EL ESPECTACULAR COMPLEJO DE LA TUMBA MOCHICA DE HUACA RAJADA, PERÚ

Mochican-tomb-complex-of-Huaca-Rajada-PeruEn 1987, algunas de las tumbas más extraordinarias del mundo se encontraron en la Huaca Rajada de Sipán, un sitio arqueológico Moche en la costa norte del Perú, que es anterior a los incas por unos 1.000 años. Mientras todo un complejo de entierros no saqueados se ha desenterrado, el más famoso pertenece a El Señor de Sipán, un sacerdote-guerrero mochica que fue enterrado entre riquezas insondables. Los tesoros, junto con una gran cantidad de datos arqueológicos sobre la pequeña civilización de los Moche, están surgiendo continuamente, tanto es así que dos grandes museos han sido especialmente construidos para albergar las antiguas reliquias. El hallazgo es considerado como uno de los descubrimientos arqueológicos más importantes que han tenido lugar en América del Sur.

Los Moche fueron una civilización pre-inca que gobernó la costa norte del Perú hace aproximadamente dos mil años. Ellos construyeron enormes pirámides hechas de millones de ladrillos de barro y crearon una amplia red de acueductos que les permitieron regar los cultivos en su ubicación en el desierto seco. También fueron pioneros de las técnicas de trabajo de metales como el dorado y la soldadura, lo que les permitió crear joyas extraordinariamente intrincadas y artefactos.

Poco se sabe acerca de la civilización Mochica, ya que no dejaron textos escritos para ayudar a explicar sus creencias y costumbres. Sin embargo, el descubrimiento de pinturas detalladas y murales en cerámica y trabajos en las paredes del templo, así como elaboradas tumbas como las que se encuentran en Huaca Rajada, han ayudado a proporcionar conocimientos sobre su cultura y creencias.

El hallazgo del complejo de la tumba de Huaca Rajada fue hecha por el arqueólogo Walter Alva y su esposa Susana Meneses, después de que advirtieran informaciones sobre pobladores locales que salían de la zona llevando tesoros preciosos. Alva, con la ayuda de la policía local, inmediatamente se puso a trabajar asegurando la zona y comenzó las excavaciones. Lo que encontraron fue algo sin precedentes, -fue el primer complejo de una tumba  mochica que había permanecido inalterada por los saqueadores por casi 2.000 años. Fue un hallazgo raro, ya que casi todas las huacas en Perú fueron saqueadas por los españoles durante y después de la conquista española del Imperio Inca.

“Este descubrimiento revolucionó los estudios mochicas en la forma en que el descubrimiento del Faraón Tut cambió  los estudios egipcios”, dijo Alva, “Hemos comprendido de pronto que la gente que habíamos visto en los dibujos – y sus ceremonias, sus rituales – eran reales”.

El complejo de la tumba de Huaca Rajada cerca de Sipán
El complejo de la tumba de Huaca Rajada cerca de Sipán

El complejo de la tumba de Huaca Rajada

Las huacas, como el complejo de Huaca Rajada, eran estructuras asociadas a la veneración y el ritual por los Moche y otras culturas andinas. El término huaca puede referirse a lugares naturales, tales como inmensas rocas, o monumentos que se construyeran para este propósito. Se encuentran comúnmente en casi todas las regiones del Perú y con frecuencia se erigieron a lo largo de las líneas o rutas ceremoniales procesionales, que fueron alineadas astronómicamente a varias salidas y puestas estelares, de acuerdo con la cosmología de la cultura.

La Huaca Rajada, que fue nombrada así después del gran corte realizado a través del sitio por la construcción de una carretera, consta de dos pirámides de adobe que miden 35m y 37m de altura, además de una plataforma baja de adobe. La plataforma y una de las pirámides fueron construidas antes de 300 dC por la cultura Moche, que vivía, cultivando en la región alrededor de 1 al 700 AD. La segunda pirámide fue construida aproximadamente en el 700 dC por una cultura pre-inca más tardía.

Una reconstrucción de la Huaca Rajada que muestra dos pirámides de adobe y una plataforma
Una reconstrucción de la Huaca Rajada que muestra dos pirámides de adobe y una plataforma

Mientras las excavaciones que abarcan dos décadas han revelado catorce elaborados entierros, su propósito original no era un mausoleo, sino un centro sagrado y político de la región. En el entorno inmediato de Huaca Rajada hay otras 28 huacas, cada una mostrando capas sucesivas, que se utilizaron para llevar a cabo las actividades rituales, antes de que un nuevo líder pudiera encargar la siguiente capa. Fue sólo algo secundario que cada capa sirviera finalmente como el lugar de enterramiento para el líder y su séquito.

Cuando comenzaron las excavaciones en Huaca Rajada, los investigadores descubrieron un enorme alijo de 1.137 vasijas de cerámica, que cubrió el esqueleto de un hombre en una posición sentada. Esta postura tan inusual sorprendió inmediatamente a los arqueólogos porque los entierros Moche descubiertos previamente mostraban al difunto acostado boca arriba. Pero había algo más que era diferente, -ambos pies del individuo habían sido amputados, si antes o después de la muerte es desconocido.

Los investigadores llamaron al hombre ‘El Guardián’, porque especularon que había sido colocado en una posición sentada para permanecer en guardia, y sus pies habían sido cortados, tal vez para evitar que dejara su puesto. Como han ido descubriendo los científicos, el hombre sin pies de hecho parece que guardaba algo muy importante,  la tumba de ‘El Señor de Sipán “.


APRIL HOLLOWAY

LAS VERDADERAS SIMULACIONES DEL ATERRIZAJE LUNAR

lola00Una de las teorías conspirativas más recurrentes es la que se refiere a la de la llegada del hombre a la Luna. Desde la negación del viaje mismo del Apolo 11 hasta que las imágenes que se mostraron fueran un montaje filmado por el reputado cineasta Stanley Kubrick.

Pero, lejos esta vez de la conspiración, -o tal vez no-, traigo aquí unas curiosas imágenes pertenecientes al proyecto LOLA, que aunque a primera vista nos pueda recordar a alguna disparatada ocurrencia de la TIA de  Mortadelo y Filemón, fue ideado por la mismísima NASA.

El Proyecto LOLA, -o Lunar Orbit and Landing Approach(Órbita Lunar y Aproximación de Aterrizaje)-, nació para preparar el aterrizaje sobre la superficie lunar en una época, 1961, en la que todavía no existían los simuladores de vuelo.

lola0Los ingenieros de la NASA idearon un primitivo remedo de simulador en el Centro Espacial de Langley. LOLA fue un sistema de enormes murales brillantes donde, en una total oscuridad y provocando un efecto envolvente, los pilotos practicaban el establecimiento orbital. Pero no duró mucho este proyecto puesto que no pudieron solventar adecuadamente en el simulador las dificultades reales que los pilotos tendrían en el punto de encuentro con el Módulo Lunar.

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cinderlake2Aparte de LOLA, la NASA preparó a los astronautas del proyecto Apolo,  en las afueras de Flagstaff, Arizona, transformando los campos de ceniza negra de un volcán extinto, en un remedo de la superficie lunar. El Servicio Geológico de los EE.UU. y la NASA realizaron cientos de cráteres para copiar milímetro a milímetro el Mar de la Tranquilidad lunar en el que alunizaría el Apolo 11.

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EL PARAÍSO MALDITO DEL ATOLÓN PALMYRA

palmyTraigo una historia de una lejana isla real, con inquietantes ecos de los relatos de H. P. Lovecraft y de la serie Perdidos (LIBERTALIADEHATALI)

Como ya conocemos, muchos lugares de nuestro mundo están impregnados de fenómenos paranormales, maldiciones, o de sucesos que desafían todo tipo de explicación racional. Casas, edificios, carreteras, incluso puentes pueden convertirse en lugares embrujados, malditos, o mostrar una cierta actividad sobrenatural. ¿Pero toda una isla podría estar embrujada o maldita? La respuesta a esta pregunta la encontramos en una isla aparentemente idílica ubicada en el Pacífico Norte y conocida por su pintoresca belleza, pero también por ser uno de los lugares más malditos de toda la tierra.

palmyraAunque es conocida comúnmente como Isla Palmyra, la realidad es que se trata de un atolón, un anillo con formaciones de coral que crecen a lo largo del borde de un antiguo volcán hundido. El Atolón Palmyra se encuentra en el norte del Pacífico ecuatorial, situado a unos 1.000 kilómetros al sur de Hawai y aproximadamente entre las islas de Hawai y Samoa Americana. Es un lugar remoto, sin habitantes, completamente virgen y cubierto de vegetación muy densa. Todo el atolón mide sólo dos kilómetros y medio de ancho y un kilómetro y medio de largo. El pequeño atolón tiene una rica diversidad de vida silvestre, y es el hogar de un próspero sistema vibrante, los arrecifes de coral.

