CHINA PONE FECHA DE CADUCIDAD A LA HEGEMONÍA DE EE.UU.

ALBERTO CRUZ Los medios de prensa occidentales que han mencionado el 19º Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino –que no han sido muchos– han presentado las ‎decisiones tomadas en ese encuentro como una especie de regreso a la “doxa” ‎económica comunista motivado por las “dificultades” que según ellos están afectando la ‎economía china. El periodista y politólogo Alberto Cruz señala que esas decisiones son la lógica ‎respuesta a la guerra económica que Estados Unidos ha emprendido ‎contra China y también el inicio de una nueva fase en el desarrollo económico ‎mismo del gigante asiático, hoy catalogado como “la fábrica del mundo”.‎

La última quincena de octubre ha sido crucial para el devenir del mundo. Dicho así parece ‎grandilocuente, sobre todo si se tiene en cuenta que, en apariencia, en esa quincena no ocurrió ‎nada anormal. Sólo en apariencia. Porque lo que ocurrió, sin ser anormal, fue significativo y ‎tuvo lugar en China con la aprobación de una ley muy significativa sobre el control de las ‎exportaciones y la celebración del Pleno del Comité Central del Partido Comunista. Lo que allí ‎se decidió tiene tal relieve que va a reconfigurar el mundo.‎

China está inmersa en una guerra comercial-tecnológica impuesta por Estados Unidos ‎desde 2018. Una forma astuta, y demoledora, de responder a todos y cada uno de los ‎movimientos agresivos de Estados Unidos ha sido adoptar un planteamiento que ha dejado estupefacto al mundo occidental: «la doble circulación». En contra de lo que han dicho algunos ‎en Occidente, no es una medida a corto/mediano plazo para hacer frente a “las dificultades” ‎‎(bonita neolengua) que le crea a China la agresión de Estados Unidos sino que es una nueva estrategia ‎económica que marca un giro casi total de lo que China ha sido hasta ahora y que afecta ‎de lleno a la economía mundial.‎

‎ ‎ Sin cerrarse a las inversiones occidentales o renunciar a las exportaciones, China mira ‎decididamente hacia el interior del país (producción, distribución y consumo) con la ‎determinación de reducir su dependencia de la tecnología foránea ‎y de los mercados financieros. ‎En pocas palabras: China ya no seguirá siendo la “fábrica del mundo”.‎

Con esto no hace más que adoptar formalmente una política que ya venía aplicado desde hace ‎algún tiempo y que ha acentuado a raíz de la pandemia de Covid-19, con prácticamente la ‎totalidad de los países occidentales culpando a China de sus propios errores y carencias e ‎iniciando un incipiente proceso de traslado de sus industrias de China hacia otros países asiáticos ‎como Vietnam, Tailandia, Malasia o Camboya aunque, y es justo decirlo, algunos lo hacen a regañadientes ‎y para eludir las sanciones (ilegales según el derecho internacional) de Estados Unidos, seguir ‎comerciando con China y no perder su cuota de mercado en el único país que levanta la cabeza ‎tras la pandemia. ‎

No obstante, China viene a decir “lo queréis así, pues adelante”. Estamos a finales de año y va a ‎ser muy significativo conocer cuál es el porcentaje del comercio exterior chino en 2019. ‎Como dato, en 2018 representó el 32% de su Producto Interior Bruto (PIB). Cuánto haya ‎descendido ahora nos dará una idea de lo que supone esta medida para el mundo.‎

‎ ‎ Al mismo tiempo, hay quien no sólo se está disparando en el pie sino también en la cabeza. ‎Es el caso de la Unión Europea, que en su suicida vasallaje a Estados Unidos (al cual supedita ‎su relación no sólo con China, sino también con Rusia) está perdiendo mercados a gran ‎velocidad. Debido a la pandemia, y a la paranoia occidental antichina, la Unión Europea ‎ha perdido el puesto de primer socio comercial de China, lugar que ahora ocupan los países de ‎la Asociación de Estados del Sudeste Asiático (ASEAN) y que en estos 10 meses de 2020 se ha ‎quedado muy cerca de los 500 000 millones de dólares en comercio.‎ ‎ ‎ ‎

El gran golpe

‎ ‎ ‎ La quincena crucial comenzó el 13 de octubre de 2020, día en que se aprobó una ley de control ‎de exportaciones que, al mismo tiempo, autoriza el gobierno chino a «tomar contramedidas» ‎contra cualquier país que «abuse de las medidas de control de las exportaciones» y represente ‎una amenaza para la seguridad nacional y los intereses de China. ‎

