EL ASOMBROSO HOMO SAPIENS

Clásica alegoría creacionista (pintura de la Capilla Sixtina)

XAVIER BARTLETT          Debo confesar que cuanto más intento explicar nuestra presencia en este planeta, más incógnitas me surgen, pues más bien parecemos una gran anomalía o rareza frente al resto del mundo natural. Si descartamos las explicaciones de los dos extremos, el creacionismo religioso y el evolucionismo darwinista (para los cuales debemos realizar sendos actos de fe), apenas nos quedan dos opciones más: el diseño inteligente y el intervencionismo, y ninguno de los dos tiene sólidas pruebas que pueda avalarlo más allá de la especulación. En todo caso, ambos coinciden en que el ser humano es el producto de un proceso inteligente de creación, si bien los intervencionistas introducen en la ecuación la presencia de una inteligencia mediadora de carácter extraterrestre, esto es, la aplicación de ingeniería genética sobre una criatura ya existente. Y, por cierto, aunque parezca una anécdota, Alfred Wallace –el otro padre del evolucionismo– afirmó que “algún poder inteligente ha guiado o determinado el desarrollo del hombre”.

No voy a entrar ahora a valorar la validez de estas cuatro propuestas o visiones, pero sí al menos poner de manifiesto que el ser humano presenta una serie de notables diferencias con sus parientes más próximos que la evolución por selección natural (esa caja mágica donde casi todo es posible, según decía el biólogo Michael Behe) no puede explicar satisfactoriamente, porque a menudo entra en contradicción con sus propios postulados, o porque suele recurrir al inevitable azar –mediante las consabidas mutaciones aleatorias– para cerrar cualquier discusión, sin que haya forma empírica de probar que en un remotísimo pasado se produjo tal o cual mutación, ni qué efectos tuvo.

Ahora bien, para centrar la cuestión, primero debemos poner al hombre en su contexto natural, que los expertos de la antropología, la biología y las ciencias naturales sitúan en el orden de los primates, unos mamíferos placentarios que llevan varios millones de años sobre el planeta, según el registro fósil observado. La ortodoxa académica afirma que el primer primate –en su forma más arcaica– apareció hace unos 55 millones de años. Posteriormente, los primates evolucionarían, dando lugar a varios subórdenes y familias, y ahí encontramos la familia de los homínidos [1], esto es, los primates antropomorfos que comúnmente llamamos simios o monos, entre los cuales estamos incluidos según la clasificación científica. No obstante, hay que remarcar que el árbol genealógico completo del ser humano sigue siendo objeto de discusión, y depende de los nuevos hallazgos paleontológicos, de los modernos estudios genéticos, o simplemente de las visiones de los investigadores.

Lo que parece evidente es que al observar la anatomía de estos primates apreciamos muchas semejanzas físicas con nosotros, a lo que habría que sumar una coincidencia genética de hasta un 98% con los chimpancés, porque supuestamente descendemos de un ancestro común. No obstante, pese a tanta semejanza, hay un punto en que el abismo que separa a los humanos de nuestros parientes resulta difícilmente explicable según factores evolutivos. Vamos pues a analizar de forma resumida algunas de estas “distorsiones” del Homo sapiens, que muchos autores alternativos han sacado a la luz para poner en aprietos a los evolucionistas, e incluso –como hemos mencionado– para avalar la supuesta intervención de seres de otros mundos.