Si leemos esto podemos pensar que Palmyra es un lugar ideal para descansar y alejarse de todo. Sin embargo, a pesar de toda su belleza, Palmyra también es un lugar donde habita el mal, con una amplia variedad de eventos sobrenaturales, extraños fenómenos, y sucesos inexplicables.

El descubrimiento de Palmyra

palmy3El atolón fue descubierto en 1798 por el capitán Edmond Fanning, quien se dirigía a Asia a bordo de su barco “Betsy”. Los registros históricos cuentan que mientras se dirigía a Asia, el capitán Fanning se despertó varias veces durante una noche debido a una extraña sensación de muerte inminente. Perturbado por estas premoniciones, el capitán Fanning finalmente salió a la cubierta, justo a tiempo para ver un peligroso arrecife, al que logró evitar. El arrecife era el límite norte del Atolón de Palmyra.

Tras el descubrimiento del atolón, Palmyra se ganó rápidamente una reputación de ser un lugar extraño y aterrador. Todos los barcos que pasaban cerca del atolón informaban sobre luces fantasmales que provenían de la isla y que los mares que la rodeaban estaban infestados de tiburones feroces y misteriosas criaturas marinas. Los arrecifes peligrosos alrededor de Palmyra también eran conocidos por destruir barcos.

Historias aterradoras

palmy6Con toda esta fenomenología que rodea al Atolón Palmyra no es de extrañar que abunden innumerables historias que aterran incluso a los más escépticos. Uno de esos casos ocurrió en 1870, cuando un barco americano llamado “Ángel” impactó contra uno de los arrecifes de Palmyra. Al parecer un grupo de supervivientes logró llegar a la orilla, pero nunca vivieron para contarlo. Cuando otro barco hizo una breve parada en la isla, los cuerpos de la tripulación del “Ángel” aparecieron esparcidos por toda la playa. Todos habían sido violentamente asesinados, sin embargo, las causas exactas y autor de los brutales asesinatos siguen siendo desconocidos.

Aunque uno de los más famosos naufragios de Palmyra es el barco pirata español, “Esperanza”, que se estrelló contra los arrecifes de la isla, mientras que transportaba grandes cantidades de oro y plata saqueadas de los Incas en Perú. Los supervivientes del naufragio lograron cargar algunos de los tesoros en balsas y llegar a la isla. Después de permanecer varados en Palmyra durante todo un año, los demacrados supervivientes enterraron sus tesoros e hicieron un intento desesperado por escapar con sus balsas. No se supo nada más de ellos. Sólo hubo un único superviviente que logró ser rescatado por un barco ballenero en el que moriría de neumonía sin divulgar la ubicación del botín. El tesoro escondido de la plata y el oro inca permanece en Palmyra hasta nuestros días.

También hubo supervivientes de naufragios que consiguieron llegar a la orilla en Palmyra y que escaparon con vida para contar sus aterradoras experiencias. Alguno de ellos afirmaba que los bosques de Palmyra eran el hogar de bestias oscuras que observaban desde los árboles y que los propios árboles parecían susurrar algún tipo de dialecto desconocido. Pero el agua que rodea el atolón no era menos aterrador. Se decía que toda la vida marina era venenosa para comer, y había un asombroso número de tiburones altamente agresivos que merodeaban las aguas. Muchos de los que sobrevivieron a los restos de sus naves fueron devorados por los tiburones antes de que pudieran llegar a tierra.

Un conocido navegante que pasó varias semanas en Palmyra afirmó lo siguiente:

“Había algo definitivamente fuera de este lugar. Tuve la sensación de que no pertenecía allí. Tuve la sensación inequívoca de que la isla no me quería ahí, si eso tiene sentido. Me sentí de alguna manera amenazado, y a medida que los días pasaban tuve la creciente sensación de que tenía que salir de allí tan pronto como pudiera antes de que algo malo me pasara.”

Las misteriosas desapariciones de Palmyra

palmy7Además de naufragios, Palmyra también se hizo famosa por los barcos que desaparecían sin dejar rastro, buques que entraron en las aguas del atolón y nunca más se supo de ellos. Según los informes, en 1855 un barco ballenero naufragó en los arrecifes traicioneros del atolón, pero nunca se encontró ningún resto de la gran embarcación, como si hubiera sido tragado por la propia isla.

Durante la Segunda Guerra Mundial, Palmyra fue utilizado por los EE.UU. como una instalación naval y como zona para las incursiones aéreas contra Japón. La Armada también utilizó el atolón como estación de abastecimiento para las patrullas aéreas de largo alcance y submarinos. Durante esos años en Palmyra, el personal de la Armada afirmó ser testigo de los misteriosos poderes del atolón. Muchos de los soldados que se encontraban allí dijeron que les superaba un sentimiento misterioso e irracional de miedo. Este agudo sentido de temor inexplicable era a veces tan abrumador que algunos militares solicitaban con urgencia salir de la isla. Otros sucumbían a arrebatos violentos repentinos, produciéndose gran cantidad de peleas e incluso asesinatos. Sin embargo, otros soldados acababan teniendo fuertes ataques de pánico que daban como resultado suicidios en extrañas circunstancias.

Además de esta ola de violencia entre los hombres, también tuvieron lugar otros extraños sucesos. En un caso, un avión patrulla cayó sobre la isla, dejando una estela de humo al precipitarse. Un equipo de rescate se abrió camino hacia donde había caído el avión, pero no encontraron nada. De hecho, en una posterior búsqueda por toda la isla tampoco apareció absolutamente ningún rastro del avión desaparecido o de su tripulación. Uno de los oficiales al mando en ese momento dijo que era “como si hubieran desparecido de la faz de la tierra”.

Después de la Segunda Guerra Mundial, Palmyra permaneció deshabitada, pero los extraños sucesos y experiencias inexplicables no disminuirían. Quizás el incidente más infame que se ha producido en la isla es el misterioso y espeluznante doble asesinato de 1974 de una pareja que visitó la isla. Fue un caso que estuvo rodeado de extraños sucesos y que sigue sin resolverse hasta hoy.

Un misterio que continúa hasta nuestros días

palmyra_atoll_thumb1Hay muchas teorías para explicar lo que realmente está pasando en el atolón de Palmyra. Algunos dicen que quien visita la isla es perseguido por las almas de los marineros naufragados en sus arrecifes. Otros piensan que esta es una zona con una conexión a una dimensión paralela, una membrana que nos separa de una realidad completamente desconocida. Luego están los que dicen Palmyra es una entidad viva que posee su propia voluntad oscura.

Hoy en día, no hay vida humana conocida en Palmyra. Los residentes únicamente acompañan a los científicos que recogen datos en el atolón. En su mayor parte, Palmyra sigue siendo aparentemente tranquila, una bella isla paradisíaca escondida del resto del mundo. Sin embargo, las apariencias engañan. Tal vez es mejor que Palmyra permanezca  deshabitada, ya que parece ser un lugar peligroso que se encuentra en algún reino más allá de nuestra comprensión y quizás incluso de nuestra realidad. Tal vez por eso un navegante dijo lo siguiente: “Palmyra siempre pertenecerá a sí misma, nunca al hombre”.

BRENT SWANCER

Fuente original: Mysterious Universe

Traducción y resumen: Mundo Esotérico y Paranormal

HALLADAS POSIBLES PIRÁMIDES EGIPCIAS DESCONOCIDAS MEDIANTE GOOGLE EARTH

Dos hasta ahora desconocidos complejos piramidales han sido localizados con imágenes satelitales mediante Google Earth.

Uno de los complejos contiene una definida forma piramidal, truncada, de cuatro lados que mide aproximadamente 45 metros de ancho. Este sitio contiene tres montículos más pequeños en una formación muy clara, similar al alineamiento diagonal de las pirámides de Giza.

El descubrimiento ha sido realizado por la investigadora de arqueología satelital, Angela Micol, de Maiden, North Carolina. Es una especialista con diez años de experiencia en imágenes por satélite que ha desvelado otros hallazgos con anterioridad.

