LOS ESPEJOS DEL CIELO DE RONDONIA

paititi2A unos 540 km de Porto Velho (en el norte de Brasil), capital del estado de Rondonia, en un lugar llamado “pequeña cascada” del río Consuelo, el investigador independiente brasileño Joaquim Cunha Silva ha descubierto lo que ha llamado Altar Ceremonial Sagrado de Paititi.

El hallazgo, que ya ha sido notificado a las autoridades, muestra un complejo arqueológico que incluye, además del Altar, edificios residenciales, grandes zonas de siembra preparadas como terrazas agrícolas, espacios funerarios y un enigmático coloso de piedra, una elevación del terreno de forma piramidal en cuya cima aparece una figura zoomorfa que algunos identifican como un condor gigante. Los nativos del oeste del Amazonia lo llaman Huaca del Condor.

Desde 2009, Joaquim Cunha Silva realiza incursiones en la región en busca de geoglifos y otras conexiones culturales entre el extremo norte de Brasil y otros pueblos del interior y la costa oeste del continente, como los andinos y arahuacos.

huacadelcondorEl descubrimiento del Altar de Paititi es, en suma, una importante evidencia de las cercanas relaciones entre las naciones sudamericanas en un amplio territorio de esta parte del continente, situado debajo de la línea del Ecuador.

Esta clase de cavidades en las rocas fueron encontradas antes en muchos países de Hispanoamérica, como Perú y Colombia. De acuerdo con el físico e investigador histórico italoperuano Enrico Mattievich:

“El altar de Rondonia, con depresiones circulares excavadas sobre una enorme laja de piedra, puede ser muy antiguo y remontarse a miles de años atrás.
Un altar parecido es el de CHOQUECHINCHAY, escavado sobre la superficie de una roca de diez toneladas, frente al templo de CHAVÍN DE HUÁNTAR. Los ‘ojos’ llenos de agua reflejaban las estrellas del cielo. Se supone que el altar se relacionaba con las Pleyades, grupo estelar relacionado con el culto e inicio de la agricultura en el antiguo Perú. Diversos otros altares de piedra fueron encontrados en el Perú, como el “espejo astronómico” del cerro Tupinachaki, en la provincia de Yauyos, del Depto. de Lima.”

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cultura wari, perú
cultura wari, perú

muisca chibcha, colombia
muisca chibcha, colombia

    http://brazilweirdnews.blogspot.com.br/2013/08/the-mirrors-of-heaven-of-rondonia.html

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EXPEDICIÓN A LA CORDILLERA DE PAUCARTAMBO: EL ENIGMA DE LAS RUINAS DE MIRAFLORES

La región de Cusco (Perú), de aproximadamente 72.000 kilómetros cuadrados de extensión, está ocupada en su mayoría (más del 50%) por un particular ecosistema llamado “selva alta”, el cual, a su vez, se divide en selva alta y bosque andino.
 Durante el imperio de los Incas, la selva alta cumplía un rol muy importante, ya que era la frontera entre el mundo andino y el amazónico.
 Los pueblos anteriores a los Incas (Wari, Pukara, Lupaca), construyeron durante siglos varias fortalezas llamadas tambo en quechua (lugares de descanso), así como ciudadelas o alcázares, que servían no sólo para delimitar el imperio, sino también como lugares de reposo y trueque, donde se solía intercambiar con etnias de Chunchos, Moxos y Toromonas los productos de la selva (coca, oro, miel, plumas de ave, hierbas medicinales) con los de la sierra (camélidos y cereales andinos, maca y varios tipos de papa).
 Las fortalezas más conocidas son: Espíritu Pampa y Vitcos (ambas en la región de Vilcabamba), Abiseo, la fortaleza de Hualla, Mameria y la fortaleza de Ixiamas (Bolivia).
 Según varios exploradores, entre los cuales se encuentra el peruano Carlos Neuenschwander Landa, existe una última fortificación, aún desconocida, que fue utilizada por los Incas cuando escaparon de Cusco en 1537: se trata del mito del Paititi andino que se mezcla con la leyenda recopilada por Oscar Núñez del Prado en 1955, y que reconoce el Paititi como el oasis donde se refugió el semidiós Inkarri después de haber fundado Q’ero y Cusco.
 Carlos Neuenschwander concentró todas sus investigaciones en el llamado “altiplano de Pantiacolla”, una áspera y fría zona andina situada entre los 2500 y los 4000 metros de altura sobre el nivel del mar, entre las regiones de Cusco y Madre de Dios.
 La meseta de Pantiacolla (del quechua: lugar donde se pierde la princesa), está por excelencia entre los lugares menos accesibles del mundo, por varios motivos.
 Primero que todo, la lejanía de cualquier poblado y la dificilísima orografía del terreno: profundísimos cañones donde fluyen impetuosos ríos y empinadas laderas donde hay sólo unos cuantos senderos angostos, que a veces no son transitables ni siquiera por mulas, lo que complica el acceso al altiplano.
 Además, el clima, siempre cambiante, es muy severo, con fuertes vientos, lluvias, granizadas y a veces nieve y tempestades, intercaladas por breves períodos de sol.
 La temperatura puede bajar a -10 grados de noche, mientras que de día oscila entre 0 y 5 grados.
 El último y quizás más importante motivo que vuelve casi inaccesible a la “meseta de Pantiacolla” es el hecho de que, en las zonas adyacentes (situadas a alturas más bajas), como el Santuario Nacional Megantoni y la zona “intangible” del Parque Nacional del Manu, viven indígenas aislados (no contactados) que en ocasiones pueden ser muy agresivos. Me refiero a grupos de Kuga Pacoris, Masko-Piros, Amahuacos y Toyeris.
 El valle del Río Mapacho-Yavero, inicialmente llamado Río Paucartambo, sirve de acceso a la cordillera de Paucartambo, la última verdadera cadena montañosa andina (con cimas de más de 4000 metros), antes de la selva baja amazónica, la cuenca del Río Madre de Dios.
 El objetivo de nuestra expedición a la cordillera de Paucartambo fue el de estudiar y documentar los senderos incaicos del valle del Río Chunchosmayo (Río de los Chunchos, antiguos y terribles pueblos de la selva), que conducen al altiplano de Pantiacolla y posiblemente a la mítica Paititi de Inkarri.

La expedición comenzó en Cusco, la ciudad que fue capital de los Incas. En total, éramos 5 participantes: el estadounidense Gregory Deyermenjian, los peruanos Ignacio Mamani Huillca y Luis Alberto Huillca Mamani, el español Javier Zardoya y yo.
 Los últimos días antes de emprender la expedición los pasamos en el gran mercado de Cusco, comprando los víveres necesarios para un total de 11 días. Muy importante, para una expedición andina, fue la compra de algunos kilos de hojas de coca y de la llamada “lipta”, una especie de edulcorante a base de estevia o ceniza que sirve de “catalizador” para poder asimilar las propiedades benéficas de las hojas de coca.
 Otro “reto” fue la elección del equipo, puesto que debíamos estar preparados no sólo para el clima tropical del bajo Yavero, sino también para el frío intenso de la cordillera, ya que habíamos previsto llegar a más allá de los 3000 msnm.
 Partimos en la madrugada en dirección del valle del Río Yavero con una poderosa camioneta conducida por un chofer experto.
 Después de aproximadamente diez horas de ardua carretera destapada, llegamos a un lugar llamado “punta carretera”, en el valle del Río Yavero. Es un valle muy estrecho, poco poblado, sin calles (salvo por la única vía de acceso) y sin electricidad. Los pocos campesinos que viven allí cultivan principalmente café.
A la mañana siguiente, con la ayuda de dos mulas, empezamos a caminar por una empinada ladera, descendiendo en aproximadamente cuatro horas al Río Yavero, en el punto donde se encuentra el puente suspendido “Bolognesi”.
 Ubicación: 12° 38.739’ lat. Sur / 72° 08.129’ long. Oeste.
 Altura: 1222 msnm.
 Debajo de aquel puente tambaleante fluye el impetuoso Yavero (afluente del Río Urubamba), rodeado de una vegetación exuberante.
 Desde aquel punto empezamos a caminar subiendo de nuevo el margen derecho del valle hasta un lugar llamado Naranjayoc, habitado por algunas familias de campesinos que hablan sobre todo quechua. Es un mundo completamente rural donde se vive sin luz, ni agua corriente, y mucho menos gas para cocinar o calentarse. Todo es exactamente igual a como era hace un siglo.
 El tercer día utilizamos tres mulas para continuar. En principio subimos una empinadísima ladera, y luego, una vez alcanzada la cima del monte, nos encontramos frente a un remoto sitio arqueológico llamado Tambocasa.
Ubicación: 12º 37.174’ lat. Sur / 72º 07.206’ long. Oeste.
 Altura: 1792 msnm
 Es un típico “tambo” (lugar de descanso) de forma rectangular (40 x 10 metros) construido en época inca. Ubicado precisamente en la divisoria entre los valles del Río Yavero y de su afluente Chunchunsmayu (río de los Chunchos), fue utilizado más que todo como lugar de reposo e intercambio de productos agrícolas.
 Luego caminamos durante unas cuatro horas a lo largo de una pendiente cuesta justo al borde del precipicio, adentrándonos en el valle del Río Chunchunsmayo. En las horas de la tarde llegamos a otro sitio arqueológico llamado Llactapata (en quechua: ciudad alta).
 Ubicación: 12º 37.025’ lat. Sur / 72º 05.750’ long. Oeste.
 Altura: 1935 msnm.
 Decidimos acampar en una vasta llanura contigua a las ruinas, con el objetivo de explorarlas al día siguiente. Después de cocinar una sopa a base de uncucha (una papa dulce típica de este valle) nos preparamos para dormir. El cielo estaba completamente libre de nubes y extrañamente se notaba una gran estrella muy baja en dirección del altiplano de Pantiacolla.
 El cuarto día pudimos documentar el sitio de Llactapata: además de algunos restos de cimientos pre-incas, en los cuales el ángulo de los muros, en vez de ser perpendicular, es redondeado, pudimos registrar una construcción rectangular que data de la época pre-inca, caracterizada por una particular pared con ocho cavidades, usadas probablemente con fines ceremoniales.
 A continuación emprendimos de nuevo nuestro camino en dirección noreste, remontando el estrecho valle del Río Chunchusmayo.
 Al comienzo, anduvimos durante cinco horas en un angosto sendero al borde del precipicio. Algunos tramos fueron difíciles y tuvimos que aligerar el peso de las mulas evitando cuidadosamente que no se desbocaran y cayesen luego al vacío.
 Posteriormente llegamos a un lugar de donde se podía ver el encuentro del torrente Tunquimayo con el Río Chunchusmayo. En aquel punto empezó un empinado descenso hasta el Río Chunchusmayo. Tuvimos que atravesar una zona de selva muy densa y húmeda antes de llegar a su curso.

