¿FUERON LOS INCAS UN IMPERIO?

El Tahuantinsuyo floreció entre los siglos XV y XVI y su capital estaba en Cusco, Perú.

PIERINA PIGHI BEL    ¿Hubo alguna vez un Imperio inca?: la visión de Jago Cooper, director de América del Museo Británico

Los incas se extendieron desde Ecuador hasta Argentina, conquistaron otras culturas y el poder se concentraba en una persona.
Esta descripción suena a la de un imperio, pero ¿los incas lo fueron en realidad?
María Rostworowski, una de las principales historiadoras en Perú de esta cultura, prefería no usar esa palabra por ser muy propia del “Viejo Mundo”.
Ella prefería usar “Tahuantinsuyo” (cuatro regiones unidas, en quechua).
Pero el arqueólogo británico Jago Cooper, autor del documental “Los incas: amos de las nubes” (2015) (y otros investigadores) sí llama “imperio” a esta civilización, pero uno “no occidental”.

Jago Cooper también ha filmado las series de documentales “Los reinos perdidos de América del Sur”, “Los reinos perdidos de América Central”, “Isla de Pascua: misterios de un mundo perdido” para la BBC (Foto: IWC Media).

¿Qué tenían los incas de un imperio y qué no? ¿Qué hizo única a esta cultura andina?

El arqueólogo Cooper, también curador y director del área de América en el Museo Británico, en Londres, participa con su documental en el Hay Festival de Arequipa y le respondió a BBC Mundo estas preguntas.

¿Imperio o Tahuantinsuyo?

Si digo “Tahuantinsuyo” nadie va a saber de qué estoy hablando, a menos que hayan estudiado la historia inca. Es un concepto muy diferente de cómo las cuatro regiones (que lo formaban) se unen.
Estoy de acuerdo con que “imperio” es una palabra nacida a partir de una percepción occidental, pero debes usar palabras que la gente entienda.
Además, los incas cumplen ciertas características de “imperio”.

¿Como cuáles?

Son un imperio en el sentido de que tuvieron gran extensión geográfica, control centralizado, el poder estaba organizado jerárquicamente, tenían un sistema de medida como los quipus (sistema de contabilidad), un marco ideológico que unía a la gente, y ese tipo de cosas.

¿Y por qué imperio “no occidental”?

Los incas fascinan a la gente porque representan un modelo diferente de imperio y de sociedad compleja.
Juntaron a cientos de miles de personas juntas bajo un solo marco cultural, pero en una forma muy diferente a como lo hicieron los griegos, los romanos y los egipcios.
Una forma diferente a cualquier cosa que haya surgido en Europa, que ha dominado la comprensión que la gente tiene de “civilización”.

La ciudadela de Machu Picchu fue descubierta al mundo por Hiram Bingham en 1911

Una de las diferencias con Europa que mencionas es que los incas pensaban que el pasado, el presente y el futuro eran paralelos (suceden al mismo tiempo) y no lineales.

Si crees que todos tus ancestros y tus descendientes están viviendo en tiempos paralelos, mirándote y viendo tu comportamiento y tu estás viviendo con ellos, y que son parte del entorno físico, cambian completamente tus decisiones.
Eso explica por qué sacaban a las momias en procesiones, al público.
La gente que podía mediar entre las diferentes vidas era muy poderosa.

¿Era posible que los incas hablaran de una persona muerta como si estuviera viva?

Sí, totalmente posible.

Esto debe haber sido confuso para los europeos cuando llegaron.

Muy confuso. Los europeos no tenían ni idea de lo que estaba sucediendo y eso tenía un gran impacto en determinar la fecha de muerte de alguien, el tiempo en el que alguien había vivido.
Si crees que el pasado, presente y futuro son paralelos, lo único que los une es un lugar físico. Una montaña, una piedra particular se convierte en el punto de conexión entre el pasado, presente y futuro.

Lo que para los europeos era una cima de una colina, para los incas podía ser un lugar sagrado, de gran importancia.
La gente todavía no entiende esas percepciones del paisaje, la importancia de los lugares.

Machu Picchu estaba en el centro del Tahuantinsuyo.

¿Qué otras diferencias tenían con Occidente?

Una de las diferencias es que nadie más creó un imperio en un terreno como el de los Andes, que es un paisaje extraordinario.
Los incas tuvieron la habilidad de atraer comunidades de una gran variedad de regiones diferentes, desde el desierto hasta la selva, desde Argentina hasta Ecuador.
Crearon un imperio que combina regiones. Es extraordinario. Los romanos se extendieron en Europa, pero no tenían bosques tropicales, no tenían desiertos.

¿Cómo atrajeron a tantas comunidades?

Otra de las diferencias es la forma en la que los incas se expandieron.
Esta forma se basó en atraer a las comunidades para que se unieran al imperio, en vez de usar la fuerza (la usaban solo si era necesaria).
Persuadían a la gente de que lo que ofrecían era muy bueno, para que quisieran volverse incas.

¿Qué les prometían?

Les ofrecían el desarrollo que alcanzaron en sistemas de caminos, comercio, transporte de bienes, almacenamiento de comida…

Esto es diferente de todo lo que se ve en los modelos europeos.
También eran tolerantes con otras religiones.

La ciudadela de Machu Picchu es una de las siete maravillas del mundo moderno.

¿Y cómo lograron esas ventajas en tan pocos años?

En los modelos occidentales se requiere que los imperios desarrollen ellos mismos las cosas.
Pero cuando surgieron los incas, que representan solo unos cuantos cientos de años de la historia de Perú, ya había comunidades muy complejas ahí y en América del Sur (a las que absorbieron).

Aparecían en una región y le decían a la gente “pueden comerciar lo que producen, nunca van a pasar hambre, pueden mantener su religión, su estilo de vida, solo los vamos a incorporar a una estructura más amplia”.

¿Por qué crees que la gente debe ver tu documental o saber estas cosas de los incas?

Mis programas abren una pequeña ventana a la maravilla de los incas.
La gente que nunca ha escuchado sobre ellos puede tener una pequeña introducción que desafíe su manera de ver el mundo y eso es algo muy bueno.

Pierina Pighi Bel
HayFestivalQuerétaro@BBCMundo

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MISTERIOS DE WAQRAPUKARA

Waqrapukara es tan desconocido que hasta ahora no se ponen de acuerdo en su verdadero nombre.
En runasimi “waqra” es cuerno y “pukara” el equivalente a fortaleza. Viendo la fotografía el nombre es más que elocuente. Pero los pastores de las comunidades de Acos, al sur de la ciudad de Cusco, también lo conocen como Llamapukara: “no son cuernos –aseguran– son las orejitas de una llama que está alerta ante la presencia de foráneos”.

Pese a su ubicación casi inexpugnable –en lo alto de un pico sobre los abismos que dan al cañón del río Apurímac y sobre los 4 mil m.s.n.m.– por lo menos son cuatro los antiguos caminos que llevan a esta fortaleza.

Sin duda, ambas “orejas” o “cuernos” fueron motivo de sacralización entre sus constructores. Lo mejor conservado son sus muros, escaleras, terrazas y aposentos de piedra finamente tallados al mejor estilo inca clásico.

Para el arqueólogo Miguel Cornejo, Waqrapukara representa la “arquitectura del poder. Es un santuario inca de primer orden, que denota un inmenso poder político y religioso aún no descifrado”, asegura Cornejo. “Antes de acceder a Waqrapukara se llega a un espacio formado por la erosión fluvial y eólica. Todo el entorno natural advierte desde lejos que se está llegando a un sitio especial, fuera de lo común, de una belleza incomparable”, añade el arqueólogo de la PUCP.

Waqrapukara es un buen destino de turismo de aventura y vivencial. Lo cierto es que esta ruta no pide turistas, requiere expedicionarios.

A diferencia de otros destinos con multitud de visitantes, en Waqrapukara se puede acampar en los alrededores. Recomiendo gozar el cielo nocturno. Quizás encuentre la razón por la que sus antiguos constructores eligieron este lugar mágico y misterioso.