EXPEDICIÓN A LA CORDILLERA DE PAUCARTAMBO: EL ENIGMA DE LAS RUINAS DE MIRAFLORES

La región de Cusco (Perú), de aproximadamente 72.000 kilómetros cuadrados de extensión, está ocupada en su mayoría (más del 50%) por un particular ecosistema llamado “selva alta”, el cual, a su vez, se divide en selva alta y bosque andino.
 Durante el imperio de los Incas, la selva alta cumplía un rol muy importante, ya que era la frontera entre el mundo andino y el amazónico.
 Los pueblos anteriores a los Incas (Wari, Pukara, Lupaca), construyeron durante siglos varias fortalezas llamadas tambo en quechua (lugares de descanso), así como ciudadelas o alcázares, que servían no sólo para delimitar el imperio, sino también como lugares de reposo y trueque, donde se solía intercambiar con etnias de Chunchos, Moxos y Toromonas los productos de la selva (coca, oro, miel, plumas de ave, hierbas medicinales) con los de la sierra (camélidos y cereales andinos, maca y varios tipos de papa).
 Las fortalezas más conocidas son: Espíritu Pampa y Vitcos (ambas en la región de Vilcabamba), Abiseo, la fortaleza de Hualla, Mameria y la fortaleza de Ixiamas (Bolivia).
 Según varios exploradores, entre los cuales se encuentra el peruano Carlos Neuenschwander Landa, existe una última fortificación, aún desconocida, que fue utilizada por los Incas cuando escaparon de Cusco en 1537: se trata del mito del Paititi andino que se mezcla con la leyenda recopilada por Oscar Núñez del Prado en 1955, y que reconoce el Paititi como el oasis donde se refugió el semidiós Inkarri después de haber fundado Q’ero y Cusco.
 Carlos Neuenschwander concentró todas sus investigaciones en el llamado “altiplano de Pantiacolla”, una áspera y fría zona andina situada entre los 2500 y los 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, entre las regiones de Cusco y Madre de Dios.
 La meseta de Pantiacolla (del quechua: lugar donde se pierde la princesa), está por excelencia entre los lugares menos accesibles del mundo, por varios motivos.
 Primero que todo, la lejanía de cualquier poblado y la dificilísima orografía del terreno: profundísimos cañones donde fluyen impetuosos ríos y empinadas laderas donde hay sólo unos cuantos senderos angostos, que a veces no son transitables ni siquiera por mulas, lo que complica el acceso al altiplano.
 Además, el clima, siempre cambiante, es muy severo, con fuertes vientos, lluvias, granizadas y a veces nieve y tempestades, intercaladas por breves períodos de sol.
 La temperatura puede bajar a -10 grados de noche, mientras que de día oscila entre 0 y 5 grados.
 El último y quizás más importante motivo que vuelve casi inaccesible a la “meseta de Pantiacolla” es el hecho de que, en las zonas adyacentes (situadas a alturas más bajas), como el Santuario Nacional Megantoni y la zona “intangible” del Parque Nacional del Manu, viven indígenas aislados (no contactados) que en ocasiones pueden ser muy agresivos. Me refiero a grupos de Kuga Pacoris, Masko-Piros, Amahuacos y Toyeris.
 El valle del Río Mapacho-Yavero, inicialmente llamado Río Paucartambo, sirve de acceso a la cordillera de Paucartambo, la última verdadera cadena montañosa andina (con cimas de más de 4000 metros), antes de la selva baja amazónica, la cuenca del Río Madre de Dios.
 El objetivo de nuestra expedición a la cordillera de Paucartambo fue el de estudiar y documentar los senderos incaicos del valle del Río Chunchosmayo (Río de los Chunchos, antiguos y terribles pueblos de la selva), que conducen al altiplano de Pantiacolla y posiblemente a la mítica Paititi de Inkarri.

La expedición comenzó en Cusco, la ciudad que fue capital de los Incas. En total, éramos 5 participantes: el estadounidense Gregory Deyermenjian, los peruanos Ignacio Mamani Huillca y Luis Alberto Huillca Mamani, el español Javier Zardoya y yo.
 Los últimos días antes de emprender la expedición los pasamos en el gran mercado de Cusco, comprando los víveres necesarios para un total de 11 días. Muy importante, para una expedición andina, fue la compra de algunos kilos de hojas de coca y de la llamada “lipta”, una especie de edulcorante a base de estevia o ceniza que sirve de “catalizador” para poder asimilar las propiedades benéficas de las hojas de coca.
 Otro “reto” fue la elección del equipo, puesto que debíamos estar preparados no sólo para el clima tropical del bajo Yavero, sino también para el frío intenso de la cordillera, ya que habíamos previsto llegar a más allá de los 3000 msnm.
 Partimos en la madrugada en dirección del valle del Río Yavero con una poderosa camioneta conducida por un chofer experto.
 Después de aproximadamente diez horas de ardua carretera destapada, llegamos a un lugar llamado “punta carretera”, en el valle del Río Yavero. Es un valle muy estrecho, poco poblado, sin calles (salvo por la única vía de acceso) y sin electricidad. Los pocos campesinos que viven allí cultivan principalmente café.
A la mañana siguiente, con la ayuda de dos mulas, empezamos a caminar por una empinada ladera, descendiendo en aproximadamente cuatro horas al Río Yavero, en el punto donde se encuentra el puente suspendido “Bolognesi”.
 Ubicación: 12° 38.739’ lat. Sur / 72° 08.129’ long. Oeste.
 Altura: 1222 msnm.
 Debajo de aquel puente tambaleante fluye el impetuoso Yavero (afluente del Río Urubamba), rodeado de una vegetación exuberante.
 Desde aquel punto empezamos a caminar subiendo de nuevo el margen derecho del valle hasta un lugar llamado Naranjayoc, habitado por algunas familias de campesinos que hablan sobre todo quechua. Es un mundo completamente rural donde se vive sin luz, ni agua corriente, y mucho menos gas para cocinar o calentarse. Todo es exactamente igual a como era hace un siglo.
 El tercer día utilizamos tres mulas para continuar. En principio subimos una empinadísima ladera, y luego, una vez alcanzada la cima del monte, nos encontramos frente a un remoto sitio arqueológico llamado Tambocasa.
Ubicación: 12º 37.174’ lat. Sur / 72º 07.206’ long. Oeste.
 Altura: 1792 msnm
 Es un típico “tambo” (lugar de descanso) de forma rectangular (40 x 10 metros) construido en época inca. Ubicado precisamente en la divisoria entre los valles del Río Yavero y de su afluente Chunchunsmayu (río de los Chunchos), fue utilizado más que todo como lugar de reposo e intercambio de productos agrícolas.
 Luego caminamos durante unas cuatro horas a lo largo de una pendiente cuesta justo al borde del precipicio, adentrándonos en el valle del Río Chunchunsmayo. En las horas de la tarde llegamos a otro sitio arqueológico llamado Llactapata (en quechua: ciudad alta).
 Ubicación: 12º 37.025’ lat. Sur / 72º 05.750’ long. Oeste.
 Altura: 1935 msnm.
 Decidimos acampar en una vasta llanura contigua a las ruinas, con el objetivo de explorarlas al día siguiente. Después de cocinar una sopa a base de uncucha (una papa dulce típica de este valle) nos preparamos para dormir. El cielo estaba completamente libre de nubes y extrañamente se notaba una gran estrella muy baja en dirección del altiplano de Pantiacolla.
 El cuarto día pudimos documentar el sitio de Llactapata: además de algunos restos de cimientos pre-incas, en los cuales el ángulo de los muros, en vez de ser perpendicular, es redondeado, pudimos registrar una construcción rectangular que data de la época pre-inca, caracterizada por una particular pared con ocho cavidades, usadas probablemente con fines ceremoniales.
 A continuación emprendimos de nuevo nuestro camino en dirección noreste, remontando el estrecho valle del Río Chunchusmayo.
 Al comienzo, anduvimos durante cinco horas en un angosto sendero al borde del precipicio. Algunos tramos fueron difíciles y tuvimos que aligerar el peso de las mulas evitando cuidadosamente que no se desbocaran y cayesen luego al vacío.
 Posteriormente llegamos a un lugar de donde se podía ver el encuentro del torrente Tunquimayo con el Río Chunchusmayo. En aquel punto empezó un empinado descenso hasta el Río Chunchusmayo. Tuvimos que atravesar una zona de selva muy densa y húmeda antes de llegar a su curso.