Dicho así, lo anterior parece una ley como tantas, pero lo que hay detrás es la prohibición de ‎vender sustancias estratégicas (especialmente las llamadas “tierras raras”) y tecnología a ‎empresas extranjeras que podrían representar una amenaza para la seguridad nacional de China.‎

‎ ‎ Hasta este momento estábamos acostumbrados a oír esa cantinela viniendo de Estados Unidos. ‎Que ahora China la asuma también indica cómo están las cosas y cómo ha decidido China que ‎le da igual quién gane las elecciones estadounidenses. Los dos candidatos son antichinos y ‎sólo difieren en que uno prefiere ir solo (Trump) mientras que el otro (Biden) busca ‎rodearse de vasallos. ‎

En cualquier caso, los chinos saben que el tiempo juega a su favor. Si gana Biden le darán ‎unos meses para que revierta la política contra China impulsada abiertamente por Trump (aunque ‎Obama también dio pasos en esa línea de enfrentamiento que Trump ha acelerado). Eso ‎explica la utilización de la palabra “abuso” en la ley aprobada. Si gana Trump, el tiempo será muy ‎limitado puesto que en la primera sesión de la Asamblea Popular Nacional de 2021 (hay que tener ‎en cuenta cuándo comienza el año chino, que no es el nuestro) se dará la luz verde definitiva a la completa aplicación ‎de la nueva ley, que rompe de forma definitiva con la costumbre de ‎Estados Unidos de imponer sus leyes más allá de sus fronteras ‎ ‎

Si además se tiene en cuenta que China exporta el 70% de todas las tierras raras que ‎se comercializan en el mundo (y se supone que el 95% del total está en su territorio, aunque ‎constantemente se descubren nuevos yacimientos, por ejemplo, en Corea del Norte o ‎en Vietnam) se entenderá lo que esta medida implica ya que las llamadas tierras raras son ‎imprescindibles para todo, desde móviles hasta misiles. Es algo así como “sin tierras raras ‎no hay chips”.‎

‎ ‎ La importancia de esta ley reside en que es la primera de ese tipo que China adopta desde que ‎ingresó en la Organización Mundial de Comercio (en 2001). Mientras que Estados Unidos ha ‎estado elaborando a su antojo este tipo de leyes, en contra del mantra liberal del «libre ‎comercio», China se ha mantenido siempre dentro de lo estricto y abogando por “el libre ‎comercio”. Así fue hasta ahora. Con esta ley China aplica el “ojo por ojo”, es decir devuelve a Estados Unidos sus golpes más duros; sólo que con este golpe Estados Unidos queda fuera de la ‎circulación directamente. China le dice a Estados Unidos que ya no puede seguir imponiendo ‎reglas de comercio internacional de forma unilateral y a su antojo y que ya no puede seguir ‎sustentando esa actitud en la capacidad militar, en sus bases militares, ni en sus alianzas.‎

‎ ‎ Desde que Estados Unidos inició la guerra económica contra China con los aranceles, en 2018, ‎hemos venido asistiendo a un intercambio de represalias de unos y otros hasta dejar la cosa en ‎algo parecido a un empate, en el que los dos lados pueden presumir de victoria. De hecho, alguien ‎como Bloomberg ha tenido que reconocer (el 30 de octubre de 2020) que el cumplimiento ‎por parte de China del acuerdo llamado «Fase 1» está permitiendo a Estados Unidos enfrentar ‎la pandemia en cuanto a recursos y ventas, sobre todo agrícolas. Pero esta ley china, ‎si se aplica del todo –y eso va a depender de lo que haga Estados Unidos de aquí a febrero o ‎marzo de 2021– modificará toda la geopolítica tal como la conocemos de forma irreversible.‎

‎ ‎ China ha esperado muy pacientemente su momento y este ha llegado de la mano del Covid-19. ‎Antes de la pandemia, Occidente ya estaba muy afectado y perdiendo hegemonía; ahora está ‎hundido y las perspectivas son de un hundimiento aún mayor. Sólo hay que echar un vistazo al ‎último informe del FMI (fechado el 16 de octubre de 2020) cuando habla de que la crisis ‎provocada por la pandemia va a durar mucho más de lo esperado y que sólo un país se salva: ‎China.‎ ‎ ‎ ‎


El XIV Plan Quinquenal

‎ ‎ ‎ Es en este marco en el que hay que situar el otro gran movimiento: la aprobación en el ‎‎19º Pleno del Comité Central del Partido Comunista Chino (del 26 al 29 de octubre de 2020) del ‎‎14º Plan Quinquenal (2021-2025), que debe ser formalmente adoptado en marzo de 2021 por la ‎Asamblea Popular Nacional.‎