LA REPUBLICA

EL DESCUBRIMIENTO DE LOS SITIOS CEREMONIALES DE LOS INCAS EN LA CORDILLERA DE LOS ANDES

Los Incas lograron, en aproximadamente un siglo, dominar un territorio inmenso que iba de la actual Colombia meridional hasta el río Maule, en Chile central. De norte a sur había unos 4800 kilómetros, mientras que hacia el este el imperio se extendía sobre gran parte de la selva amazónica (el llamado Antisuyo).
 Los Incas llamaban a su imperio Tahuantisuyo o imperio de las cuatro regiones.
 Este territorio estaba recorrido por una extensa red vial cuya longitud superaba los 16.000 kilómetros. Estas vías, parecidas a las romanas, llegaban hasta los más remotos pueblos y altitudes -impensables para los europeos-, más allá de los 5000 metros.
 La información se transmitía oralmente por personas encargadas llamadas camayocs (quienes recuerdan). Las cuentas se efectuaban con los quipus (largas cuerdas anudadas de muchos colores que funcionaban de manera parecida al ábaco), con los cuales los camayocs podían hacer inventario de todos los almacenes o depósitos de maíz o papa. Según varios especialistas, los quipus no eran usados sólo para contar, sino también para transmitir información variada sobre la calidad o necesidad de determinadas cosas (con colores diferentes).
 Una de las causas del éxito de los Incas en la conquista y control de gran parte de Suramérica fue el dominio de avanzadas técnicas agrícolas. Cereales como maíz, quinua y quihuicha; tubérculos como la papa, batata (camote), olluco (ullucus tuberosus) y maca (lepidium meyeni) eran cultivados en la mayoría del imperio. Además, los Incas eran excelentes ganadores de camélidos andinos (llama, alpaca, vicuña y guanaco), los cuales les servían tanto para alimentarse como para transportarse (llama). Su forma de colonizar tierras lejanas desde la capital, Cusco, estaba basada en el envío de colonos llamados mitimaes. Dos tercios de la producción agrícola eran enviados a Cusco y estaban destinados a la élite sacerdotal y al rey.
 El rey, llamado Inca, era el monarca absoluto de todo el territorio y tenía en sus manos los poderes religiosos. Se pensaba que el Sol (Inti), venerado como un Dios, era su progenitor, y su esposa era considerada la descendiente de la Luna (Quilla, también ella divina). Sin embargo, la principal divinidad incaica era Viracocha, el creador del mundo. Se adoraban también otras esencias divinas -una especie de panteísmo natural- como montañas, cavernas y aguas.
 De algunas evidencias arqueológicas se deduce que los Incas practicaban, en raras ocasiones, sacrificios humanos. Estos ritos, llamados capacocha, eran comúnmente efectuados para congraciarse con los dioses y poner fin a largos períodos de sequía, para celebrar importantes victorias sobre pueblos hostiles o para aclamar la coronación de un nuevo Inca. El capacocha se llevaba a cabo también después de terremotos, inundaciones u otros acontecimientos naturales desastrosos, porque se creía que si se hacía de esta manera se restablecería nuevamente el equilibrio entre la Madre Tierra (La Pachamama) y los seres humanos.
 El sacrificio humano incaico difería sustancialmente del mesoamericano, ejecutado contra la voluntad de la víctima, con el fin de beber su sangre y asumir su poder. En cambio, en el imperio incaico las víctimas sacrificadas eran conscientes de su destino, sabían que iban hacia la muerte, pero aceptaban su futuro y estaban orgullosas de él, pues estaban totalmente convencidas, según su manera de pensar, de que iban a morir por el bien de la comunidad.
 En idioma quechua, la palabra capacocha proviene de “quapac” (poder real) y “hucha”, que puede traducirse como caos, desorden, pecado. Por tanto, la traducción podría ser: acción del poder real para restablecer el orden o para anular el caos y el desorden.
 Por lo general, un miembro de la comunidad entregaba a su hijo bello, inocente y no mayor de 13-14 años al Inca, en Cusco. Los “curacas”, sacerdotes pertenecientes a la élite religiosa, dirigían la ceremonia. A cambio de este acto, el Inca entregaba al padre algunas propiedades de tierras y poderes considerados mágicos, los cuales permitirían al sujeto en cuestión continuar generando vida y alimento en la Madre Tierra.
 Una vez que el Inca daba su consentimiento, se iniciaba el largo viaje que llevaría al niño elegido, a sus padres y a los curacas al lugar donde se efectuaría el sacrificio, que normalmente era una montaña de nieves perpetuas.
 De esta manera, el capacocha se convertía en un rito fundamental para la sociedad incaica, pues se creía que podía restablecer el equilibrio que, por razones naturales o a causa de errados comportamientos humanos, se había roto.
 Comúnmente, en los lugares donde se ejecutaba el sacrificio humano, se ponían también algunos objetos particularmente importantes, llenos de significados tradicionales, como por ejemplo joyas de oro, plata y bellísimas conchas marinas.
 Hasta hoy se han encontrado alrededor de 20 cadáveres momificados de niños que fueron sacrificados utilizando diferentes métodos: sofocación, envenenamiento o un golpe seco de macana (chaska chuqui en idioma quechua) en la nuca. Algunos, en cambio, previamente drogados, se abandonaban en la cima de la montaña, donde luego de pocas horas morían de frío.
 Aunque hay evidencias de que se encontraron, en 1896 y 1898 (Cerro Chachani, sur del Perú), 1905 (Chañi, Salta, Argentina) y 1922 (Chusca, Salta, Argentina), momias de niños sacrificados, el primer hallazgo arqueológico de este tipo que fue documentado fue el del Cerro del Plomo (Chile central) en 1954, donde Guillermo Chacón y su equipo descubrieron el cuerpo momificado de un joven.
 A partir de los estudios efectuados en el cuerpo de la momia se dedujo que el niño murió por congelamiento. Las exploraciones en la cima del Cerro del Plomo (5424 metros) sacaron a la luz una plataforma ceremonial circular de nueve metros de diámetro y tres construcciones rectangulares utilizadas como urnas funerarias.
En 1963 y 1965, José Antonio Chávez y Johan Reinhard encontraron en la cima del Pichu Pichu (5664 metros) los cuerpos momificados de tres niños que fueron sacrificados. Sucesivamente hubo otros hallazgos (El Toro, Argentina, Juan Schobinger), Coropuna (sur del Perú), Quehuar (Argentina), Esmeralda (norte de Chile), Aconcagua (Argentina, Juan Schobinger), pero el más importante fue el de 1995, cuando Johan Reinhard y Miguel Zarate encontraron en el volcán Ampato (6288 metros sobre el nivel del mar, sur del Perú) el cuerpo momificado de una niña que se llamó “la momia Juanita”.
 Juanita era una joven perfectamente sana de aproximadamente 13 años, quien fue sacrificada con un golpe seco de macana probablemente entre 1450 y 1530, durante el reino de Pachacutec Inca Yupanqui. Luego de profundos estudios sobre el ADN de los tejidos de la momia, se pudo comprobar que Juanita descendía de pueblos meso-americanos, pues tenía afinidades genéticas con la etnia Ngäbe de Panamá. Actualmente, el cuerpo momificado de Juanita se encuentra en el Museo Santuario de Altura de Arequipa.
 En 1996, Reinhard y Chávez encontraron el cuerpo momificado de otra niña en el Sara Sara (montaña del sur del Perú). En 1998, hubo otro hallazgo en el volcán Misti (5822 metros sobre el nivel del mar, en Arequipa). En esta ocasión, Reinhard y Chávez descubrieron unos 6 cuerpos momificados.
 El último hallazgo importante tuvo lugar en 1999 en el volcán Llullaillaco (frontera Argentina-Chile; altura de 6739 metros sobre el nivel del mar), donde Johan Reinhard y Constanza Ceruti encontraron tres cuerpos momificados de niños. Uno de ellos fue hallado bajo una plataforma ceremonial rectangular de 10 x 6 metros, en una pequeña habitación subterránea. El cuerpo momificado del niño, adornado con una brillante túnica roja, estaba en posición fetal. Los otros dos cuerpos momificados, pertenecientes a niñas, fueron descubiertos en los alrededores.
 Luego de que los cuerpos momificados fueran sometidos a análisis, se comprobó que su estado de conservación era excelente. Los tres niños murieron lentamente después de haber quedado inconscientes. Algunos restos de hojas de coca halladas en la boca de los niños y evidencias de cocaína en sus cuerpos testimonian que fueron drogados. En las cercanías de los cadáveres se encontraron decenas de estatuillas antropomorfas y otros objetos ofrendados.
 
