CHAMANES, LICÁNTROPOS Y VIAJES AL OTRO MUNDO

En ese bosque que tu sabes y escondidos entre las ramas de los árboles más viejos, vigilan los ojos del miedo. Han contemplado curiosas transformaciones y también ciertas cosas de las que quizá será mejor no hablar… por el momento.

Cae la tarde y en los caminos que cruzan la gran llanura comienzan a moverse todos los animales, pequeños y grandes, que se apresuran antes de que descargue el temporal que amenaza.

Las hogueras empiezan a iluminar el poblado, junto al cantil por el que se despeña un grueso caudal de agua. Unos preparan leña para el fuego. Otros se afanan en diversas tareas. Los demás, aguardan. La noche será larga y sus amenazadoras presencias comienzan a cercar los débiles círculos de luz y calor que tratan de combatir las sombras que se acercan.

En lo más alto y escondido del cantil, se abre la boca de una caverna. En su interior, el hombre, con su cuerpo desnudo y pintado con ojos, soles y lineas zigzagueantes, marcha hacia la parte más oscura de la cueva y se introduce, muy al fondo, por una estrecha grieta, apenas visible. Lleva entre sus manos una débil y mortecina luz de grasa, mientras se arrastra con dificultad por aquél corredor que apenas se abre para dar paso a su cuerpo.

Finalmente, llega hasta un espacio más amplio y allí se detiene. Inspira profundamente tres o cuatro veces, inhalando el humo que despide la pequeña llamita que arde a su lado.

Coloca sus manos abiertas y extendidas sobre la pared que se alza frente a él, palpando suavemente cada rugosidad, cada protuberancia y cada hueco de la roca.

Al rato, tras un instante apenas medido por los impulsos y latidos de su corazón, bien perceptibles en el silencio abrumador de aquél sepulcro, cierra los ojos, aprieta los párpados con fuerza, deja salir de sus labios una canción formada por viejos conjuros y sonidos heredados de los dioses mas altos, allá en el principio de los tiempos… y empieza a Ver.

O Saldraa’c  Mictra a’c  Almidranac’h

O Drouizeh, saldraa’ch, O Drouizeh…
El temporal se ha desatado. Pero, en el bosque, los animales-espíritu puestos en libertad por el chamán, allá en la cueva, tras atravesar el espacio frontera representado por la dura pared roqueña, con sus protuberancias, huecos y hendiduras, recorren ahora los senderos del bosque, oscuros e impracticables por la lluvia y la tormenta.
Pero ellos no reconocen obstáculos. Son como la llama de un fuego fátuo, como la exhalación del relámpago o la terrible vibración del trueno entre las montañas. Marchan y marchan en una estampida de pequeñas luminarias, destinados, cada uno de ellos, a encontrar aquello que buscan.

A veces, no siempre, lo que buscan es un animal de caza. Y lo cobran para aquél que los ha enviado en las alas del huracán. En otras ocasiones, no es ese su destino. Tratan, tal vez, de encontrar almas perdidas, extraviadas en los recovecos del camino abierto entre los mundos por las invocaciones y el poder del chamán. Quizás hayan sido empujados en su vuelo para acompañar a los espíritus desencarnados que deben  seguir su camino hacia el mundo que les aguarda. Aunque en ciertos casos…

¿No habeis sentido, mientras caminabais por los senderos de un bosque espeso, de esos que todavía hoy pueden verse en las montañas, como si alguien marchase a vuestro lado, aunque vosotros no podais verlo por más que lo intenteis?

¿No habeis vuelto la mirada atrás, con la sospecha de que una leve sombra ha cruzado vuestro camino y alguien -o algo- os contempla desde la linea más cerrada de los viejos árboles?

¿No escuchasteis alguna vez, en esas o en otras ocasiones parecidas, el sonido lejano, perdido entre la maleza, de un instrumento retumbante, como la sirena de un barco en la niebla, como la llamada de algo que parece aguardaros en un recodo, tras una roca cubierta de musgo y de otras oscuras manchas, cuya naturaleza vale más ignorar?

Todas esas -y algunas otras, quizá no tan inquietantes, pero por eso mismo más repentinas e inevitables- son las llamadas de aquellos a los que el chamán, con sus ojos de pájaro pintados por todo el cuerpo, con su tambor mágico y con su humo sagrado, envía para buscaros.

Almidreanac’h, O Saldraa’c, Saldraa’c Drouizeh, o Drouizeh…
Sin embargo, hay otros habitantes en las vueltas y revueltas de las boscosas avenidas. Y esos otros, se puede decir que resultarán hasta cierto punto inofensivos, siempre y cuando no se les sorprenda en alguna de sus empresas secretas o no se les moleste cuando van a lo suyo, allá por lo más escondido de la espesura, en las noches de luna, pero no sólo en ellas.

Tal rumor equivocado -me refiero al de las noches con luna plena y encendida- ha producido numerosos sobresaltos de esos que resulta difícil olvidar y aún alguna que otra muerte y desaparición de viajeros y de caminantes descuidados y desprevenidos. Y eso es así porque los mas sabios y viejos en cuestión de tradiciones, cuentos, leyendas y consejas, siempre han dicho que eso de la luna casi nada tiene que ver con aquello que realmente importa. Pero de poco sirven las advertencias y avisos cuando la temeridad y la arrogancia se confunden con el verdadero valor…
En lo más oscuro de la noche -sin luna- se mueve algo por allá, en el extremo más alejado del camino estrecho y peligroso que cruza el bosque, asomándose, de vez en cuando, al negro espejo formado por las aguas, profundas y rápidas, de un rio.

Parece un hombre que camina rápido, mirando con inquietud a un lado y a otro, como si escuchara ruidos inciertos entre las ramas que roza al avanzar. Con paso firme, aunque se diría que poseído por un cierto temblor propio del que busca sin encontrar el objeto de su zozobra, se acerca al rio. Allí mismo, frente a sus ojos, se tiende una lámina de agua sobre cuya superficie brillan los reflejos del cielo estrellado, como un negro tapiz dotado de vida oculta e insospechada.

El hombre mira, de nuevo, a todos lados. Parece tranquilizarse, porque nadie le sigue, ni le acecha. Durante un rato largo aspira el aire frio de la noche. Lo hace con prolongados y ruidosos bufidos, dirigiendo su rostro, contraído por aquél gesto peculiar, hacia el cielo, hacia el bosque y, por último, hacia la oscura extensión del agua, que entonces parece conmovida con un extraño temblor.

Después de tales maniobras, el hombre se quita toda la ropa. Una por una, las prendas van siendo dobladas y colocadas en una especie de pequeña hondonada, al pie de una gran roca. Completamente desnudo, vuelve a tomar el viento de la noche y el aire, al penetrar en su nariz y garganta, deja escapar un sonido agudo y quejumbroso, modulado como un suave aullido. 