Apenas lo atravesamos, emprendimos un pendiente ascenso del llamado “Cerro Miraflores”, inicialmente en una densísima selva y, luego, a través de una enorme ladera con poca vegetación.
 Después de unas tres horas de camino desde el río, decidimos detenernos y acampar, entre otras cosas, porque había empezado a llover fuerte.
 De repente nos dimos cuenta de que nos hallábamos en un antiguo tambo pre-incaico de construcción rectangular. También aquí el hecho de que los ángulos de la edificación estuvieran redondeados nos hizo pensar en su origen pre-inca.
 Ubicación del Tambo de Miraflores:
 12º36.506’ lat. Sur / 72º 03.681’ long. Oeste
 Altura: 2540 msnm
 El quinto día exploramos inicialmente la parte de selva que se situaba al noroeste de nuestro campo base. Encontramos algunos muros de contención, también ellos de procedencia pre-incaica, indicio de que toda la zona estuvo habitada y cultivada en épocas remotas.
 Luego nos adentramos en una espesísima selva, alejándonos sin embargo de la antigua zona agrícola.
 Sucesivamente decidimos seguir el sendero que se dirigía al norte, hasta la cima del monte. Fue una muy ardua subida a través de un angosto y fangoso sendero, pero al final alcanzamos la cima y luego proseguimos hacia el norte a través de un altiplano cubierto por un bosque no muy denso. Nuestra caminata tuvo fin en un punto situado a 3185 msnm, de donde se podía divisar, a lo lejos, el altiplano de Pantiacolla y el llamado “Nudo de Toporake”, una áspera formación rocosa situada en la divisoria entre la cuenca del Río Urubamba y la del Río Madre de Dios. Regresamos al campo base después de una caminata de aproximadamente tres horas.
 El sexto día de nuestra exploración fue el determinante.
 Exploramos de nuevo la parte de selva al noroeste de nuestro campo base. Nos adentramos luego en una espesa selva, tan húmeda, que era muy difícil avanzar.
Después de una media hora encontramos los cimientos de una casa en forma de trapecio y, luego, a pocos metros de ésta, las bases de otra residencia rectangular y varios muros de contención que sirvieron para los clásicos bancales.
 Procediendo con la exploración, reconocimos el centro de una antigua ciudadela oculta en la selva: una explanada de aproximadamente 12×12 metros, en cuyo lado oriental había un muro de aproximadamente 6 metros de longitud con 4 cavidades ubicadas a una altura de alrededor 80 cm del suelo (foto principal). 

Estábamos seguros de haber llegado a una importante y desconocida ciudadela agrícola pre-inca, pero ignorábamos quién la habría construido y cuándo. Algunos pastores de la zona nos habían mencionado el nombre “Miraflores” para indicar la montaña entera.
 Ubicación de la ciudadela pre-inca de Miraflores:
 Lat. 12º 36.507’ Sur / Long. 72º 03.715’ Oeste
 Altura: 2523 metros sobre el nivel del mar.
 Observando minuciosamente el muro principal, me di cuenta de que es probable que hubiera caído parcialmente y de que antaño tuviera al menos el doble de longitud. Quizás las cavidades, que para mí se habían usado por motivos rituales, antes habían sido 8, justamente como en Llactapata.
 Pero, ¿quién pudo haber construido la ciudadela? ¿Pudieron haber sido los Chunchos, antepasados de los Matsiguenkas, de donde proviene el nombre del Río Chunchosmayo? No parece, porque aquellos pueblos de la selva adyacente al Cusco no utilizaron nunca los denominados bancales.
 Al continuar con nuestra exploración pudimos documentar otras casas, muchas de las cuales tenían una especie de ventana o apertura en los muros, posiblemente utilizada por motivos rituales.
 El séptimo día continuamos nuestra investigación. Procediendo fatigosamente a través de la selva densa e intrincada, descubrimos otras residencias y muchos muros de contención para los llamados bancales.
 Pudimos comprobar que, en total, la ciudadela se extiende sobre aproximadamente dos hectáreas, donde hay alrededor de 20 cimientos de casas, además de la explanada central, donde se encuentra el muro principal con las 4 cavidades rituales.
 La ciudadela agrícola de Miraflores fue construida casi seguramente por pueblos pre-incas, aunque hasta el día de hoy no es posible reconocer con exactitud el pueblo que la edificó.
 Es muy probable que los Incas hayan utilizado el sitio con el propósito de controlar el acceso al valle y cultivar toda la vertiente occidental de la montaña para poder surtir de alimentos (maíz, fríjoles, papas, coca, calabazas) a los soldados que presidían los límites externos del imperio, en el altiplano de Pantiacolla y en las fortificaciones de Toporake; todos sitios ubicados en la divisoria (a aproximadamente 4000 msnm) entre la cuenca del Río Urubamba y la del Río Madre de Dios.
 ¿Es posible que la ciudadela agrícola de Miraflores haya servido para proveer alimentos a un sitio mayor, ubicado quizá más allá de la “meseta de Pantiacolla”, me refiero al legendario Paititi de Inkarri?
 A continuación inspeccionamos toda la zona adyacente, y descubrimos otros centros residenciales y ceremoniales. Muy interesante fue el hallazgo de una tumba.
 Ubicación de la Tumba de Miraflores:
 Lat. 12º36.521’ Sur / Long. 72º 03.731’ Oeste
 Altura: 2509 msnm
 El futuro estudio de este sitio podría revelar el enigma de la etnia que construyó toda la ciudadela.
 Durante la tarde, como no llovía y estábamos lejos de cursos de agua, decidimos desmontar el campo base y acercarnos al Río Chunchusmayo. Luego montamos el campo 2 a unos 2000 msnm, a aproximadamente diez minutos de camino del Río. Posteriormente descendimos a las orillas del Río Chunchusmayo y nos bañamos, sumergiéndonos en sus gélidas aguas.
 Poco después buscamos en vano los restos de un puente inca que, según algunos rumores, debería encontrarse en la zona.
 Al octavo día regresamos a Naranjayoc y al día siguiente caminamos hasta la carretera pavimentada. El décimo día nos encontramos con nuestro conductor en un determinado punto, y en una poderosa camioneta regresamos a Cusco, luego de diez horas de viaje.
 El balance de la expedición fue más que positivo. Además de documentar los sitios de Tambocasa y Llactapata, descubrimos y describimos las ruinas de la ciudadela agrícola de Miraflores, un ulterior paso adelante en el ámbito de las expediciones Paititi-Pantiacolla.
 
YURI LEVERATTO
 Copyright 2011

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MITOLOGÍA AMAZÓNICA: LA LEYENDA DE LAS PIRÁMIDES DE PARATOARI

En 1968, Carlos Neuenschwander Landa había recorrido ya muchas veces los valles de los departamentos de Cusco y Madre de Dios en busca de las ruinas de la ciudad perdida del Paititi, que él mismo denominaba Pantiacollo. En su opinión, Pantiacollo debía ser una fortaleza, construida en tiempos remotísimos, situada al confín entre la selva alta (ceja de selva) y la selva baja. Algunos Incas pertenecientes a las clases altas, al fugarse de Cusco (1533) y luego de Vilcabamba (1572), supuestamente se escondieron en aquella misteriosa fortaleza, llevando consigo antiguos conocimientos y enormes tesoros.
Neuenschwander llevó a cabo varias expediciones riesgosas, durante las cuales tuvo la oportunidad de descubrir y documentar la fortaleza de Hualla y el “camino de piedra”, un dificil sendero que se desanuda en la divisoria entre la cuenca del Río Urubamba y la del Madre de Dios, construido probablemente por antiguos pueblos mucho antes de los Incas.
Luego, pudo utilizar varios helicópteros de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), con los que pudo observar desde lo alto la meseta de Pantiacolla, legendario altiplano que él señaló como el lugar donde se encontraría la mítica ciudadela.
Como las dificultades para llegar al altiplano de Pantiacolla pasando por el “recorrido andino” del camino de piedra eran casi insuperables debido a la extensión de aquella remota zona, al clima demasiado frío, constantemente húmedo y totalmente impredecible, a la niebla persistente y a la posibilidad de encontrar indígenas peligrosos, Neuenschwander pensó que sería posible llegar a la misteriosa meseta remontando algunos afluentes del Río Alto Madre de Dios, como el Nistron o el Palotoa.
Ya desde 1957, a Neuenschwander le habían informado de la presencia de misteriosos petroglifos situados en el Río Porotoa (los bellísimos petroglifos de Pusharo, descubiertos en 1921 por el Padre Vicente de Cenitagoya). Neuenschwander se interesó cada vez más en la posibilidad de explorar los valles de selva alta de los ríos Nistron y Palotoa, lugares que había explorado desde lo alto varias veces con un helicóptero de la FAP.
En 1969, Neuenschwander conoció a Aristides Muñiz, quien le contó una interesante historia sobre algunos extraños montículos o “pirámides”, llamadas Paratoari, situadas cerca al Río Palotoa, donde vivían grupos de Matsiguenkas.
He aquí el relato original de la leyenda de las pirámides de Paratoari (llamadas también Pirámides de Pantiacolla), extraído del libro de Carlos Neuenschwander Paititi en la bruma de la historia (1983):