YURI LEVERATTO
 Copyright 2011

HALLADAS LAS PIEDRAS SAGRADAS DE LOS INCAS

Un grupo de arqueólogos británicos consiguió hallar en los Andes peruanos uno de los objetos más sagrados del Imperio Inca, las así llamadas ‘piedras de los antecesores’.

Se trata de tres piedras de andesita rojo y blanco, roca de origen volcánico, encontradas a una profundidad de 2,5 metros durante las excavaciones en una de las plataformas de piedra en Incapirca Waminan. Las piedras tienen forma de cono y representan a los dioses incas antecesores del Imperio y el Sol. Estos objetos eran claves en los ritos religiosos y se creía que facilitaban el contacto entre las dos partes del mundo, el celestial y el de ultratumba, donde se hallaban los antecesores. El Inca actuaba como intermediario del rito y así el pueblo consideraba aquellas piedras como más valiosas que el oro.

El lugar del hallazgo, Incapirca Waminan, es una de las recién exploradas plataformas de piedra que se encuentran en las grandes alturas de los Andes cerca de la cuenca de Ayacucho. Las plataformas fueron construidas para ceremonias religiosas.

Los arqueólogos pudieron identificar los objetos hallados con la ayuda de documentos dejados por los conquistadores de principios del siglo XVI y las decoraciones en un vaso Inca del siglo XVI, que se encuentra en el Museo Británico. En el vaso se representa un rito durante el cual dos figuras arrodilladas rinden honor con las manos levantadas, dirigiéndose a una piedra de antecesores.

Otras menciones de estas piedras sagradas no se conservan y hasta hoy día las piedras de los antecesores se creían perdidas.

El Imperio Inca, formado en Sudamérica, se extendió por la zona occidental del continente entre los siglos XI y XVI.

RussiaToday

LA DESAPARICIÓN DEL NORUEGO LARS HAFSKJOLD Y EL ENIGMA DE LOS TOROMONAS

La lista de quienes se introdujeron en lo profundo de la selva amazónica en busca del Paititi o de otras legendarias ciudades perdidas, sin haber jamás regresado, es numerosa.
El explorador más célebre del siglo pasado, el inglés Percy Harrison Fawcett, desapareció en su expedición de 1925, en pleno Mato Grosso, mientras que se dirigía hacia la Sierra del Roncador.
En 1970, el estadounidense Robert Nichols y los franceses Serge Debru y George Puel organizaron un viaje en busca de la ciudad perdida del Paititi.
Su cuartel general era Shintuya, pueblito situado en las orillas del Alto Madre de Dios. Con la ayuda de algunos guías Matsiguenkas, remontaron el río Palotoa hasta llegar al lugar donde están los bellísimos petroglifos de Pusharo. En ese momento, aunque los guías no quisieron continuar, ya que consideraban sagrado el territorio de las fuentes del Palotoa, los tres extranjeros decidieron proseguir solos, cegados por la ilusión de encontrar el Paititi. Fue un gravísimo error, pues cuando se exploran territorios de selva virgen, siempre es aconsejable ir en compañía de nativos. Los tres aventureros no regresaron nunca más y, según testimonios posteriores, murieron en manos de los temibles indígenas Kuga-Pacoris, de etnia Matsiguenka.
En 1972, el explorador japonés Yoshiharu Sekino tuvo contacto con indígenas Matsiguenkas que admitieron haber matado a los forasteros que se habían adentrado sin autorización en el territorio de las fuentes del Palotoa. Al japonés le entregaron incluso algunos objetos personales de los tres extranjeros desaparecidos dos años antes.
Veinticinco años más tarde, en octubre de 1997, el biólogo Lars Hafskjold (nacido en Noruega en 1960), emprendió un atrevido viaje a través de las montañas andinas, partiendo de la ciudad de Juliaca.
El noruego estaba interesado en la zona del Parque Nacional Madidi, una inmensa área protegida (18.957 kilómetros cuadrados) de selva pluvial tropical que se encuentra en el departamento de La Paz, en Bolivia.
La zona del Madidi fue explorada en el siglo XX, específicamente en 1911, por el coronel inglés Percy Harrison Fawcett cuando emprendió una arriesgada expedición iniciada en La Paz.
Fawcett, quien estaba en busca de las ruinas de una antiquísima civilización, atravesó los Andes y se detuvo en los pueblitos de Queara, Mojos, Pata y Santa Cruz del Valle Ameno, de donde se adentró en la selva pluvial tropical; y después de haber pasado Playa Paujil, arribó finalmente a San Fermín. Fawcett continuó a lo largo del Río Heath hasta encontrar una tribu de autóctonos llamados Echocas, casi en la confluencia del Río Heath con el Madre de Dios, en territorio boliviano.
El noruego Hafskjold, quien quería explorar a fondo el Parque Nacional Madidi, quizá tenía intenciones de comunicarse con la etnia de los Toromonas, indígenas no contactados.
Con este objetivo, Hafskjold había partido de Juliaca y había llegado a Sandia, para arribar después al pueblo de San Juan de Oro, zona explorada por primera vez por Pedro de Candía en 1538.
Hafskjold continuó su osado viaje, atravesando los pueblos de Putina Punco, Chocal, Punto Arc, San Ignacio y Curva Alegre, llegando finalmente a las orillas del Tambopata, el cual, en aquella área, señala la frontera entre Perú y Bolivia. Después de haber atravesado el río, Hafskjold se detuvo por algunos días en la comunidad boliviana de Linen.
Desde aquel lugar, acompañado por un joven de nombre René Ortiz, navegó a lo largo del Río Tambopata y, después de haber pasado por la aldea de San Fermín, llegó a la confluencia con el Río Colorado, punto llamado Encounter.
Luego de algunos días de pesca y exploración de la selva adyacente junto a René Ortiz, Lars Hafskjold decidió regresar a San Fermín y adentrarse en la selva del Madidi solo, sin la ayuda de René Ortiz. Fue una decisión muy extraña, ya que entrar en una zona prácticamente inexplorada y selvática, donde hay autóctonos no contactados como los Toromonas, puede resultar en extremo peligroso.
A partir de la información obtenida por el periodista argentino Pablo Cingolani durante varias de sus expediciones en el Río Colorado, se deduce que Lars Hafskjold llegó a la comunidad de San José de Uchupiamonas, en el Río Tuichi, lugar donde residió por algún tiempo años atrás. De aquella aldea, Hafskjold se adentró en lo profundo de la selva y nadie supo nunca más nada de él.
Se ha conjeturado demasiado sobre el destino del noruego, pero hasta hoy no se ha comprobado su muerte.
En la zona donde desapareció el biólogo noruego se dice que aún están presentes los legendarios Toromonas, indígenas de lengua Tacana, los cuales le dieron ardua guerra a los conquistadores españoles en los siglos XVI y XVII.
Los Toromonas eran fieles aleados de los Incas y, según algunas tradiciones, ayudaron a los sacerdotes Incas en su huida de los Españoles, la cual tenía el objetivo de salvar antiquísimos conocimientos esotéricos y enormes tesoros para esconderlos en Paititi, la legendaria ciudad perdida. ¿Es posible que Paititi se encuentre en la zona casi inexplorada de la selva pluvial boliviana?
Los Toromonas fueron diezmados sin escrúpulos durante la explotación del caucho en el siglo XIX, y oficialmente se extinguieron en el siglo XX.
Según otras versiones, en cambio, algunos sobrevivientes se retiraron a lo profundo de la selva, a las fuentes del Río Colorado y del Río Madidi, donde hasta la fecha viven y preservan sus tradiciones ancestrales.
¿Cuál pudo haber sido la suerte de Lars Hafskjold?
Según algunas opiniones, pudo haber sido secuestrado por la guerrilla revolucionaria Tupac Amaru, pero la policía local excluye esta posibilidad, ya que la zona del Madidi fue pacificada a partir de 1992.
Según otros rumores, pudo haber muerto al caer al río, y pudo haber sido sepultado por los indígenas.
En todo caso, resta la posibilidad de que los Toromonas lo hayan matado al ver en el forastero un invasor que se adentraba sin permiso en su territorio, sin la compañía de algún nativo.
Sin embargo, otras versiones de lo sucedido, las cuales tienden a la leyenda, narran que Hafskjold fue aceptado por los Toromonas como “sacerdote blanco” y que vive actualmente en una localidad secreta.
Hubo varias expediciones ulteriores en la zona del Madidi, como la dirigida por Pablo Cingolani y Álvaro Diez Astete en el 2000/2001, pero no se logró revelar el misterio de la desaparición del noruego.
¿Es posible que los Toromonas sean, quizá junto con los Kuga Pacoris del Madre de Dios, los ancestrales guardianes de varias pequeñas fortalezas perdidas en la selva, las cuales fueron usadas por los Incas para esconder sus antiguos conocimientos esotéricos y sus tesoros?
Sólo sucesivas expediciones podrán revelar el arcano misterio de estas enigmáticas desapariciones (no se encontraron jamás los cuerpos de ningún explorador extraviado en la selva amazónica).
No obstante, se espera que quien viaje con el fin de aclarar la verdad no esté motivado por la ciega codicia de apropiarse de los tesoros del Paititi, sino por un sentimiento de absoluto respeto hacia las comunidades nativas, los animales de la selva y el ambiente natural.
La selva amazónica no es un “infierno verde”, tal como algunos aventureros la han definido, sino un paraíso maravilloso que día a día está cada vez más en riesgo de desaparecer a causa de la siniestra carrera del hombre por apropiarse de sus riquezas escondidas.

