema y alojada en un ordenador y el vapor es en realidad millones de ordenadores haciendo 3.785 transacciones por segundo, intercambiando miles de millones de gigabytes y consumiendo más del 3% de la energía mundial y produciendo más del 2% de los gases. La blanca y liviana nube es un sucio país pequeño, negro de quemar carbón. Por no hablar de “La nube personal”, referencia de datos personales e íntimos alojados en el ordenador de una empresa desconocida gestionada por extraños en un país donde no nos protege ninguna ley.

En general, la persistente intangibilidad de los servicios de la era de la información esconde siempre su reverso: a la blanca delicadeza minimalista del iPhone, la brutalidad colonial de las minas de coltán donde se arrancan los materiales que lo alimentan. Bajo la promesa de la vida eterna, encarnada en tecnócratas como Sergey Brin y filósofos como Aubrey de Grey, están nuestras vidas banalmente consumidas por vídeos de gatitos, reviews de Amazon y la búsqueda interminable del zapato perfecto (Yoox), la receta perfecta (Food.com), la casa perfecta (Pinterest) o el polvo perfecto (Tinder). A la carrera para colonizar Marte, pilotada por Elon Musk, la urgente realidad de un planeta que agoniza, y que sigue siendo el único sitio donde los humanos y el resto de las especies podemos sobrevivir.

Toda utopía lleva dentro la semilla de su propia perversión: las metáforas del 2017 son los ingredientes de la distopía de 2030. La interfaz es necesaria para mantenernos calmados mientras alimentamos obedientemente la máquina que nos gestiona. La vigilancia no es maliciosa sino la herramienta principal de la optimización de recursos. Los datos de producción en tiempo real permiten recalcular cada poco tiempo los procesos para poder optimizarlos. Para que el proceso sea limpio y objetivo, es un algoritmo el que se ocupa de evaluarlo y determina qué sirve, qué sobra, qué necesita reprogramarse, y qué interrumpe el proceso y debe desaparecer.

Como decía Yogi Berra, es muy difícil hacer predicciones, sobre todo sobre el futuro. Pero podemos reconocer las tendencias más estables y proyectar hacia el futuro más cercano. Según las Naciones Unidas, en 2030 seremos 8.500 millones de personas. La población necesitará un 50% más de recursos, incluyendo agua, comida y energía para sobrevivir.

Las condiciones habrán empeorado mucho; habremos superado los dos grados de temperatura. Las sequías, inundaciones e incendios habrán destruido gran parte de la producción mundial de grano. Los monocultivos serán pasto de las enfermedades, los animales también. No es lo mismo hacer gestión de recursos cuando sobran que cuando faltan.

En 2030, todos nuestros movimientos han sido monitorizados durante décadas. La seguridad social sabrá cuándo vas a morirte antes de verte nacer. Tu seguro sabe cuánto azúcar hay en tu sangre, cuántas cervezas hay en tu nevera, cómo interaccionan tus medicamentos con la radiación de tu barrio, de qué se murió tu padre y el padre de tu padre.

La empresa que te contrata ha calculado tu productividad a medio plazo incluyendo tus futuras bajas, tu divorcio y las enfermedades de tus futuros hijos contra tu potencial de mercado. Un algoritmo “a prueba de prejuicios” ha escrito el contrato. Si no lo firmas, quizá te tengas que mudar.

Tu nacionalidad adulta estará determinada por una combinación de factores que incluye pero no se limita al lugar en el que naces, la empresa para la que trabajas, tu poder adquisitivo, tu ideología, la calidad de tu material genético y tu elección de pareja, seguros y paquetes vacacionales. Eso, y cada pequeño detalle de tu vida, calculado en función de tu productividad. Tu derecho a tener hijos será calculado en contraste a la media de natalidad nacional, a la calidad de tu herencia genética y el valor añadido de la criatura en cada contexto. Quizá tengas que mudarte para poder tener hijos. Quizá tengas que mudarte para no hacerlo. Eso, si puedes. Todo el dinero será digital.

Tu acceso a tratamiento médico estará supeditado a tu valor de mercado y a tu capacidad de recuperación. Tu historial se cruzará con tus hábitos alimenticios, tus estado físico, tus relaciones sexuales y las de todos los que están a tu alrededor. La resistencia a los antibióticos nos habrá devuelto las enfermedades victorianas; el aumento de las temperaturas favorecerá la expansión de violentos virus tropicales. El algoritmo calculará qué personas son lo suficientemente útiles para ser salvadas y a quién tendrá que “despedir”.

El algoritmo, como la máquina que trabaja silenciosa mientras soñamos con el éxito, con la vida eterna, la expansión a otros planetas o, simplemente, con 15 followers más, no se presentará como la red de superordenadores que actualizan bases de datos a toda velocidad para cinco superentidades globales. Cuando venga, lo hará vestido de su opuesto exacto: un ente benévolo y justo cuyas decisiones obedecen a un conocimiento total de todos los universos posibles y que unos cuantos millones de seres hechos de carne no podrían juzgar ni comprender.

MARTA PEIRANO         eldiario.es