Apenas lo atravesamos, emprendimos un pendiente ascenso del llamado “Cerro Miraflores”, inicialmente en una densísima selva y, luego, a través de una enorme ladera con poca vegetación.
 Después de unas tres horas de camino desde el río, decidimos detenernos y acampar, entre otras cosas, porque había empezado a llover fuerte.
 De repente nos dimos cuenta de que nos hallábamos en un antiguo tambo pre-incaico de construcción rectangular. También aquí el hecho de que los ángulos de la edificación estuvieran redondeados nos hizo pensar en su origen pre-inca.
 Ubicación del Tambo de Miraflores:
 12º36.506’ lat. Sur / 72º 03.681’ long. Oeste
 Altura: 2540 msnm
 El quinto día exploramos inicialmente la parte de selva que se situaba al noroeste de nuestro campo base. Encontramos algunos muros de contención, también ellos de procedencia pre-incaica, indicio de que toda la zona estuvo habitada y cultivada en épocas remotas.
 Luego nos adentramos en una espesísima selva, alejándonos sin embargo de la antigua zona agrícola.
 Sucesivamente decidimos seguir el sendero que se dirigía al norte, hasta la cima del monte. Fue una muy ardua subida a través de un angosto y fangoso sendero, pero al final alcanzamos la cima y luego proseguimos hacia el norte a través de un altiplano cubierto por un bosque no muy denso. Nuestra caminata tuvo fin en un punto situado a 3185 msnm, de donde se podía divisar, a lo lejos, el altiplano de Pantiacolla y el llamado “Nudo de Toporake”, una áspera formación rocosa situada en la divisoria entre la cuenca del Río Urubamba y la del Río Madre de Dios. Regresamos al campo base después de una caminata de aproximadamente tres horas.
 El sexto día de nuestra exploración fue el determinante.
 Exploramos de nuevo la parte de selva al noroeste de nuestro campo base. Nos adentramos luego en una espesa selva, tan húmeda, que era muy difícil avanzar.
Después de una media hora encontramos los cimientos de una casa en forma de trapecio y, luego, a pocos metros de ésta, las bases de otra residencia rectangular y varios muros de contención que sirvieron para los clásicos bancales.
 Procediendo con la exploración, reconocimos el centro de una antigua ciudadela oculta en la selva: una explanada de aproximadamente 12×12 metros, en cuyo lado oriental había un muro de aproximadamente 6 metros de longitud con 4 cavidades ubicadas a una altura de alrededor 80 cm del suelo (foto principal). 

Estábamos seguros de haber llegado a una importante y desconocida ciudadela agrícola pre-inca, pero ignorábamos quién la habría construido y cuándo. Algunos pastores de la zona nos habían mencionado el nombre “Miraflores” para indicar la montaña entera.
 Ubicación de la ciudadela pre-inca de Miraflores:
 Lat. 12º 36.507’ Sur / Long. 72º 03.715’ Oeste
 Altura: 2523 metros sobre el nivel del mar.
 Observando minuciosamente el muro principal, me di cuenta de que es probable que hubiera caído parcialmente y de que antaño tuviera al menos el doble de longitud. Quizás las cavidades, que para mí se habían usado por motivos rituales, antes habían sido 8, justamente como en Llactapata.
 Pero, ¿quién pudo haber construido la ciudadela? ¿Pudieron haber sido los Chunchos, antepasados de los Matsiguenkas, de donde proviene el nombre del Río Chunchosmayo? No parece, porque aquellos pueblos de la selva adyacente al Cusco no utilizaron nunca los denominados bancales.
 Al continuar con nuestra exploración pudimos documentar otras casas, muchas de las cuales tenían una especie de ventana o apertura en los muros, posiblemente utilizada por motivos rituales.
 El séptimo día continuamos nuestra investigación. Procediendo fatigosamente a través de la selva densa e intrincada, descubrimos otras residencias y muchos muros de contención para los llamados bancales.
 Pudimos comprobar que, en total, la ciudadela se extiende sobre aproximadamente dos hectáreas, donde hay alrededor de 20 cimientos de casas, además de la explanada central, donde se encuentra el muro principal con las 4 cavidades rituales.
 La ciudadela agrícola de Miraflores fue construida casi seguramente por pueblos pre-incas, aunque hasta el día de hoy no es posible reconocer con exactitud el pueblo que la edificó.
 Es muy probable que los Incas hayan utilizado el sitio con el propósito de controlar el acceso al valle y cultivar toda la vertiente occidental de la montaña para poder surtir de alimentos (maíz, fríjoles, papas, coca, calabazas) a los soldados que presidían los límites externos del imperio, en el altiplano de Pantiacolla y en las fortificaciones de Toporake; todos sitios ubicados en la divisoria (a aproximadamente 4000 msnm) entre la cuenca del Río Urubamba y la del Río Madre de Dios.
 ¿Es posible que la ciudadela agrícola de Miraflores haya servido para proveer alimentos a un sitio mayor, ubicado quizá más allá de la “meseta de Pantiacolla”, me refiero al legendario Paititi de Inkarri?
 A continuación inspeccionamos toda la zona adyacente, y descubrimos otros centros residenciales y ceremoniales. Muy interesante fue el hallazgo de una tumba.
 Ubicación de la Tumba de Miraflores:
 Lat. 12º36.521’ Sur / Long. 72º 03.731’ Oeste
 Altura: 2509 msnm
 El futuro estudio de este sitio podría revelar el enigma de la etnia que construyó toda la ciudadela.
 Durante la tarde, como no llovía y estábamos lejos de cursos de agua, decidimos desmontar el campo base y acercarnos al Río Chunchusmayo. Luego montamos el campo 2 a unos 2000 msnm, a aproximadamente diez minutos de camino del Río. Posteriormente descendimos a las orillas del Río Chunchusmayo y nos bañamos, sumergiéndonos en sus gélidas aguas.
 Poco después buscamos en vano los restos de un puente inca que, según algunos rumores, debería encontrarse en la zona.
 Al octavo día regresamos a Naranjayoc y al día siguiente caminamos hasta la carretera pavimentada. El décimo día nos encontramos con nuestro conductor en un determinado punto, y en una poderosa camioneta regresamos a Cusco, luego de diez horas de viaje.
 El balance de la expedición fue más que positivo. Además de documentar los sitios de Tambocasa y Llactapata, descubrimos y describimos las ruinas de la ciudadela agrícola de Miraflores, un ulterior paso adelante en el ámbito de las expediciones Paititi-Pantiacolla.
 
YURI LEVERATTO
 Copyright 2011

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UNA CIUDADELA DESCONOCIDA EN LOS ANDES PERUANOS

Gran descubrimiento en los Andes peruanos: 100 años después del anuncio de la existencia de Machu Picchu, un equipo de investigadores independientes llegó a las ruinas de una ciudadela desconocida, oculta en la intrincada selva alta de la región de Cusco

El equipo de exploradores, guiado por el estadounidense Gregory Deyermenjian, del cual hizo parte el italiano Yuri Leveratto, pudo ubicar, después de muchos días de ardua búsqueda en una de las selvas más intricadas y peligrosas de Suramérica, una ciudadela escondida. Para leer el artículo detallado de la expedición pulse en: Expedición a la cordillera de Paucartambo: el enigma de las ruinas de Miraflores
 
A 100 años del redescubrimiento de Machu Picchu por parte del estadounidense Hiram Bingham, en Perú están ocultos todavía muchos sitios arqueológicos de enorme importancia. Aún se mantienen con vida la leyenda del Paititi, El Dorado incaico, una ciudadela encubierta en la selva contigua al mítico “altiplano de Pantiacolla”, a donde supuestamente se retiraron los Incas fugitivos durante la conquista del Cusco por parte de los españoles.
 Según las leyendas sucesivas a la conquista, en el Paititi, la ciudadela fortificada, construida en plena selva virgen, los descendientes de los Incas conservaron vivas sus tradiciones y protegieron los símbolos sagrados de su imperio ya conquistado: el gran disco solar de oro que representaba al Dios Viracocha, una estatua de oro antropomorfa de Viracocha y la magnífica cadena áurea de Huáscar, una joya de unos doscientos metros de longitud y de un peso estimado de aproximadamente una tonelada.

Probablemente, los descendientes de los Incas también ocultaron en su Paititi antiquísimos códigos, llamados quipus, que se usaban no sólo para medir sino también para comunicar conceptos; además de tablas pétreas grabadas con una escritura esotérica denominada quellca, la cual se remonta al vetusto imperio de Tiahuanaco.
 Según los investigadores del equipo dirigido por Gregory Deyermenjian, la ciudadela hallada en la selva virgen fue muy seguramente construida en épocas remotas pre-incaicas, y servía tanto como centro agrícola que como santuario religioso. ¿A quién estaban destinados los productos agrícolas de los alrededores de la ciudadela? ¿Tal vez a un centro mayor, localizado más allá del altiplano de Pantiacolla, el legendario Paititi?
 El descubrimiento de las ruinas de la ciudadela, situadas en una montaña que se denomina “Cerro Miraflores”, es de gran importancia para las futuras búsquedas del Paititi, que deben efectuarse siguiendo antiguos caminos de piedra, los cuales, desde alturas de aproximadamente 3500-4000 metros sobre el nivel del mar, se adentran en la selva húmeda de las cuencas de los ríos Timpia y Alto Manu. Son lugares casi inaccesibles, tanto por el clima (severo y nebuloso en el altiplano, y tórrido y muy húmedo en las zonas tropicales), como por la complicada orografía del terreno; por último, por la presencia de peligrosos indígenas aislados (Kuga-Pacoris, Masco Piros, Toyeris y Amahuacos) en las selvas adyacentes.
 Los investigadores del equipo independiente liderado por Gregory Deyermenjian están seguros de que el reconocimiento y el estudio de los vestigios de Miraflores representan un paso de máxima importancia para la futura ubicación del Paititi, un mito que perdura desde hace casi 500 años.
 
YURI LEVERATTO
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El artículo de la expedición se puede leer aquí: Expedición en la cordillera de Paucartambo: el enigma de las ruinas de Miraflores

MITOLOGÍA AMAZÓNICA: LA LEYENDA DE LAS PIRÁMIDES DE PARATOARI

En 1968, Carlos Neuenschwander Landa había recorrido ya muchas veces los valles de los departamentos de Cusco y Madre de Dios en busca de las ruinas de la ciudad perdida del Paititi, que él mismo denominaba Pantiacollo. En su opinión, Pantiacollo debía ser una fortaleza, construida en tiempos remotísimos, situada al confín entre la selva alta (ceja de selva) y la selva baja. Algunos Incas pertenecientes a las clases altas, al fugarse de Cusco (1533) y luego de Vilcabamba (1572), supuestamente se escondieron en aquella misteriosa fortaleza, llevando consigo antiguos conocimientos y enormes tesoros.
Neuenschwander llevó a cabo varias expediciones riesgosas, durante las cuales tuvo la oportunidad de descubrir y documentar la fortaleza de Hualla y el “camino de piedra”, un dificil sendero que se desanuda en la divisoria entre la cuenca del Río Urubamba y la del Madre de Dios, construido probablemente por antiguos pueblos mucho antes de los Incas.
Luego, pudo utilizar varios helicópteros de la Fuerza Aérea del Perú (FAP), con los que pudo observar desde lo alto la meseta de Pantiacolla, legendario altiplano que él señaló como el lugar donde se encontraría la mítica ciudadela.
Como las dificultades para llegar al altiplano de Pantiacolla pasando por el “recorrido andino” del camino de piedra eran casi insuperables debido a la extensión de aquella remota zona, al clima demasiado frío, constantemente húmedo y totalmente impredecible, a la niebla persistente y a la posibilidad de encontrar indígenas peligrosos, Neuenschwander pensó que sería posible llegar a la misteriosa meseta remontando algunos afluentes del Río Alto Madre de Dios, como el Nistron o el Palotoa.
Ya desde 1957, a Neuenschwander le habían informado de la presencia de misteriosos petroglifos situados en el Río Porotoa (los bellísimos petroglifos de Pusharo, descubiertos en 1921 por el Padre Vicente de Cenitagoya). Neuenschwander se interesó cada vez más en la posibilidad de explorar los valles de selva alta de los ríos Nistron y Palotoa, lugares que había explorado desde lo alto varias veces con un helicóptero de la FAP.
En 1969, Neuenschwander conoció a Aristides Muñiz, quien le contó una interesante historia sobre algunos extraños montículos o “pirámides”, llamadas Paratoari, situadas cerca al Río Palotoa, donde vivían grupos de Matsiguenkas.
He aquí el relato original de la leyenda de las pirámides de Paratoari (llamadas también Pirámides de Pantiacolla), extraído del libro de Carlos Neuenschwander Paititi en la bruma de la historia (1983):