YURI LEVERATTO

SACSAYHUAMAN, EL MISTERIO MÁS GRANDE DE AMÉRICA

Durante mi primer viaje a Cusco, ciudad símbolo de la cultura andina (junto a Puno y La Paz), visité la imponente estructura de piedra llamada Sacsayhuamán, situada a unos 3555 metros de altura sobre el nivel del mar.
En mi opinión, Sacsayhuamán (del aimara saqsaw waman, lugar donde se sacia el halcón) es el lugar más misterioso de todo el continente americano.
En efecto, cuando los conquistadores pertenecientes al ejército de Pizarro llegaron a Cusco en 1533, quedaron atónitos frente a tan inmenso monumento megalítico de muros ciclópeos de enorme peso.
Los españoles se preguntaron cómo había sido posible que los indígenas Incas, quienes desconocían el uso de poleas y la existencia del hierro, y que utilizaban troncos de árboles en vez de ruedas, transportaran rocas de hasta 200 toneladas de peso, les dieran forma para que encajaran perfectamente entre sí y las levantaran para colocarlas unas encima de las otras.
Los españoles se preguntaron también cuál misterioso motivo habrían tenido los indígenas, quienes a sus ojos eran “arcaicos”, para construir tal monumento, tomándose tanto tiempo y gastando tanta energía.
Estas preguntas, de unos 477 años de antigüedad, conservan su actualidad.
Ningún estudioso ha presentado pruebas suficientes y exhaustivas de cómo fue construido Sacsayhuamán y, sobre todo, de cuál fue su función.
Nadie sabe tampoco cuándo fue edificado en realidad, aunque recientemente la arqueología oficial sugirió que los indígenas de la cultura Killke erigieron la imponente estructura en el 1100 d.C.
En los últimos años tuve la oportunidad de entrevistar a varios arqueólogos, tanto peruanos como brasileros, y me dio la impresión de que ninguno quiere realmente afrontar el tema de Sacsayhuamán. ¿Por qué?
El tan reconocido método de datación llamado carbono 14 funciona sólo cuando hay material orgánico, pero no es capaz de datar el período en el cual se construyó un monumento.
Por ejemplo, el dato sobre la cultura Killke, ofrecido por un equipo de arqueólogos en el 2008, contrasta con la información clásica etno-histórica que reconocía a los Incas como los constructores de Sacsayhuamán a partir de 1438 d.C., durante el reino de Pachacutec.
En mi opinión, el hecho es que no se puede datar un monumento de piedra sólo porque se encuentren restos de cerámica en sus fundamentos. Según esta lógica, tal vez en 10 años se halle otra cerámica en un estrato de terreno más profundo, perteneciente a una proto-cultura Killke remontable quizá al 900 d.C. Y así, se formulará una datación de la construcción de la estructura de piedra anterior al 900 d.C.
El monumento, que para algunos es la representación de la cabeza de un puma, para otros una fortaleza para defender a Cusco y para otros un centro ceremonial, está compuesto por tres muros de aproximadamente 400 metros de largo y 6 de alto. Se calculó que algunas piedras pesan hasta 200 toneladas, mientras que el volumen total de los tres muros es de unos 6000 metros cúbicos.
En la zona al sur de los muros están las bases de lo que fueron probablemente tres grandes torres: Muyucmarca, Sallacmarca y Paucarmarca. Mientras que la primera tiene base circular, las últimas dos la tienen rectangular.
La Muyucmarca tenía unos 12 metros de altura y una base con un diámetro de 22 metros. En sus Comentarios Reales, el Inca Garcilaso de la Vega describe a Muyucmarca como una torre que servía como depósito de agua y que estaba conectada a las otras dos por túneles subterráneos.
Se narra que en la batalla de Sacsayhuamán, acaecida en 1536, el Inca Cahuide se lanzó al vacío desde la Muyucmarca, con el fin de no entregarse a los españoles.
Sobre el origen de Sacsayhuamán fueron escritas decenas de libros y se propusieron las teorías más extrañas para explicar cómo se llevó a cabo su construcción, hecho que hasta ahora está envuelto en el misterio.
Al caminar por las calles de Cusco se ven varios libros de presuntos místicos, cada uno de los cuales dice conocer la clave sobre cómo fue erigido el más misterioso sitio arqueológico de América.
Hay quienes opinan que Sacsayhuamán, que era originalmente mucho más grande, puesto que los españoles utilizaron muchas rocas para construir sus casas e iglesias en Cusco, era una ciudad megalítica que reproducía exactamente a la capital del antiguo reino de Atlántida, desaparecido a causa de terribles terremotos e inundaciones.
En efecto, es extraño que las piedras encajen a la perfección entre sí, de manera tal que ni el filo de un cuchillo pueda pasar entre ellas. ¿Cómo fue posible edificar una cosa tan perfecta sin instrumentos modernos de construcción y corte, ni la fuerza motriz, que no apareció hasta el siglo XIX?
Antes que nada, hay que analizar el problema del transporte de rocas tan grandes. Según algunos investigadores, las piedras más pesadas (de andesita) se encontraban ya en el sitio de Sacsayhuamán, pero, si así fue, debe explicarse de todos modos cómo las levantaron para ubicarlas y encajarlas entre sí.
En caso de que hubieran estado en minas lejos de Sacsayhuamán, ¿cómo fueron transportadas? Al no disponer de carros ni de animales de carga como bueyes o caballos, se piensa que los pedruscos más pesados fueron deslizados sobre troncos de árboles sosteniéndolos con gruesas cuerdas, como se ve en la última foto, que muestra el desplazamiento de un megalito en la isla de Nías, en Indonesia, en 1915.
Una vez agrupadas las rocas en el lugar donde se construiría la estructura, se procedió a pulirlas, con el objetivo de que encajaran las unas con las otras. Tenemos que pensar que los antiguos concebían el tiempo de manera diferente a nosotros ahora. Trabajar una roca durante meses o años era una cosa normal, el tiempo era visto no como un límite, sino como una oportunidad.
Para hacer que un pedrusco encajara perfectamente con otro, los antiguos constructores debieron haber utilizado mazas de piedra más dura que la andesita para poder pulir los vértices de cada uno y unirlo bien con otro.
Existe también la teoría de la existencia de una planta que, mezclada con otras sustancias naturales, volvería la piedra fácilmente maleable, como si fuera plastilina, usada por los niños para jugar.
Según algunos investigadores, los antiguos habitantes del altiplano dominaban algunas técnicas de alquimia que permitían justamente modelar la roca a gusto para volverla luego otra vez durísima. Según una leyenda difundida en Cusco, el Padre Jorge Lira demostró en los últimos años del siglo XX que la técnica para volver las piedras maleables era cierta y que se basaba en la utilización de una planta llamada jotcha. No obstante, parece que el sacerdote no logró endurecer de nuevo la roca. En todo caso, sus experimentos no se apoyaron nunca en pruebas científicas y toda la historia permaneció siempre tras un halo de misterio.
Aunque se admita que los antiguos constructores de Sacsayhuamán lograron labrar los pedruscos de manera que encajaran entre sí, queda aún el enigma de cómo pudieron levantar piedras de decenas de toneladas de peso para ponerlas unas encima de otras.
Según la teoría oficial, se ponía una base de madera oblicua entre el suelo y la roca utilizada como fundamento. Luego, troncos perpendiculares en los cuales colocar una base de madera en la cual había otros troncos perpendiculares. Sólo sobre estos últimos se transportaba el pedrusco que iba a ubicarse sobre el que estaba abajo. La operación se efectuaba tanto arrastrando como empujando, para asegurar que la roca no se fuese para atrás, y se ponían palos entre los troncos perpendiculares, con el fin de bloquear el posicionamiento. Las cavidades que se descubrieron en algunas rocas servían, según algunos investigadores, para meter troncos, con el fin de sostener la roca antes de ponerla definitivamente sobre otra.
Según mi amigo peruano Paul Mazzei, podría existir otra posibilidad: una vez puestas las rocas más grandes en fila, los fundamentos de la estructura, se procedía a excavar debajo de ellas con el fin de hacerlas hundirse a una profundidad más o menos igual a su altura. Luego, simplemente se ponían otras rocas relativamente más ligeras sobre las primeras, más pesadas. A continuación, se procedía a reducir y aplanar el nivel de suelo de toda el área, con el fin de ocultar la “trinchera” excavada inicialmente.
Si bien algún día se logrará explicar exhaustivamente cómo se construyó Sacsayhuamán, permanecerá siempre la duda de por qué y cómo fue erigido. Como ya se había mencionado, hay quienes piensan que fue una fortaleza, mientras que otros lo consideran un centro ceremonial.
De hecho, para nosotros es difícil comprender los motivos de una construcción tan compleja que requirió ciertamente de muchos años para ser completada. Sin embargo, hay que recordar que en el mundo hay cientos de construcciones megalíticas y que la lógica de los antiguos es para nosotros complicada, pues estaba relacionada con ritos y ceremonias que hoy resultan incomprensibles.
Después de haber comparado entre sí a muchos lugares arqueológicos de Suramérica, llegué a la conclusión de que Sacsayhuamán fue construido mucho antes que Cusco. En mi opinión, la estructura megalítica era el centro de una ciudadela que se extendía más allá de los límites del actual parque arqueológico.
Opino que los autores de Sacsayhuamán pertenecían a la llamada civilización megalítica americana que se desarrolló en Suramérica poco después del diluvio universal, a partir del noveno milenio antes de Cristo.
Sólo con ulteriores trabajos de excavación, con el estudio comparado de otros sitios megalíticos del altiplano andino (Tiwanaku y Pukara) y con la exploración exhaustiva de las enigmáticas galerías subterráneas que de Sacsayhuamán llevan a Cusco o hacia lugares desconocidos, se podrá intentar revelar, en el futuro, el misterio de este fascinante lugar que me llegó al corazón, y al cual considero como el mismísimo símbolo de la antigua civilización megalítica americana.