 Ahora, el individuo entra decididamente en el agua, internándose en la doble sombra conformada por el fluir del rio y por el cielo oscuro. Nada hacia la orilla opuesta. Durante un momento es posible ver su cabeza, como un bulto destacado sobre la profunda negrura, asi como el ángulo de las ondas que produce al avanzar. Pero, de pronto, una especie de vibración, borra cualquier detalle. La naturaleza ha dejado brotar de sí un gran silencio. En un instante, todo parece detenido: rio, bosque, cielo…

Al fondo, en la otra orilla, un enorme lobo acaba de salir del agua y corre, veloz como una centella, a perderse entre las negras rocas, mientras, en el silencio primordial desatado por todo lo que comienza y nace, se percibe, desde la distancia, el ruido que un gran cuerpo produce al apartar de sí la vegetación en su carrera.
Chamanes y licántropos se transforman, cada uno a su manera, para emprender un gran viaje. Una parte de la naturaleza que está más próxima a ellos, les arropa y proteje, por asi decir, en ese cambio, y cambia también, a su vez, con ellos, de manera que asistimos a un proceso complejo cuya naturaleza dual y correspondiente ha sido descrita muchas veces en los registros milenarios de numerosas culturas y hasta ha llegado a ser reproducida en las escenas representadas en determinados petroglifos y grabados del arte prehistórico.

Los chamanes nacieron, según parece, en el paleolítico. Entonces, las creencias hablaban de un mundo lineal, extendido por las estepas y a lo largo de los grandes continentes, cruzados por cadenas de montañas. El mundo vertical, ese formado por tres planos -cielo, tierra e infierno o mundo inferior- vendría más tarde, en el neolítico, con la agricultura, la ganadería, el alfabeto y el comercio. Mientras tanto, las cavernas, uteros de la Tierra Madre, imágenes y metáforas de un entorno recogido y secreto cuyo recuerdo permanecía en cada uno de los seres humanos, desde el nacimiento hasta la muerte, eran lugares donde invocar aquellos poderes misteriosos e inquietantes, desprendidos del suelo, del calor y la humedad primordiales.

Los licántropos surgieron, quizá, casi al mismo tiempo que los chamanes. Recordemos el castigo recibido por Licaon, rey de Arcadia, cuando, en un banquete, ofreció carne humana a Zeus. Fue condenado a convertirse en lobo y así arrastró consigo, además de la maldición del padre de los dioses, una parte de ese poder de transformación y de cambio que el propio Zeus también poseía. Al fin, el gran dios olímpico pasaba por ser asimismo un dios-lobo, Zeus-licaios, cuyo santuario más sagrado y prohibido se levantaba en las laderas de algunas montañas de Arcadia. Allí, las hogueras quemando la carne de los sacrificios, humeaban siempre, dia y noche. Y nadie podía pisar aquél suelo sagrado sin perder inmediatamente la vida. Juego de cuchillos. Juego de sangre.

Los licántropos vagaron durante largo tiempo por los bosques primordiales, cazando a sus presas entre los viajeros que se atrevían a internarse por aquellos territorios. Cuando no tenían bastantes, hacían grandes razzias en los poblados próximos, cuyos habitantes creían entonces ser atacados por los muertos y pronto comenzaron a levantar defensas para combatir esta amenaza: empalizadas y murallas cubrieron el terreno libre y en sus postes aguzados, los pobladores clavaban siempre cabezas de lobo, para espantar y rechazar así a los asaltantes.

Chamanes y licántropos tuvieron, tal vez, hace muchos, muchos, miles de años, un nacimiento muy parecido y quizá más cercano entre sí de lo que se piensa habitualmente. ¿No existen algunas cuevas en las que pueden verse, sobre las paredes más alejadas y sumergidas en una oscuridad perpetua, figuras de contornos semi-humanos, de las que parecen deslizarse cabezas con grandes colmillos y pezuñas de fiera? ¿Se trata, tal vez, de un chamán recubierto con su traje mágico -la piel de uno de sus animales-espíritu- o de un licántropo, ya casi transformado, a punto de chamanizar?

La historia de las transformaciones, de los grandes cambios interiores, es una historia no escrita. No aparece en documentos ni en textos. No suelen hablar de ella voces brillantes de nuestro mundo. Aunque a veces es murmurada, casi susurrada al oido, por los más sabios y los más viejos. Pero se halla grabada en nuestro espíritu y también en lo que sale de nuestra mente. No sólo aparece en los genes, sino, sobre todo, se muestra en el desarrollo de la experiencia que se hereda, en ese conocimiento y saber almacenado en lo inconsciente colectivo, tantas veces ignorado y menospreciado.

Carl Gustav Jung sabía algo de todo esto. Quizá conocía sobre ello mucho más de lo que imaginamos. Y parece que quiso plasmarlo en los dibujos, cuidadosamente trazados, amorosamente diseñados durante años, de su Libro Rojo. Contemplar esas láminas produce estremecimientos propios de algo inmenso que se revuelve, de una entidad oscura y de fuerza terrible, retenida por largo tiempo y que ansía liberarse.

Podeis comprobarlo cuando queráis. Contemplad los testimonios legados por Jung. Caminad por los bosques en la noche. Oid al lobo que canta a la luna, a la oscuridad y a la Gran Madre desaparecida. Y, sobre todo, escuchad el gran rumor, viejo como la tierra, antiguo como la Vieja de las Viejas, que se desprende de vuestro interior.

Pero, aceptad un consejo bienintencionado. No os acerqueis al rio, ni querais contemplaros en el espejo que forman sus aguas en la oscuridad, especialmente cuando todo está en silencio y puede escucharse la llamada que quizá todos esperamos desde hace tanto tiempo, a la que tememos y al mismo tiempo deseamos, responder.

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Bibliografía sucinta:

– Walter Burkert, Homo necans.

– Marcel Detienne, Apolo con el cuchillo en la mano.

– Mircea Eliade, El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis.

– Claude Lecouteux, Hadas, brujas y hombres-lobo.

Y, por favor, no dejeis de leer -o de releer, si es el caso- mi pequeño cuento titulado “Lobo”, en este mismo blog, Historias del antropólogo errante. Está basado en un hecho real. O al menos, eso juraba quien me lo contó una noche de lluvia y de miedo, allá por….

JOSÉ LUIS CARDERO

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EL BOSQUE DE LOS SIGNOS MALDITOS

Existen lugares en los cuales hasta los mismos dioses temen entrar.

Allí, entre las hojas quietas de los árboles y las oscuras avenidas que conducen hacia la nada, se mueven unas entidades extrañas, más presentidas en realidad por alguna ignorada y oculta sensación, que vistas y percibidas con los sentidos ordinarios.

Son las avanzadillas , los primeros exploradores de lo numinoso que se acerca.

Ello se ha representado, a veces, mediante curiosas formas de ídolos sin apenas una cara reconocible, donde los ojos están insinuados con unos breves trazos, o por unos agujeros que esconden, en su interior, toda la oscuridad temerosa del Abismo.

¿Nunca se han preguntado que es lo que realmente representan esas figuras de los petroglifos, qué quieren decirnos aquellas siluetas fantasmales dibujadas en las cuevas o fijadas desde hace siglos, tal vez milenios, en las grandes y secas paredes del desierto? ¿O que nos indican esas otras colocadas en el interior de los ortostatos de ciertos monumentos megalíticos, como este de Arquiña da Moira (Portugal), que representamos en nuestra introducción?