El salto súbito frente al gradualismo

S. J. Gould

La teoría evolucionista siempre ha preferido con mucho el llamado uniformismo o gradualismo frente al catastrofismo; esto es, la evolución actúa lentamente a lo largo de millones de años, con pequeños cambios graduales que se van acumulando en el marco de la selección natural hasta provocar la aparición de nuevas especies a partir de las viejas. Sin embargo, un reputado experto en evolución como Stephen Jay Gould empezó a dudar de este mecanismo ante la evidencia negativa del registro fósil (por otra parte, muy escaso e interpretable) y propuso que podían darse cambios súbitos en momentos determinados a causa de unas circunstancias ambientales excepcionales [2].
Y es en este escenario “excepcional” donde encajaría mejor el hombre: los propios antropólogos no se explican el rápido avance del ser humano frente a sus parientes, cuando el gran paquete de macrocambios (a través de las mutaciones) que afectó al hombre debería haber tenido lugar a un ritmo pausado de varios cientos de millones de años [3]. Sin embargo, todo indica que el ser humano se habría visto “beneficiado” por una fortuita y rápida cadena de mutaciones que se acumularon en pocos millones o cientos de miles de años, mientras que sus parientes se estancaron completamente. En suma, ningún científico tiene las claves de cómo y por qué se produjo el proceso de hominización ni su fulgurante desarrollo, ni tampoco por qué los otros primates antropoides se quedaron al margen, si convivieron en el mismo marco espacio-temporal.

Características anatómicas y genéticas únicas

Todos los primates –incluido el hombre– compartimos un conjunto de características físicas, al pertenecer a un tronco común. No obstante, está claro que deben existir otros rasgos anatómicos que hagan única o diferenciada a cada especie, y aquí es cuando surgen unos datos muy interesantes. A inicios del siglo XX, el antropólogo británico Arthur Keith –plenamente imbuido en el credo evolucionista– comprobó que el ser humano se apartaba bastante de ese tronco común, pues sus particularidades únicas (que él llamó caracteres genéricos) superaban con mucho al resto de primates. Así, por ejemplo, el gorila tiene hasta 75 rasgos propios; el chimpancé, 109; y el orangután, 113. En cambio, el ser humano tiene nada menos que… 312.

No somos tan similares a los chimpancés

Cabe insistir otra vez en el altísimo porcentaje de coincidencia genética con nuestros parientes más próximos, lo que todavía hace más sorprendente este hecho. Claro que el ADN del ser humano tiene una importante cantidad del llamado ADN basura, que todavía nadie ha explicado qué función o sentido tiene, si bien deberíamos concluir que todo en la Naturaleza tiene un orden y un propósito. Por otro lado, existe otra diferencia genética no poco importante: los humanos somos los únicos primates con 46 cromosomas, a diferencia de los 48 del resto de primates. Tampoco en este caso los expertos evolucionistas han sido capaces de explicar por qué en nuestro caso se produjo la fusión de dos cromosomas (¿el azar, como siempre?).

Finalmente, cabe citar que en todas las especies se producen trastornos o defectos genéticos –que son superados sin mayores problemas en el mundo salvaje– pero que en el ser humano se disparan hasta los más de 4.000, siendo algunos de ellos de tal gravedad que llegan a impactar directamente en la salud y la supervivencia de las personas, incluso antes de la edad de reproducción.

La pérdida del vello

Otro rasgo extraño en los humanos es la pérdida de la mayor parte de su vello corporal, cuando este factor parece que difícilmente podría haberse “seleccionado naturalmente” como un síntoma de avance o ventaja biológica. Lo cierto es que el vello cumple una misión básica de aislante, al proteger la piel frente a la radiación solar y las agresiones del ambiente. Asimismo, el vello permite mantener la temperatura corporal y facilitar una lenta evaporación de los líquidos, e incluso puede tener una importante función de camuflaje frente a las amenazas. Todos los mamíferos, a excepción de los que viven bajo tierra o en los mares, han conservado su pelaje natural, con lo cual retienen mejor el calor y la energía y realizan un reciclado o limpieza natural de su piel, lo que también redunda en una mejor protección contra las enfermedades. Además, la piel de los mamíferos está diseñada para repararse fácilmente de las heridas, rasguños o cortes (por un proceso llamado contractura), mientras que la del hombre, debido a la acumulación de grasa subcutánea [4], tiene serias dificultades para cerrarse.