‎ ‎ Si hay algo obvio en el mundo en que vivimos es que el estado de la economía mundial depende, ‎especialmente, de qué camino va a tomar China y a qué ritmo va a ir su economía. De ahí la ‎importancia del 14º Plan Quinquenal.‎

‎ ‎ Aquí hay que hacer una breve reflexión porque los planes quinquenales chinos parten de los planes ‎quinquenales soviéticos, pero no funcionan exactamente como aquellos porque los chinos han ‎aprendido mucho tras la desaparición de la URSS, han estudiado mucho las causas de esa ‎desaparición y han emprendido muchas variables que han permitido a China llegar a donde está ‎llegando. Es decir, los chinos están siendo menos rígidos que los soviéticos. Por ejemplo, en este ‎‎14º Plan Quinquenal hay una «combinación flexible» de capital público y privado, aunque ‎destacando que «es el Estado el sujeto principal de la economía y quien establece ‎las condiciones económicas». O sea, el interés de las empresas privadas está subordinado al ‎Estado, como ha quedado palmariamente comprobado con la pandemia y cómo la enfrentó ‎China.‎

‎ ‎ Estando las cosas como están, con una guerra económica abierta por Estados Unidos, con una ‎tendencia cada vez mayor a la desglobalización y con una recesión económica occidental ‎sin precedentes, China ha puesto sus cartas encima de la mesa (aunque aún no se conozcan ‎todas). Queda claro tras el anuncio de este plan que China opta abiertamente por convertirse ‎en la economía más grande del mundo (que ya lo es) y, sobre todo, en «una sociedad de altos ‎ingresos» en los próximos 5 años. Es decir, apunta a llegar, o a superar, la cifra de 10 700 euros ‎de renta per cápita que el Banco Mundial o el FMI (Fondo Monetario Internacional) sostienen que ‎supone la categoría de país de altos ingresos. En la actualidad, China está un poco por encima de ‎los 8 500 euros.‎

‎ ‎ Pero no toda la población china dispone de tales ingresos, como es lógico (al igual que ‎en Occidente, esta media es bastante engañosa porque iguala a los muy ricos y los muy pobres). ‎Según los datos oficiales, la población total de China es de 1 400 millones de habitantes pero unos 600 millones de chinos –que representan más o menos el mismo porcentaje de población rural que hay en el país– ‎ganan sólo 120 euros al mes. Hacia ellos se vuelca este 14º Plan Quinquenal, que ‎debe aplicar una política expansiva, con aumento del gasto público para garantizar la salud, la ‎educación y las pensiones entre otras cosas. Esta es la razón por la que se va a relajar, hasta casi ‎desaparecer, el permiso de residencia que restringe el movimiento de los trabajadores que ‎emigran a las ciudades. Es hacia el aumento de la calidad de vida de este sector que se vuelca ‎todo el planteamiento porque implica, también, un incremento sustancial de los salarios.‎

‎ ‎ Sin ello no se puede potenciar el consumo en los niveles que busca China con su estrategia de ‎‎«doble circulación». Pero China tiene en sus manos todas las cartas para lograrlo porque gracias ‎al Partido Comunista, gracias al control absoluto del Estado sobre todos los sectores estratégicos ‎‎(energía, telecomunicaciones, crédito, trasporte, etc.) y, sobre todo, gracias a su soberanía ‎monetaria, el triunfo está asegurado.‎

‎ ‎ Y aquí está la otra cuestión relevante porque, al optar por la estrategia de «doble circulación», ‎China apuesta de lleno por el consumo interno frente a las exportaciones. Esto permitirá ‎a China impulsar el desarrollo socioeconómico de su población tanto a corto como a mediano ‎plazo y –lo más importante– libre de presiones externas.‎

‎ ‎ Este Plan Quinquenal establece que la prioridad absoluta para China son la economía nacional y ‎el logro de objetivos tecnológicos que mejoren su desarrollo. En otras palabras, la inteligencia ‎artificial se convierte en elemento clave para lo anterior con su aplicación a gran escala, incluso ‎en las áreas rurales. Porque lo que implica es ni más ni menos que «reemplazar las tecnologías ‎estadounidenses en áreas centrales» de la economía y para ello se incrementa la inversión ‎en Investigación y Desarrollo del 2,2% actual a un 3% del presupuesto estatal. Un porcentaje que ‎Estados Unidos es incapaz de asumir.‎

‎ ‎ Estados Unidos tal vez había previsto este movimiento y ha estado intentando impedirlo con ‎todas sus fuerzas. Pero ha llegado tarde, muy tarde. Pocos discuten hoy que todas las acciones ‎agresivas contra Huawei, TikTok, WeChat y similares no han logrado los resultados que ‎se pretendían y que hay “consecuencias colaterales” (Ver The Asia Times, edición del 30 de ‎octubre de 2020) que no se esperaban, como el hecho de que han afectado a muchas empresas ‎estadounidenses.‎