En una traducción corriente, “Arquiña” equivale a una arqueta, precisamente la imágen que mejor representa a un anta, dolmen o “mesa de piedra”. La Moira -o Moura- es, desde luego, un personaje del otro mundo. Recordemos las “mouras” y “mouros” que pueblan los monumentos megalíticos, antas y mamoas, en Galicia. Recordemos también a los Thuatha De Dannan irlandeses, habitantes del inframundo. Y no dejemos de recordar que todos estos monumentos y estructuras de piedra, a veces recubiertos con una gruesa capa de tierra y vegetación, son entradas muy comunes, conocidas y privilegiadas para acceder al Más Allá.

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Signos Malditos son aquellos de los que nadie habla, aun cuando no se pueda evitar pensar en ellos una y otra vez, o verlos por todas partes hacia donde uno mire: paredes, casas, papeles que corren por el suelo, hasta las ranuras de adoquines y baldosas forman dibujos de ellos, de vez en cuando, como despertados por algún artista invisible.

En ciertos bosques muy antiguos esos signos aparecen sin que uno pueda evitarlo. Pero es necesario decir que eso de la antiguedad de los bosques viene a ser una manera de disimular la realidad de las cosas, es decir, de mentir y engañar a todos aquellos a los que convenga. Porque en este despliegue de los signos existen muchas intenciones que es necesario sortear. Y también aparecen no pocos fantasmas y espíritus desasosegados.

Hemos estado en esos bosques y los hemos visto allí, unos grabados en las cortezas de los árboles y otros sobre las rocas y en los restos de ciertas ruinas que por esos lugares quedan de una época no demasiado agradable. Algunas almas perdidas vagan en medio de las sombras que de todo ello nacen, anhelantes y ávidas, chasqueando unos dientes blancos que no parecen demasiado espirituales, sino que brillan como cuchillos en la noche. Tal vez convendrá guardarse de ellos como de la muerte que representan.

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Y en esto, creo que deberíamos preguntarnos ¿De donde viene el temor de los dioses? ¿De donde la expresión ceñuda y como de espera, de estar en guardia, que a veces muestra su rostro?

Es necesario recordar, al menos en nuestro mundo, que los dioses son también -casi como nosotros mismos- unos recién llegados. Así, las religiones han nacido como expresiones de lo sagrado, pero lo han hecho ya muy organizadas y especializadas desde el punto de vista cultural. Es decir, son instrumentos sociales relativamente novedosos y recién incorporados al arsenal simbólico cognitivo humano, si se los compara con los eones que se cobijan en el abismo espacio temporal abierto alrededor del universo que nos contiene. Y los dioses -todos los dioses- son productos de la institucionalización religiosa de lo sagrado. Es decir, son entidades que se han impuesto y prevalecido desarrollando una lucha terrible contra algo más viejo. Esa lucha todavía no ha terminado. Y de lo incompleto, de lo no acabado, siempre nace el miedo.

En ese abismo oscuro de las edades sin nombre se cobijan presencias inconmensurablemente más viejas que los dioses y aún más antiguas que lo sagrado mismo. Tan viejas son, que ya lo eran, ya podían considerarse vetustas e inmemoriales, cuando de los dioses no había ni siquiera noticia. En la Antiguedad existen referencias de este tipo de entidades. Por ejemplo, de aquellas que, en la noche, vagaban entre las moradas de los pequeños poblados fortificados, arrastrándose y arañando en las rocas, mientras los individuos permanecían en silencio, procurando pensar en otra cosa, intentando dominar el terror que les brotaba de dentro, mientras escuchaban aquellos sonidos llegados de la fría oscuridad exterior.

Desapariciones, siempre había. Miedo, siempre dejaba sentir su garra al paso de la muerte dura o de quien sabe. Rezar, no se podía. Los dioses quedaban lejos. ¿Acaso creeis que esas murallas, cuyos restos semiderruidos todavía pueden verse en los yacimientos, estaban concebidas sólo para rechazar a los asaltantes humanos?

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Dicen Algunos, que puede abrir las apreturas donde se encuentran para trabajar con los Signos y devolverles así a Ellos su Forma Antigua, la que tenían en Otras Edades.

También dicen de tomarlos a Su Servicio, hiriendo gentes, matándolas o desapareciéndolas de modo Cruel y Doloroso, para robar bienes escondidos y coger oro de los arroyos montañeses.

Todo ello conociendo los Secretos y los Signos. Pero no es ese el principal Poder ni la Preocupación mas grave…

(Ludovicus Arct.Silen. Arte Prima)

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También estaban los bosques. En los Primeros Años, tras las grandes inundaciones y los grandes frios, los bosques más primitivos que habían sobrevivido albergaron muchos tipos de entidades. Algunas de éstas se reproducen fielmente en ciertas pinturas rupestres, en las que también suelen representarse las aberturas del Otro Mundo, a través de las cuales se deslizaban hacia nosotros presencias difíciles de imaginar. Los chamanes las llamaron entonces -y también las denominaron así muchos milenios después- “animales espíritu”. Pero, por lo que la tradición nos cuenta, parece un error suponer que en el caso de tales “animales espíritu” pudiera tratarse de algún tipo de presas ideales, representativas, aunque fantasmales, de animales verdaderos destinados a llenar el zurrón de los hambrientos cazadores que aguardaban. Quizá, en verdad, las presas no eran precisamente ellos, los “animales espíritu”, sino otras criaturas, que trataban de huir desesperadamente en la noche por las veredas de los bosques, dejándose la piel entre ramas y espinos salvajes, mientras algo gigantesco y cruel las perseguía sin tregua.

Los bosques en general, cualquier bosque en particular, pueden ser caminos y umbrales tendidos hacia otras realidades. ¿Quién no se ha sentido observado, vigilado, seguido por ojos y por presencias invisibles, apenas adivinadas un poco más allá de la niebla, cuando, en soledad y pese a las advertencias recibidas, ha dirigido sus pasos hasta adentrarse en las espesuras de ciertos bosques?

Vale más no pensar sobre la naturaleza -y las intenciones- de los seres que pudieron habernos acechado en una ocasión cuando, al tratar de localizar los restos de un recinto funerario de esos a los que hemos denominado “Templos de la Swastika”, situado fuera de las murallas exteriores de un antiguo poblado celto romano y cerca de aquellos muros derrumbados por milenios de lluvia, creimos sorprender entre los árboles del bosque próximo, la sombra de unas siluetas furtivas, medio desvanecidas más allá de remolinos y girones de niebla.

Algo más antiguo que los dioses, algo que continúa siendo ajeno a la humanidad y que no entra en los juegos de reglas y normas concebidas para proteger esos minúsculos puntos de luz encendidos en medio del gran reino de las sombras, permanece al acecho, aguardando su ocasión. Así, sabiendo esto los Antiguos, concibieron determinados recintos, a los que ahora se atribuye un carácter funerario o una condición lustral, dotados con un poder destinado a controlar, de alguna manera que hoy desconocemos, las temibles energías puestas de manifiesto, liberadas en cultos como el de la Magna Mater o en el culto de los muertos, que figuran entre los más antiguos, tal vez entre los primeros, articulados por nuestros remotos ascendientes.