Representación de un australopiteco, supuesto antepasado nuestro, cubierto de pelo

Sea como fuere, el hombre perdió casi todo su pelo –se supone que progresivamente– y se encontró inadaptado al medio, por lo que tuvo que cubrirse con vestimenta. La única raza humana que salió parcialmente del paso fue la negra, al haber desarrollado una piel muy oscura –más protectora– gracias a la melanina. Con todo, el evolucionismo no tiene una explicación clara o razonable para la pérdida del vello, aparte de las meras conjeturas, como por ejemplo la prolongada estancia en un clima muy cálido o bien en un medio acuático. Y como mera curiosidad, el pelo de la cabeza de los primates llega a crecer hasta cierto punto y se detiene; en cambio, en el ser humano no para de crecer y debemos cortarlo periódicamente. Y tal vez un cabello demasiado largo no sería muy práctico en un entorno salvaje…

El desarrollo del cerebro y el cráneo

Cráneo de Homo sapiens

Que el Homo sapiens desarrollara un cerebro tan grande y sofisticado en comparación a sus parientes es otro enigma sin resolver y para el cual se han propuesto varias teorías que tampoco pasan del estadio de especulación. Se supone que el uso de nuestras manos y la capacidad de manipular objetos (especialmente para crear herramientas) fue el primer paso para desarrollar la inteligencia, lo que comportaría una progresiva complejidad y aumento del cerebro. Pero esto no deja de ser una hipótesis más bien floja, pues muchos animales –incluso de cerebro escaso– son capaces de emplear objetos para conseguir sus fines y los simios más cercanos al hombre también crean herramientas simples a partir de objetos de su entorno.

Realmente nadie sabe qué produjo el progresivo aumento del cerebro desde el Homo habilis hasta el hombre moderno, con el consecuente crecimiento de la capacidad craneal. Sobre todo sorprende el paso de los 900 cm3 del Homo erectus a los 1.400 del sapiens o incluso los 1.600 del neandertal, ambos en periodos relativamente cortos (cientos de miles de años o menos). Y aún así, nos encontramos con la paradoja de que el tamaño no lo es todo, pues el diminuto Homo floresiensis, con un cerebro poco mayor que el de un chimpancé, podía fabricar utensilios casi tan buenos como los del Homo sapiens. En términos evolutivos, el cerebro humano es un mecanismo que consume mucha energía y que sería más bien un avance excesivo para lo que requeriría la mera supervivencia, y de hecho el evolucionismo no entiende que la naturaleza produzca avances más allá de lo necesario.

Dicho todo esto, podríamos discutir sobre la “superioridad” de nuestro cerebro, pero… ¿acaso el cerebro de los primates no está perfectamente adaptado a sus necesidades y forma de vida? Ellos han podido sobrevivir exitosamente y prácticamente sin cambios físicos durante millones de años. ¿Cuál sería el motivo por el que la naturaleza “seleccionaría” un cerebro más grande y complejo? ¿Qué clase de reto ambiental empujaría a tal desarrollo? ¿Existió algún competidor natural que forzase tal prodigioso avance? Todas estas preguntas están aparcadas en un callejón sin salida.

La alimentación carnívora

La obra de O. Kiss

Prácticamente todos los monos son herbívoros, y su estrategia alimenticia resultó exitosa en diferentes climas y paisajes de todo el planeta. La alimentación vegetariana resultaba más saludable, accesible y fácil para los primates y no había razón alguna para pasarse a una dieta carnívora. ¿O de pronto se dio una aguda necesidad de ingerir gran cantidad de proteína animal? En cualquier caso, pasar de la recolección a la caza representa todo un reto cuando evolutivamente no estás diseñado para ello, por las inadaptaciones físicas ya citadas. Nuestros antepasados bípedos tendrían que haber recurrido más bien a la actividad carroñera (lo que de hecho está documentado), pero el salto a la caza de presas fuertes, rápidas y ágiles no debería ser cosa fácil, aun disponiendo de herramientas o armas apropiadas.