‎ ‎ Este 14º Plan Quinquenal establece que lo anterior es la antesala del gran objetivo: un 2035 con ‎China como líder tecnológico mundial, aparte de su ya indiscutido estatus de principal potencia ‎económica, poniendo de manifiesto que el poder hegemónico de Estados Unidos está decayendo ‎muy rápidamente y tiene fecha de caducidad.‎ ‎ ‎ ‎

Recordando a Lenin

‎ ‎ ‎ Es evidente que el llamado «orden mundial» cambia en momentos de crisis, sólo hay que hacer ‎un repaso a la historia. Si hasta ahora estaba despedazándose el orden hegemónico ‎de Occidente, encabezado por Estados Unidos, la pandemia lo ha destrozado del todo. Vivimos ‎un momento histórico, viendo cómo el predominio de Estados Unidos decae exactamente igual ‎que cuando el imperio británico y el imperio francés se deshicieron tras la Segunda Guerra ‎Mundial, o el imperio español al final del siglo XIX.‎

‎ ‎ En 1916, en su libro Imperialismo, fase superior del capitalismo, Lenin hablaba de cómo la feroz ‎competencia entre los Estados capitalistas europeos por el control de los recursos y del comercio ‎llevó a la I Guerra Mundial. Y de cómo el imperialismo, directa o indirectamente, siempre impone ‎las reglas del comercio internacional para asegurar que el excedente económico fluya hacia ‎el poder imperialista. Supongo que no hace falta decir qué ha hecho Estados Unidos desde la ‎decadencia británica, tras la II Guerra Mundial, y en qué se ha basado su control sobre el mundo, ‎de forma especial tras la desaparición de la URSS.‎

‎ ‎ Y Estados Unidos ha hecho lo que ha hecho avasallando y humillando incluso a sus “aliados”, ‎como por ejemplo en la llamada “crisis asiática” de la década de 1990, aunque ya antes había ‎hundido a Japón, país que había superado a Estados Unidos en exportaciones manufactureras. ‎Japón tuvo que tragar, los países asiáticos vieron aquello y también agacharon ‎la cabeza, pero China no. ‎

China acepta la guerra económica y la lleva al mismo terreno de Estados Unidos. El anuncio de ‎la ley de control de las exportaciones y la potestad de adoptar contramedidas, junto a la adopción ‎del 14º Plan Quinquenal, que marca un futuro cercano, indican que Estados Unidos no puede ‎intimidar a China, como hizo y hace con Japón y con otros países; indican que Estados Unidos ‎no puede establecer las reglas comerciales y prohibir las empresas tecnológicas que lo superan, ‎y que, por el contrario, China sí puede relegar a Estados Unidos al baúl de la historia, donde ‎no será más que otro imperio que ha caído.‎

‎ ‎ Un apunte más para cerrar: 2035 no sólo será el año en que China se convierte en el líder ‎tecnológico mundial, también será el año en que China alcance el grado de «nación socialista ‎completamente modernizada».‎

‎ ‎ Y en este punto volvemos al eterno debate sobre si China es socialista o capitalista. Pero si ‎nos atenemos a lo que se conoce del 14º Plan Quinquenal, vemos que hay algo que no es ‎ni una cosa ni la otra porque estamos ante la fusión de la economía monetaria, del ‎keynesianismo, en sentido estricto, y de la planificación inicialmente soviética aunque remozada.‎

‎ ‎ Tal vez estamos ante algo parecido a la Nueva Política Económica (NEP) de Lenin. Tal vez. ‎La diferencia está en que Lenin concebía la NEP como un sistema transitorio, un «obligado ‎paso atrás» dentro del sistema socialista, y China lo considera un gran paso hacia adelante y ‎nada transitorio. La semejanza es que, en los dos casos, la economía permanece bajo ‎la dirección y planificación del Estado aunque secundada por el capital privado.‎

‎ ‎ Porque lo cierto es que en los últimos años –sobre todo tras la primera gran crisis capitalista ‎de 2008 y, especialmente, tras la llegada de Xi Jinping al poder, en 2013– se ha duplicado la ‎dependencia de la economía del sector estatal, las empresas estatales se han beneficiado de ‎políticas gubernamentales cada vez más favorables para hacerlas «más fuertes, mejores y más ‎grandes», como dijo el propio Xi. ¿Es esto “socialismo de mercado” o “socialismo con ‎características chinas”? Quizá.‎

ALBERTO CRUZ Red Voltaire

Fuente Original: NODO50 CEPRID

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