Cuando vivía en Paucartambo, un día llegó a mi casa un viejo flaco, pálido y andrajoso que me ofreció en venta un montón de anillos y colgandijos de un metal blanco amarillento que yo no conocía. Parecía estar muy enfermo. Estaba sudoroso y tosía constantemente. Llevaba una bolsita de esas baratijas y quería venderlas para ir al Cusco a hacerse curar. Como yo no sabía qué valor tenían las piezas que me ofrecía, no se las compré. Pero, en cambio, le proporcioné dos libras y además le di alojamiento y ordené que le sirvieran comida, pues me daba pena verlo tan débil y agotado. Como no tenía en qué trasladarse porque en esos tiempos no había movilidad como ahora, permaneció en mi casa por dos días más. No hablaba con nadie y no dijo de dónde venía, hasta que la última noche antes de irse, se me acercó y, sin que yo le preguntara nada, me dijo que me estaba muy agradecido por la ayuda que le había brindado. Quizá -añadió tristemente- nunca pueda pagarle y tal vez muera en el hospital; por eso, en gratitud, deseo comunicarle algo que no debe quedar ignorado. Me llamo Dionisio Vargas y soy minero. En este oficio he pasado toda mi vida recorriendo casi todo el territorio del Perú.
Fui a parar al valle del Alto Urubamba y me instalé en Coriveni, donde conocí a un mestizo entre cholo y machiganga con el que me asocié para explorar los ríos que desembocan en el Urubamba, desde Palma Real al Pongo de Mainique. El mestizo era muy leal y me acompañaba a todas partes. Llegamos a ser inseparables, pero desgraciadamente, le gustaba el trago y era pendenciero hasta que, en una reyerta, lo hirieron malamente y como consecuencia, a pesar de todos los cuidados que le prodigué, falleció. Antes de morir me contó la historia que le voy a referir: tú que has sido como mi padre, me dijo, debes conocer el secreto del Paratoari. Este es un lugar donde hay un templo o fortaleza, escondido entre un montón de pequeños cerros que tienen la forma de hormigueros, cubiertos de monte. Por debajo pasan algunos socavones o cuevas y dentro de ellos están enterrados muchos tesoros. Cuando era niño viví allí con mi madre que pertenecía a la tribu que cuidaba el lugar, pero cuando murió, los otros machigangas, diciendo que no pertenecía a su raza, me llevaron hasta San Miguel, en unos de cuyos fundos crecí hasta ser mozo. Después me fui al Cusco y finalmente me vine a trabajar en este valle.
Para llegar al Paratoari hay que ir, primero, a Paucartambo y después entrar al valle de Kosnipata y bajar el pongo del Koñec y continuar navegando en balsa o en canoa por el alto Madre de Dios hasta la desembocadura con el Palotoa. Se recorre este río que es muy fangoso y corre por la pampa llena de bosque dando muchas vueltas. Apena se empieza a remontar ya se ven los cerros en forma de hormiguero. En un día de viaje por las orillas, se llega al pie de los cerros y allí está el templo que te he dicho. Pero hay que cuidar de no ser visto por los machigangas que lo cuidan porque te pueden matar. Mi amigo me hizo repetir los datos que, agonizando, me comunicó, y a las pocas horas falleció. Después de darle sepultura, resolví buscar el Paratoari y, siguiendo fielmente la ruta que me señaló, después de veinticinco días de viaje, llegué a los montículos. Encontré una cabaña muy grande donde vivían dos familias de machigangas. Llevaba yo un atado de telas de colores chillones y de baratijas, espejitos y cuchillos, además de muchos medicamentos y mi escopeta. Como hablo el dialecto machiganga y también soy medio curandero, regalándoles mis trapos y curándoles las heridas y úlceras que sufrían, me fue fácil entablar buenas relaciones con ellos, que terminaron por alojarme en su cabaña. Los acompañaba en sus cacerías y les ayudaba a cultivar yuca y plátanos. Poco a poco me fui ganando su confianza y aprecio. Todos usaban en las orejas y en la nariz anillos de metal, como los que le he mostrado. De vez en cuando, el jefe de la familia me obsequiaba unos cuantos, recién fabricados. Disimuladamente observé que ese chunco incursionaba por los montículos sigilosamente, y regresaba luego de un rato largo. Después todos lucían nuevos colgandijos. Yo me mostraba indiferente a ellos, para no despertar sus sospechas, hasta que un día todo el clan se fue a visitar unos parientes que vivían río arriba, dejándome solo. Aprovechando la oportunidad, siguiendo las huellas del chunco llegué hasta los montículos. Al pié de uno de ellos, tapada con ramas y hojas descubrí la entrada de un oscura y profunda cueva llena de murciélagos. Tuve miedo de entrar pero, buscando por sus alrededores, encontré una lámina pequeña de metal del que hacían los anillos. La recogí, la oculté entre mi ropa y regresé a la cabaña. Al siguiente día retornaron de su viaje y, desde entonces, noté que su actitud hacia mí cambió. Comprobé que la comida que me daban tenía un sabor extraño. Comencé a sufrir de agudos dolores de estómago hasta que se me declaró una disentería. Me fui adelgazando y debilitando con la sangre que perdía. Comprendí que me habían sorprendido en la incursión a los montículos y recién caí en la cuenta que todo había sido preparado, probablemente, para averiguar qué era lo que estaba buscando. Ingenuamente había caído en la trampa. A partir de ese momento, mi única preocupación fue hallar la forma de escapar, pues estaba seguro de que me estaban envenenando y querían matarme. Felizmente un día en que fueron a cazar todos los hombres y yo me quedé en la cabaña alegando estar enfermo, se desencadenó una tempestad tan fuerte que hizo crecer el río a tal punto que los cazadores no podían cruzarlo para regresar. Aprovechando que las mujeres y los niños estaban ocupados en evitar que el agua les inundara su vivienda, tomé mi atadito y la escopeta, de la que nunca me separaba, y me metí al monte, y corriendo llegué hasta otro riachuelo que corría paralelo al Paratoa y los seguí, caminando toda la noche y el día siguiente. Casi moribundo, fui a parar a las orillas del Alto Madre de Dios, donde, providencialmente, me recogieron unos canoeros que lo surcaban, quienes me transportaron hasta donde termina el pongo del Koñec. Desde allí, cayendo y levantando, caminé hasta San Miguel. Luego conseguí que unos arrieros que trasportaban coca me alquilaran una mula de su recua y de ese modo pude llegar, al fin, a Paucartambo. Si me curo en el Cusco, quisiera regresar y desde ahora le propongo que vayamos juntos… si no retorno, por lo menos usted sabe cómo llegar al Paratoari.

Por lo tanto, a Neuenschwander, ya en 1969, su amigo Aristides Muñiz le había informado de la existencia de extrañas formaciones piramidales donde vivían indígenas Matsiguenkas que controlaban la entrada a algunas cavernas, donde probablemente se escondieron varios tesoros en tiempos remotos.
La existencia de las llamadas “pirámides de Paratoari” (o pirámides de Pantiacolla), fue confirmada seis años después, en 1975, cuando el satélite de los Estados Unidos Landsat2 fotografió aquella área de selva peruana cerca de las orillas del río Alto Madre de Dios. En efecto, la fotografía mostraba doce montículos, de a dos, simétricos y regulares. Cuando la noticia fue publicada, muchos investigadores desarrollaron la hipótesis de que aquellos montículos eran pirámides construidas por el hombre en épocas remotas, por motivos rituales o ceremoniales.
Carlos Neuenschwander, quien en 1975 tenía ya 62 años, pensó varias veces en organizar una expedición a las pirámides de Paratoari para comprobar si la leyenda que Aristides Muñiz le había narrado contenía algo de cierto, pero no logró reunir los fondos necesarios para llevar a cabo tal empresa.
La primera persona no-indígena que intentó acercarse a las pirámides fue el japonés Yoshiharu Sekino, pero no logró su objetivo.
Fue sólo en 1996, cuando el explorador estadounidense Gregory Deyermenjian, acompañado por los guías Paulino e Ignacio Mamani, y por el hijo de Carlos Neuenschwander, Fernando, logró llegar a las pirámides de Paratoari.
Deyermenjian y su grupo remontaron el Río Negro (afluente del Palotoa) para llegar finalmente a la meta. Exploraron exhaustivamente la zona y comprobaron que las pirámides son formaciones naturales. Luego regresaron hacia el Alto Madre de Dios caminando por las orillas del Río Inchipato.
En mi expedición a las pirámides de Pantiacolla del 2009, que realicé en compañía de los guías expertos Fernando Riviera Huanca y Saúl Robles Condori, llegué, en cambio, hasta las extrañas formaciones remontando directamente el Río Inchipato.
Escalando una de las pirámides, a la cual nosotros bautizamos Cumbre del Cóndor, situada en las coordenadas 12 grados 41’ 10’’ SUR – 71 grados 27’ 30’’ OESTE (600 m.s.n.m.), comprobamos que se trata, en efecto, de una extraña formación natural cuyo núcleo está probablemente constituido por arenisca o arena dura, pero desmenuzable.
Retomando el relato de Aristides Muñiz, personalmente creo que es cierto. Considero que un hombre correcto como Carlos Neuenschwander no habría nunca transmitido en su libro Paititi en la bruma de la Historia la narración de una persona poco fiable.
Por consiguiente, la pregunta conserva su actualidad: ¿dónde están situadas las cavernas descritas por Dionisio Vargas en el relato de Aristides Muñiz? ¿Eran quizás aquellas grutas utilizadas por los Incas fugitivos del Cusco para esconder sus tesoros, con el fin de no reunirlos todos en un único lugar, sino más bien de reducir la posibilidad de que algún día éste fuera encontrado en su totalidad?
¿Es posible que Dionisio Vargas haya llegado mucho más lejos de las pirámides de Pantiacolla, refiriéndome a las fuentes del Río Negro?