YURI LEVERATTO
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EXPEDICIÓN A LAS PIRÁMIDES DE PANTIACOLLA

pantiacollaIncluso hoy, en pleno siglo XXI, existen lugares en la Tierra que aún no han sido explorados.
En Sur América, gran parte de la selva amazónica localizada en la frontera entre Perú y Brasil es poco conocida. Particularmente el alto Purús, el Río Iaco, el alto Tambopata y el Parque del Manu. Estos territorios, que siempre despertaron mi curiosidad, quizás encierren el secreto de un antiguo pueblo que dominó el continente en épocas remotas.
Uno de estos sitios, envuelto en misterio y casi totalmente desconocido, es la zona de selva primaria donde se encuentran las pirámides de Pantiacolla.
El 30 de diciembre de 1975, el satélite estadounidense Landsat 2 fotografió un área de la jungla peruana en el departamento de Madre de Dios.
La imagen del área forestal mostró una serie de seis puntos, en grupos de a dos, simétricos y regulares.
Inicialmente, se pensó que había sido un error, pero luego de atentos análisis de expertos cartógrafos como A.T. Tizando, se llegó a la conclusión de que aquellos extraños objetos en el bosque tenían que ser muy altos, al menos 150-200 metros. Si estaban dispuestos en forma simétrica, no podían ser formaciones naturales, sino productos del hombre. Tal vez eran pirámides construidas en un pasado remoto por motivos rituales o ceremoniales.
Las llamadas pirámides de Pantiacolla (del quechua: lugar donde se pierde la princesa), se encontraban en una zona de selva lejana e inexplorada, situada en la jungla de Madre de Dios, un lugar casi inaccesible.
Rápidamente, se empezó a fantasear. El hecho de que muchos consideraran al área de Madre de Dios como el sitio donde los Incas se escondieron después de la llegada de los españoles a Cusco en 1533 y la supuesta existencia de una ciudad suya escondida en la floresta, denominada Paititi, no hicieron más que alimentar la creencia de que estas pirámides tenían que ver con la leyenda de El Dorado. Además, su relativa cercanía con los bellísimos petroglifos de Pusharo, lugar misterioso situado en el Río Shinkibeni, al interior de la selva primaria del Manu, impulsó a algunos exploradores a ir a la zona con la intención de desvelar sus misterios.
La primera persona no indígena que se acercó a las pirámides fue el japonés Yoshiharu Sekino, en 1977. El joven, aunque no logró llegar al enigmático lugar, tuvo contacto con numerosos nativos Matsiguenkas y contribuyó a hacer conocer su cultura, hasta entonces prácticamente desconocida.
Cuando, en 1979, los cónyuges Herbert y Nicole Cartagena descubrieron ruinas incaicas cerca al Río Nistron, llamadas luego Mameria, se comprobó que los Incas se habían adentrado en la selva situada al oriente de Cusco, buscando escapar de los conquistadores. El interés por la jungla de Madre de Dios volvió a crecer.
El enigma de las pirámides de Pantiacolla (llamadas también Paratoari, en lengua Arawak de los Matsiguenkas), permanecía.
La primera vez que se sobrevoló la zona de las pirámides fue en 1980, en una expedición organizada por el arqueólogo italiano Giancarlo Ligabue. No obstante, el primer explorador que llegó hasta allí fue el arqueólogo estadounidense Gregory Deyermejian, en 1996, acompañado por los guías Paulino e Ignacio Mamani, y por el hijo del Doctor Carlos Neuenschwander Landa, Fernando. Después de profundos estudios del territorio, llegaron a la conclusión de que las llamadas pirámides no eran otra cosa que extrañas formaciones naturales.
Sin embargo, para otros exploradores, las cosas no son así de fáciles: luego de varios viajes a la zona del Río Negro, afluente del Palotoa, sostuvieron que éstas son naturales, pero que fueron modificadas por el hombre en épocas pre-incaicas y que tienen relación con la ciudad perdida de los Incas, Paititi. Según otros investigadores, las pirámides fueron utilizadas como lugares rituales y religiosos por los Incas que se adentraron en la selva.
Cuando en el 2001, el arqueólogo italiano Mario Polia encontró, en los archivos vaticanos, una carta original del jesuita Padre López, que databa de los primeros años del siglo XVII y que estaba dirigida al quinto general de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva, el misterio de la ciudad perdida volvió a fascinar al mundo. En efecto, en la carta, considerada original, se describía el reino de Paititi, próspero en 1600, y riquísimo en oro y en piedras preciosas.
Por tanto, volvió a hablarse de las misteriosas pirámides como un lugar ancestral erigido por el hombre en el lejano pasado y en las cercanías del cual los Incas construyeron su Paititi para escapar de las fuerzas del mal, representadas en los conquistadores. Según estas creencias, en las pirámides se encontraría la clave no sólo de Paititi, sino también de la fantástica cultura amazónica que las edificó en tiempos remotos.
¿Es posible que las pirámides sean un centro de energía desconocida que quizá fue canalizada por pueblos antiquísimos? Según algunos, estas son sólo fantasías, pero en mi opinión, no es posible hablar con conocimiento de causa hasta que no se viaje directamente al territorio en cuestión, buscando recoger la mayor cantidad de datos científicos posibles, pero también intentando “sentir” lo que la ciencia no puede develar, tal vez porque el tiempo ya lo ha borrado. En efecto, las sensaciones a menudo nos conducen a la verdad, siempre y cuando estén apoyadas en un serio y riguroso trabajo científico.
pantiacollaleverattoMi viaje a las pirámides de Pantiacolla se remonta a junio del 2009. Una vez que llegué a Cusco junto con mi amigo turinés Stefano Grotto, me encontré de inmediato con mi guía, Fernando Rivera Huanca, un muchacho confiable y experto. Al día siguiente, atravesamos la sierra y llegamos, después de nueve horas de viaje en camioneta, al pueblo de Atalaya, en las orillas de Madre de Dios.
Al otro día, temprano, nos embarcamos en un peque peque (barco de poco calado con motor de 16 CV) y nos dirigimos, navegando en el Madre de Dios, hasta el puerto de Llactapampa Palotoa, pueblo de colonos situado en la orilla opuesta respecto a Santa Cruz. La aldea de Palotoa (a aproximadamente 420 metros sobre el nivel del mar), está situada a más o menos un kilómetro al interior del río y está formada por pequeñas casas de madera sin electricidad. Poco después, nos encontramos con el guía Saúl y empezamos a prepararnos para la partida. Stefano Grotto decidió permanecer en el poblado como apoyo en caso de emergencia, y entonces nos fuimos los tres: Fernando Rivera Huanca, Saúl Robles Condori y yo. Teníamos provisiones suficientes para seis días y además, Fernando me aseguró que Saúl era un experto pescador.
La primera parte, de unas tres horas de camino, es una selva densa y húmeda, pero con sendero. Muchas veces tuvimos que atravesar pequeñas lagunas (cochas) de fondo fangoso e insidioso, cuyas aguas nos llegaban hasta las rodillas. Hacia mediodía llegamos al Río Inchipato, un afluente del Madre de Dios que desemboca cerca al Palotoa. En el punto donde lo atravesamos, tiene aproximadamente quince metros de ancho y aguas cenagosas, las cuales nos llegaban a la cintura. Luego de comer algo ligero, empezamos a recorrer el río caminando por sus orillas. Varias veces nos vimos obligados a atravesarlo a causa del fondo arenoso y lodoso, buscando partes más consistentes por donde caminar sin tanto esfuerzo. Hacia las cuatro de la tarde, después de haber andado siete horas, decidimos detenernos a dormir en una gran playa rodeada de árboles de unos cincuenta metros de altura.