Algunos de estos recintos, en cierta manera, permanecen activos todavía hoy. Junto a ellos, en la noche, cuando llega la niebla, pueden escucharse unos sonidos y experimentarse unas sensaciones de naturaleza muy especial. Recuerdo que, una vez, intenté grabar un testimonio de las horas pasadas en una larga guardia y de lo que se oía de vez en cuando desde mi puesto, entre la lluvia y el viento que asaltaban mi pequeño refugio. Ruidos lejanos como de gente moviéndose entre los árboles. También algo así como una colección de cantos y salmodias en los que parecían repetirse ciertos motivos vibrantes. Y el sonido inquietante de muchos pasos, acercándose en la oscuridad y desapareciendo de pronto. Presenté el resultado de mi trabajo a un experto, viejo conocido mío. Cuando analizó la grabación, palideció visiblemente y se negó a hacer comentarios. Me devolvió la cinta, pidiéndome, en nombre de nuestra amistad, con una insistencia extraña, que olvidadase todo aquello.

No me di cuenta hasta más tarde, pero cuando volvieron a dejarse oir aquellos sones extraños en el estudio de mi amigo, la noche, que hasta entonces se había anunciado tranquila y estrellada, se cubrió de nubes, mientras una niebla espesa y amarillenta comenzaba a invadirlo todo.

La niebla del bosque y de los muertos que vuelven, pensé, mientras mi amigo se despedía rápidamente, cerrando la puerta de su casa y corriendo todos sus cerrojos.

Aunque tal vez convendría preguntarse de qué iban a servir, llegado el caso, cerrojos y cadenas, frente a lo que se aproximaba a nosotros, aleteando y arrastrándose, desde la terrible mueca de la noche y del tiempo sin nombre.

Nel mezzo del cammin di nostra vita
mi ritrovai per una selva oscura
ché la diritta via era smarrita.

(Dante Alighieri. La Divina Commedia. Inferno. Canto I)

JOSÉ LUIS CARDERO

http://www.joseluiscardero.com/pivot/tb.php?tb_id=59

MAGOS Y ADIVINOS AZTECAS

BreveHistoriaAZTECASTraigo aquí un capítulo del libro Breve Historia de los Aztecas de Marco Cervera

CIENCIAS DE LO OCULTO: MAGOS Y ADIVINOS

Los seres humanos podían acceder a una comunicación directa con lo sobrenatural por otros medios, además del sacrificio. También existía una serie de técnicas que podían llegar a establecer contacto con lo divino. Este tipo de acciones del hombre son una serie de saberes y técnicas que permiten una comunicación directa con ese mundo poco accesible, pero este conocimiento era sobre todo oculto, no podía acceder cualquiera a este saber, que si embargo era un conocimiento que ponía al hombre en una situación de subordinación respecto a lo sobrenatural; nos referimos a la magia y la adivinación.
Una de las principales fuentes de investigación en torno a la magia mexica es, por un lado, la fuente escrita, pero sobre todo la gran cantidad de conjuros que durante el siglo XVII Ruiz de Alarcón pudo recobrar de diversos estados de México como son Guerrero, Puebla y Morelos, y que se publicó bajo el nombre de Tratado de supersticiones…
La magia, por una parte, debe ser considerada como una técnica para acceder a lo sobrenatural en una acción personalizada dirigida a convencer, amedrentar o engañar, mientras que la adivinación es una acción dirigida solo a conocer. De esta manera, los magos del mundo mexica conocían por lo menos dos técnicas básicas para convencer a las fuerzas sobrenaturales: el nahualatolli o lenguaje de lo oculto, lenguaje que solo ellos podían conocer, en el cual intervenían el cliente, sus colaboradores y los agresores. Parte de este lenguaje incluía el conocer el nombre secreto de las cosas, de manera que permitiera a los magos una acción directa de estos seres en su forma secreta. Este tipo de lenguajes
puede también ser conocido como conjuro.
La segunda técnica registrada es a través del consumo de psicotrópicos, que permitían acceder al mundo de los dioses. La magia estaba muy conectada con otras actividades de gran importancia como la medicina, y pese a que la magia era un acto solo para especialistas, había quien podía conocer algunos conjuros para activarlos en la vida cotidiana, como durante la pesca, la siembra, la caza o incluso la tala de un árbol, como afirma López Austin, una de las principales autoridades en este tema. Imaginemos por un momento, como puede suceder en el México actual en las comunidades indígenas, a un joven leñador que antes de actuar para poder derribar un árbol sabe que este ser de la naturaleza está formado por una materia pesada y mundana y solo necesita utilizar su hacha para derribarlo, pero a su vez sabe que una parte de ese árbol está formada por una pequeña parte de sustancias divinas, por lo que antes de cortarlo pronuncia un conjuro para evitar ser dañado por el árbol. Este tipo de actitudes era común en el México antiguo dentro de la vida cotidiana, pero cuando la acción era más importante, como inaugurar una casa o desarrollar algunas técnicas adivinatorias y medicinales, era necesario recurrir al especialista.
De esta misma forma se podía ejercer la magia medicinal mexica. Por un lado se actuaba sobre la naturaleza y se ejercía también una acción dirigida a los aspectos sobrenaturales que empeoraban la lesión, la enfermedad o la cuestión patológica que se tratara. Se concebían de esta forma dos tipos de enfermedades: la enfermedad mágica y la sobrenatural. La mágica se distinguía porque estaba causada por hombres como chamanes o brujos y podía curarse por la intervención humana; mientras que en la segunda es necesaria la petición de la cura a los seres sobrenaturales. Así, los mexicas mezclaban técnicas que debemos decir “científicas”, mágicas y en ocasiones religiosas para curar las enfermedades. De esta forma, los mexicas consideraban que una
buena parte de las enfermedades eran causadas por objetos mágicos, por humanos o por seres naturales que se infiltraban en el cuerpo. Los
médico-brujos utilizaban parte de sus conjuros, llamados nahuallatolli o discurso de los brujos, que producían un efecto de tipo placebo sobre
los pacientes. Además, suministraban sustancias y medicamentos que eran los que en realidad les curarían las enfermedades. Por ejemplo, cuando se daba la picadura de un escorpión se chupaba el veneno, se administraba tabaco sobre la herida y se invocaba el mito del origen de los escorpiones. Mucho se relacionaban las características del medicamento para curar enfermedades con características similares. Por ejemplo, con la Flor de corazón “yoloxochitl” trataban de curarse enfermedades cardíacas, con la hierba llamada tzotzoca tzihuitl, “hierba verruga”, se curaban las verrugas, etc. Pero las enfermedades no solo podían curarse con hechizos y conjuros y la asociación simpática de la cura y la enfermedad, sino que también existía un fuerte conocimiento de la medicina herbolaria con una larga tradición que aún se utiliza en el México actual y que está reconocida por la medicina científica. Esta herbolaria, de la que existe una gran abundancia en los recursos naturales mexicanos, fue sobre todo entendida por los antiguos mexicanos y fue uno de sus principales recursos para curar realmente sus malestares. Muchos de estos medicamentos naturales presentan propiedades curativas reales, que con una buena administración pueden ayudar a contrarrestar varios malestares. En alguna ocasión una mujer mazahua del estado de México me comentó que a su madre le habían hecho una brujería, pues recordaba que desde su ventana todos los días veía cómo un burro se paraba frente a su casa e inclinaba la cabeza y el cuerpo frente a esta. En otra ocasión, decía que constantemente veía cómo un perro de color negro también se acercaba a la puerta de su casa, tomando la misma actitud que el burro. Ella explicaba esto y lo justificaba diciendo que un brujo que vivía cerca de su pueblo estaba intentando lanzar una serie de hechizos malignos sobre su casa y su madre.
En el lenguaje popular de muchos pueblos de casi cualquier parte de la República Mexicana es también común encontrar narraciones de gente que dice observar a lo lejos luces brillantes que vuelan por los cielos, luces que generalmente se observan en lo alto de los cerros y que son solo explicables a ojos de los habitantes de estos pueblos como “brujas” que están rondando las casas para chupar la sangre a los niños. Dicen que estas “brujas” son mujeres como cualquier otra y que por las noches suelen quitarse los brazos y las piernas y dejarlos en un fogón para que el calor conserve las partes y se transformen en pavos para salir volando a buscar a sus víctimas. Argumentan diversas formas mágicas para evitar que entren a las casas, como colocar unos pantalones del revés en la puerta, un vaso con agua o unas tijeras. La larga tradición de la magia precolombina explica todas estas narraciones fantásticas por la conservación de muchos de estos rasgos mágicos.
Se sabe de la existencia en tiempos mexicas de un tipo de magos malvados, conocidos en lengua náhuatl como nahuales, cuyas características son precisamente las mismas que se manejan en las sociedades indígenas de ahora y que se contemplan bajo este tipo de narraciones fantásticas. Existían en tiempos mexicas diversos tipos de magos malvados que tenían una infinidad de procedimientos para hacer el mal a sus enemigos, como soplar el maleficio sobre la gente, quemar las efigies de sus víctimas o dormir a sus enemigos con pases mágicos para robarles. Se creía en un tipo de magos llamados teyolocuani que comían el corazón de sus enemigos. Pero de todos los magos, los más característicos y que se ajustan a las descripciones actuales eran los llamados mometzcopinque, los cuales, como ha registrado López Austin, “se arrancaban las piernas, colocaban en los huecos unas patas de pavo y salían volando con propósitos maléficos”. Hechiceras que podríamos identificar como las famosas brujas de sitios como Peña de Lobos en el Estado de México. Y por supuesto, los nahuales, quienes tenían la propiedad de transformarse en otros seres tomando la forma de muchos animales como pumas, jaguares, perros, pavos o bolas de fuego. Pero este, a diferencia de las creencias actuales, no se consideraba un mago malvado necesariamente. Nuevamente el uso de psicotrópicos y la auto mortificación eran los medios por los cuales los adivinos podían acceder al conocimiento de un absoluto presente, integrándose como observadores en la geometría cósmica antes descrita. Así, se podían conocer los secretos del pasado, del futuro y de lo oculto. Por ello estaban muy solicitados, para hacer cosas tan ambiguas como reencontrar las cosas robadas o hasta a la mujer desaparecida del marido. También podía precisar a través de las cuentas calendáricas y de los registros históricos fechas específicas, tanto malas como buenas Por ello, dependiendo de las combinaciones podían ser fechas de mala o buena suerte. Me refiero a un tipo de personajes que en tiempos prehispánicos se consideraban adivinos. Estos estaban presentes en el momento en que un niño nacía, ya que justo después se le otorgaba un nombre secreto o calendárico que le revelaría mucho de su presente y su futuro en esta tierra.
En la actualidad, pese a que el estudio de la religión mesoamericana es, a mi juicio, uno de los temas más fructíferos, aún siguen vigentes diversos problemas que causan polémicas, como pueden ser la unidad y diversidad de la religión mesoamericana y sus transformaciones históricas, el asunto de los sacrificios humanos en general y sobre todo su función social, el problema del calendario y su grado de precisión. Con este tema llegamos al final de nuestro viaje por un mundo que, después de más de 200 años de investigación, aún sigue presentando grandes momentos en su proceso de conocimiento.
Hay quien dice, ignorantemente, que todo está ya descubierto, pero ¡véanse los recientes hallazgos del Templo Mayor! Yo más bien me admiraría por todo lo que falta por descubrir.