Cuando vivía en Paucartambo, un día llegó a mi casa un viejo flaco, pálido y andrajoso que me ofreció en venta un montón de anillos y colgandijos de un metal blanco amarillento que yo no conocía. Parecía estar muy enfermo. Estaba sudoroso y tosía constantemente. Llevaba una bolsita de esas baratijas y quería venderlas para ir al Cusco a hacerse curar. Como yo no sabía qué valor tenían las piezas que me ofrecía, no se las compré. Pero, en cambio, le proporcioné dos libras y además le di alojamiento y ordené que le sirvieran comida, pues me daba pena verlo tan débil y agotado. Como no tenía en qué trasladarse porque en esos tiempos no había movilidad como ahora, permaneció en mi casa por dos días más. No hablaba con nadie y no dijo de dónde venía, hasta que la última noche antes de irse, se me acercó y, sin que yo le preguntara nada, me dijo que me estaba muy agradecido por la ayuda que le había brindado. Quizá -añadió tristemente- nunca pueda pagarle y tal vez muera en el hospital; por eso, en gratitud, deseo comunicarle algo que no debe quedar ignorado. Me llamo Dionisio Vargas y soy minero. En este oficio he pasado toda mi vida recorriendo casi todo el territorio del Perú.
Fui a parar al valle del Alto Urubamba y me instalé en Coriveni, donde conocí a un mestizo entre cholo y machiganga con el que me asocié para explorar los ríos que desembocan en el Urubamba, desde Palma Real al Pongo de Mainique. El mestizo era muy leal y me acompañaba a todas partes. Llegamos a ser inseparables, pero desgraciadamente, le gustaba el trago y era pendenciero hasta que, en una reyerta, lo hirieron malamente y como consecuencia, a pesar de todos los cuidados que le prodigué, falleció. Antes de morir me contó la historia que le voy a referir: tú que has sido como mi padre, me dijo, debes conocer el secreto del Paratoari. Este es un lugar donde hay un templo o fortaleza, escondido entre un montón de pequeños cerros que tienen la forma de hormigueros, cubiertos de monte. Por debajo pasan algunos socavones o cuevas y dentro de ellos están enterrados muchos tesoros. Cuando era niño viví allí con mi madre que pertenecía a la tribu que cuidaba el lugar, pero cuando murió, los otros machigangas, diciendo que no pertenecía a su raza, me llevaron hasta San Miguel, en unos de cuyos fundos crecí hasta ser mozo. Después me fui al Cusco y finalmente me vine a trabajar en este valle.
Para llegar al Paratoari hay que ir, primero, a Paucartambo y después entrar al valle de Kosnipata y bajar el pongo del Koñec y continuar navegando en balsa o en canoa por el alto Madre de Dios hasta la desembocadura con el Palotoa. Se recorre este río que es muy fangoso y corre por la pampa llena de bosque dando muchas vueltas. Apena se empieza a remontar ya se ven los cerros en forma de hormiguero. En un día de viaje por las orillas, se llega al pie de los cerros y allí está el templo que te he dicho. Pero hay que cuidar de no ser visto por los machigangas que lo cuidan porque te pueden matar. Mi amigo me hizo repetir los datos que, agonizando, me comunicó, y a las pocas horas falleció. Después de darle sepultura, resolví buscar el Paratoari y, siguiendo fielmente la ruta que me señaló, después de veinticinco días de viaje, llegué a los montículos. Encontré una cabaña muy grande donde vivían dos familias de machigangas. Llevaba yo un atado de telas de colores chillones y de baratijas, espejitos y cuchillos, además de muchos medicamentos y mi escopeta. Como hablo el dialecto machiganga y también soy medio curandero, regalándoles mis trapos y curándoles las heridas y úlceras que sufrían, me fue fácil entablar buenas relaciones con ellos, que terminaron por alojarme en su cabaña. Los acompañaba en sus cacerías y les ayudaba a cultivar yuca y plátanos. Poco a poco me fui ganando su confianza y aprecio. Todos usaban en las orejas y en la nariz anillos de metal, como los que le he mostrado. De vez en cuando, el jefe de la familia me obsequiaba unos cuantos, recién fabricados. Disimuladamente observé que ese chunco incursionaba por los montículos sigilosamente, y regresaba luego de un rato largo. Después todos lucían nuevos colgandijos. Yo me mostraba indiferente a ellos, para no despertar sus sospechas, hasta que un día todo el clan se fue a visitar unos parientes que vivían río arriba, dejándome solo. Aprovechando la oportunidad, siguiendo las huellas del chunco llegué hasta los montículos. Al pié de uno de ellos, tapada con ramas y hojas descubrí la entrada de un oscura y profunda cueva llena de murciélagos. Tuve miedo de entrar pero, buscando por sus alrededores, encontré una lámina pequeña de metal del que hacían los anillos. La recogí, la oculté entre mi ropa y regresé a la cabaña. Al siguiente día retornaron de su viaje y, desde entonces, noté que su actitud hacia mí cambió. Comprobé que la comida que me daban tenía un sabor extraño. Comencé a sufrir de agudos dolores de estómago hasta que se me declaró una disentería. Me fui adelgazando y debilitando con la sangre que perdía. Comprendí que me habían sorprendido en la incursión a los montículos y recién caí en la cuenta que todo había sido preparado, probablemente, para averiguar qué era lo que estaba buscando. Ingenuamente había caído en la trampa. A partir de ese momento, mi única preocupación fue hallar la forma de escapar, pues estaba seguro de que me estaban envenenando y querían matarme. Felizmente un día en que fueron a cazar todos los hombres y yo me quedé en la cabaña alegando estar enfermo, se desencadenó una tempestad tan fuerte que hizo crecer el río a tal punto que los cazadores no podían cruzarlo para regresar. Aprovechando que las mujeres y los niños estaban ocupados en evitar que el agua les inundara su vivienda, tomé mi atadito y la escopeta, de la que nunca me separaba, y me metí al monte, y corriendo llegué hasta otro riachuelo que corría paralelo al Paratoa y los seguí, caminando toda la noche y el día siguiente. Casi moribundo, fui a parar a las orillas del Alto Madre de Dios, donde, providencialmente, me recogieron unos canoeros que lo surcaban, quienes me transportaron hasta donde termina el pongo del Koñec. Desde allí, cayendo y levantando, caminé hasta San Miguel. Luego conseguí que unos arrieros que trasportaban coca me alquilaran una mula de su recua y de ese modo pude llegar, al fin, a Paucartambo. Si me curo en el Cusco, quisiera regresar y desde ahora le propongo que vayamos juntos… si no retorno, por lo menos usted sabe cómo llegar al Paratoari.

Por lo tanto, a Neuenschwander, ya en 1969, su amigo Aristides Muñiz le había informado de la existencia de extrañas formaciones piramidales donde vivían indígenas Matsiguenkas que controlaban la entrada a algunas cavernas, donde probablemente se escondieron varios tesoros en tiempos remotos.
La existencia de las llamadas “pirámides de Paratoari” (o pirámides de Pantiacolla), fue confirmada seis años después, en 1975, cuando el satélite de los Estados Unidos Landsat2 fotografió aquella área de selva peruana cerca de las orillas del río Alto Madre de Dios. En efecto, la fotografía mostraba doce montículos, de a dos, simétricos y regulares. Cuando la noticia fue publicada, muchos investigadores desarrollaron la hipótesis de que aquellos montículos eran pirámides construidas por el hombre en épocas remotas, por motivos rituales o ceremoniales.
Carlos Neuenschwander, quien en 1975 tenía ya 62 años, pensó varias veces en organizar una expedición a las pirámides de Paratoari para comprobar si la leyenda que Aristides Muñiz le había narrado contenía algo de cierto, pero no logró reunir los fondos necesarios para llevar a cabo tal empresa.
La primera persona no-indígena que intentó acercarse a las pirámides fue el japonés Yoshiharu Sekino, pero no logró su objetivo.
Fue sólo en 1996, cuando el explorador estadounidense Gregory Deyermenjian, acompañado por los guías Paulino e Ignacio Mamani, y por el hijo de Carlos Neuenschwander, Fernando, logró llegar a las pirámides de Paratoari.
Deyermenjian y su grupo remontaron el Río Negro (afluente del Palotoa) para llegar finalmente a la meta. Exploraron exhaustivamente la zona y comprobaron que las pirámides son formaciones naturales. Luego regresaron hacia el Alto Madre de Dios caminando por las orillas del Río Inchipato.
En mi expedición a las pirámides de Pantiacolla del 2009, que realicé en compañía de los guías expertos Fernando Riviera Huanca y Saúl Robles Condori, llegué, en cambio, hasta las extrañas formaciones remontando directamente el Río Inchipato.
Escalando una de las pirámides, a la cual nosotros bautizamos Cumbre del Cóndor, situada en las coordenadas 12 grados 41’ 10’’ SUR – 71 grados 27’ 30’’ OESTE (600 m.s.n.m.), comprobamos que se trata, en efecto, de una extraña formación natural cuyo núcleo está probablemente constituido por arenisca o arena dura, pero desmenuzable.
Retomando el relato de Aristides Muñiz, personalmente creo que es cierto. Considero que un hombre correcto como Carlos Neuenschwander no habría nunca transmitido en su libro Paititi en la bruma de la Historia la narración de una persona poco fiable.
Por consiguiente, la pregunta conserva su actualidad: ¿dónde están situadas las cavernas descritas por Dionisio Vargas en el relato de Aristides Muñiz? ¿Eran quizás aquellas grutas utilizadas por los Incas fugitivos del Cusco para esconder sus tesoros, con el fin de no reunirlos todos en un único lugar, sino más bien de reducir la posibilidad de que algún día éste fuera encontrado en su totalidad?
¿Es posible que Dionisio Vargas haya llegado mucho más lejos de las pirámides de Pantiacolla, refiriéndome a las fuentes del Río Negro?