Aquel lugar fue llamado campo 1.
De noche, antes de dormirnos, empezó a llover y el nivel del río aumentó con rapidez. Todo sería mucho más complicado al día siguiente, puesto que la lluvia traería neblina, la cual dificultaría la ubicación de las pirámides.
Lamentablemente, mis suposiciones resultaron ciertas: al otro día nos levantamos a las cinco de la mañana, bajo una persistente lluvia. La temperatura había descendido y soplaba un fastidioso viento: no parecíamos estar en selva amazónica, sino en otra latitud muy distinta.
Mientras avanzábamos con dificultad bajo la lluvia, hundiéndonos en el fango a veces hasta la cintura, y sobretodo cuidándonos de no pisar las peligrosísimas rayas de agua dulce y de no dejar caer en el agua los morrales (donde había cámaras fotográficas y de video), encontramos un petroglifo justo en una roca del río Inchipato, claro indicio de presencia humana arcaica en sus orillas. Las incisiones en la piedra me recordaron extrañamente a las del petroglifo de Queros en el territorio de los Wuachipaeris, cerca del pueblo de Pilcopata, en el departamento de Cusco. Después de aproximadamente una hora de trayecto hallamos otro signo, según mi parecer, una señal tallada en la roca para guiar por la vía correcta a las pirámides. Estos signos esculpidos nos levantaron la moral y nos dieron nuevos ánimos para continuar con nuestra aventura.
Al mediodía ya no estaba lloviendo, pero el cielo estaba cubierto de nubes amenazantes y a lo lejos se veía el cerro Palotoa sumergido en neblina. Con estas condiciones era imposible percibir de lejos las pirámides para darse cuenta de cuál era la dirección correcta a seguir. Saúl buscaba un lugar elevado, llamado mirador o plataforma, desde donde se podría, con buenas condiciones climáticas, avistar las pirámides, pero no lo encontramos. Nos detuvimos para comer y analizar la situación. Aunque el cielo estaba nublado, el calor húmedo no tardó en hacerse sentir y los zancudos, junto con fastidiosos mosquitos que se meten bajo la piel, empezaron a complicarnos la vida.
Retomamos el rumbo hasta que, alrededor de las tres de la tarde, el río se dividió en dos brazos. Saúl y Fernando vacilaban sobre el camino correcto a seguir y de este modo, decidimos dejar los morrales en una playa cercana y tomar el tramo derecho, sólo con nuestros machetes y las cámaras fotográficas, pero esta quebrada resultó ser la vía equivocada y entonces regresamos a donde estaban nuestras mochilas, decididos a continuar por el brazo izquierdo.
Anduvimos por unas dos horas, pero nos vimos obligados muchas veces a abandonar el río porque era demasiado profundo y sus orillas eran unos densos pantanos donde era imposible no hundirse. De manera que nos adentramos en la intricada selva, andando a golpes de machete para abrirnos camino sin perder de vista el río.
A eso de las cuatro decidimos detenernos cerca al río y preparar el campo 2, del cual partiríamos al otro día más ligeros de equipaje.
A la mañana siguiente, nos levantamos de nuevo bajo una persistente llovizna, y el clima pesado y frío no animaba a iniciar otra caminata. Por otro lado, tampoco daban ganas de estar dentro de las carpas, goteantes de humedad. Continuamos por la quebrada por aproximadamente dos horas, con cuidado de no dislocarnos los tobillos porque el piso se componía de piedras resbaladizas y puntudas. A las diez cesó por fin de llover y la neblina empezó a disolverse. No sabíamos a dónde dirigirnos porque, según lo que pensábamos, las fuentes del Inchipato estaban ubicadas a la izquierda de las pirámides y recorriéndolo, nos desviaríamos del camino correcto.
En cierto punto, resolvimos entrar en la selva, subiendo por una empinada cresta fangosa, sirviéndonos de una cuerda. Una vez que estuvimos en la cima, continuamos avanzando pero la vegetación era tan espesa e intricada que se necesitaba mucho tiempo y energía para abrirse paso con los machetes. Saúl propuso regresar solo al Inchipato con el fin de explorar otras quebradas y hallar un lugar alto de donde se pudieran distinguir de lejos nuestros objetivos. Fernando y yo aceptamos: nosotros continuaríamos en la jungla recorriendo lo que creíamos que era parte de la sierra, mientras que él se dirigiría nuevamente al río.
Fernando, macheteando, abría el camino, mientras que yo detrás filmaba y observaba el terreno. En cierto momento, la inclinación del suelo cambió: de una ligera subida se pasó a una escarpada pared (aproximadamente 65% de pendiente), obligándonos a utilizar las manos para continuar. Pronto nos dimos cuenta de que la capa de tierra donde nos encontrábamos no era profunda, ya que nuestros machetes tocaban un estrato rocoso después de atravesar unos 40-50 centímetros de humus. En efecto, estábamos rodeados de arbustos espinosos cuyas raíces no podían ser hondas. Sin embargo, los altos árboles que hundían sus raíces en tierra más profunda, la cual hacía poco habíamos dejado atrás, nos obstaculizaban todavía el panorama. Excavamos para saber qué era aquella roca que estaba debajo del humus y nos encontramos, atónitos, con piedra parecida a arena dura, muy desmenuzable, de color marrón con rayas blancas y rojizas. ¡Toda la pared, casi totalmente lisa, estaba formada de dura arena! Fue entonces cuando estuvimos seguros de estar sobre una de las pirámides de Pantiacolla.
Prosiguiendo muy despacio, recorrimos los aproximados doscientos metros que nos separaban de la cima. La subida era ardua porque las ramas de los arbustos estaban llenas de hormigas agresivas y rodeadas de afiladas espinas. Nuestros zapatos se hundían en la intricada vegetación y corríamos el peligro de meterlos en oscuras cavidades que podían ser nido de serpientes venenosas. A pesar de todo eso, mantuvimos la calma y después de una media hora, alcanzamos la cumbre de la pirámide.
Después de abrirnos campo con la ayuda de los machetes, se nos apareció un espectáculo maravilloso: otras tres pirámides se erigían frente a nosotros, y a la derecha se extendía la selva del Manu hasta perderse de vista, la más pura y biodiversa del planeta. A lo lejos podía verse, con la ayuda de los binóculos, el pongo del Shinkibeni, donde están los petroglifos de Pusharo y la cordillera de Pantiacolla, las últimas montañas antes de la selva baja amazónica.
Fue uno de los momentos más hermosos de mi vida.
Desde hacía un rato había dejado de llover, la visibilidad era muy buena y aunque no había salido el sol, la luz era suficiente para permitirnos contemplar ese espectáculo de rara belleza.
También las otras pirámides, observadas de lejos con los binóculos, parecían tener las mismas características de la que habíamos escalado: arbustos bajos en vez de grandes y altos árboles. Todo hace suponer que el material básico de las pirámides es esa peculiar arena dura pero desmenuzable, lo extraño es que los lados están cortados geométricamente y no hay deformidades apreciables.
En cuanto a la supuesta simetría de las pirámides, verificamos que esto es sólo parcialmente cierto: desde nuestra ubicación se podían ver claramente tres pirámides, pero no eran simétricas, aunque estaban muy cerca la una de la otra y dos de ellas estaban situadas junto al cerro Palotoa, como si estuvieran apoyadas en él. Después de haber descansado un poco, sentimos un silbido e inicialmente nos alarmamos puesto que no era un silbido de pájaro, sino de humano, y como en la zona están los temibles Kuga-Pacoris, por un momento creímos que uno de ellos nos había seguido. No obstante, Fernando respondió al silbido y poco después se percató de que era Saúl, nuestro guía.