MARCOS CERVERA   Editorial Nowtilus

ESTADO DE CONCIENCIA CHAMÁNICO

Cuando el chamán conduce una ceremonia de sanación se superponen los mundos mítico y temporal. Los chamanes verán espíritus de familiares muertos, espíritus de plantas y tendrán visiones del pasado y del futuro en una suerte de estado hipnagógico. Serán capaces de mantener dicho estado de conciencia durante mucho tiempo. La mayoría son capaces de hacerlo utilizando las plantas alucinógenas como sus “guías”; sin embargo, no todos las necesitan.

Pero me parece que las plantas son vitales para una curación seria en nuestro mundo occidental. Aunque tal vez me vea en aprietos al sugerirlo, creo que el mundo occidental debe empezar a tener un punto de vista más tolerante con respecto a las substancias sagradas y productoras de visiones, en particular cuando dichas sustancias se toman bajo la guía de un chamán; una persona con conocimientos sobre el mundo de las plantas.

No puedo siquiera concebir la ingestión de ayahuasca como algo recreativo. Sería peligroso hacerlo. Pero creo que dicha substancia puede ser utilizada por la profesión médica, con la participación de Ayahuasqueros, para sanar muchas enfermedades, mentales/corporales graves. (…)

Dejad que explique porque creo que la ayahuasca puede servir para este propósito, recordando alguna de las observaciones sobre mi mismo cuando la tomé, y de las que hablé con el Dr. Cabieses en Lima.

Recordé las fotografías que tomé en el Perú. Me gusta hacer tomas panorámicas, que dan como resultado una foto superpuesta a la siguiente cuando están en la mesa. Ahí está la vista completa, pero la elección de lo que quiero ver y recordar es mía. Para hacer una serie de tomas del horizonte del cielo sobre el Machu Picchu, uno debe elegir lo que quiere registrar. La conciencia normal es como elfotógrafo que dispara escenas seleccionadas para ser recordadas. Con la conciencia normal solo se ilumina una escena a la vez.

Con la ayahuasca se ilumina todo el cielo del inconsciente a la vez, como si el fotógrafo poseyera una omnicámara capaz de registrar la imagen global del cielo de golpe. No simplemente una escena detrás de otra, sino de golpe, ahora y para siempre.

Considera el campo total de tu conciencia como el cielo hemisférico. Veo la percepción de la conciencia normal como si contemplara todo a través de unos omniobjetivos, que a medida que pasa el tiempo se ensucian y rayan. El que se hagan borrosos se debe a que estos omniobjetos se cubren de una gran costra. Dicha costra tapa y excluye todas las cosas de la vista, excepto un pequeño fragmento de luz.