YURI LEVERATTO
Copyright 2011

Se puede reproducir este artículo indicando claramente el nombre del autor y la fuente www.yurileveratto.com

Referencias: Paititi en la bruma de la Historia (1983), Carlos Neuenschwander Landa

¿EL CÓDIGO DE DRESDE OCULTA UN TESORO?

Una noticia que hay recoger con alfileres, no en vano proviene del diario sensacionalista alemán Bild, pero la citaré  como curiosidad, no vaya a ser que….  LIBERTALIADEHATALI

Tras 40 años de intenso estudio, un científico alemán asegura que logró descifrar el Código Maya de Dresde, y que en uno de sus capítulos brinda indicaciones precisas que conducirían a un gran tesoro de oro de una cultura desaparecida en las aguas del lago de Izabal de Guatemala.

“El Código Maya de Dresde conduce a un gigantesco tesoro en Guatemala de ocho toneladas de oro puro ”, afirma el matemático Joachim Rittsteig, quien estudió el documento durante los últimos 40 años, en declaraciones que publicó ayer el diario alemán Bild.

Añade que “en la página 52 se habla de la capital maya de Atlan, que resultó destruida por un terremoto el 30 de octubre del año 666 antes de nuestra era. En la ciudad se guardaban 2.156 tablas de oro en las que los mayas grabaron sus leyes”.

El tesoro se hundió junto a la ciudad en las aguas del lago de Izabal, situado al este de Guatemala. Los restos de esta civilización fueron localizados por el científico alemán gracias a imágenes de radar tomadas en la zona.

“En ellas pueden verse claramente los restos de la ciudad. En las ruinas de una fortaleza se aprecia el sarcófago de piedra en el que podrían encontrarse las 2.156 tablas de oro. Los datos de que dispongo muestran el lugar con un margen de error de 10 centímetros”, asegura Rittsteig. El experto, que busca actualmente patrocinadores para una expedición a Guatemala, calcula que “sólo el valor del oro de las tablas asciende actualmente a 211 millones de euros” (unos 290 millones de dólares).

El Código Maya de Dresde, redactado sobre el año 1250 por sacerdotes mayas, es uno de los cuatro grandes documentos que se conservan de esa cultura y se encuentra en poder de la Biblioteca Estatal de Sajonia, al este de Alemania, desde hace 272 años.

El código fue descubierto en 1739 en poder de un hombre acaudalado de Viena –nunca se supo cómo llegó a sus manos–, quien lo regaló a la biblioteca de Dresde, que lo conserva bajo un cristal blindado en su sala de tesoros documentales.

Joachim Rittsteig ha dedicado prácticamente toda su vida a descifrar el valioso documento, compuesto por 74 páginas con 3,56 metros de largo y un total de 74 jeroglíficos distintos. El Código Maya de Dresde contiene prácticamente la totalidad de los conocimientos de la cultura maya, entre ellos los astronómicos o médicos, y en su última hoja describe el apocalipsis o fin del mundo, que debería tener lugar el 21 de diciembre de 2012.

El de Izabal es el mayor lago de Guatemala: tiene 45 kilómetros de largo, por 20 de ancho y unos 18 de profundidad, que se comunica con el mar Caribe. Hoy es centro de una polémica mucho menos romántica que la búsqueda del tesoro perdido: el Gobierno de Guatemala autorizó la explotación de níquel a una empresa local y otra estadounidense y diversos grupos ecologistas denunciaron el daño ambiental que podría generar en su biodiversidad.