Saúl, al no encontrar el camino correcto por el río, había regresado y seguido nuestros pasos, observando las marcas dejadas por nuestros machetes en los arbustos.
Cuando Saúl llegó a la cumbre, nos abrazamos contentos y poco después empezamos a comer latas de fríjoles y atún. De repente, un enorme cóndor de los Andes (vultur gryphus) se acercó planeando, como para saludarnos. Por poco logramos distinguir el contorno del pico y del cuello. Fue un momento maravilloso, permanecimos todos asombrados sin poder pronunciar palabra. El cóndor es el ave volador más grande del mundo, puede pesar doce kilos y el despliegue de sus alas alcanza los tres metros. Tuvimos la sensación de que esta ave era el alma de un Apu (Divinidad de los Incas), el cual nos vigilaba desde lejos.
Cuando el cóndor se fue decidimos bautizar la pirámide que habíamos escalado cumbre del cóndor.
Después de tomar otras fotografías y de haber explorado los alrededores de la cima, decidimos regresar, dado que ya eran las tres de la tarde y no queríamos encontrarnos atrapados en la selva cuando anocheciera (a las cinco ya está oscuro allí, también a causa de la sombra de altísimos árboles).
Después de aproximadamente diez minutos de un descenso empinado, comenzó a llover. En pocos instantes estaba diluviando e inclusive un viento frío e impetuoso empezó a soplar.
La tempestad era tremenda: fragorosos truenos retumbaban a lo lejos. Los relámpagos eran muy luminosos y parecían estarnos rodeando. En cada resplandor lograba distinguir las paredes de las pirámides y las ramas de los arbustos, cuyas raíces se amontonaban entre piedras y ramaje espinoso. Tenía miedo de que uno de esos rayos nos fulminara, y caminaba rápidamente intentando no perder de vista a mis guías, los cuales, mucho más ágiles que yo, me adelantaban por unos treinta metros. Después de aproximadamente veinte minutos de tensión, llegamos al río. El fuerte aguacero había acabado, pero la tormenta eléctrica continuaba. Nunca había visto algo semejante. Los relámpagos duraron otra media hora más o menos y la bóveda celeste, atravesada por un extraño estruendo y centelleantes rayos, tomó un color tétrico que tendía al violáceo.
Luego fuimos hacia el campo 2, donde descansamos y nos alimentamos. Mientras Fernando y yo cocinábamos un delicioso arroz con salsa de tomates, Saúl pescaba. Después de una media hora, regresó con varios pescados y algunas cañas de bambú. Lo curioso fue que el bambú le sirvió justamente para cocinar el pescado, al cual metió en la cavidad del tronco. Yo también quise degustar unos pedazos y constaté que estaba muy bien cocinado. Saúl me explicó que los indígenas Matsiguenkas le enseñaron a pescar y a cocinar el pescado en el bambú de esa manera, y también a reconocer una cantidad innumerable de plantas útiles para curar heridas y enfermedades que dan en la selva a causa de los insectos y la humedad.
Por la noche, analizamos la situación: como ya habíamos cumplido en parte con el objetivo de la expedición, es decir, darnos cuenta personalmente de lo que hay bajo el humus que constituye la capa vegetal de las pirámides, y además, habiendo tenido la fortuna de escalar una hasta la cima y de haber encontrado importantes petroglifos, decidimos regresar al pueblo de Llactapampa Palotoa al otro día, considerando también que los víveres alcanzarían exactamente para dos jornadas más.
A la mañana siguiente, mientras nos organizábamos para el viaje de regreso, me alejé unos veinte metros del campo de base para tomar las últimas fotos. De repente, mientras observaba un pedregal para ver si encontraba restos de hachas Incas o piedras labradas, me di cuenta de que no estaba solo. Sentí un susurro y un sonido de ramas partidas y hojas pisoteadas. Tuve la impresión de encontrarme cerca de un animal muy ligero que no podía encontrarse a más de diez metros de mí. Contuve la respiración e intenté agudizar la vista, mirando entre las ramas de los árboles y entre el follaje. Era un pájaro de color marrón con la cola larga y oscura que pataleaba cerca de mí, emanando un olor fuerte y desagradable. Después de pocos instantes, logré avanzar sin hacer ruido y moví lentamente una gran hoja para verlo mejor: era muy extraño, tenía una cabeza muy pequeña en comparación con el cuerpo y el pico era negro y brillante. De lejos parecía casi un gallo, y tenía el ojo de color rojo vivo, rodeado de pelos blancuzcos. Súbitamente, tal vez porque percibió mi presencia, dio un salto y se montó a una rama, pero lo increíble fue que la alcanzó con la ayuda del ala, o sea que ésta tenía uñas, si bien arcaicas. ¿Cómo era posible? ¿Un pájaro con uñas o garras en las alas? Por un momento pensé que estaba soñando y casi no creí en lo que había visto. Poco después, el extraño pájaro desapareció entre la espesura de ramas y follaje. Luego, busqué en mi vademécum naturalista y encontré la respuesta: ese pájaro era real, si bien arcaico, era un hoazín (opisthocomus hoazin, llamado chancho en Perú), un galliforme entre reptil y pájaro que recuerda al extinguido archaeopteryx, el pájaro más primitivo que se conoce, el cual vivió hace millones de años. Estaba demasiado feliz, pocas personas han logrado ver un fósil viviente como el hoazín, así que consideré este hecho como un buen signo premonitor, como una señal de que la expedición se había completado con luz positiva y también como buen augurio para el futuro.
El viaje de regreso fue relativamente más fácil que el de ida, principalmente porque algunos pasajes dificultosos en algunas curvas del río ya los habíamos despejado durante el primer recorrido. El primer día logramos llegar más allá del campo 1 y dormimos en una playa cercana a un intricado bosque de bambús altísimos. No llovió y entonces aprovechamos para secar la ropa mojada.
A la mañana siguiente, empezamos a caminar alrededor de las siete. En pocas horas llegamos al lugar donde cinco días antes habíamos comenzado la marcha a lo largo del río, y nos sumergimos de nuevo en la selva virgen. Después de aproximadamente una hora de trayecto, encontramos la huella de un oso de anteojos (tremarctos ornatus), difundido en la selva alta amazónica. Pensaba que era endémico de zonas más elevadas, pero posteriormente leí que puede vivir en altitudes desde 250 hasta 4500 metros sobre el nivel del mar. Es un omnívoro de unos 150 kilos de peso y dos metros de largo. Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar que hubiera podido atacarnos durante nuestra exploración.
Hacia las dos de la tarde llegamos a Llactapampa Paolotoa, donde Stefano nos recibió con un exquisito arroz al curry.
Después de haber descansado, hicimos el balance de la expedición: además de haber encontrado dos petroglifos, indicios de remota presencia humana en el Río Inchipato, comprobamos que la pirámide que escalamos es una rara formación natural cuya capa vegetal no tiene más de 40-50 centímetros de profundidad y cuya materia principal es una especie de arena dura, pero desmenuzable. Por desgracia, no pudimos verificar la verdadera naturaleza de las otras pirámides, puesto que se requeriría de una expedición de al menos veinte días.
El misterio de las pirámides de Pantiacolla continúa. Además, permanece la duda de si algunos grupos humanos vivieron en sus alrededores en el pasado, considerándolas lugares rituales o ceremoniales. Por ahora no tenemos la suficiente información para dar un juicio definitivo.