YURI LEVERATTO
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Referencias: Paititi en la bruma de la Historia (1983), Carlos Neuenschwander Landa

EL REINO AMAZÓNICO DE PAITITI

Cuando se menciona la palabra Paititi se hace referencia a al menos tres leyendas distintas.
En primer lugar, al famoso y fascinante Paititi incaico, o bien, una ciudadela fortificada que fue construida, según el mito, por el héroe cultural Inkarri, en la cual se escondieron varios miembros de la nobleza y de la casta religiosa incaica después de la captura de Túpac Amaru I, en 1572. Esta fortaleza, escondida en la selva de la región Madre de Dios o Cusco (cuyo nombre derivaría del quechua paikikin, “igual a”, referido a Cusco), fue buscada durante la segunda mitad del siglo pasado por el explorador e investigador de antiguas culturas Carlos Neuenschwander Landa (fallecido en Arequipa en el 2003), quien la llamaba “Pantiacollo” porque creía que estaba situada en el altiplano de Pantiacolla; y, durante las últimas tres décadas, por el estadounidense Gregory Deyermenjian, un discípulo del doctor Carlos Neuenschwander Landa.
En segundo lugar, puede referirse al reino amazónico del Paititi ubicado aproximadamente en la zona comprendida entre el Río Beni y el Río Mamoré, en las cercanías del lado Rogaguado (Bolivia) o quizá en la Sierra de Parecis, que hoy pertenece a Brasil.
Finalmente, mencionando la palabra Paititi, se hace referencia a la leyenda del Paititi esotérico, la cual analicé en mi artículo sobre la vida de George Hunt Williamson.
En los últimos años, varios investigadores han analizado y estudiado algunas evidencias históricas y arqueológicas de la inmensa zona amazónica situada al este del Río Beni, y llegaron a la conclusión de que en aquella área vivieron realmente (alrededor de los siglos XVI-XVII d.C.) varias etnias pertenecientes al pueblo de los Mojos (la mayoría del grupo lingüístico Arawak), a partir de las cuales se desarrolló el mito del Paititi amazónico.
Aunque el primer occidental que se adentró en la selva del actual Madre de Dios fue Pedro de Candía en 1538, el primer explorador que logró avanzar más a fondo en las selvas del Antisuyo y quien descubrió y navegó el Río Madre de Dios (llamado entonces Amarumayo por los nativos o “río de las serpientes”) fue Juan Álvarez Maldonado, en su expedición de 1567-1569.
Maldonado entró en la cuenca del Río Madre de Dios atravesando el valle del Río Tono y llegando al lugar entonces llamado Opatari, situado en la zona donde hoy surgen los pueblos de Patria y Pilcopata. Allí Maldonado envió en reconocimiento a su lugarteniente Manuel de Escobar.
Escobar llegó probablemente a la confluencia del Río Tambopata con el Río Madre de Dios (donde hoy surge Puerto Maldonado) y tuvo contacto con la etnia de los Araonas, cuyo cacique Tarano los acogió con amabilidad.
A la zona llegó, navegando por el Beni, Gómez de Tordoya, otro comandante español. Hubo un enfrentamiento cruento entre los hombres de Escobar y los de Tordoya, y estos últimos fueron derrotados.
Sin embargo, después, el grupo de Escobar fue atacado por los nativos Araonas.
Los indígenas dispersaron a los españoles y destruyeron su campamento.
Cuando Juan Álvarez Maldonado navegó por el Madre de Dios y llegó al campamento construido por su lugarteniente, fue tomado prisionero por el cacique Tarano quien, no obstante, decidió no matarlo.
Juan Álvarez Maldonado regresó entonces a Cusco remontando el Río Tambopata y volviendo al altiplano andino, pasando por San Juan de Oro.
En la relación que Juan Álvarez Maldonado recopiló una vez que llegó a Cusco, llamada Relación de la Jornada y descubrimiento del Río Manu (1572), se describe la riquísima tierra del Paititi en varias ocasiones.
He aquí algunos extractos:

El oriente veinte y cinco leguas mas abaxo entra en este rio de paucarguambo (1), por la mano izquierda que deziende de los minaries ques hacia donde està el ynga. Desde este rio abaxo se llaman rio magno (2), y ansi se llama todo lo que del se sabe y cinquenta leguas mas abaxo entra el rio de cuchoa (3), en el por la mano derecha que nasce de la cordillera del Piru en los andes de cuchoa en el qual al nacimiento suyo entran los ríos de cayane rio de sangaban rio de pule pule y cuando entra en el Magno es una mar. Vnete leguas mas abajo entre en este rio el rio de Guariguaca (4), por la mano izquierda que nasce en la provincia de los yanagimes de las bocas negras, ocho leguas mas abaxo sobre la mano derecha entra en el magno el rio de parabre (5), que nasce en la cordillera de carabaya…y doce leguas mas abaxo entra el rio de Zamo por la mano derecha, por la espaldas de los Toromonas (6) nasce en los mitimas de los Aravaonas (7). Trenta leguas mas abajo por la mano derecha entra el rio de los Omapalcas (8)…cient leguas deste rio (8), entra el rio magno en el rio y laguna famosa del Paitite y en el mismo rio o laguna del paitite entra el poderoso y espantable rio de Paucarmayo (9) ques apurima avancay bilmcas y xauja y otros muchos que nascen entre estos y desta laguna sale la buelta del Este casi al Nordeste hazia la mar del Norte (10). Es de notar que el Paucarmayo, entra en el Paitite sobre la mano izquierda. Hasta el Paitite se llama este rio Magno y desde allí baxo se llama Paitite. Desde donde nasce hasto donde se cree que averiguadamente va a salir a la mar del norte corre mas de mil leguas largas a las riberas deste rio Magno y los que entran en el de la cordillera del piru hasta el paitite están descubiertas muchas y se tiene noticia cierta de otras muchas provincias …

Leyendo con atención este relato, se deduce que es relativamente minucioso en la descripción del Río Madre de Dios hasta la confluencia con el Río Omapalcas (Río Beni). Luego, la exposición se hace muy confusa. Está escrito que a una distancia de cien leguas (500 kilómetros) el Río Madre de Dios confluye en la laguna del Paititi y que en la misma laguna entraría por el lado izquierdo el Río Pancarmayo (¿Río Mamoré? ¿Río Amazonas?). Quizá la zona a la cual se refería Juan Álvarez Maldonado es la confluencia del Beni con el Mamoré, lugar a partir del cual el curso de agua se denomina oficialmente Río Madeira.
Más adelante, Juan Álvarez Maldonado vuelve a describir la fantástica tierra del Paititi. A continuación, la segunda parte:

Pasado el rio llamado Paitite la qual tierra tiene llanos que enpiecan desde pasado el dicho rio. Estos llanos ternan de ancho quinze leguas poco mas según la quenta de los indios hasta una cordillera de sierras alta de nieves (11) que la semejan los indios que la han visto como la del piru pelada. Los moradores de los llanos se llaman corocoros y los de la sierra se llaman pamaynos. Desta sierra dan noticia ser muy rica de metales en ella ay grandísimo poder de gente al modo de los del piru y de las mismas cirimonias y del mismo ganado y traje y dizen que los yngas del piru viniero dellos. Es tanta gente y tan fuerte y diestra en la guerra que con ser el ynga del piru tan gran conquistador aunque enbio al paitite por muchas veces a muchos capitanes no se pudo valer con ellos antes los desbarataron muchas vezes y visto por el inga quan poco poderoso era para contra ellos determino de comunicarse con el gran señor del paitite y por via de presentes y mando el ynga que le hiziesen junto al rio paitite dos fortalezas de su nombre por memoria de que avia llegado allí su gente. Esta es la noticia de mas cantidad y riqueza de toda la amarica…en la provincia del Paitite ay minas de oro y plata y gran cantidad de anbar quajado. En la cordillera de la nieve ay cantidad de ganado como lo del piru aunque es mas pequeño. Los naturales visten lana y ay chinilla y piedras de rico cristal.

Esta descripción se refiere a una cordillera que se situaría más al noreste de la confluencia del Beni con el Madre de Dios.
Algunos investigadores identificaron esta cadena montañosa con la Sierra de Parecis, situada en el estado Brasilero del Rondonia.
Resulta claro que este testimonio es confuso y que fueron los indígenas quienes lo refirieron a los españoles, probablemente exagerando, y que jamás fue comprobado en el terreno. Sin embargo, particularmente interesante es el punto donde se relata que:

los yngas del piru viniero dellos

O bien, que los Incas descendieron de las gentes de aquella lejana cordillera, la cual suele confundirse con la laguna del Paititi.
Sobre la posibilidad de que los Incas hayan tenido contacto con los pueblos indígenas que vivían en las cercanías del bajo Beni y del Río Mamoré, hay varias interpretaciones.
Antes que nada, la gran expedición de Pachacutec que tuvo lugar alrededor de la mitad del siglo XV. Luego, hay varios escritores españoles, como Sarmiento de Gamboa (1572), Garcilaso de la Vega (1609), Murúa (1615) y Lizarazu (1636), que describen la expansión inca en las tierras del Paititi después de la conquista española, pero no está claro si esta expansión se realizó hacia el “Paititi amazónico” o hacia un “enclave o fortaleza incaica” relativamente cercana al Cusco.
Por otro lado, está el documento original descubierto por el arqueólogo italiano Mario Polia en los archivos del Vaticano, perteneciente a la Peruana Historia, en el cual se dice que el reino del Paititi está situado a diez días (¿de navegación en balsas o de camino?) del Perú.
Esta distancia de diez días de navegación resulta muy verosímil con el lugar que corresponde aproximadamente a la zona de selva comprendida entre el Río Beni y el Río Mamoré, en las cercanías de donde surge el lago Rogaguado.
Además, está el sitio arqueológico denominado “ruinas de las piedras”, situado cerca a Riberalta, en el Río Beni, estudiado a fines del siglo XX por el finlandés Parssinen.
El investigador nórdico lanzó la hipótesis de que el reino del Paititi se encontraba en el bajo Mamoré, antes de la confluencia con el Beni. En cuanto al sitio llamado “ruinas de las piedras”, lo consideró una obra incaica.
Mi opinión personal sobre el sitio arqueológico “ruinas de las piedras”, que visité en mi reciente viaje a lo largo del Río Beni, es que no fue construido por los Incas, sino que más bien parece ser un montículo de origen amazónico construido por motivos ceremoniales.
Volviendo a las fuentes históricas que permitirían ubicar el reino del Paititi en la zona del lago Rogaguado, hay que analizar la relación del teniente Juan Recio de León, que se remonta a las primeras décadas del siglo XVII.
Recio de León emprendió varios viajes a la zona del Beni (cerca a la confluencia con el Tuychi), en la tierra de los Anamas, los nativos que Juan Álvarez Maldonado conoció.

Y pregunatandoles que noticia tenian de la gente que adelante havia, y del rumbo que llevavan estos rios, me traxeron tres o quattro yndios principales, muy vaqueanos de aquellas navegaciones, y haziendole preguntas, respondieron que por tierra o por agua llegavan en quattro dias a una grande cocha, que quiere decir grande laguna, que todos estos rios causan en tierras muy llanas y que hay en ella muchas islas muy pobladas de infinita gente, y que el señor de todas ellas le lleman el gran Paytiti, y que los yndios de aquellas yslas son tan ricos que traen al cuello muchos pedazos de ambar por ser amigos de olores, y conchas y barruecos de perlas, lo cual vide yo en algunos Anamas. Y enseñandole algunos granos de perlas que yo tenía, les dixe que si se criavan en aquellas conchas estos granos, y respondieron que los Paytites les davan todos aquellos generos y que como aquellos granos no lo sabian horadar para hazer sartas dellos, que los echavan por ay. Y preguntandoles que de donde lo sacavan, dixeron que tambien lo avian preguntado a los Paytites y que le respondieron que de aquella cocha.

De este testimonio que le dieron los indígenas Anamas a Juan Recio de León, se deduce, de una parte, que la etnia que vivía en el área del Paititi, cuyo rey se denominaba justamente Gran Paytiti, vivía cerca de una gran laguna a unos cuatro días de navegación del Río Tuychi y, de otra parte, que usaba mucho las madreperlas.
Según la doctora en Historia Vera Tyuleneva, en su artículo La Tierra del Paititi y el lago Rogaguado, es posible que la gran laguna que le fue descrita a Recio de León fuera el lago Rogaguado, un extenso espejo de agua de 315 kilómetros cuadrados, cuyas coordenadas son 13 grados 2’ 6’’ Sur y 65 grados 56’ 32’’ Oeste.
La investigadora sostiene que es posible que el Beni hubiera estado conectado, hasta el siglo XVII, con la laguna Rogaguado a través del Río Tapado, un río que hoy se origina en el lago Rogagua. Si así fuera, hubiera sido posible llegar al Paititi amazónico navegando en el Beni y en el Río Tapado, pero no en el Río Madre de Dios (o río magno), como afirmó Juan Álvarez Maldonado:

cient leguas deste rio* entra el rio magno en el rio y laguna famosa del Paitite…

* El Beni

Hay, no obstante, otros documentos que describen el legendario Paititi en la zona amazónica comprendida entre el Río Beni y el Río Mamoré.
Por ejemplo, el Padre jesuita Agustín Zapata viajó en 1693 a lo largo del Río Mamoré y algunos de sus afluentes. Su relación de viaje fue transmitida por otro jesuita, el padre Diego de Eguiluz. En ella se describe el pueblo de los Cayubabas, a los cuales, sin embargo, no se les visitó directamente:

La gente es muchísima, y solo en uno de los pueblos hay más de dos mil almas, y los demás tendrán mil ochocientos, poco más o menos. El cacique principal de estos siete pueblos era un viejo venerable, con una barba cana y muy larga, llamado Paititi, a quien en particular regaló el Padre Agustín y en retorno le dio un lanzón de chonta con una punta de hueso, que tenía en la mano, matizado todo de muy vistosas plumas, en señal de amistad; pues para entablarla usan estos bárbaros el dar sus armas. Después de dos días que gastó el padre con estos Cayubabas se volvió a su reducción.