Fuentes:  Clarín

Despiertaalfuturo

EL MISTERIO DE LA TIERRA DE MARIE BYRD

La Antártida, el continente más meridional del mundo, de una extensión aproximada de 14 millones de kilómetros cuadrados, no pertenece oficialmente a ningún país.
Aunque desde la antigüedad se había supuesto la existencia de esta masa continental, la Antártida fue avistada por primera vez apenas el 27 de enero de 1820 por el oficial de la Marina imperial rusa Fabián Gottlieb von Bellingshausen.
El primer hombre que puso un pie allí fue el anglo-estadounidense John Davis, el 7 de febrero de 1821.
Durante el siglo XIX hubo algunas otras expediciones en las costas antárticas, como la guiada por el capitán James Clark Ross (1839-1843), quien cartografió buena parte de la costa del continente.
No obstante, fue sólo a principios del siglo XX que el noruego Roald Amundsen exploró su interior, llegando al Polo Sur el 14 de diciembre de 1911.
Sin embargo, por veinte años más la Antártida siguió siendo una tierra misteriosa, casi inaccesible, muy difícil de explorar, puesto que era sumamente peligroso tan sólo llegar a sus costas con un velero, a causa de la presencia constante de hielos.
Un progreso significativo en la historia de la exploración de la Antártida fue efectuado por el almirante estadounidense Richard Evelyn Byrd.
El explorador comenzó su expedición (la cual fue financiada, en gran parte, por John D. Rockefeller), en 1928, dirigiendo una flota de tres aeroplanos y dos barcos.
La base de Richard Byrd, llamada “Little America”, estaba situada en la barrera de Ross, una extensa zona helada del Mar de Ross llamada en inglés Ross Ice Shelf. Al año siguiente, Richard Byrd fue el primer hombre que voló sobre el Polo Sur (28 de noviembre de 1929, con un Ford Trimotor).
Durante esta primera expedición antártica (1928-1930), el aviador estadounidense llevó a cabo algunos vuelos de exploración en la tierra situada al este de la barrera de Ross, descubriendo algunas montañas, llamadas luego Rockefeller Mountains. Aquella zona fue llamada Tierra de Marie Byrd, del nombre de su esposa.
Richard Byrd regresó a la Antártida en 1933 para completar la exploración de la Tierra de Marie Byrd. Pasó cinco meses en absoluta soledad en un campo meteorológico y fue salvado después por un grupo de tres hombres. Esta aventura fue descrita luego en su autobiografía Alone (Solo).
Durante esta segunda expedición el explorador Paul Siple avanzó por tierra hasta las Fosdick Mountains y en algunos vuelos de exploración descubrió la costa de Ruppert (75 S – 141 W).
La tercera expedición antártica realizada por Richard Byrd comenzó en 1939. Bajo orden del presidente de los Estados Unidos Franklin D. Roosevelt, los 125 hombres que tomaron parte en ella tenían la misión de establecer dos bases en la Antártida: una en Charcot Island, y otra en las cercanías de Little America (68° 29′ S, 163° 57′ W).
En efecto, es extraño el interés que los Estados Unidos mostraron por el continente de hielo justo en los umbrales de la Segunda Guerra Mundial, cuando la potencia nazista estaba creciendo y representaba cada vez más una amenaza en Europa.
Durante algunos vuelos de exploración en la Tierra de Marie Byrd se descubrió una cadena montañosa volcánica llamada Executive Committee, cuyo mayor volcán es el Monte Sidley (4285 m.s.n.m.), el más alto de la Antártida, el cual ya había sido, sin embargo, descubierto por Richard Byrd en 1934.
Mientras la exploración del continente de hielo proseguía, ya algunos países habían reclamado varios territorios antárticos proclamando unilateralmente su soberanía.
El primero que lo hizo fue el Reino Unido en 1908. El área que fue reclamada como suya fue la tierra al sur de los 50 grados Sur de latitud, comprendida entre los 20 y 80 grados oeste de longitud, de una extensión total de más de 1.700.000 kilómetros cuadrados.
En 1923, el dirigente general de Nueva Zelanda (representante del soberano que en ese entonces, como todavía hoy, era el rey de Inglaterra) fue nombrado gobernador del Mar de Ross, la zona de banquisa helada ya mencionada, que se extiende de la longitud 160 este hasta la longitud 150 oeste (por debajo del paralelo 60), con una extensión total de 450.000 kilómetros cuadrados.
En 1924, también Francia reclamó la soberanía sobre una porción de la Antártida, basándose en los descubrimientos del francés Jules Dumont D’Urville en 1840. La tierra solicitada, que se bautizó “Adelia”, tenía unos 432.000 kilómetros cuadrados de extensión.
En 1933, el Reino Unido siguió apresurándose a declarar la soberanía sobre otras tierras antárticas. Esta vez lo hizo por medio de Australia, país cuyo presidente, en ese entonces, y aún hoy, era el soberano de Inglaterra.
Se declaró, pues, la soberanía sobre una inmensa área: de la longitud 45 a la 160 este (excepto la tierra Adelia) y por debajo del paralelo sesenta, para una extensión aproximada de 5.896.500 kilómetros cuadrados.
Por tanto, el Reino Unido, ya antes de la Segunda Guerra Mundial, había declarado su soberanía sobre unos 8 millones de kilómetros cuadrados de tierras antárticas, correspondientes, más o menos, al 57 % del continente.
En diciembre de 1938, Alemania nazista declaró su soberanía sobre Nueva Suabia, área de 600.000 kilómetros cuadrados comprendida entre la longitud 20 Este y la 10 Oeste. Esta reivindicación territorial fue ignorada, principalmente porque Alemania nazista no pertenecía a la Sociedad de las Naciones y también porque, después de pocos meses, el territorio de Nueva Suabia fue reclamado por Noruega junto a otras grandes tierras, para un total de 2.500.000 kilómetros cuadrados.
En efecto, este país europeo, luego de las exploraciones del aviador Hjalmar Riiser-Larsen (1930), declaró su soberanía sobre el área que bautizó Tierra de la Reina Maud, en 1939.
Cabe notar que Noruega había ya requerido, en 1929, la soberanía sobre la isla Pietro I (243 kilómetros cuadrados), situada en el Mar de Bellingshausen.
En 1940, Chile declaró la soberanía sobre la porción de Antártida comprendida entre la longitud 53 y 90 Oeste, y tres años después, Argentina lo hizo sobre la zona comprendida entre la longitud 25 y 74 Oeste.
Se evidencia entonces que las tierras reclamadas por los dos países suramericanos coinciden en parte con las tierras reivindicadas por el Reino Unido.
Por consiguiente, a finales del segundo conflicto mundial, siete naciones soberanas (Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda, Francia, Noruega, Chile y Argentina) reivindicaron su soberanía sobre otras tantas áreas de la Antártida.
Sólo un área, la Tierra de Marie Byrd, de aproximadamente 1.600.000 kilómetros cuadrados (el 11% de todo el continente) de extensión, no fue reclamada por ningún país soberano y todavía en el 2010 es, a efectos prácticos, tierra de nadie desde el punto de vista jurídico.
En realidad, los Estados Unidos, ya desde el fin de la segunda guerra mundial, demostraron tener el control militar sobre la Antártida.
En agosto de 1946 se desarrolló la operación Highjump, dirigida por el almirante Richard Byrd, la cual tenía por meta oficial la consolidación de la operatividad estadounidense en vastas zonas del continente antártico.
La operación Highjump terminó de manera precipitada en febrero de 1947, seis meses antes de lo previsto. El mismo Richard Byrd, durante una entrevista que concedió a la agencia de información International News Sevice en el barco USS Mount Olimpus, que fue publicada posteriormente el 5 de marzo de 1947 en el periódico chileno El Mercurio, declaró que los Estados Unidos tendrían que mantenerse en un estado de “alerta continua” para afrontar a la posibilidad de un ataque hostil proveniente de ambos polos.
Según algunas teorías, no confirmadas oficialmente, los nazistas habrían construido algunas bases subterráneas en la tierra de Nueva Suabia, por ejemplo, la base denominada “211”. En su controvertida entrevista, ¿se refería Richard Byrd a una potencial amenaza nazista o incluso a una supuesta invasión extraterrestre?
En todo caso, la teoría de que la operación Highjump tenía el fin de desmantelar bases nazistas en Nueva Suabia no coincide con el destino efectivo de la flota de 13 barcos pertenecientes al convoy principal, el cual llegó a la Bahía de las Ballenas, en la dependencia de Ross, el 15 de enero de 1947, en una zona extremadamente lejana de la ex Nueva Suabia.
Los Estados Unidos confirmaron luego su control militar en la Antártida en 1955, cuando lanzaron la operación Deep Freeze.
Este despliegue de fuerzas, en el cual participaron al menos 7 naves militares, se desarrolló principalmente en la Tierra de Marie Byrd, donde los Estados Unidos construyeron también una base denominada Byrd (80 Sur, 120 Oeste).
A partir de 1957, el científico estadounidense Charles Bentley exploró la zona circunstante a la base de Byrd, particularmente la cadena montañosa volcánica Executive Committee y las Sentinel Mountains.
También en 1960 la presencia militar estadounidense se mantuvo cuando la USS Glacier exploró la costa de la Tierra de Marie Byrd denominada Eight Coast.
Asimismo, en el período de 1965 a 1995, los Estados Unidos condujeron varias expediciones de exploración en la Tierra de Marie Byrd, por ejemplo el WAVE Project (West Antartic Volcano Exploration) o el SPRITE Project (South Pacific Rim International Tectonic Exploration).
A partir de 1998, los Estados Unidos utilizaron varias bases no permanentes en la Tierra de Marie Byrd: Ford Ranges (1998-1999), Thwaites (2004-2005) y WAIS Divide (2006).
Es evidente, entonces, que los Estados Unidos, además de haber sido los primeros en explorar la Tierra de Marie Byrd, la controlan militarmente.
¿Por qué no efectuaron nunca un reclamo específico para obtener su soberanía?
En 1959, los países interesados en la Antártida se reunieron en Washington (USA) para decidir la suerte futura del continente más meridional del mundo, sellando las bases del Tratado Antártico.
Además de los siete países que oficialmente ya habían reivindicado su soberanía en la Antártida (Reino Unido, Noruega, Nueva Zelanda, Australia, Chile, Argentina y Francia) estaban también Bélgica, Japón, Suráfrica, Estados Unidos y la Unión Soviética.
Aparte de ratificar que el continente debe permanecer libre de actividades militares, se estableció no sólo que los reclamos territoriales efectuados hasta 1959 no son reconocidos a nivel internacional, sino también que ulteriores reivindicaciones serán suspendidas, mas no prohibidas.
En todo caso, otros siete países, a saber, Brasil, España, Perú, Estados Unidos, Suráfrica y Rusia, se reservaron el derecho futuro de reclamar la soberanía sobre otras porciones de la Antártida.
En 1983, aún en el ámbito del Tratado Antártico, se iniciaron negociaciones para regular la explotación minera en el continente.
Aunque en 1988 los países que firmaron el Tratado Antártico llegaron a un convenio para regular la explotación minera del continente, Francia y Australia anunciaron que no ratificarían el acuerdo.
En los últimos años se ha visto proliferar bases científicas en la Antártida. Actualmente hay 67 bases pertenecientes a 30 países. En teoría, como las reivindicaciones territoriales no son reconocidas internacionalmente, cualquier país o entidad del planeta puede establecer una base en cualquier lugar de la Antártida sin ningún aparente control sobre las actividades que se lleven a cabo.
¿Cuál puede ser el futuro de un continente que oficialmente no pertenece a ningún país pero donde cualquier país o entidad puede establecer bases pudiendo ocultar fácilmente los resultados de sus estudios científicos?
Las incógnitas son muchas, pero una de las más grandes la constituye el misterio de la Tierra de Marie Byrd. ¿Por qué ningún país reclamó nunca la soberanía sobre ella?