Bajo los efectos de la ayahuasca, la costra, de repente, se disuelve y puedo ver todo de golpe. La psique herida se ve expuesta a los vientos de la ayahuasca, y por unos instantes, mi conciencia se ilumina. Pero luego la costra vuelve a formarse, haciendo lo que hacen todas las costras; proteger e impedir que el mundo externo infecte las heridas que todos sufrimos en los encuentros con nosotros mismos y con los demás.

Todavía recuerdo lo que me enseñó el exponerme al viento: ya no tenía necesidad de protegerme de la herida reviviendo una y otra vez el dolor de las experiencias pasadas, mientras andaba por la vida hacia nuevas situaciones. Ahora iba con los ojos abiertos y sin el antifaz de la protección de la costra. Ahora ya no actuaba de igual modo. No re-creaba mi vida con los antiguos patrones. En mi inconsciente había vuelto a nacer.

Pero eliminar la costra es doloroso. Verme como soy es doloroso. Todos vivimos en el seno de nuestras ilusiones sobre nuestro propio dominio de la vida. Incluso si este dominio fracasa, somos maestros a la hora de encontrar excusas para dicho fracaso. Si somos racionales frente a una falta, argumentaremos una y otra vez en el pozo de nuestra desesperación, olvidando lo que los vientos nos han traído: dolor y visión.

Ahora, al recordar dichos sentimientos, veía como la liana visionaria me había ayudado a ver mi propia psique bajo una nueva luz. Creo que cualquiera que sufra, como los adictos a las drogas y guerreros recuperados, experimentará un sentido similar de su propio destino y recuperación al emprender un viaje chamánico. Será capaz de volver a conectar los acontecimientos de su vida de un modo nuevo y cargado de más sentido. Si ello sucede, la causa subyacente de su enfermedad saldrá a la superficie, y al ser consciente de ella, la enfermedad del paciente desaparecerá.

Resumiendo, el estado chamánico de conciencia, tal como lo ponen a nuestro alcance la ayahuasca u otros medios de inducir una conciencia chamánica, permite a la persona verse a si misma bajo una luz mítica. Dicha visión proporciona un sentido de la compasión, una conexión con toda la vida: una nueva razón de existir. Pero para lograr esta comprensión hemos de dotar de más sentido a la vida física.

Fred Alan Wolf               La Búsqueda del Águila 

MITOS Y VISIONES CHAMÁNICOS

artehuichol1El mundo chamánico, normalmente, es un “tercer mundo”, uno, en ocasiones, primitivo y pobre. Se trata de un mundo en que los objetos de la tecnología occidental están ausentes o tienen muy poco sentido. Provenimos del mundo de la tecnología. Nosotros necesitamos un cambio de creencias. La introspección clave consiste en ampliar nuestro sistema de creencias más allá de las típicas cuatro paredes, un suelo y un techo, y el reloj del abuelo en la esquina. Hemos de empezar a darnos cuenta de que existe un mundo completo, un mundo real que está más allá del espacio y del tiempo tal como hoy lo conocemos.

Este mundo incluye las experiencias más ricas que puede tener el ser. Se trata del mundo mítico, tal vez el mundo de los arquetipos e ideales, tal como los vio Platón. Algunos investigadores ahora lo llaman “mundo imaginario”. Llamémosle como lo llamemos, ciertamente es un mundo que yo, como físico, he de considerar en mi propia cosmología, aunque en ocasiones quizá de un modo limitado.

Por ejemplo, no hemos visto nunca un electrón, pero creemos en su existencia. No tenemos idea de que aspecto tiene. Si tratamos de describirlo en términos de objetos familiares, su comportamiento es extraño. Nuestra imagen de él está solo en nuestras mentes, y, además, con dicha imagen conformamos una visión de como está construido todo el universo. En este sentido, los físicos, al hacer modelos del mundo invisible, penetramos en el mundo imaginario. Mi investigación sobre el mundo chamánico sugiere que podemos ir mucho más lejos en el mundo imaginario.

La sanación es un proceso misterioso. Mi modelo basado en la transferencia de energía vibratoria es solo un modelo. Puede estar equivocado. Nadie sabe realmente como sana el cuerpo.¿Cómo hace una célula de la superficie de mi pulgar para sanar un corte? No lo sabemos. Pero puede hacerlo. Los chamanes parecen sanar en términos de presencia espiritual. Este es su arquetipo. El físico cuántico espera ver el proceso de sanación en términos de ondas de probabilidad cuánticas. Tal vez son modos complementarios de ver lo mismo. Creo que son uno y lo mismo.

Si somos capaces de ver que son lo mismo, podremos encontrar un modelo adecuado para la sanación basado en arquetipos o elementos míticos, de modo parecido a como el físico descubre un modelo adecuado para la materia en términos de átomos. Ningún arquetipo puede casar perfectamente con una situación. De un modo muy semejante, ningún modelo del átomo casa con ninguna percepción clásica de un objeto solido. Los átomos no son cosas, como nos recordó hace mucho Heisenberg. Tampoco lo son los arquetipos. Pero creemos en los átomos y los consideramos cosas. Los arquetipos deben de considerarse de un modo semejante.

Veo al chamán que penetra en un mundo mítico, para sanar a un paciente, de un modo muy parecido al físico que entra en un laboratorio. Ambos lo hacen con el fin de entrar en un estado de conciencia acorde con sus tareas.

Fred Alan Wolf

Recogido de La Busqueda del Águila

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AMOR Y ENERGÍA SEXUAL PARA LA SANACIÓN

sexualYa he explicado que el odio y el amor son formas de energía vibratoria. Los fotones, las partículas de luz, actúan como el amor, un deseo de unirse en un mismo estado. Los electrones, las partículas de materia, actúan como el odio, un deseo de separación. La energía sexual es la danza entre los dos. Somos un compuesto de un cuerpo electrónico y uno fotónico. Para sanar, un chamán que actúe como sanador, inducirá una condición de resonancia en la luz del cuerpo fotónico. Las partículas de luz tienden a actuar de forma inclusiva y penetran en el mismo estado de resonancia. Ahora llegaba a la conclusión de que el cuerpo de luz que hay dentro de cada uno de nosotros es el lugar en que se produce la resonancia.

Haciendo un símil, al separar el cuerpo electrónico del fotónico, tendríamos tres cuerpos, no dos. Habría el cuerpo electrónico, el cuerpo fotónico, y el cuerpo que existe entre los dos. A éste le podemos llamar el cuerpo cuántico de conciencia. Era capaz de funcionar como chamán sanador en el seno de cada uno de nosotros.  El cuerpo electrónico tiene que ver con la supervivencia y es capaz de destrucción. El odio y la separación son sus dominios. Se trataba del ámbito del brujo. Cuando el brujo lanzaba un maleficio, sólo afectaba al cuerpo electrónico. Por tanto, una acción de un brujo es más potente sobre aquellos que se sienten poco amados y poco sexuales.

El curandero actúa para sanar, y actúa en el cuerpo de luz; el cuerpo fotónico. Cuanto más se acepta una persona a sí misma como cuerpo de luz, más amorosa es, y mayor es la acción del sanador.