He aquí otro documento, que se remonta a 1695, esta vez firmado directamente por el Padre Agustín Zapata:

Acerca de la población grande que V.R. me dice, donde está el indio llamado Paititi, digo que la he visitado en tres años seguidos,…en tres leguas de distancia por tierra están cinco poblaciones grandes, y la mayor es donde está el dicho Paititi, y me parece habría hasta cuatro o cinco mil almas en esos cinco pueblos, con más modo y aseo, sin comparación, que estos todos que hemos visto; dieron me noticias de muchas poblaciones cercanas, que no pude ver, porque iba en canoa y ya todos los demás es muy alto de lomerias…Yo en tiempo de aguas, qua anda la canoa dos veces más, he andado ocho días ríos abajo donde está la población del Paititi y en todo este tiempo no hay rió ninguno que entre en este, sino tiesitos pequeños. De más a más he estado con unos indios que viven cuatro días de camino rió abajo, que me dicen que más debajo de sus pueblos entra un gran rió* en este el cual viene de Oriente

*(¿Mamoré? ¿Itenez?).

De estos documentos se deduce que, efectivamente, la etnia Cayubaba era gobernada por un cacique que se llamaba “Paititi”. Esta etnia está aún presente entre el Río Yacuma, el lago Rogaguado y el Río Mamoré. Sus centros principales son Exaltación (en el Río Mamoré) y Coquinal, el cual se encuentra en las orillas del lago Rogaguado.
La lengua Cayubaba parece no pertenecer a ningún grupo lingüístico suramericano. Este idioma, que está prácticamente extinguido, fue estudiado por el científico Harold Key en 1960.
La etimología exacta de la palabra Paititi no fue revelada, aunque, según algunos lingüistas, en lengua Arawak significaría “lugar alto donde hay piedras blancas”.
Al cacique “Paititi”, jefe de la etnia Cayubaba, lo mencionan también otros escritores, como Cosme de Bueno (1759), Fernando Rodríguez Tena (1780) y Julián Bovo de Rivello (1848).
El primer escritor del siglo XX que describe el Paititi fue el religioso franciscano Nicolás Armentia en su “Descripción del territorio de las Misiones Franciscanas de Aplobamba” (1905). He aquí parte de su relación:

Con esto creemos queda aclarado lo que hay de verdadero y lo que hay de fabuloso en las historias y relaciones del Gran Paititi. De lo dicho hasta aquí se sigue que el rió de Paititi, no puede ser otro que el Beni; las misiones del Paititi, no son otras que las misiones de los Mojos, separadas de las de Aplobamba por el Beni. Finalmente, el territorio del Paititi es verdaderamente el territorio comprendido en el triangulo formado por los ríos Beni, Mamoré y Yacuma.

Durante la segunda mitad del siglo XX se hicieron varios estudios sobre el tema del Paititi. Se recuerdan, a modo de ejemplo, el libro de Denevan de 1966 “La geografia cultural aborigen de los llanos de Mojos” y también los estudios lingüísticos de Harold Key en la década de 1960 sobre el idioma Cayubaba.
En los primeros años del siglo XXI, la doctora en Historia Vera Tyleneva realizó un viaje de estudio y profundización en la zona del lago Rogaguado y comprobó que el material cultural presente en el área (sobre todo cerámica), es muy abundante. Vera Tyuleneva propuso la hipótesis de que la famosa “laguna del Paititi” que se describe en varios textos antiguos es justamente el lago Rogaguado.
La abundancia de material cultural encontrado en el Río Tapado le hizo suponer que antiguamente el Tapado era un simple brazo del Beni y que, de esa manera, era posible llegar al “Paititi” de los Cayubaba navegando en él.
Durante mi último viaje a Bolivia, tuve la oportunidad de visitar Riberalta, Trinidad, Santa Ana de Yacuma y Exaltación, todos lugares situados en el territorio donde vivían las etnias Mojos y Cayubaba.
En Santa Ana de Yacuma pude conocer a Jaime Bocchietti, responsable del museo arqueológico regional.
En el museo hay varios objetos que se remontan al neolítico (piedras pulidas), algunos pedazos de cerámica utilitaria y decorativa, y algunas estatuillas en terracota que pertenecen al período Mojos.
Jaime Bocchietti, boliviano de origen italiana, participó en varios proyectos de estudio arqueológico, como el del 2007, junto al arqueólogo estadounidense John Walker. En esa ocasión se documentaron algunas zonas donde hay depresiones del terreno parecidas a canales, de un metro de profundidad y hasta cinco de anchura. Todo eso hace pensar en algunos recientes descubrimientos en otras regiones de la Amazonía, donde se reconocieron desde lo alto extraños canales, algunos con forma geométrica, como se percibe en las últimas fotos.
El uso de estos “canales”, a veces excavados en forma cuadrada o circular, pudo haber sido el siguiente: la capa de tierra fértil removida se ponía en la cima de otra tierra fértil, con el fin de duplicar o incluso triplicar las cosechas (creando los llamados “camellones”). Otra tierra era utilizada, en cambio, para formar terraplenes elevados respecto a las tierras bajas, donde los autóctonos vivían a salvo de inundaciones.
Las partes excavadas, en cambio, pudieron haber sido utilizadas como verdaderos canales que podían servir para defenderse de pueblos externos, como unión entre un río y otro y quizá como estanques destinados a la piscicultura.
En el pueblo de Exaltación tuve contacto con algunos nativos Cayubabas y, si bien ya quienes hablan la lengua autóctona son sólo 3 o 4 ancianos, se está intentando estudiar los fonemas y la pronunciación para mantener con vida las tradiciones de este antiguo pueblo.
Volviendo a la leyenda del Paititi amazónico, por ahora no podemos afirmar con certeza que el lugar del “mito”, la famosa laguna del Paititi, descrita por Juan Alvarez Maldonado, corresponda a la zona del lago Rogaguado.
Personalmente creo que el hecho de que la etnia de los Cayubaba llamase “Paititi” a su jefe o cacique no es un elemento suficiente para identificar el territorio de dicho lago como la tierra del legendario Paititi.
La palabra “paititi” pudo haber sido utilizada en los siglos XVII y XVIII como “título honorífico” que daba importancia y respeto a quien se llamara de esa manera, y podía ser usada en memoria de un territorio vasto y rico, aquel “Paititi amazónico” con el que fantaseaba Juan Álavarez Maldonado en su relación.
Sobre el hecho de que el Río Tapado haya sido un curso de agua que uniera justamente al Río Beni con la laguna Rogaguado no hay certeza absoluta. Sólo profundos estudios geológicos podrán, en un futuro, confirmar esta hipótesis.

YURI LEVERATTO
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Bibliografía primaria:

-La tierra del Paititi y el lago Rogaguado, Vera Tyuleneva

-Relación de la Jornada y descubrimiento del Río Manu (1572),
Juan Alvarez Maldonado

Jaime Bocchietti, director del museo de Santa Ana de Yacuma, concedió amablemente las fotos de la cerámica y del lago Rogaguado.

MITOLOGÍA ANDINA: EL PORTAL DE ARAMU MURU Y EL DISCO SOLAR DE ORO DEL CORICANCHA

A pocos kilómetros de la pequeña ciudad de Juli, cerca al grandioso lago Titicaca, en Perú, se encuentra un lugar muy extraño: es el llamado portal de Aramu Muru, llamado también Hayumarca, ciudad de los espíritus, una gran roca perfectamente pulida que fue esculpida en épocas antiguas en las partes laterales hasta asumir la forma de un enorme “portal”.
La “puerta” es un cuadrado de 7 metros de lado en cuya parte inferior, en el centro, hay una sección hueca sin salida, suficientemente amplia para que se introduzca una persona, la cual, según las creencias de los Aymara, conduce al mundo de los espíritus.
Según lo que se cuenta, en la segunda mitad del siglo pasado, un hombre de origen aymara, de nombre José Luis Delgado Mamani, había escuchado por largo tiempo los relatos de los chamanes que le describían una misteriosa “puerta” donde en el pasado se había escondido un poderoso “disco solar de oro”.
Cuando Mamani descubrió finalmente la exacta ubicación de la “puerta”, entrevistó a la gente del lugar y encontró varias concordancias entre los relatos orales y el período histórico de los conquistadores. Los españoles del siglo XVI, en efecto, cuando se dieron cuenta de que la gente adoraba la “puerta de Aramu Muru”, empezaron a difundir la idea de que era una superstición pagana y que su adoración llevaba sólo al infierno (por esta razón, algunos paisanos la llaman “puerta del diablo”).
Pero, ¿cuál es el origen de la leyenda de Aramu Muru? Según las tradiciones orales de los chamanes del lago Titicaca, Aramu Muru era un sacerdote inca que, para evitar que los conquistadores españoles se apoderaran del gran disco solar de oro que estaba custodiado en el templo del Coricancha, en el Cusco, lo tomó y se lo llevó lejos, escondiéndose durante años en las montañas.
Finalmente, llegó al “portal” y lo atravesó, entrando en otra dimensión y llevándose consigo el disco solar de oro, preservándolo así de la furia saqueadora de los conquistadores.
Esta leyenda fue retomada y ampliada por el médium estadounidense G.H. Williamson en su libro “El secreto de los Andes”, en el que se describen las cualidades fantásticas del disco solar de oro.
A continuación, un pasaje del libro de Williamson:

…ese Disco no era usado meramente como objeto de adoración, ni tampoco como la representación simbólica de nuestro Sol Solar. Era también un instrumento científico, y el secreto de su poder provenía originalmente de las tinieblas del pasado en la época de la Raza de los Mayores. En parte, era un objeto de adoración porque se lo empleaba en los servicios ritualísticos del templo como foco o punto de concentración para aquellos que meditaban. Servía asimismo como representación simbólica del Gran Sol Central, o Sol Cósmico, el que, a su vez, simboliza al Creador. Como instrumento científico se lo usaba conectado con un complejo sistema de espejos de oro puro, reflectores y lentes para producir la curación en los cuerpos de aquellos que estaban dentro del Templo de la Luz. En verdad, esa era la razón por la cual se lo llamaba el Templo de la Luz Divina. Además de todas esas funciones, el Disco Solar era un punto focal para la concentración de calidad dimensional. Cuando el disco era golpeado por un sacerdote científico, que entendía su manera de operar, establecía ciertas condiciones vibratorias que podían producir intensos terremotos y, si proseguían por mucho tiempo, provocar una modificación en la rotación de la Tierra misma. Cuando se lo hacía armonizar con el peculiar modelo de frecuencia de una persona podía transportar a dicha persona a cualquier lugar donde quisiera ir con sólo crear la imagen mental del viaje. Era, por consiguiente, un objeto de transportación.