Dejo aparte el tema del canibalismo en nuestros remotos ancestros (e incluso en el Homo sapiens), que también ha sido documentado puntualmente en excavaciones arqueológicas y que no tiene paralelo en el mundo de los primates. De algún modo, aquí encajaría la herética teoría del autor Oscar Kiss Maerth que propugnó en su libro El principio era el fin que la evolución humana vino marcada porque algunos primates avanzados se dedicaron a consumir los cerebros crudos de sus congéneres, lo que habría aumentado tanto sus impulsos sexuales como su inteligencia.

El bipedalismo y la debilidad física del sapiens

Esqueletos de neandertal y sapiens

Ya traté el tema del oscuro origen del bipedalismo en el ser humano, que podría ser mucho más antiguo de lo que se ha dicho hasta ahora, con el herético añadido de que es posible que nuestros parientes primates cercanos hubieran regresado a una locomoción cuadrúpeda a partir de un ancestro común bípedo, hace muchos millones de años. Por lo demás, se ha especulado sobre la causa primera del bipedalismo humano, pero a todas luces, en vez de avance evolutivo parece una marcha atrás, pues la locomoción bípeda es una clara desventaja en términos de carrera y estabilidad frente a los depredadores o competidores. Además, el humano erguido es más visible y carece de facilidad para trepar a los árboles en busca de comida y refugio, como hacen los simios.

Por otro lado, el desarrollo físico del humano moderno también parece empeorar en términos de adaptación al medio. No hay más que comparar nuestra fisonomía con el aspecto fuerte y robusto de cualquier primate, e incluso de los homínidos “pre-humanos”, para apreciar hasta qué punto los humanos se han vuelto frágiles y enclenques, lo que hoy en día podría explicarse por nuestro tipo de vida, pero no hace 100.000 años, cuando las condiciones climáticas eran muy duras y la lucha por la supervivencia exigía el máximo esfuerzo físico.

Si analizamos a nuestros “ancestros”, veremos que por lo menos hasta el neandertal, todos tenían una fuerte y compacta osamenta, parecida a la de los primates. Sus huesos eran más pesados y resistentes, mientras que nosotros somos más gráciles. Asimismo, los músculos de los humanos modernos son bastante más débiles (de 5 a 10 veces más) que los de nuestros parientes simios.

A este respecto, decir que nuestra inteligencia “suplió” esa desventaja frente a otras especies es una mera especulación. De hecho, el neandertal, que era inteligente y podía hablar, era bastante más fuerte que el sapiens y estaba más adaptado para soportar los rigores de la era glacial. Pero fue él el que desapareció, lo que a día de hoy sigue siendo un misterio.

La sexualidad y la reproducción

La sexualidad humana está claramente diferenciada de las del resto de primates, o de los mamíferos en general, sin que tampoco haya convincentes explicaciones académicas para este hecho. El macho humano tiene un pene sensiblemente más largo que el del resto de los primates y carece de hueso, como en el caso de sus parientes. Realmente, no se ve el motivo por el cual nuestros antepasados masculinos iban a perder características que funcionaban bien y aseguraban la reproducción. A su vez, las hembras humanas están permanentemente receptivas para la copulación, mientras que en las hembras primates, si bien se rigen igualmente por ciclos de celo para la reproducción, sólo están receptivas en momentos específicos. Algún científico, como Desmond Morris (autor de “El mono desnudo”), ha sugerido que precisamente la antes citada pérdida del vello podría tener relación con esa “revolución sexual” de los humanos, cuyos atributos sexuales quedarían mucho más visibles y sensibles en esas condiciones.