YURI LEVERATTO

 Recogido de www.yurileveratto.com *(los interesados podrán ver en la estupenda página web del autor videos de esta expedición, otros interesantes artículos y más)

LIBROS AVENTURA: LA LEYENDA DE EL DORADO

eldoradoEl Rey Blanco y el lago donde dormía el Sol

No solo los relatos de los indígenas foguearon la fantasía de los conquistadores en busca de universos dorados.También los hubo de plata. Los guaraníes de la costa brasileña, por ejemplo, contaban que muy al Occidente se encontraba la riquísima tierra de los caracaraes, dominio del Rey Blanco, caracterizada por una gran sierra de plata (es decir, de plata maciza), ríos de oro y otras indescriptibles maravillas. Entrando por el Río de la Plata se podían cargar los barcos con metales
preciosos, aún lo más grandes.
Los súbditos del Rey Blanco, decían, llevaban sin excepción coronas de plata en la cabeza y planchas de oro colgadas al cuello. Obviamente, muchos exploradores españoles fueron deslumbrados por las constantes noticias que daban los indios sobre la Sierra de la Plata y del imperio grandioso que se encontraba hacia el occidente ignoto, custodiado por un gran dragón invencible. A este dragón bien lo podría representar la impenetrable selva del gran Chaco, y era muy difícil de vencer.
Como se ha visto, en tiempos anteriores a la conquista española, los incas irradiaron esplendor y riqueza por toda América del Sur. Los guaraníes, a su vez, realizaron grandes migraciones hacia las tierras incaicas del Perú con ánimo de conquista, pero siempre fueron expulsados. Algunos, en su regreso, se establecieron en el gran Chaco y en las tierras paraguayas. Ya en las costas del Brasil, se encargaron de divulgar la fama de la Sierra de la Plata, de las ricas minas de Charcas. La noticia contenía elementos verídicos, pero aparecía deformada por el reflejo incaico, y mal calculada en su distancia del cerro Saigpurum, luego descubierto y llamado Potosí por los españoles.
Corría el año 1516 cuando tuvo lugar la primera búsqueda.
Tres naves volvían a España por el río Paraná Guazú tras haber descubierto ese inmenso río-océano al que Juan Díaz de Solís llamó Mar Dulce. Los huesos del gran capitán quedaron junto con los de varios compañeros en esas playas, luego de una matanza seguida de un ritual antropofágico del cual solo se salvó, de todo el grupo de desembarco, el grumete Francisco del Puerto.
Luego, la pequeña flota pasó, sin su almirante, junto a la isla Yuruminrin, que más tarde Sebastián Caboto bautizaría con el nombre de Santa Catalina, en la costa del Brasil. Una de las carabelas, retrasada, naufragó en el Puerto de los Patos, la costa frente a la isla; y ahí quedaron abandonados dieciocho tripulantes.
Estos náufragos se enteraron de la historia de la Sierra de la Plata. Uno de ellos, Alejo García, decidió realizar una expedición en su busca. Hay que aclarar que estos españoles eran náufragos en tierra indígena, y que estaban a casi dos mil kilómetros de Potosí.
El audaz Alejo García, con cuatro de sus compañeros, logró alistar a varios cientos de guaraníes, algo que no le costó mucho, ya que estos realizaban migraciones cada determinada cantidad de años hacia esa zona.
La expedición cruzó las extensas selvas brasileñas y logró llegar a las sierras de Potosí, la ansiada Sierra de la Plata. Corrieron muchos peligros y guerrearon contra numerosos indígenas a su paso. Cuando García volvía de esta arriesgada expedición, cargado de oro y de plata, fue atacado y muerto por indígenas, y su expedición deshecha. Solo algunos guaraníes y un hijo (americano) de García lograron regresar al Puerto de los Patos, donde estaban los demás náufragos a quienes les contaron las maravillosas historias sobre las inmensas riquezas y la muerte de sus compatriotas, que luego recorrerían la costa brasileña. Se cree que esta expedición ocurrió no mucho antes de la llegada de Caboto al Río de la Plata, hacia 1525.
Las noticias de la Sierra de la Plata corrían por toda la costa del Brasil, desde Pernambuco hasta el Río de la Plata, el cual obtiene su nombre por ser la vía más rápida hacia la famosa sierra, y no porque hubiera plata en sus costas. Estas noticias habían llegado a España en las naves de Solís; del portugués Cristóbal Jacques, que se encontró con el grumete Francisco del Puerto (sobreviviente de la matanza de Solís) en el Río de la Plata; de Rodrigo de Acuña; y de aquel castellano que en 1521 habló con
nueve náufragos de Santa Catalina y subió por el Río de la Plata un buen trecho.
Estas buenas nuevas y los rumores sobre el imperio incaico se habían extendido por la costa brasileña hasta la boca del inmenso río de Solís. Y habían llegado hasta España clavándose como una obsesión en la mente de Sebastián Caboto.
Caboto firma con el rey de España una capitulación para ir a las islas Molucas (en el sudeste asiático). Llegó a la costa del Brasil el 3 de junio de 1526; fondeó en Pernambuco, en una factoría portuguesa. Durante su larga estancia allí, Caboto decidió, si es que no lo había hecho en España, explorar el río descubierto por Solís. Había obtenido bastante información sobre la existencia de grandes cantidades de metales preciosos.
Anoticiado de la existencia de los náufragos, Solís los recoge en su camino al Río de la Plata. Solo quedaban dos, Enrique Montes y Melchor Ramírez, los cuales exageraron sobremanera las riquezas que existían en la zona del Plata. En el Río de la Plata solo encontraron hambre y desastres. Con las mismas “riquezas” se encontró Diego García de Moguer (exintegrante de la expedición de Solís), quien al igual que Caboto, había conseguido la capitulación para ir a las Molucas, y la violaba igual que aquél, para explorar el Río de la Plata atraído por las riquezas de la famosa sierra.
Caboto y García regresaron a España sin poder encontrar nada, solo llevaron consigo más leyendas que atraerían a más españoles al Río de la Plata.
Todas las noticias que llegaban del Perú y de la todavía esquiva Sierra de la Plata, prepararon la armada de don Pedro de Mendoza, la cual se hizo a la vela con más de dos mil hombres para defender la Línea de Tordesillas contra los avances de los portugueses, que por el Brasil pretendían alcanzar las minas peruanas.
Mucho fue el hambre que se pasó luego de la fundación de Buenos Aires en 1536. Juan de Ayolas, decidido a llegar a la Sierra de la Plata, se lanzó aguas arriba del Paraná. Poco más tarde salió Juan de Salazar de Espinoza llevando una ayuda que no pudo llegar a tiempo.
Desde el alto Paraguay Ayolas cruzó el Chaco, dejando en un puerto a Martínez de Irala con treinta y tres hombres. Luego de muchos contratiempos llegó a las minas de Charcas y, al igual que Alejo García años antes, cargó todo el oro y plata que pudo. Sus hombres estaban muy debilitados y eran pocos; esto decidió a los indígenas que los acompañaban a sublevarse y matarlos a palos estando muy cerca de la meta, como revelarían algunos “indios amigos”.
Mientras Salazar fundaba la actual Asunción del Paraguay, Irala, que llegaba hasta las mismas puertas del Perú, descubría que hacía tiempo que otros españoles ya dominaban esas tierras. El mito de la Sierra de la Plata comenzó entonces, como gotas de lluvia, a diluirse en el olvido.

CRISTIAN KUPCHIK

Recogido de Nowtilus