Hoy en día, el “portal” de Aramu Muru es frecuentado por varios grupos de personas que creen en la leyenda de Aramu Muru y en la existencia de un mundo subterráneo habitado por seres dotados de una profunda espiritualidad. Los creyentes se arrodillan en la cavidad central y apoyan su frente en un hueco circular, con el fin de conectar el llamado “tercer ojo” con el “portal”.
Cuando llegué al denominado “bosque de piedra” que circunda el portal de Aramu Muru, decidí analizar los alrededores para intentar darme cuenta si el lugar fue habitado en la antigüedad.
De hecho, durante mi breve caminata por las cercanías, vi muchas rocas que probablemente fueron labradas allí para ser utilizadas como “altares ceremoniales”. Estoy convencido de que de los antiquísimos habitantes de la zona consideraban sagrado este lugar y que comenzaron a hacer ofrendas al dios Sol justo en el sitio donde sucesivamente fue creado el portal, con un gasto considerable de energía y recursos. En la otra parte del “portal” hay un túnel, llamado chinkana en quechua, que según algunas creencias locales conduce a Tiwanaku y a la isla del Sol (o isla Titicaca). El túnel fue obstruido con piedras para evitar que los niños se metieran allí y pudieran perderse luego en sus profundidades.

Pero, ¿qué pasó en realidad con el disco solar de oro del Coricancha?
De las crónicas de varios escritores, hoy sabemos que el disco solar de oro era un objeto real y que se encontraba en el Coricancha o templo del Sol, en el Cusco, antes de la llegada de los conquistadores.
Del análisis del libro de Lehman-Nitsche, “Coricancha, el Templo del Sol en el Cuzco y las imágenes del altar mayor” (1928), se deduce que en el templo, además de una gran placa de oro donde había sido tallada, entre otras figuras, una forma oval que ilustraba a Viracocha, había habido una estatua antropomorfa de Viracocha (llamado Punchau), y varios discos de oro, uno de ellos muy grande y pesado, todos los cuales representaban el rostro de Viracocha.
Según Pedro Cieza de León, el gran disco solar de oro tenía un diámetro como la rueda de un carro y un dedo de espesor.
Varios cronistas de la época reportan que, luego de que los españoles saquearan el Coricancha, uno de los discos de oro fue entregado como botín al soldado Mancio Serra de Leguizamo, quien lo perdió jugándoselo a los dados la noche misma que lo recibió (de este episodio nació el proverbio: no te juegues el Sol antes de que salga).
Hay también otras fuentes, sucesivas a la conquista, que transmiten que cuando los españoles capturaron a Túpac Amaru I en Vilcabamba en 1572, encontraron otro disco de oro, que el mismo virrey Francisco de Toledo propuso enviar al papa.
Si nos referimos, en cambio, al gran disco solar de oro, el más importante, el cual no fue nunca hallado, tenemos que considerar otras fuentes.
Bartolomé de las Casas relata, en su Historia de la destrucción de las Indias:

El Sol escondieron los indios que nunca apareció. Dicen los indios que el Inca que está alzado lo tiene consigo.

El escritor Cabello Balboa sostiene que cuando el general Atoc partió, bajo orden de Huáscar, hacia Quito, con el fin de derrotar a Atahualpa, llevó consigo el gran disco solar de oro, esperando que, al tener el disco en su poder, Atahualpa se sometiera a él y se declarara prisionero.
Según Cabello Balboa, por consiguiente, cuando los españoles saquearon el Coricancha, el disco solar de oro ya no estaba más en Cusco, y luego se lo entregaron a Túpac Amaru I.
También Lehman-Nitsche concuerda en el hecho de que el disco de oro que le dieron a Mancio Serra Leguizamo no era el gran disco solar de oro que Atoc llevó a Quito.
Incluso Cieza de León relata, en la Crónica del Perú:

La figura del Tici Viracocha (el disco solar de oro) y la del Sol y de la Luna (los discos laterales) y otras piezas conocidas, no se han hallado al conquistarse la ciudad del Cusco, ni hay indio ni cristiano que sepa ni atine a donde están.

Si bien esta última anotación no concuerda con la referencia de que a Mancio Serra Leguizamo le fue entregado uno de los pequeños discos de oro y que otro fue encontrado durante la captura de Túpac Amaru I, queda claro que el gran disco solar de oro no fue hallado jamás.
Es así como surgen las siguientes preguntas: ¿Hay algo de cierto en la leyenda del sacerdote Aramu Muru? ¿Es posible que un grupo de sacerdotes, pertenecientes a la nobleza inca, haya logrado escapar de Vilcabamba antes de que Túpac Amaru I fuera capturado y que se escondiera el verdadero disco solar de oro en algún lugar secreto en la selva? ¿Corresponde quizás este lugar al Paititi incaico, construido en la antigüedad por el héore cultural Inkarri?

YURI LEVERATTO
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LA DESAPARICIÓN DEL NORUEGO LARS HAFSKJOLD Y EL ENIGMA DE LOS TOROMONAS

La lista de quienes se introdujeron en lo profundo de la selva amazónica en busca del Paititi o de otras legendarias ciudades perdidas, sin haber jamás regresado, es numerosa.
El explorador más célebre del siglo pasado, el inglés Percy Harrison Fawcett, desapareció en su expedición de 1925, en pleno Mato Grosso, mientras que se dirigía hacia la Sierra del Roncador.
En 1970, el estadounidense Robert Nichols y los franceses Serge Debru y George Puel organizaron un viaje en busca de la ciudad perdida del Paititi.
Su cuartel general era Shintuya, pueblito situado en las orillas del Alto Madre de Dios. Con la ayuda de algunos guías Matsiguenkas, remontaron el río Palotoa hasta llegar al lugar donde están los bellísimos petroglifos de Pusharo. En ese momento, aunque los guías no quisieron continuar, ya que consideraban sagrado el territorio de las fuentes del Palotoa, los tres extranjeros decidieron proseguir solos, cegados por la ilusión de encontrar el Paititi. Fue un gravísimo error, pues cuando se exploran territorios de selva virgen, siempre es aconsejable ir en compañía de nativos. Los tres aventureros no regresaron nunca más y, según testimonios posteriores, murieron en manos de los temibles indígenas Kuga-Pacoris, de etnia Matsiguenka.
En 1972, el explorador japonés Yoshiharu Sekino tuvo contacto con indígenas Matsiguenkas que admitieron haber matado a los forasteros que se habían adentrado sin autorización en el territorio de las fuentes del Palotoa. Al japonés le entregaron incluso algunos objetos personales de los tres extranjeros desaparecidos dos años antes.
Veinticinco años más tarde, en octubre de 1997, el biólogo Lars Hafskjold (nacido en Noruega en 1960), emprendió un atrevido viaje a través de las montañas andinas, partiendo de la ciudad de Juliaca.
El noruego estaba interesado en la zona del Parque Nacional Madidi, una inmensa área protegida (18.957 kilómetros cuadrados) de selva pluvial tropical que se encuentra en el departamento de La Paz, en Bolivia.
La zona del Madidi fue explorada en el siglo XX, específicamente en 1911, por el coronel inglés Percy Harrison Fawcett cuando emprendió una arriesgada expedición iniciada en La Paz.
Fawcett, quien estaba en busca de las ruinas de una antiquísima civilización, atravesó los Andes y se detuvo en los pueblitos de Queara, Mojos, Pata y Santa Cruz del Valle Ameno, de donde se adentró en la selva pluvial tropical; y después de haber pasado Playa Paujil, arribó finalmente a San Fermín. Fawcett continuó a lo largo del Río Heath hasta encontrar una tribu de autóctonos llamados Echocas, casi en la confluencia del Río Heath con el Madre de Dios, en territorio boliviano.
El noruego Hafskjold, quien quería explorar a fondo el Parque Nacional Madidi, quizá tenía intenciones de comunicarse con la etnia de los Toromonas, indígenas no contactados.
Con este objetivo, Hafskjold había partido de Juliaca y había llegado a Sandia, para arribar después al pueblo de San Juan de Oro, zona explorada por primera vez por Pedro de Candía en 1538.
Hafskjold continuó su osado viaje, atravesando los pueblos de Putina Punco, Chocal, Punto Arc, San Ignacio y Curva Alegre, llegando finalmente a las orillas del Tambopata, el cual, en aquella área, señala la frontera entre Perú y Bolivia. Después de haber atravesado el río, Hafskjold se detuvo por algunos días en la comunidad boliviana de Linen.
Desde aquel lugar, acompañado por un joven de nombre René Ortiz, navegó a lo largo del Río Tambopata y, después de haber pasado por la aldea de San Fermín, llegó a la confluencia con el Río Colorado, punto llamado Encounter.
Luego de algunos días de pesca y exploración de la selva adyacente junto a René Ortiz, Lars Hafskjold decidió regresar a San Fermín y adentrarse en la selva del Madidi solo, sin la ayuda de René Ortiz. Fue una decisión muy extraña, ya que entrar en una zona prácticamente inexplorada y selvática, donde hay autóctonos no contactados como los Toromonas, puede resultar en extremo peligroso.
A partir de la información obtenida por el periodista argentino Pablo Cingolani durante varias de sus expediciones en el Río Colorado, se deduce que Lars Hafskjold llegó a la comunidad de San José de Uchupiamonas, en el Río Tuichi, lugar donde residió por algún tiempo años atrás. De aquella aldea, Hafskjold se adentró en lo profundo de la selva y nadie supo nunca más nada de él.
Se ha conjeturado demasiado sobre el destino del noruego, pero hasta hoy no se ha comprobado su muerte.
En la zona donde desapareció el biólogo noruego se dice que aún están presentes los legendarios Toromonas, indígenas de lengua Tacana, los cuales le dieron ardua guerra a los conquistadores españoles en los siglos XVI y XVII.
Los Toromonas eran fieles aleados de los Incas y, según algunas tradiciones, ayudaron a los sacerdotes Incas en su huida de los Españoles, la cual tenía el objetivo de salvar antiquísimos conocimientos esotéricos y enormes tesoros para esconderlos en Paititi, la legendaria ciudad perdida. ¿Es posible que Paititi se encuentre en la zona casi inexplorada de la selva pluvial boliviana?
Los Toromonas fueron diezmados sin escrúpulos durante la explotación del caucho en el siglo XIX, y oficialmente se extinguieron en el siglo XX.
Según otras versiones, en cambio, algunos sobrevivientes se retiraron a lo profundo de la selva, a las fuentes del Río Colorado y del Río Madidi, donde hasta la fecha viven y preservan sus tradiciones ancestrales.
¿Cuál pudo haber sido la suerte de Lars Hafskjold?
Según algunas opiniones, pudo haber sido secuestrado por la guerrilla revolucionaria Tupac Amaru, pero la policía local excluye esta posibilidad, ya que la zona del Madidi fue pacificada a partir de 1992.
Según otros rumores, pudo haber muerto al caer al río, y pudo haber sido sepultado por los indígenas.
En todo caso, resta la posibilidad de que los Toromonas lo hayan matado al ver en el forastero un invasor que se adentraba sin permiso en su territorio, sin la compañía de algún nativo.
Sin embargo, otras versiones de lo sucedido, las cuales tienden a la leyenda, narran que Hafskjold fue aceptado por los Toromonas como “sacerdote blanco” y que vive actualmente en una localidad secreta.
Hubo varias expediciones ulteriores en la zona del Madidi, como la dirigida por Pablo Cingolani y Álvaro Diez Astete en el 2000/2001, pero no se logró revelar el misterio de la desaparición del noruego.
¿Es posible que los Toromonas sean, quizá junto con los Kuga Pacoris del Madre de Dios, los ancestrales guardianes de varias pequeñas fortalezas perdidas en la selva, las cuales fueron usadas por los Incas para esconder sus antiguos conocimientos esotéricos y sus tesoros?
Sólo sucesivas expediciones podrán revelar el arcano misterio de estas enigmáticas desapariciones (no se encontraron jamás los cuerpos de ningún explorador extraviado en la selva amazónica).
No obstante, se espera que quien viaje con el fin de aclarar la verdad no esté motivado por la ciega codicia de apropiarse de los tesoros del Paititi, sino por un sentimiento de absoluto respeto hacia las comunidades nativas, los animales de la selva y el ambiente natural.
La selva amazónica no es un “infierno verde”, tal como algunos aventureros la han definido, sino un paraíso maravilloso que día a día está cada vez más en riesgo de desaparecer a causa de la siniestra carrera del hombre por apropiarse de sus riquezas escondidas.