YURI LEVERATTO

LA DESAPARICIÓN DEL NORUEGO LARS HAFSKJOLD Y EL ENIGMA DE LOS TOROMONAS

La lista de quienes se introdujeron en lo profundo de la selva amazónica en busca del Paititi o de otras legendarias ciudades perdidas, sin haber jamás regresado, es numerosa.
El explorador más célebre del siglo pasado, el inglés Percy Harrison Fawcett, desapareció en su expedición de 1925, en pleno Mato Grosso, mientras que se dirigía hacia la Sierra del Roncador.
En 1970, el estadounidense Robert Nichols y los franceses Serge Debru y George Puel organizaron un viaje en busca de la ciudad perdida del Paititi.
Su cuartel general era Shintuya, pueblito situado en las orillas del Alto Madre de Dios. Con la ayuda de algunos guías Matsiguenkas, remontaron el río Palotoa hasta llegar al lugar donde están los bellísimos petroglifos de Pusharo. En ese momento, aunque los guías no quisieron continuar, ya que consideraban sagrado el territorio de las fuentes del Palotoa, los tres extranjeros decidieron proseguir solos, cegados por la ilusión de encontrar el Paititi. Fue un gravísimo error, pues cuando se exploran territorios de selva virgen, siempre es aconsejable ir en compañía de nativos. Los tres aventureros no regresaron nunca más y, según testimonios posteriores, murieron en manos de los temibles indígenas Kuga-Pacoris, de etnia Matsiguenka.
En 1972, el explorador japonés Yoshiharu Sekino tuvo contacto con indígenas Matsiguenkas que admitieron haber matado a los forasteros que se habían adentrado sin autorización en el territorio de las fuentes del Palotoa. Al japonés le entregaron incluso algunos objetos personales de los tres extranjeros desaparecidos dos años antes.
Veinticinco años más tarde, en octubre de 1997, el biólogo Lars Hafskjold (nacido en Noruega en 1960), emprendió un atrevido viaje a través de las montañas andinas, partiendo de la ciudad de Juliaca.
El noruego estaba interesado en la zona del Parque Nacional Madidi, una inmensa área protegida (18.957 kilómetros cuadrados) de selva pluvial tropical que se encuentra en el departamento de La Paz, en Bolivia.
La zona del Madidi fue explorada en el siglo XX, específicamente en 1911, por el coronel inglés Percy Harrison Fawcett cuando emprendió una arriesgada expedición iniciada en La Paz.
Fawcett, quien estaba en busca de las ruinas de una antiquísima civilización, atravesó los Andes y se detuvo en los pueblitos de Queara, Mojos, Pata y Santa Cruz del Valle Ameno, de donde se adentró en la selva pluvial tropical; y después de haber pasado Playa Paujil, arribó finalmente a San Fermín. Fawcett continuó a lo largo del Río Heath hasta encontrar una tribu de autóctonos llamados Echocas, casi en la confluencia del Río Heath con el Madre de Dios, en territorio boliviano.
El noruego Hafskjold, quien quería explorar a fondo el Parque Nacional Madidi, quizá tenía intenciones de comunicarse con la etnia de los Toromonas, indígenas no contactados.
Con este objetivo, Hafskjold había partido de Juliaca y había llegado a Sandia, para arribar después al pueblo de San Juan de Oro, zona explorada por primera vez por Pedro de Candía en 1538.
Hafskjold continuó su osado viaje, atravesando los pueblos de Putina Punco, Chocal, Punto Arc, San Ignacio y Curva Alegre, llegando finalmente a las orillas del Tambopata, el cual, en aquella área, señala la frontera entre Perú y Bolivia. Después de haber atravesado el río, Hafskjold se detuvo por algunos días en la comunidad boliviana de Linen.
Desde aquel lugar, acompañado por un joven de nombre René Ortiz, navegó a lo largo del Río Tambopata y, después de haber pasado por la aldea de San Fermín, llegó a la confluencia con el Río Colorado, punto llamado Encounter.
Luego de algunos días de pesca y exploración de la selva adyacente junto a René Ortiz, Lars Hafskjold decidió regresar a San Fermín y adentrarse en la selva del Madidi solo, sin la ayuda de René Ortiz. Fue una decisión muy extraña, ya que entrar en una zona prácticamente inexplorada y selvática, donde hay autóctonos no contactados como los Toromonas, puede resultar en extremo peligroso.
A partir de la información obtenida por el periodista argentino Pablo Cingolani durante varias de sus expediciones en el Río Colorado, se deduce que Lars Hafskjold llegó a la comunidad de San José de Uchupiamonas, en el Río Tuichi, lugar donde residió por algún tiempo años atrás. De aquella aldea, Hafskjold se adentró en lo profundo de la selva y nadie supo nunca más nada de él.
Se ha conjeturado demasiado sobre el destino del noruego, pero hasta hoy no se ha comprobado su muerte.
En la zona donde desapareció el biólogo noruego se dice que aún están presentes los legendarios Toromonas, indígenas de lengua Tacana, los cuales le dieron ardua guerra a los conquistadores españoles en los siglos XVI y XVII.
Los Toromonas eran fieles aleados de los Incas y, según algunas tradiciones, ayudaron a los sacerdotes Incas en su huida de los Españoles, la cual tenía el objetivo de salvar antiquísimos conocimientos esotéricos y enormes tesoros para esconderlos en Paititi, la legendaria ciudad perdida. ¿Es posible que Paititi se encuentre en la zona casi inexplorada de la selva pluvial boliviana?
Los Toromonas fueron diezmados sin escrúpulos durante la explotación del caucho en el siglo XIX, y oficialmente se extinguieron en el siglo XX.
Según otras versiones, en cambio, algunos sobrevivientes se retiraron a lo profundo de la selva, a las fuentes del Río Colorado y del Río Madidi, donde hasta la fecha viven y preservan sus tradiciones ancestrales.
¿Cuál pudo haber sido la suerte de Lars Hafskjold?
Según algunas opiniones, pudo haber sido secuestrado por la guerrilla revolucionaria Tupac Amaru, pero la policía local excluye esta posibilidad, ya que la zona del Madidi fue pacificada a partir de 1992.
Según otros rumores, pudo haber muerto al caer al río, y pudo haber sido sepultado por los indígenas.
En todo caso, resta la posibilidad de que los Toromonas lo hayan matado al ver en el forastero un invasor que se adentraba sin permiso en su territorio, sin la compañía de algún nativo.
Sin embargo, otras versiones de lo sucedido, las cuales tienden a la leyenda, narran que Hafskjold fue aceptado por los Toromonas como “sacerdote blanco” y que vive actualmente en una localidad secreta.
Hubo varias expediciones ulteriores en la zona del Madidi, como la dirigida por Pablo Cingolani y Álvaro Diez Astete en el 2000/2001, pero no se logró revelar el misterio de la desaparición del noruego.
¿Es posible que los Toromonas sean, quizá junto con los Kuga Pacoris del Madre de Dios, los ancestrales guardianes de varias pequeñas fortalezas perdidas en la selva, las cuales fueron usadas por los Incas para esconder sus antiguos conocimientos esotéricos y sus tesoros?
Sólo sucesivas expediciones podrán revelar el arcano misterio de estas enigmáticas desapariciones (no se encontraron jamás los cuerpos de ningún explorador extraviado en la selva amazónica).
No obstante, se espera que quien viaje con el fin de aclarar la verdad no esté motivado por la ciega codicia de apropiarse de los tesoros del Paititi, sino por un sentimiento de absoluto respeto hacia las comunidades nativas, los animales de la selva y el ambiente natural.
La selva amazónica no es un “infierno verde”, tal como algunos aventureros la han definido, sino un paraíso maravilloso que día a día está cada vez más en riesgo de desaparecer a causa de la siniestra carrera del hombre por apropiarse de sus riquezas escondidas.

YURI LEVERATTO

ESPELEÓLOGOS DE TARRAGONA BUSCARÁN CUEVAS PERDIDAS EN LA SELVA ECUATORIANA

La Asociación Espeleológica de Tarragona, en colaboración con la Universidad Católica de Ecuador, emprenderá el próximo mes de octubre una nueva expedición a la selva ecuatoriana –tras la primera toma de contacto a finales de los años 80 y la expedición ‘Cutucú’ de 2008–, para constatar la existencia de cuevas nunca recorridas por el hombre y descubrir nuevas especies animales.

   El proyecto ‘Shuar’ –nombre de las tribus que habitan este territorio bañado por el río Pastaza–, presentado por su director Josep Estivill, desplazará al menos doce personas a la selva de la serranía Cutucú para realizar estudios nunca antes llevados a cabo en esta zona, de antropología, analítica de aguas, geología, biología, cartografía y topografía.

   En el 2008, la expedición dirigida por Estivill descubrió seis cavidades –además de la llamada ‘Cueva de los Tayos’, en referencia al tipo de aves que habitan en su interior–, recorridas por ríos subterráneos, y varias especies desconocidas de peces y crustáceos. También observaron que la sierra está partida en dos por el río Pastaza, pero sólo pudieron explorar uno de las márgenes “ya que las comunidades indígenas, que no querían contacto con el hombre blanco, no nos permitieron cruzar el río”, explicó Josep Estivill.

   El proyecto ‘Shuar’, para cuya ejecución es necesario el conocimiento del terreno de las tribus indígenas, pretende acceder este año a recorrer la inexplorada ribera derecha del Pastazá y proseguir con los hallazgos científicos. Estivill hizo referencia a las leyendas sobre tesoros ocultos en las cavidades, y el recuerdo que todavía mantienen los indios ecuatorianos sobre el expolio de oro de sus antepasados.

   “Existen gran cantidad de anécdotas. Hicimos un intento por acceder a una cueva perdida tras una gran cascada, sobre la que existe incluso el mito de una ciudad subterránea, pero los guías se negaron a llevarnos porque seguían temiendo el robo del oro del Inca”, relató.

EuropaPress