El chamán actúa en el cuerpo cuántico. Orquesta la danza entre fotones y electrones. El cuerpo lo siente como energía sexual. Resumiendo, veo al amor como curandero, al odio como brujo, y al sexo como chamán.

Los chamanes son comunicadores, y el amor una energía de comunicación. “Enamorarse” le permite a uno sentirse comunicado con todo el universo. en un sentido mítico, los chamanes eran recordatorios de que todos estamos conectados. Somos, en un sentido muy real, una conciencia. Los chamanes eran conscientes de su conexión con todo el universo. Pero nosotros, que vivimos en el mundo occidental, no siempre somos conscientes de esta conexión. A veces se nos tiene que engañar para que creamos que esto es verdad.

Fred Alan Wolf    Recogido de La Búsqueda del Águila
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LOS CHAMANES VEN UN UNIVERSO VIBRATORIO

La realidad subyacente que manejan los chamanes es vibratoria. Se enfrentan a un mundo de vibraciones, ciclos y círculos, no a líneas rectas. La clave para entender su mundo era darse cuenta de que se trataba de un mundo vibratorio, un mundo de cantos sagrados, canciones, y percusiones rítmicas; un mundo diseñado para modificar la conciencia del paciente, que conseguía que éste sanara al sacar la mente fuera de su conciencia normal despierta y llevarlo al mundo del mito.

El punto principal era reconocer como se producía la sanación en términos de un sencillo modelo físico de vibración. Creo que los chamanes son capaces de producir en sus propios cuerpos y/o en sus sistemas nerviosos ciertas vibraciones que son capaces de absorber la enfermedad de un paciente.

(…) El chamán debe tomar la enfermedad del paciente para poder sanarlo. ¿Cómo se hace? Creo que la enfermedad se encuentra en los patrones vibratorios del cuerpo. El patrón vibratorio de una persona enferma contiene en su seno, literalmente, vibraciones enfermas. Puede tratarse de frecuencias o amplitudes adulteradas. Si involucran al sistema nervioso, pueden ser patrones vibratorios que se superponen a los impulsos nerviosos.

Para absorber estas vibraciones adulteradas, el chamán debe ser capaz de tomar la vibración de la persona enferma. Se trataba de una simple interacción de resonancia. El chamán y el paciente eran capaces de intercambiar energía. Los chamanes sabían como introducir esta vibraciones en sí mismos. Pero un paciente enfermo no. Puesto que la vibración de un chamán es fuerte y está determinada, de algún modo debe ajustar la vibración de la persona enferma para que resuene con la suya. Luego tomará la energía negativa de éste.

Pero para que esto suceda, el paciente debe pasar por una iniciación que le permita producir una vibración similar en su propio cuerpo. Los chamanes sanan entonces absorbiendo la enfermedad a través de la interacción de resonancia con el paciente. El chamán poseía la frecuencia sanadora. El paciente, al someterse al ritual, aprendía como estar en fase y frecuencia con el chamán y por lo tanto transferirle su enfermedad.

Puesto que la transferencia de energía exige una resonancia entre el paciente y el chamán, los chamanes eran vulnerables frente a los demás. Normalmente los chamanes que dirigen ceremonias absorben la enfermedad del paciente y luego la eliminan, por la orina, las heces, escupiendo, vomitando, etc. Sin embargo, si el paciente envía una vibración que coge desprevenido al chamán, éste, en especial si es vulnerable frente a alguna enfermedad, puede ponerse muy enfermo(…)

(..)había tres clases de sanadores mágicos: curanderos, chamanes y brujos. Los curanderos trabajaban con magia blanca: curaban utilizando hierbas, cantos y otras técnicas. Los brujos sólo trabajaban con magia negra: enviaban maleficios. Los chamanes trabajaban en ambos ámbitos; sanaban y podían producir enfermedades, incluso la muerte.

En consecuencia, la energía vibratoria transferida de la enfermedad podía ir en cualquier dirección. Se trataba de una calle de dos direcciones que comunicaba al chamán con el paciente.

En la mejor de las situaciones, la conexión de resonancia entre el chamán y el paciente, que permitía la transferencia de energía, era sentida por el paciente como energía amorosa.

Fred Alan Wolf

Extraído de La Búsqueda del Águila
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EL PODER DE LOS CHAMANES

artehuicholLos chamanes al parecer nacen, no se hacen. Los chamanes son sensibles a la tierra, y potencian esta sensibilidad utilizando, en sus rituales de sanación, plantas sagradas.

Paul Deveraux me confirmó que la geomancia demostraba la sensibilidad de las personas a un lugar. Recordareis mi especulación de que los chamanes eran probablemente aquellos individuos más sensibles a las energías anómalas de sus entornos.

Aún más, para mi era evidente que la gran diferencia entre la religión moderna y el chamanismo era el lugar en que se situaba a Dios. Todos los chamanes sienten los grandes poderes en términos de espíritus de la tierra y de espíritus celestiales. Recordad que Jamie Sans y Doug White convocaban a dichos espíritus de las cuatro direcciones, el cielo arriba, la tierra abajo, y en el caso de Jamie, el espíritu interno. Pero siendo un físico, lo que más me interesaba era mi descubrimiento de que el poder de los chamanes podía provenir de una radiación anómala encontrada en los lugares sagrados de todo el mundo, y de la presencia de plantas que modificaban la mente, y que parecían estar conectadas con los lugares de estos emplazamientos sagrados.

Los chamanes de Brighton me lo clarificaron. Señalaron que los distintos trucos utilizados por los chamanes tenían un poder limitado y funcionaban mejor en sus países de origen. Richard Duffon decía: “Somos organismos humanos nacidos en un fragmento particular de la tierra. Comemos de dicha tierra. Nuestras madres se han alimentado de ella. Somos lo que nuestras madres comieron y lo que fueron nuestros abuelos.” Los chamanes, estén donde estén, siguen siendo sensibles a las vibraciones propias de sus tierras.

Estoy convencido de que el poder de los chamanes está en la energía vibratoria, y de que dicha vibración está conectada a los patrones vibratorios del propio país del chamán.

Fred Alan Wolf

Recogido de La Búsqueda del Águila

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UNA APROXIMACIÓN AL CHAMANISMO (3)

hologramajediEl chamanismo es un modo de aprehender la realidad, una filosofía de vida, es un sistema de creencias, nociones y prácticas, con un método tan disciplinado, complejo y lógico, como el de la ciencia occidental, según la opinión de algunos respetados antropólogos. Los chamanes estiman que el mundo es un sistema donde todo está interconectado a todos los niveles. Todo lo que integra el mundo está vivo, no sólo lo que los occidentales conocemos como seres vivientes. El mundo lo perciben como manifestaciones de energía, como ondas o vibraciones energéticas. Los chamanes ven el unvierso como si estuviera formado por vibraciones, las cuales son pautas repetitivas que pueden observarse en los sistemas físicos más sencillos, como el sonido. En la física cuántica se pueden constatar vibraciones contenidas en las ondas de probabilidad de la materia atómica o subatómica. Estas ondas consisten en un patrón vibratorio y determinan la posibilidad de que tengan lugar acontecimientos físicos; sea donde sea en el tiempo y en el espacio en los que se manifiesten dichos acontecimientos, siempre estarán gobernados por la fuerza o amplitud de dichas ondas. Puesto que estas ondas no son materiales, poseen propiedades extrañas, como la comunicación que se mantiene entre dos partículas separadas, incluso kilómetros, tras una interacción, ya que sus ondas de probabilidad se han entremezclado. La observación sobre una produce efecto en la otra.