YURI LEVERATTO

EXPEDICIÓN A LAS PIRÁMIDES DE PANTIACOLLA

pantiacollaIncluso hoy, en pleno siglo XXI, existen lugares en la Tierra que aún no han sido explorados.
En Sur América, gran parte de la selva amazónica localizada en la frontera entre Perú y Brasil es poco conocida. Particularmente el alto Purús, el Río Iaco, el alto Tambopata y el Parque del Manu. Estos territorios, que siempre despertaron mi curiosidad, quizás encierren el secreto de un antiguo pueblo que dominó el continente en épocas remotas.
Uno de estos sitios, envuelto en misterio y casi totalmente desconocido, es la zona de selva primaria donde se encuentran las pirámides de Pantiacolla.
El 30 de diciembre de 1975, el satélite estadounidense Landsat 2 fotografió un área de la jungla peruana en el departamento de Madre de Dios.
La imagen del área forestal mostró una serie de seis puntos, en grupos de a dos, simétricos y regulares.
Inicialmente, se pensó que había sido un error, pero luego de atentos análisis de expertos cartógrafos como A.T. Tizando, se llegó a la conclusión de que aquellos extraños objetos en el bosque tenían que ser muy altos, al menos 150-200 metros. Si estaban dispuestos en forma simétrica, no podían ser formaciones naturales, sino productos del hombre. Tal vez eran pirámides construidas en un pasado remoto por motivos rituales o ceremoniales.
Las llamadas pirámides de Pantiacolla (del quechua: lugar donde se pierde la princesa), se encontraban en una zona de selva lejana e inexplorada, situada en la jungla de Madre de Dios, un lugar casi inaccesible.
Rápidamente, se empezó a fantasear. El hecho de que muchos consideraran al área de Madre de Dios como el sitio donde los Incas se escondieron después de la llegada de los españoles a Cusco en 1533 y la supuesta existencia de una ciudad suya escondida en la floresta, denominada Paititi, no hicieron más que alimentar la creencia de que estas pirámides tenían que ver con la leyenda de El Dorado. Además, su relativa cercanía con los bellísimos petroglifos de Pusharo, lugar misterioso situado en el Río Shinkibeni, al interior de la selva primaria del Manu, impulsó a algunos exploradores a ir a la zona con la intención de desvelar sus misterios.
La primera persona no indígena que se acercó a las pirámides fue el japonés Yoshiharu Sekino, en 1977. El joven, aunque no logró llegar al enigmático lugar, tuvo contacto con numerosos nativos Matsiguenkas y contribuyó a hacer conocer su cultura, hasta entonces prácticamente desconocida.
Cuando, en 1979, los cónyuges Herbert y Nicole Cartagena descubrieron ruinas incaicas cerca al Río Nistron, llamadas luego Mameria, se comprobó que los Incas se habían adentrado en la selva situada al oriente de Cusco, buscando escapar de los conquistadores. El interés por la jungla de Madre de Dios volvió a crecer.
El enigma de las pirámides de Pantiacolla (llamadas también Paratoari, en lengua Arawak de los Matsiguenkas), permanecía.
La primera vez que se sobrevoló la zona de las pirámides fue en 1980, en una expedición organizada por el arqueólogo italiano Giancarlo Ligabue. No obstante, el primer explorador que llegó hasta allí fue el arqueólogo estadounidense Gregory Deyermejian, en 1996, acompañado por los guías Paulino e Ignacio Mamani, y por el hijo del Doctor Carlos Neuenschwander Landa, Fernando. Después de profundos estudios del territorio, llegaron a la conclusión de que las llamadas pirámides no eran otra cosa que extrañas formaciones naturales.
Sin embargo, para otros exploradores, las cosas no son así de fáciles: luego de varios viajes a la zona del Río Negro, afluente del Palotoa, sostuvieron que éstas son naturales, pero que fueron modificadas por el hombre en épocas pre-incaicas y que tienen relación con la ciudad perdida de los Incas, Paititi. Según otros investigadores, las pirámides fueron utilizadas como lugares rituales y religiosos por los Incas que se adentraron en la selva.
Cuando en el 2001, el arqueólogo italiano Mario Polia encontró, en los archivos vaticanos, una carta original del jesuita Padre López, que databa de los primeros años del siglo XVII y que estaba dirigida al quinto general de la Compañía de Jesús, Claudio Acquaviva, el misterio de la ciudad perdida volvió a fascinar al mundo. En efecto, en la carta, considerada original, se describía el reino de Paititi, próspero en 1600, y riquísimo en oro y en piedras preciosas.
Por tanto, volvió a hablarse de las misteriosas pirámides como un lugar ancestral erigido por el hombre en el lejano pasado y en las cercanías del cual los Incas construyeron su Paititi para escapar de las fuerzas del mal, representadas en los conquistadores. Según estas creencias, en las pirámides se encontraría la clave no sólo de Paititi, sino también de la fantástica cultura amazónica que las edificó en tiempos remotos.
¿Es posible que las pirámides sean un centro de energía desconocida que quizá fue canalizada por pueblos antiquísimos? Según algunos, estas son sólo fantasías, pero en mi opinión, no es posible hablar con conocimiento de causa hasta que no se viaje directamente al territorio en cuestión, buscando recoger la mayor cantidad de datos científicos posibles, pero también intentando “sentir” lo que la ciencia no puede develar, tal vez porque el tiempo ya lo ha borrado. En efecto, las sensaciones a menudo nos conducen a la verdad, siempre y cuando estén apoyadas en un serio y riguroso trabajo científico.
pantiacollaleverattoMi viaje a las pirámides de Pantiacolla se remonta a junio del 2009. Una vez que llegué a Cusco junto con mi amigo turinés Stefano Grotto, me encontré de inmediato con mi guía, Fernando Rivera Huanca, un muchacho confiable y experto. Al día siguiente, atravesamos la sierra y llegamos, después de nueve horas de viaje en camioneta, al pueblo de Atalaya, en las orillas de Madre de Dios.
Al otro día, temprano, nos embarcamos en un peque peque (barco de poco calado con motor de 16 CV) y nos dirigimos, navegando en el Madre de Dios, hasta el puerto de Llactapampa Palotoa, pueblo de colonos situado en la orilla opuesta respecto a Santa Cruz. La aldea de Palotoa (a aproximadamente 420 metros sobre el nivel del mar), está situada a más o menos un kilómetro al interior del río y está formada por pequeñas casas de madera sin electricidad. Poco después, nos encontramos con el guía Saúl y empezamos a prepararnos para la partida. Stefano Grotto decidió permanecer en el poblado como apoyo en caso de emergencia, y entonces nos fuimos los tres: Fernando Rivera Huanca, Saúl Robles Condori y yo. Teníamos provisiones suficientes para seis días y además, Fernando me aseguró que Saúl era un experto pescador.
La primera parte, de unas tres horas de camino, es una selva densa y húmeda, pero con sendero. Muchas veces tuvimos que atravesar pequeñas lagunas (cochas) de fondo fangoso e insidioso, cuyas aguas nos llegaban hasta las rodillas. Hacia mediodía llegamos al Río Inchipato, un afluente del Madre de Dios que desemboca cerca al Palotoa. En el punto donde lo atravesamos, tiene aproximadamente quince metros de ancho y aguas cenagosas, las cuales nos llegaban a la cintura. Luego de comer algo ligero, empezamos a recorrer el río caminando por sus orillas. Varias veces nos vimos obligados a atravesarlo a causa del fondo arenoso y lodoso, buscando partes más consistentes por donde caminar sin tanto esfuerzo. Hacia las cuatro de la tarde, después de haber andado siete horas, decidimos detenernos a dormir en una gran playa rodeada de árboles de unos cincuenta metros de altura.
Aquel lugar fue llamado campo 1.
De noche, antes de dormirnos, empezó a llover y el nivel del río aumentó con rapidez. Todo sería mucho más complicado al día siguiente, puesto que la lluvia traería neblina, la cual dificultaría la ubicación de las pirámides.
Lamentablemente, mis suposiciones resultaron ciertas: al otro día nos levantamos a las cinco de la mañana, bajo una persistente lluvia. La temperatura había descendido y soplaba un fastidioso viento: no parecíamos estar en selva amazónica, sino en otra latitud muy distinta.
Mientras avanzábamos con dificultad bajo la lluvia, hundiéndonos en el fango a veces hasta la cintura, y sobretodo cuidándonos de no pisar las peligrosísimas rayas de agua dulce y de no dejar caer en el agua los morrales (donde había cámaras fotográficas y de video), encontramos un petroglifo justo en una roca del río Inchipato, claro indicio de presencia humana arcaica en sus orillas. Las incisiones en la piedra me recordaron extrañamente a las del petroglifo de Queros en el territorio de los Wuachipaeris, cerca del pueblo de Pilcopata, en el departamento de Cusco. Después de aproximadamente una hora de trayecto hallamos otro signo, según mi parecer, una señal tallada en la roca para guiar por la vía correcta a las pirámides. Estos signos esculpidos nos levantaron la moral y nos dieron nuevos ánimos para continuar con nuestra aventura.
Al mediodía ya no estaba lloviendo, pero el cielo estaba cubierto de nubes amenazantes y a lo lejos se veía el cerro Palotoa sumergido en neblina. Con estas condiciones era imposible percibir de lejos las pirámides para darse cuenta de cuál era la dirección correcta a seguir. Saúl buscaba un lugar elevado, llamado mirador o plataforma, desde donde se podría, con buenas condiciones climáticas, avistar las pirámides, pero no lo encontramos. Nos detuvimos para comer y analizar la situación. Aunque el cielo estaba nublado, el calor húmedo no tardó en hacerse sentir y los zancudos, junto con fastidiosos mosquitos que se meten bajo la piel, empezaron a complicarnos la vida.
Retomamos el rumbo hasta que, alrededor de las tres de la tarde, el río se dividió en dos brazos. Saúl y Fernando vacilaban sobre el camino correcto a seguir y de este modo, decidimos dejar los morrales en una playa cercana y tomar el tramo derecho, sólo con nuestros machetes y las cámaras fotográficas, pero esta quebrada resultó ser la vía equivocada y entonces regresamos a donde estaban nuestras mochilas, decididos a continuar por el brazo izquierdo.
Anduvimos por unas dos horas, pero nos vimos obligados muchas veces a abandonar el río porque era demasiado profundo y sus orillas eran unos densos pantanos donde era imposible no hundirse. De manera que nos adentramos en la intricada selva, andando a golpes de machete para abrirnos camino sin perder de vista el río.
A eso de las cuatro decidimos detenernos cerca al río y preparar el campo 2, del cual partiríamos al otro día más ligeros de equipaje.
A la mañana siguiente, nos levantamos de nuevo bajo una persistente llovizna, y el clima pesado y frío no animaba a iniciar otra caminata. Por otro lado, tampoco daban ganas de estar dentro de las carpas, goteantes de humedad. Continuamos por la quebrada por aproximadamente dos horas, con cuidado de no dislocarnos los tobillos porque el piso se componía de piedras resbaladizas y puntudas. A las diez cesó por fin de llover y la neblina empezó a disolverse. No sabíamos a dónde dirigirnos porque, según lo que pensábamos, las fuentes del Inchipato estaban ubicadas a la izquierda de las pirámides y recorriéndolo, nos desviaríamos del camino correcto.