Además, volviendo al tema del cerebro humano, éste no sólo es más grande sino que se aloja en un cráneo cuya estructura difiere bastante de la del resto de primates, con el agravante de que en el momento de nacer el cráneo del bebé ha de ser lo bastante grande como para seguir creciendo después… pero el canal del parto de la mujer no “evolucionó” en consecuencia, lo que debió causar mucha mortalidad en tiempos remotos, y aun sigue causando molestia y dolor. ¿A qué se debe esta falta de adaptación evolutiva en la reproducción?

Conclusiones

¿Es creíble esta cadena evolutiva?

En fin, a la vista de todos estos elementos, más parece que la selección natural carece de mucha lógica si hemos de aplicarla al ser humano, pues –aparte de darse tantas mutaciones azarosas en un determinado sentido– los rasgos que nos han hecho humanos no se muestran como ventajas sino más bien inconvenientes para tener una exitosa supervivencia en el entorno natural. Así pues, da la impresión de que el evolucionismo tropieza con muchas piedras para explicar la diversidad vegetal y animal, pero llegados al terreno humano hace aguas por todas partes. El ser humano se presenta como un ente anómalo, inadaptado y débil, que se aupó a una categoría de semi-dios gracias a su inteligencia, cuyo origen o motivación está fuera de toda explicación. Tan parecidos a los primates y a la vez tan diferentes… la realidad de ese abismo es tozuda, por muchas vueltas rocambolescas que quieran darle los científicos darwinistas.

Hace unos pocos años veía las teorías de la intervención genética como una salida de tono o un argumento de ciencia-ficción, pero con el tiempo voy asumiendo que el papel del azar y el caos no se sostiene y que existe algún tipo de diseño inteligente sobre los seres vivos de este mundo. En este sentido, volvemos a los argumentos del principio: o hay un diseñador (o “programador”) primigenio, tal como defienden los partidarios del diseño inteligente, o bien existieron unos artesanos intermediarios con capacidad para modelar los diseños, algo que podríamos llamar “inteligencias superiores”. A partir de esta última visión, cobraría fuerza la hipótesis de que el ser humano es realmente un híbrido, una mezcla genética de dos organismos hecha ad hoc con unos fines que se me escapan. Por un lado, tendríamos a un primate antropoide más o menos avanzado y por otro tendríamos –hipotéticamente– a una criatura humanoide superior. Pero, ¿de dónde salió tal entidad? No tengo ni idea, si es que no he de volver la vista hacia la mitología…

© Xavier Bartlett 2018

Fuente imágenes: Wikimedia Commons

XAVIER BARTLETT      La Otra Cara del Pasado

[1] Técnicamente, se denomina a esta familia Hominidae, e incluye a chimpancés, gorilas, orangutanes y humanos. Recientemente se ha hecho la distinción de introducir el término homíninos para referirse sólo a los homínidos bípedos, o sea, al ser humano y a todos sus supuestos antepasados directos evolutivos.
[2] Esta es la teoría del “Equilibrio puntuado”.
[3] Según el científico evolucionista Daniel Dennett, la aparición de una nueva especie en un periodo de 100.000 años puede considerarse como repentina. Hay que tener en cuenta, además, que muchos de los rasgos de un animal –o incluso el animal entero– no varían a lo largo de muchos millones de años, permaneciendo inalterados e “inmunes” a la evolución. Esto se pudo comprobar en el caso del pez celacanto, que se creía extinguido hace 80 millones de años y que fue redescubierto vivo en el siglo XX con un aspecto idéntico al de los fósiles.
[4] Los seres humanos acumulan bajo la piel hasta diez más grasa que el resto de los mamíferos, lo que sólo tendría sentido si fuéramos una especie de origen acuático.

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Un comentario en “EL ASOMBROSO HOMO SAPIENS

  1. matilde olibero

    Hola,la mujer será fertilizada por extraterrestres, por qué el hombre entró en extinción,hoy se casan entre ellos

    Obtener Outlook para Android

    ________________________________

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