Este aspecto del efecto observador es muy importante para algunos modernos adalides de la validez de los postulados chamánicos, porque de algún modo, hace comunicar entre sí a la materia y la consciencia, descrita ésta como un proceso por el que un patrón de posibilidad-reconocimiento se reduce de una multitud de posibilidades a un sólo resultado exacto y preciso; el modo en que un observador elige observar afecta asimismo al objeto observado, conectándolos.

Pero la consciencia ha resultado muy escurridiza para los científicos y su denominación resulta siempre complicada, más aún, fastidiosa, por lo que muchos la suelen obviar y otros la intentan maquillar utilizando otras categorizaciones para describir la acción que se produce cuando existe una observación.

A este respecto el neurólogo Karl Pribram piensa que los estados conscientes están ligados a configuraciones neuroquímicas en los dominios de la sinapsis y las dendritas, pero también están unidos a la atención, volición y pensamiento. Los contenidos de las consciencia caen dentro de tres categoría principales: la construcción de una realidad objetiva personal y extrapersonal; la construcción de una narrativa o diálogo interno compuesto de episodios y acontecimientos, y la variedad trascendental de la consciencia que va más alla de la narrativa, al liberar su contenido de las limitaciones espacio-temporales, tan esenciales sin embargo en la construcción de la realidad personal y extrapersonal. En todo ello influye no sólo la química, sino también nuestras disposiciones de consciencia, aquello sobre lo que estamos enterados, los contenidos de la consciencia, las percepciones que nos llegan, y finalmente los mecanismos intencionales que nos dicen a que debemos prestar atención. Desde luego la consciencia resulta un tema un tanto escabroso y resbaladizo, aunque no seamos muy conscientes de ello.

Pero los chamanes no sólo ven las cosas intereactuando entre sí, creando relaciones de causa y efecto, sino que perciben algo parecido a una tela de araña de intercomunicación que también, como no, está muy próxima al modelo dibujado en los modelos cuánticos. En física se denomina no-localidad. Lo que significa que las acciones que suceden en un lugar determinado del universo pueden de un modo instantáneo afectar a acciones que tienen lugar en otro lugar distinto, aunque alejado.

Y si algunos chamanes acuden a su inmediato entorno natural para describir el universo como una tela de araña, algunos físicos occidentales, como David Bohm, acuden a su inmediato entorno tecnológico y describen el universo como un holograma. Bohm denomina al holograma el orden implicado. Este orden normalmente es invisible pero ya contiene todos los fenómenos posibles que pueden ser experimentados. Cuando se produce una experiencia, el orden varía. A este nuevo orden lo denomina orden manifiesto. Puesto que lo manifiesto es lo que se observa.

Se puede comprobar entonces como los últimos descubrimientos en física cuántica se acercan, según algunos, a los paradigmas que caracterizan al chamanismo, de ahí que agarren como posesos a esos postulados cuánticos muchos seguidores del neochamanismo, del que más tarde indicaré algo. Y no sólo utilizan conceptos de la llamada nueva física, sino también de la física molecular moderna, las matemáticas de la topología, o de la teoría del caos.

En este sistema de creencias chamánico se sostiene que un mundo ancestral e invisible, compuesto de manifestaciones de energía, beneficiosas y perjudiciales, rige en nuestro derredor, esas manifestaciones de energía pueden ser manipuladas y dominadas por los chamanes, quienes son los intermediarios entre el mundo racional o natural, y el sobrenatural.

Y esas manifestaciones de energía constituyen un nivel de realidad tan auténtico como el único de la realidad ordinaria en el que nos movemos en el mundo occidental. De hecho, los chamanes creen que la realidad está compuesta de energía, no de materia, y tal vez, como apunta Fericgla, la certeza de nuestra civilización occidental según la cual todo lo que no es visible o palpable físicamente no existe, no sea más que un rasgo de etnocentrismo cognitivo.

Los chamanes observan el mundo en consonancia con mitos y visiones que se asemejan poco o nada, y aún son contrarios, a las leyes físicas. Sin embargo, tampoco las ondas cuánticas son visibles, puesto que son construcciones cognitivas necesarias en nuestro mundo moderno para permitirnos comprender la materia atómica y subatómica. Pero, aunque algunos creen en ellas, no las hemos observado realmente. Son parte de un sistema físico mítico.

Para los físicos su existencia es parecida a la de los espíritus para los chamanes, porque el hombre formula conceptos abstractos en términos de lo conocido, lo rutinario; y lo conocido y familiar para unos no lo es en absoluto para otros. Es una suerte de relativismo cultural, como se ha visto antes en el ejemplo de la tela de araña y el holograma.

Aunque también pueden converger distintas concepciones, estoy dando varias muestras de ello, y se pueden hacer carambolas a tres bandas al respecto, como algunos que sostienen que el nivel mítico de la realidad, del que se ha escrito durante milenios, puede hallarse en las percepciones de los chamanes del pasado y del futuro. Pues según la interpretación transaccional* de la física cuántica, las ondas de probabilidad cuántica invisibles se originan en el presente, en el pasado y en el futuro. Para que se manifieste cualquier acontecimiento, estas ondas provenientes del futuro y del presente, o del pasado y del presente, deben interferir las unas con las otras en el presente. Este flujo de ondas se produce más allá del tiempo, en el sentido en que la acción completa de este movimiento es instantánea. Siempre según los postulados de la física cuántica, cualquier experiencia consciente resulta de un doble movimiento de la acción de una onda. Se trata de una onda de posibilidades, lo que se llama función de onda cuántica; esta se desplaza del aquí-ahora al allí-entonces y vuelve. De algún modo, los chamanes son capaces de construir visiones que tienen proporciones míticas y aparecen ante ellos como arquetipos en el sentido junguiano.

(continuará)

* Interpretación Transaccional: Según esta interpretación de la física cuántica, es posible que un acontecimiento futuro pueda resonar en un acontecimiento presente, de modo que un destello del futuro pueda percibirse en el presente. Para quién lo rebiba no habrá nada de extraño. Simplemente creerá que tiene una nueva idea o, en realidad tal vez un pensamiento de algo familiar. Esto es posible porque la cosmovisión de la física cuántica quizás esté mucho más cerca del círculo que de la línea recta. Se trata de un movimiento que va de un estado dado a otro estado, y luego vuelve de nuevo al estado original. Es una suerte de movimiento circular. Se llama la “multiplicación de la onda cuántica por sus complejos conjugados”. No es nada más que un movimiento vibratorio que va del presente al futuro, y luego vuelve del futuro al presente, multiplicándose a sí mismo cuando una señal de onda de radio modula una frecuencia de onda mensajera