En cierto punto, resolvimos entrar en la selva, subiendo por una empinada cresta fangosa, sirviéndonos de una cuerda. Una vez que estuvimos en la cima, continuamos avanzando pero la vegetación era tan espesa e intricada que se necesitaba mucho tiempo y energía para abrirse paso con los machetes. Saúl propuso regresar solo al Inchipato con el fin de explorar otras quebradas y hallar un lugar alto de donde se pudieran distinguir de lejos nuestros objetivos. Fernando y yo aceptamos: nosotros continuaríamos en la jungla recorriendo lo que creíamos que era parte de la sierra, mientras que él se dirigiría nuevamente al río.
Fernando, macheteando, abría el camino, mientras que yo detrás filmaba y observaba el terreno. En cierto momento, la inclinación del suelo cambió: de una ligera subida se pasó a una escarpada pared (aproximadamente 65% de pendiente), obligándonos a utilizar las manos para continuar. Pronto nos dimos cuenta de que la capa de tierra donde nos encontrábamos no era profunda, ya que nuestros machetes tocaban un estrato rocoso después de atravesar unos 40-50 centímetros de humus. En efecto, estábamos rodeados de arbustos espinosos cuyas raíces no podían ser hondas. Sin embargo, los altos árboles que hundían sus raíces en tierra más profunda, la cual hacía poco habíamos dejado atrás, nos obstaculizaban todavía el panorama. Excavamos para saber qué era aquella roca que estaba debajo del humus y nos encontramos, atónitos, con piedra parecida a arena dura, muy desmenuzable, de color marrón con rayas blancas y rojizas. ¡Toda la pared, casi totalmente lisa, estaba formada de dura arena! Fue entonces cuando estuvimos seguros de estar sobre una de las pirámides de Pantiacolla.
Prosiguiendo muy despacio, recorrimos los aproximados doscientos metros que nos separaban de la cima. La subida era ardua porque las ramas de los arbustos estaban llenas de hormigas agresivas y rodeadas de afiladas espinas. Nuestros zapatos se hundían en la intricada vegetación y corríamos el peligro de meterlos en oscuras cavidades que podían ser nido de serpientes venenosas. A pesar de todo eso, mantuvimos la calma y después de una media hora, alcanzamos la cumbre de la pirámide.
Después de abrirnos campo con la ayuda de los machetes, se nos apareció un espectáculo maravilloso: otras tres pirámides se erigían frente a nosotros, y a la derecha se extendía la selva del Manu hasta perderse de vista, la más pura y biodiversa del planeta. A lo lejos podía verse, con la ayuda de los binóculos, el pongo del Shinkibeni, donde están los petroglifos de Pusharo y la cordillera de Pantiacolla, las últimas montañas antes de la selva baja amazónica.
Fue uno de los momentos más hermosos de mi vida.
Desde hacía un rato había dejado de llover, la visibilidad era muy buena y aunque no había salido el sol, la luz era suficiente para permitirnos contemplar ese espectáculo de rara belleza.
También las otras pirámides, observadas de lejos con los binóculos, parecían tener las mismas características de la que habíamos escalado: arbustos bajos en vez de grandes y altos árboles. Todo hace suponer que el material básico de las pirámides es esa peculiar arena dura pero desmenuzable, lo extraño es que los lados están cortados geométricamente y no hay deformidades apreciables.
En cuanto a la supuesta simetría de las pirámides, verificamos que esto es sólo parcialmente cierto: desde nuestra ubicación se podían ver claramente tres pirámides, pero no eran simétricas, aunque estaban muy cerca la una de la otra y dos de ellas estaban situadas junto al cerro Palotoa, como si estuvieran apoyadas en él. Después de haber descansado un poco, sentimos un silbido e inicialmente nos alarmamos puesto que no era un silbido de pájaro, sino de humano, y como en la zona están los temibles Kuga-Pacoris, por un momento creímos que uno de ellos nos había seguido. No obstante, Fernando respondió al silbido y poco después se percató de que era Saúl, nuestro guía.
Saúl, al no encontrar el camino correcto por el río, había regresado y seguido nuestros pasos, observando las marcas dejadas por nuestros machetes en los arbustos.
Cuando Saúl llegó a la cumbre, nos abrazamos contentos y poco después empezamos a comer latas de fríjoles y atún. De repente, un enorme cóndor de los Andes (vultur gryphus) se acercó planeando, como para saludarnos. Por poco logramos distinguir el contorno del pico y del cuello. Fue un momento maravilloso, permanecimos todos asombrados sin poder pronunciar palabra. El cóndor es el ave volador más grande del mundo, puede pesar doce kilos y el despliegue de sus alas alcanza los tres metros. Tuvimos la sensación de que esta ave era el alma de un Apu (Divinidad de los Incas), el cual nos vigilaba desde lejos.
Cuando el cóndor se fue decidimos bautizar la pirámide que habíamos escalado cumbre del cóndor.
Después de tomar otras fotografías y de haber explorado los alrededores de la cima, decidimos regresar, dado que ya eran las tres de la tarde y no queríamos encontrarnos atrapados en la selva cuando anocheciera (a las cinco ya está oscuro allí, también a causa de la sombra de altísimos árboles).
Después de aproximadamente diez minutos de un descenso empinado, comenzó a llover. En pocos instantes estaba diluviando e inclusive un viento frío e impetuoso empezó a soplar.
La tempestad era tremenda: fragorosos truenos retumbaban a lo lejos. Los relámpagos eran muy luminosos y parecían estarnos rodeando. En cada resplandor lograba distinguir las paredes de las pirámides y las ramas de los arbustos, cuyas raíces se amontonaban entre piedras y ramaje espinoso. Tenía miedo de que uno de esos rayos nos fulminara, y caminaba rápidamente intentando no perder de vista a mis guías, los cuales, mucho más ágiles que yo, me adelantaban por unos treinta metros. Después de aproximadamente veinte minutos de tensión, llegamos al río. El fuerte aguacero había acabado, pero la tormenta eléctrica continuaba. Nunca había visto algo semejante. Los relámpagos duraron otra media hora más o menos y la bóveda celeste, atravesada por un extraño estruendo y centelleantes rayos, tomó un color tétrico que tendía al violáceo.
Luego fuimos hacia el campo 2, donde descansamos y nos alimentamos. Mientras Fernando y yo cocinábamos un delicioso arroz con salsa de tomates, Saúl pescaba. Después de una media hora, regresó con varios pescados y algunas cañas de bambú. Lo curioso fue que el bambú le sirvió justamente para cocinar el pescado, al cual metió en la cavidad del tronco. Yo también quise degustar unos pedazos y constaté que estaba muy bien cocinado. Saúl me explicó que los indígenas Matsiguenkas le enseñaron a pescar y a cocinar el pescado en el bambú de esa manera, y también a reconocer una cantidad innumerable de plantas útiles para curar heridas y enfermedades que dan en la selva a causa de los insectos y la humedad.
Por la noche, analizamos la situación: como ya habíamos cumplido en parte con el objetivo de la expedición, es decir, darnos cuenta personalmente de lo que hay bajo el humus que constituye la capa vegetal de las pirámides, y además, habiendo tenido la fortuna de escalar una hasta la cima y de haber encontrado importantes petroglifos, decidimos regresar al pueblo de Llactapampa Palotoa al otro día, considerando también que los víveres alcanzarían exactamente para dos jornadas más.
A la mañana siguiente, mientras nos organizábamos para el viaje de regreso, me alejé unos veinte metros del campo de base para tomar las últimas fotos. De repente, mientras observaba un pedregal para ver si encontraba restos de hachas Incas o piedras labradas, me di cuenta de que no estaba solo. Sentí un susurro y un sonido de ramas partidas y hojas pisoteadas. Tuve la impresión de encontrarme cerca de un animal muy ligero que no podía encontrarse a más de diez metros de mí. Contuve la respiración e intenté agudizar la vista, mirando entre las ramas de los árboles y entre el follaje. Era un pájaro de color marrón con la cola larga y oscura que pataleaba cerca de mí, emanando un olor fuerte y desagradable. Después de pocos instantes, logré avanzar sin hacer ruido y moví lentamente una gran hoja para verlo mejor: era muy extraño, tenía una cabeza muy pequeña en comparación con el cuerpo y el pico era negro y brillante. De lejos parecía casi un gallo, y tenía el ojo de color rojo vivo, rodeado de pelos blancuzcos. Súbitamente, tal vez porque percibió mi presencia, dio un salto y se montó a una rama, pero lo increíble fue que la alcanzó con la ayuda del ala, o sea que ésta tenía uñas, si bien arcaicas. ¿Cómo era posible? ¿Un pájaro con uñas o garras en las alas? Por un momento pensé que estaba soñando y casi no creí en lo que había visto. Poco después, el extraño pájaro desapareció entre la espesura de ramas y follaje. Luego, busqué en mi vademécum naturalista y encontré la respuesta: ese pájaro era real, si bien arcaico, era un hoazín (opisthocomus hoazin, llamado chancho en Perú), un galliforme entre reptil y pájaro que recuerda al extinguido archaeopteryx, el pájaro más primitivo que se conoce, el cual vivió hace millones de años. Estaba demasiado feliz, pocas personas han logrado ver un fósil viviente como el hoazín, así que consideré este hecho como un buen signo premonitor, como una señal de que la expedición se había completado con luz positiva y también como buen augurio para el futuro.
El viaje de regreso fue relativamente más fácil que el de ida, principalmente porque algunos pasajes dificultosos en algunas curvas del río ya los habíamos despejado durante el primer recorrido. El primer día logramos llegar más allá del campo 1 y dormimos en una playa cercana a un intricado bosque de bambús altísimos. No llovió y entonces aprovechamos para secar la ropa mojada.
A la mañana siguiente, empezamos a caminar alrededor de las siete. En pocas horas llegamos al lugar donde cinco días antes habíamos comenzado la marcha a lo largo del río, y nos sumergimos de nuevo en la selva virgen. Después de aproximadamente una hora de trayecto, encontramos la huella de un oso de anteojos (tremarctos ornatus), difundido en la selva alta amazónica. Pensaba que era endémico de zonas más elevadas, pero posteriormente leí que puede vivir en altitudes desde 250 hasta 4500 metros sobre el nivel del mar. Es un omnívoro de unos 150 kilos de peso y dos metros de largo. Un escalofrío me recorrió la espalda al pensar que hubiera podido atacarnos durante nuestra exploración.
Hacia las dos de la tarde llegamos a Llactapampa Paolotoa, donde Stefano nos recibió con un exquisito arroz al curry.
Después de haber descansado, hicimos el balance de la expedición: además de haber encontrado dos petroglifos, indicios de remota presencia humana en el Río Inchipato, comprobamos que la pirámide que escalamos es una rara formación natural cuya capa vegetal no tiene más de 40-50 centímetros de profundidad y cuya materia principal es una especie de arena dura, pero desmenuzable. Por desgracia, no pudimos verificar la verdadera naturaleza de las otras pirámides, puesto que se requeriría de una expedición de al menos veinte días.
El misterio de las pirámides de Pantiacolla continúa. Además, permanece la duda de si algunos grupos humanos vivieron en sus alrededores en el pasado, considerándolas lugares rituales o ceremoniales. Por ahora no tenemos la suficiente información para dar un juicio definitivo.

YURI LEVERATTO

 Recogido de www.yurileveratto.com *(los interesados podrán ver en la estupenda página web del autor videos de esta expedición, otros interesantes artículos y más)